Los rayos de un sol de mediodía se reflejaron en los brazos y en el torso desnudos
del hombre, perlados por el sudor, mientras éste ejecutaba con precisión cada postura,
cada movimiento de ataque o de defensa, que tiempo atrás durante sus años de aprendizaje
en la Torre Blanca, se habían grabado en su inconsciente y en sus músculos, como
se marcaría a una res con el símbolo de su dueño.
Su mano izquierda se movía a una velocidad verdaderamente sorprendente, y la espada
de hoja ligeramente curva que empuñaba ésta, parecía una serpiente atacando. El
joven y el arma formaban una misma unidad.
¡Luz!, pensó Cenwyn, observándole casi extasiada desde las sombras y el amparo
de los árboles. Era tan hermoso... entonces sintió una ligera decepción cuando el
joven se detuvo de golpe, de espaldas a ella, y se irguió en toda su estatura.
—Podéis acercaros si así lo deseáis, Cenwyn Sedai –la voz del joven sonaba con altiva
sequedad, pese a toda su corrección. La mujer casi dio un respingo cuando él le
habló. ¿Cómo conseguía saberlo? ¿Ni siquiera el vínculo podía determinarlo con tanta
exactitud? A continuación, frunció el ceño. Y, ¿como se atrevía a hablarle con ese
tono? ¡La Luz abrasara a aquel muchacho engreído! Con sus labios formando una prieta
línea, y desproveyendo de cualquier expresión su semblante, Cenwyn abandonó su escondite
y salió al calvero.
—Veo, mi gaidin, que tu lengua sigue siendo más cortante que tu espada –comentó
ella con acritud. Eso le enseñaría.
El joven, no obstante, no se movió ni un milímetro, y rió. Rió con amargura, con
aspereza.
—Quizás no debisteis vincularme como uno de vuestros guardianes, entonces.
Cenwyn, quien había abierto la boca para soltarle una gélida réplica, la cerró de
golpe, sorprendida. Luz, otra vez la misma historia. ¿Hasta cuando duraría el resentimiento
de Bashar? ¿Es qué no comprendía que el vínculo le había salvado la vida?
El silencio se prolongó entre ellos. Entonces él giró y la miró directamente a los
ojos; los ojos de Bashar Dramadin, profundamente verdes y endurecidos, la miraron
con intensidad, y poco a poco, la altivez de su postura y de su rostro se redujo
a un ligero vestigio. El rostro de la mujer era una máscara inexpresiva. El joven
agachó levemente la cabeza, en tanto con la mano derecha abierta se tocaba el pecho,
allí donde había de estar su corazón, para luego rozar las puntas de los dedos de
la misma mano con sus labios.
Los ojos de Cenwyn traicionaron su impasibilidad al abrirse ligeramente. Aquel gesto
era la forma más profunda que tenían los hardani de pedir disculpas; pocos hardani
lo había realizado más de dos veces en su vida, y desde luego muchísimo menos si
eran nobles. Y casi imposible hacía alguien de condición plebeya, y de otra nación
sobretodo. Al parecer, el joven guardián no advirtió su sorpresa, lo que resultó
un alivio para la Aes Sedai, pues nada más hacer el gesto se había dado la vuelta
para ir a recoger su camisa y su chaqueta, así como la vaina de su espada. De forma
inconsciente, la hermana Verde observó con una sonrisa la gracilidad con la que
caminaba.
Minutos más tarde, ambos caminaban bajo un techo de ramas y hojas situado a no más
de un metro de sus cabezas, a través del cuál los rayos del sol penetraban a duras
penas, formando finos haces blancos, como luminosas lanzas. Caminaban en silencio.
Cenwyn se sumió en sus pensamientos, siendo consciente a través del vínculo que
los unía, que Bashar se mantenía sereno, y contradictoriamente, alerta, con todos
sus músculos preparados para entrar en acción y defenderla ante cualquier amenaza.
Seis años. Seis años habían transcurrido desde que la Aes Sedai vinculase a Bashar
Dramadin como su tercer Gaidin. Y nadie sabía, ni siquiera Veran y Mhorgan –sus
otros dos guardianes—, quien era realmente aquel joven: y mucho menos todavía los
profundos sentimientos que ella sentía por él. Hacía ya casi veinte años que Cenwyn
Aldoravan llevaba el chal, así como el Anillo de la Gran Serpiente, y durante esos
años ella, Veran y Mhorgan habían recorrido todas las tierras situadas entre la
Columna Vertebral del Mundo y el Océano Aricio, y las Tierras Fronterizas y el Mar
de las Tormentas; buscando en cada aldea, cada pueblo y villa, y en cada ciudad,
a aquellas muchachas que poseyesen el don innato de encauzar, o aquellas que fueran
susceptibles de llegar a sentir la Fuente Verdadera, de abrazar el saidar.
Fue en uno de dichos viajes cuando Cenwyn halló a un moribundo muchacho, rodeado
de media docena de cadáveres de trollocs y del de un Myrddraal, entre los restos
de lo que había sido Harad Dakar, la capital del reino de Hardan, unas ruinas ubicadas
en el centro de un inmenso bosque camino de Shienar. La Verde ni siquiera se lo
pensó dos veces, y salvó a aquel joven de la muerte. Aunque era una Aes Sedai bastante
fuerte en el Poder, no era demasiado competente en el talento de la Curación; no
lo suficiente para haber curado las terribles heridas que cubrían a un joven Bashar
con el tiempo suficiente. De modo que le vinculó para poder así salvarlo, violando
con tal acto una ley de la Torre, por la cuál ningún hombre había de ser vinculado
sin su pleno consentimiento, sin que éste fuese consciente de lo que tal unión acarreaba.
Violó una ley, cierto, empero salvo una vida, y bien sabía la Luz que eso era lo
que verdaderamente importaba.
Abandonaron el bosque aproximadamente después de un kilómetro, y el techo de ramas
desapareció para ser reemplazado por un despejado cielo azul. A continuación tomaron
un sendero que nacía a su izquierda, en dirección sureste, y casi medio kilómetro
después llegaron a la posada en la que estaban alojados.
Apenas habían traspasado la puerta del establecimiento, cuando una hermosa joven
de oscuro pelo les cortó bruscamente el paso. Su rostro furioso presagiaba problemas,
e hizo que Cenwyn suspirase en su interior.
—¿Dónde habéis estado? –inquirió mirando primero al joven Guardián y a continuación
a ella.
—Eso es algo que no te incumbe, muchacha... –replicó Cenwyn fríamente, y habría
seguido hablando para poner a la joven en su sitio, pero Bashar intervino, estropeándolo.
—Investigando, Cadsuane. –dijo el hardani, con tranquilidad.— Solamente eso.
Apretando sus labios, Cadsuane le dirigió una intensa mirada que habría hecho incomodarse
a más de un hombre; y más si la mujer de dicha mirada era una Aes Sedai. Bashar
Dramadin ni se inmutó, como si para él no existiese aquella mirada. El joven le
dedicó una sonrisa amplia a la joven, y se alejó hacia la parte posterior del comedor
de la posada donde Veran, Mhorgan y Blarec, el Guardián de Cadsuane, un tipo de
mediana estatura y tan fornido como locuaz, conversaban. Si bien siempre tenían
un ojo avizor sobre sus respectivas Aes Sedai.
Los oscuros ojos de Cadsuane siguieron a Bashar, y continuaron sobre él durante
un tiempo. El rostro de la joven aún no había alcanzado la intemporalidad tan característica
de las Aes Sedai, y la inexpresividad de sus sentimientos todavía le fallaba a veces.
Como entonces. Cenwyn casi dio un salto involuntario cuando la mirada de la
joven Verde se clavó en ella. Una mirada ciertamente tan dura como fría.
No obstante, Cadsuane no dijo palabra. Giró sobre sus talones y se alejó en dirección
a las escaleras.
Poco después un hombre de sólida constitución y edad madura subió tras la joven.
Cenwyn apreció que mientras Blarec ascendía por la escalera iba sacudiendo la cabeza
y lanzando cada dos por tres miradas hacia el techo. El Gaidin de Cadsuane tenía
todo el aspecto de ser un padre que se dispone a tratar con una hija ciertamente
problemática.
Cenwyn, por su parte tampoco permaneció en la sala parroquial por más tiempo. Manteniendo
el rostro inexpresivo, con el aspecto de una reina, la Aes Sedai se dirigió al posadero
–un tipo bajo y regordete llamado Halver Shamarid— antes de subir también ella a
sus habitaciones en el piso superior. El mofletudo rostro del jovial posadero brillaba
por la transpiración y mostraba con sus leves temblores cuan impresionado se sentía
por tener Aes Sedai alojadas en su establecimiento.
Con una profunda genuflexión, Maese Halver se mostró de lo más conforme con su orden
de que se le subiera la cena a su habitación. Cenwyn supo que el hombre sabía el
motivo de su repentina orden, y eso provocó que su irritación se acrecentase. Cuando
se marchó de la sala parroquial no lo hizo de una manera muy diferente a la de Cadsuane
apenas un momento antes.
Ya en su habitación, Cenwyn desató su furiosa frustración; abrazando el saidar
tejió un delgado flujo de Aire e hizo que la única silla saliese lanzada por los
aires y chocase contra la pared opuesta, justo enfrente de ella. El mueble se quebró
en varios trozos con un sonoro crujido. A continuación la Aes Sedai buscó con su
mirada algo más que pudiera romper. No lo halló, y poco a poco su ira decreció,
dejándole tan sólo un sentimiento de vergüenza en su interior; se había comportado
como una muchacha montando su pataleta solamente por que otra se había acercado
al joven en el que había puesto sus ojos.
La mujer se sentó en el borde de su amplia y mullida cama, sacudiendo la cabeza,
y sin saber muy bien si reír o llorar.
Aquel viaje, pensó sintiéndose desdichada, iba a ser largo. Demasiado largo.
2
Tres semanas más tarde, Cenwyn, Cadsuane, y dos muchachas llamadas Zamine y Llaenda,
traspasaban el Portón Este de la esplendorosa ciudad de Caemlyn. Pese a que habían
transcurrido muchos años –¡cerca de cuarenta!—, Cenwyn se sorprendió experimentar
una alegría por volver a su hogar algo que sinceramente jamás pensó que llegaría
a sentir. Los padres de Cenwyn habían sido una modesta pareja de comerciantes cuyos
negocios nunca habían ido más allá de la obtención de las suficientes ganancias
para mantener la familia, sus abuelos, una tía y dos primos, y ella y sus dos hermanos
menores. De todos ellos, tal vez echaba de menos a su madre y a su hermano pequeño,
Ellwan; los demás siempre se habían considerado superiores por el simple motivo
de que, según circulaban los rumores, los Aldoravan habían sido una familia noble
mucho tiempo atrás. Recordó el dolor que había sentido durante los años de su niñez,
las humillaciones recibidas por culpa del querer ser lo que no se es... Sin embargo,
la Aes Sedai deseó que Ellwan viviera y le fuera bien; quizá incluso podía buscarle
y hacerle una visita.
—Es hermosa. –dijo una de las muchachas. Cenwyn desterró sus recuerdos de su mente
y giró la cabeza para mirar con una sonrisa críptica a Zamine, una pequeña y esbelta
cairhienina de cabellos castaño oscuros. El pálido rostro de la jovencita se tiñó
de rubor.
Cenwyn le había tomado cariño rápidamente, pues aunque era muy vergonzosa, Zamine
era terriblemente agradable y cariñosa. La muchacha procedía de Faearwyn, un pequeño
pueblo al suroeste de la capital de Cairhien, donde su padre era abatanador.
—Entonces aguarda a contemplar Puente Blanco, pequeña. –comentó jovialmente la Aes
Sedai.
—O la misma Torre Blanca. –terció la voz de Cadsuane Melaidhrin, quien cabalgaba
detrás, junto a Llaenda. Aquellos era las primeras palabras que la joven hermana
Verde pronunciaba en muchos kilómetros recorridos; y, como no, palabras con acritud.
Cenwyn decidió hacer caso omiso de la joven Verde, y miró a Llaenda.
—¿A ti que te parece, pequeña?
La muchacha dio un acusado respingo; Cenwyn esbozó una leve sonrisa. Llaenda siempre
parecía tener sus pensamientos en otro lado. Tenía suficiente potencial para en
años venideros llegar a conseguir el Chal, y no le extrañaría para nada que eligiese
pertenecer al Ajah Marrón.
—Es precioso, Aes Sedai. –Llaenda era una muchacha bonita, con una piel blanca preciosa
y los pronunciados hoyuelos que surgieron en sus mejillas no hicieron más que acentuar
su belleza.
Cenwyn volvió a sonreír, antes de volver su atención a la calle por la que transitaban.
Ambas chicas eran diamantes en bruto, listas para limar asperezas y pulir sus cualidades.
—¡Alto, en nombre de la Luz!
La orden se elevó por encima de la algarabía general, mientras su tono autoritario
hizo que se produjera un silencio sepulcral en la amplia calle. La Aes Sedai tiró
de las riendas de su montura y la yegua blanca se detuvo. A unos cinco metros por
delante, la calle había sido cortada por un grupo de hombres vestidos con armaduras
plateadas y cascos cónicos. Las blancas capas ondeaban ligeramente a sus espaldas
y el Sol Llameante destacaba en los bruñidos petos de sus armaduras.
Estupendo, ¡Capa Blancas!, pensó Cenwyn.
—¿Hay algún problema, mi señor? –inquirió en voz alta, con tono respetuoso. Mejor
tratarles con tacto, pues podían revolverse al menor imprevisto como cualquier víbora,
y su picadura sería igual de mortal.
La mirada del oficial recorrió su rostro, luego el de las dos muchachas, el de Cadsuane,
el de los Guardianes, y finalmente regresó al suyo. Cenwyn percibió el brillo de
reconocimiento en sus ojos e inconscientemente se abrió al Saidar. No tardó
en sentir como Cadsuane hacía lo mismo.
—Deberán acompañarme, y responder a unas pocas cuestiones. –dijo el Capa Blanca.
Muy astuto, pensó la Aes Sedai. En Caemlyn residía la reina de Andor y era conocida
su estrecha relación con la Torre Blanca, así como su recelo de los Hijos de la
Luz. Ahora ellos debían jugar bien sus cartas.
—Temo que no tengamos tiempo, Caballero. –no era una mentira pero tampoco una verdad—.
Quizás en otro momento.
Los oscuros ojos del hombre brillaron furiosos y su rostro mostró su frustración.
Sólo mediante la fuerza habría podido intentar detenerlas y eso habría conducido
al desastre. El oficial agitó su mano derecha y el resto de Capa Blancas se apartó,
despejando la calle y permitiendo que Cenwyn y su grupo prosiguiese.
—Volveremos a vernos, bruja. –masculló en voz queda el oficial, rabioso, cuando
la hermana Verde pasó cabalgando junto a él. Ella siguió hacia delante como si no
hubiese oído nada, la espalda bien erguida y su rostro intemporal carente de expresión.
Una fría cólera la inundó, si bien no era suya. Por el vínculo que la unía con sus
Guardianes, la mujer supo que Bashar había escuchado el agraviante comentario y
que sólo gracias a que Veran y Mhorgan se encontraban adelantados, preparando su
recibimiento en una posada adecuada, fue el motivo por el que el orgulloso joven
no mató en ese instante al Capa Blanca.
Minutos después el grupo llegó a un inmenso mesón –guiados por el moreno Veran,
quien los había hallado poco después del encuentro con los Hijos de la Luz—, y Cenwyn
todavía sentía la rabia de su joven Gaidin circulando a través del Vínculo.
—Tal vez tengamos problemas. –dijo en voz baja la Aes Sedai, mientras Veran la ayudaba
a descender de su corcel y cargaba su equipo. El saldaenino no se detuvo en su labor,
limitándose a asentir casi imperceptiblemente la cabeza; sabía de la presencia de
Hijos en Caemlyn.— Averiguad cuantos son y si ya han apresado a alguien.
Veran Kurani volvió a asentir. En los casi trece años que llevaba siendo su Guardián,
la mujer podía contar con los dedos de sus manos las veces que el esbelto hombre
había hablado.
—Procura que Bashar no se acerque demasiado a ellos. –añadió repentinamente, y la
mirada que le obsequió su Gaidin hizo que se arrepintiese.
—Mimáis demasiado a nuestro príncipe, Cenwyn Sedai. –sacudió la cabeza.— Lo haremos,
pero deberíais pensar en que ya no es un muchacho imberbe y moribundo.
Dicho esto –y realmente era la frase más larga que el saldaenino había pronunciado
en aquel tiempo—, entró en el mesón. Mhorgan al’Garth, andoreño como Cenwyn pero
de la parte más occidental del reino –conocida como Dos Ríos— entró tras él, cargado
también con petates. Antes de entrar le dedicó una mirada cuyo significado resultó
bastante claro a la hermana Verde.
¡Luz! ¡Ambos lo sabían! Siempre había creído que la identidad de Bashar estaba oculta
gracias a ella, pero ahora resultaba que no era así. ¿Cuántos más lo sabrían? ¿Cuántos
más conocerían que Bashar Dramadin era el nieto del último rey hardani? Seis años
atrás, Cenwyn había hallado a Bashar entre las ruinas de lo que antaño fuera Harad
Dakar, la capital del reino de Hardan; lo había hallado agonizante, resultado de
su enfrentamiento con una pequeña partida de caza de trollocs y un Myrddraal. Sólo
al ser vinculado como su Guardián, el joven había tenido una oportunidad para sobrevivir.
Más tarde, la Aes Sedai había descubierto quien era aquel joven.
Diferentes rencillas entre Casas —las Casa del sur de Hardan, fomentadas en su mayoría
por Cairhien—, habían acabado por desgajar el reino de los hardani hasta hacerlo
desaparecer. Para evitar su restauración, uno a uno los miembros de la Familia Real
murieron en extrañas circunstancias la mayoría, y los menos en combate. Alshadar
Dramadin, el padre de Bashar y el último príncipe de Hardan, había muerto así, luchando
por mantener las tierras de sus ancestros lejos de la ambición cairhienina.
Habían transcurrido muchos años desde entonces, pero tal vez aún existía personas
que pagarían alto por esta información. Quizás los suficientes para poner en peligro
la vida del joven al que amaba, ya fuera inconsciente o conscientemente.
Entró en el mesón sumida en un mar de pensamientos, posibilidades y confusiones.
Cenwyn estaba sentada frente al tocador de su habitación, cepillándose sus largos
y rubios cabellos, cuando alguien llamó a su puerta. Dejó el cepillo chapado en
dorado sobre el tablero de madera, e incorporándose caminó hasta la puerta.
—¿Qué has averiguado? –preguntó, mientras la embozada figura de Veran se introducía
en la habitación.
En su capa grisácea –la capa de colores cambiante la tenía guardada en su petate
por motivos de seguridad— resultaban evidentes algunos desgarrones y manchas de
polvo. El Guardián se retiró la prenda y la colocó sobre el respaldo de la segunda
silla de la estancia, situada a un lado de la cama.
—Según el informador, los Capa Blancas están en Caemlyn con permiso de la Reina.
–manifestó el saldaenino. Cenwyn asintió y tomó asiento.— Al parecer, en las últimas
tres semanas se han producido extraños sucesos. Asesinatos atroces principalmente
y tanto la Reina como los Capa Blancas creen que tal vez haya algún que otro Amigo
Siniestro involucrado.
—¿Tienen a algún sospechoso?
Veran Kurani rió sin alegría.
—Han apresado a unos cuántos. –esbozó una sonrisa sesgada.— Aquellos en cuyas puertas
han aparecido pintado el Colmillo del Dragón. He visto a esos presuntos Amigos Siniestros,
y te aseguro que no harían daño ni a una mosca.
Frunciendo los labios, la Aes Sedai meditó profundamente lo que acababa de oír.
—Mañana le llevarás un mensaje a Ellorane Sedai a Palacio. –Ellorane Tharinn era
también una hermana Verde y amiga suya desde que eran novicias.— Le dirás que se
reúna conmigo en esta posada antes del mediodía. Ahora quiero que Mhorgan y tú indaguéis
por la ciudad. Me gustaría saber que es lo que realmente está ocurriendo aquí.
El serio Guardián asintió y la dejó nuevamente sola en la habitación.
Cenwyn terminó de cepillarse sus cabellos, se metió bajo las suaves sábanas y las
templadas mantas y tejiendo un pequeño flujo de Aire apagó las llamas de las velas
del candelabro. No tardó mucho en conciliar el sueño.
**
Ellorane llegó cuando el sol estaba muy alto en el cielo. Cenwyn había estado aguardando
casi impacientemente su llegada, pese a saber que ella no llegaría hasta el mediodía.
Ella y las dos muchachas, Llaenda y Zamine, habían estado desde que saliera el sol
encerradas en la recámara privada que el mesonero reservaba para comodidad de sus
huéspedes más importantes; había estado enseñándoles los primeros pasos a la hora
de encauzar. A Zamine los ejercicios parecían costarle más que a su compañera, empero
Cenwyn intuyó que con entrenamiento la muchacha podía llegar a poseer un gran potencial
si tenía paciencia y se esforzaba. En otro extremo de la sala, Blarec y Bashar charlaban
entre ellos.
Maese Jain, el posadero, acababa de asomar su calva cabeza por una rendija de la
puerta anunciando la llegada, cuando ésta se abrió y entró la Hermana Consejera.
—Luz, Ellorane, hacía mucho tiempo que no te veía. –Cenwyn se incorporó de su asiento
y se aproximó a la recién llegada. Ambas se fundieron en un cariñoso abrazo, como
si fueran dos hermanas que volvían a encontrarse… y en cierto sentido, así era.
—Demasiado, amiga mía. Demasiado. –Ellorane poseía una voz casi musical, suave y
aterciopelada que no hacía sino aumentar la belleza de su rostro intemporal y su
figura esbelta, moldeada bajo la tela ajustada de su vestido. La Aes Sedai llevaba
ya casi veinte años aconsejando a la Reina de Andor, y posiblemente continuaría
en su puesto cuando la heredera al Trono del León subiera a él.
Elegantemente vestida con aquel traje verde mar con bordados plateados en el corpiño
y en el repulgo, así como el encaje de puntillas de su alto escote, ciertamente
Ellorane poseía el aspecto de una reina. Al contrario que Cenwyn, la Hermana Consejera
si era de sangre noble, y de una Casa tan importante como antigua; Corean Tharinn,
el padre de Ellorane, había sido uno de los Dai Shan de Malkier, y su abuelo, Dairr
Tharinn, un héroe entre su pueblo, símbolo del valor y el honor como nunca existiera
otro. Hablando de una manera poética, la elegancia circulaba por sus venas.
Cenwyn se apartó de ella, y miró al posadero.
—Gracias, Maese Jain. Puede retirarse.
El hombre pareció sobresaltarse, y la frente comenzó a sudarle como de un mozalbete
se tratase y le hubiesen sorprendido haciendo algo indebido.
—Si, Aes Sedai. Enseguida, Aes Sedai.
Apresurándose el tipo cerró la puerta tras de sí. Una figura pasó rápidamente al
lado de ambas mujeres, y Bashar apoyó el oído izquierdo sobre la madera de la puerta.
—No hay nadie. –dijo apartándose y retornando junto al Gaidin de Cadsuane. Al volver
sus ojos a Ellorane advirtió que está había estado observando al joven hardani,
y aunque intentó ocultarlo, también vio en los azules ojos de la malkieri un brillo
apreciativo.
—Sentémonos, Ellorane. –Cenwyn no pudo evitar que sus palabras saliesen de su boca
con cierta tirantez. La otra hermana Verde la miró con una ceja alzada, fijamente.
Sonrió, y Cenwyn maldijo interiormente a Bashar. Ella siempre había dicho que el
amor nunca la tocaría –sobre todo desde la muerte de Garric, su esposo y Guardián—,
que la lucha contra el Oscuro era más importante que cualquier hombre, y ahora Ellorane
sabía que sentía algo por aquel joven Guardián. Ellorane, quien siempre había sido
tan posesiva con los hombres, o más, cómo cualquier Verde.
Luz, pensó, últimamente nada sucede como yo querría.
—Si. Hablemos. –Ellorane la siguió hasta la mesa. Saludó a las dos muchachas, y
Cenwyn encargó a Blarec que las acompañase a dar una vuelta por la ciudad. A las
jóvenes la idea les pareció magnífica y entre gritos de alegría, abandonaron la
estancia arrastrando al maduro Gaidin con ellas. Las dos Aes Sedai y Bashar se quedaron
a solas en la recámara.
Una vez se hubieron marchado, Cenwyn contempló fijamente a su amiga.
—Ahora, Ellorane. –su voz adquirió un tono serio.— En nombre de la Luz, ¿qué demonios
hacen los Capa Blancas en Caemlyn? ¿Y que es eso de Amigos Siniestros?
Aquellas palabras hicieron que la sonrisa dibujada en el hermoso rostro de la mujer
se evaporas y en su lugar surgieran arrugas de preocupación.
Al ver la sombría expresión del rostro de la Consejera, Cenwyn supo que la situación
debía ser más terrible de lo que ella hubiera podido pensar.
3
—¿De verdad lo crees así? –inquirió en un tono suave Cenwyn, rompiendo el silencio
que había reinado en la estancia privada durante los últimos minutos. La Aes Sedai
tenía los ojos muy abiertos.
—Si. –fue la escueta respuesta de su vieja amiga. Ellorane tomó un sorbo de té y
cogió una de las galletas recién hechas que Bashar acababa de traer de las cocinas
de la posada.
Cenwyn sacudió varias veces su cabeza, sus rubios cabellos se mecieron al compás
de los movimientos. La Aes Sedai se sentía completamente aturdida, incrédula.
—La Luz nos proteja. –musitó.— ¿Has enviado un mensaje a la Torre?
Ellorane asintió.
—Hará ya tres días. Aún no he recibido contestación... pero bien puedes suponerla.
—Si.
No hizo falta mencionar en voz alta que siendo Feregaine Saralman la Sede Amyrlin,
la respuesta no sería otra que “Esperar”. Y esperar podría muy bien traer un desastre
demasiado peligroso para permitirlo.
—Debemos hacer algo, Ellorane. –dijo Cenwyn, mostrando su inquietud y sus pensamientos
en su vieja amiga. Ésta hizo una mueca.— Piensa en el peligro, Ellorane.
La otra Aes Sedai se sumió en una meditación, y mientras Cenwyn la observó, aguardando.
Finalmente, Ellorane chasqueó la lengua, un sonido disgustado e irritado.
—Está bien, Cenwyn, actuaremos.
La otra mujer asintió aliviada. Ahora, solamente restaba decidir que hacer y que
no. Pero antes que nada, antes de comprobar si ciertamente el joven príncipe Kai
encauzaba, había que dar solución al problema de los Capa Blancas.
Mientras aquellos peligrosos fanáticos estuvieran presentes en Caemlyn, sería arriesgado
emprender cualquier acción. Así se lo dijo a Ellorane, a lo que ésta repuso:
—Haré lo que pueda. Pero entiende que no puedo obligar abiertamente a la Reina a
expulsarlos de la ciudad.
—Con que lo intentes, será suficiente. –adujo Cenwyn.
La hermosa malkieri se incorporó, y Cenwyn la imitó un instante después.
—Ven mañana antes del mediodía a Palacio. –manifestó la Hermana Consejera, mientras
ambas caminaban lentamente hacia la salida.— Seguiremos hablando.
—Allí estaré.
Cuando la Verde se hubo marchado, Cenwyn regresó a su asiento, su mente zambullida
entre pensamientos y temores. Tan ensimismada estaba, que ni siquiera se dio cuenta
de que Bashar se le había acercado. Tuvo un sobresalto al sentir su mano sobre uno
de sus hombros.
Al alzar sus ojos, vio que los verdes de Bashar estaban ligeramente entornados en
un gesto de preocupación.
—¿Ocurre algo?.
¿Debía decírselo?
—Nada, mi gaidin. –tal vez si debería hacerlo, pero por alguna razón no lo hizo.—
Sal y busca a Cadsuane. Necesito hablar con ella, urgentemente.
La mirada del joven hardani se endureció un tanto ante su evasiva. Cenwyn pensó
que Bashar iba a soltar alguna réplica cortante, sin embargo, las palabras que salieron
de su boca no fueron las que esperaba.
—Si, Cenwyn Aes Sedai.
Y se marchó, dejándola sorprendida, sola y con un gusto amargo en la boca.
**
A mitad de la tarde, llegaron Veran y Mhorgan.
Cadsuane, Blarec y las dos muchachas acababan de marcharse con destino a Tar Valon;
la joven hermana Verde había protestado, incluso gritado, por aquella resolución,
pero al final había accedido no sin soltar varios juramentos entre dientes cada
vez que ella le daba la espalda. Volvía a encontrarse sola, pues Bashar les había
acompañado hasta la muralla, cuando los otros Guardianes de Cenwyn entraron en el
reservado de la posada que tenían ocupado, polvorientos y con algunos rotos en sus
chaquetas de cuero.
La Aes Sedai apretó los labios mientras les observaba. El saldaenino podía no hablar
mucho, pero, ¡Luz! Resultaba sorprendente la facilidad que tenía para meterse en
peleas. Y Mhorgan... el fornido hombre poseía cierta cabeza y el suficiente sentido
común para no hacer estupideces de ese tipo.
Abrió la boca para manifestar lo que pensaba, pero Veran se le adelantó.
—Los Capas Blancas han intentado secuestrar a la Heredera al Trono.
La boca de Cenwyn quedó colgando, atónita. ¿A la Heredera al Trono? ¡Esos fanáticos
debían estar poseídos por el Dragón para hacer una cosa así!
—¿La Reina ha tomado medidas? –Debía haber sido así, desde luego.
—No. –negó Veran. Dirigió una mirada al otro Gaidin.— Nos topamos con ellos cerca
de la muralla que rodea Palacio. El que dejamos vivo para interrogarle, nos contó
lo que pretendían llevar a cabo. Nadie advirtió nada de lo sucedido, ningún ciudadano,
ningún guardia.
“Tras interrogarle, nos deshicimos de él.
Aquel era otro modo de expresar que lo habían matado. Cenwyn apretó los labios,
mientras una vocecilla en el interior de su cabeza opinó que habría sido mejor conducir
a aquel Capa Blanca ante la Reina y que le dijera lo que pretendían. A la Aes Sedai
no le agradaba la idea de saber que un regimiento de Hijos de la Luz estaba en Caemlyn.
Aquello habría provocado su rápida expulsión de Andor. Una auténtica pena, bien
lo sabía la Luz.
—Debemos informar de esto a Ellorane Sedai de inmediato. –dijo e indicó a Mhorgan
que le acercase su capa y su chal mientras se levantaba. Salieron de la estancia
y antes de abandonar la posada, Cenwyn buscó al posadero para decirle que cuando
Bashar retornara le comunicase que se reuniera con ella en Palacio. Maese Jain asintió
servicial, le aseguró que no se preocupase, que el joven señor sería convenientemente
informado en cuanto llegase.
Mientras la Aes Sedai y los dos Guardianes caminaban apresuradamente avenida arriba,
la mente de la mujer trabajaba en silencio. La Heredera al Trono había pasado los
dos últimos años en Tar Valon, tal y como exigía la Tradición, de que todas las
herederas acudieran a la Torre Blanca a entrenarse como Aes Sedai. Hasta ahora,
ninguna de las reinas que había tenido Andor había sido una hermana de pleno derecho,
y pese a todo, la Tradición seguía cumpliéndose generación tras generación. La actual
princesa tampoco poseía la suficiente fuerza como para convertirse en Aes Sedai,
y aún así, poseía cierta capacidad de encauzar. Muy poca, pero al menos si una pequeña
chispa. Pero eso nadie más que las Aes Sedai lo sabía. ¿Podía ser posible que los
Capas Blancas lo hubieran descubierto? ¿Quizás algún sirviente que se hubiese ido
de la lengua?
Todo eran suposiciones, y mucho se temió Cenwyn que la realidad fuese aún más terrible.
“Nunca hay nada sencillo”, le había enseñado su padre.
**
Sólo cuando vio que la Bruja y sus dos Perros se perdían calle arriba, el observador
–un ratero y asesino de Caemlyn llamado Brassom— salió de su escondite en el que
había pasado las dos últimas horas, tomó una de las callejuelas perpendiculares
a aquella avenida y se deslizó velozmente bajo las sombras.
Su Señora recompensaría generosamente aquella información.
Bajo la capucha que ocultaba su rostro alargado y afeitado se dibujó una amplia
sonrisa.
Muy generosamente.
4
Lady Mellandre agitó un par de veces la campanilla, tan solo con los dedos índice
y pulgar de su mano derecha. Luego la depositó en la bandeja de plata que sostenía
una de sus jóvenes sirvientas.
A un gesto leve suyo la muchacha inclinó la cabeza y se retiró a una esquina. Durante
un momento, la noble permaneció serena, con sus ojos clavados en la puerta que daba
al pasillo principal de la Casa. Pero pronto esa serenidad se desvaneció sustituida
por una expresión entre ceñuda e indignada. Sus largas y nacaradas uñas comenzaron
a tamborilear sobre el reposa brazos del asiento.
Entonces se abrió la puerta, y entró una mujer de mediana edad, ataviada con los
colores de la Casa. Jaenora Zoran era la cabeza de toda la servidumbre del palacio.
Era baja, esbelta, y con un gesto agrio siempre dispuesto en su rostro.
—¿ Si, Jaenora?
La Alta Sirvienta se agachó ligeramente, en la adecuada reverencia.
—Maese Brassom ha llegado, Señora. Os espera en el recibidor de vuestro despacho.
–la voz de la mujer era ronca y pronunció el nombre del tipo cómo si hubiera tragado
algo amargo. La madura mujer nunca dejaba pasar una oportunidad para demostrar su
desprecio por el ladrón, y ocasional asesino.
Lady Mellandre Ceandran se limitó a asentir. Ordenó a las sirvientas que permanecieran
en sus sitios hasta su regreso y abandonó la habitación con un revuelo de los vuelos
de su largo vestido de raso azul y dorados acuchillados.
Si bien su rostro permaneció tan inmutable como un plácido estanque, dentro bullía
la excitación. ¿Qué nueva información le traía su pequeño asesino? Inconscientemente,
la mujer comenzó a frotarse las manos.
Albur Brassom la esperaba como siempre, sentado en la butaca de invitados y con
las botas sucias de barro apoyadas sobre el pulido tablero de mármol de la mesa
de su despacho. Mellandre apretó sus finos labios pero no dijo nada. La valía del
asesino merecía ciertas... concesiones.
—Tan hermosa como siempre, mi Señora. –manifestó Albur mientras se incorporaba de
un salto y hacía una exagerada reverencia.
La noble no dijo nada. Avanzó con pasos rápidos y tomo asiento en su sillón de alto
respaldo, al otro lado de la enorme mesa escritorio. Sus ojos, grises y penetrantes,
se clavaron en el afilado rostro del asesino.
—¿Y bien?
Con una lobuna sonrisa, Brassom le informó sobre la presencia de una Aes Sedai en
la ciudad, donde se alojaba, y quien la protegía. Los ojos de Mellandre ganaron
brillo a medida que escuchaba lo que su particular espía le transmitía.
Cuando Brassom terminó de hablar, la mujer abrió uno de los cajones de la mesa y
tras coger una abultada bolsa de su interior la arrojó sobre el tablero, cerca del
hombre.
—Vuestra recompensa, maese Albur –-luego se incorporó y comenzó a rodear la mesa.
Brassom contempló durante un instante la bolsa repleta de monedas de oro que tenía
delante. Luego se levantó velozmente y cortó el paso de la noble. Mellandre le miró
con el ceño fruncido.
—Está vez, había pensado en otro tipo de pago, mi Señora. –manifestó, con una sonrisa
sesgada. Entonces la tomó rudamente entre sus brazos y la besó. Mellandre se debatió
durante un momento, luchando por liberarse y dispuesta a castigar la osadía de aquel
hombre. Pero Brassom era más fuerte que ella. Dejó de debatirse y en cambio, rodeó
con sus brazos la cintura de Albur; tal vez, su valioso agente necesitaba otro tipo
de recompensa ciertamente.
Dos horas más tarde, Mellandre yacía desnuda bajo las sábanas de su lecho. Su piel
aun sentía el agradable calor del cuerpo de Brassom, quien se había marchado hacía
poco tiempo. Una ligera sonrisa apareció en los labios de la mujer mientras ésta
retiraba las sábanas y se ponía en pie; después de todo, la experiencia había resultado
bastante satisfactoria, en absoluto parecido a lo que ella había imaginado tratándose
de Albur Brassom como amante. Cuando estuvo vestida, Mellandre abandonó sus aposentos
y se dirigió a su despacho, donde hizo llamar a Jaenora.
Mientras aguardaba la llegada de la Alta Sirvienta, la noble escribió rápidamente
un escueto mensaje, lo introdujo en un sobre y lo cerró con cera blanca. No lo firmó
ni lo selló, cómo hacía con cualquier otra misiva; no habría sido prudente hacerlo.
Si alguien que no fuera Jaenora la descubría no debía tener pista alguna de la mano
que la había escrito.
Y en Jaenora si podía confiar, al menos, pues igual que Mellandre, la madura mujer
era una Amiga Siniestra.
**
—La Hermana Consejera os espera en su despacho, Cenwyn Sedai. –anunció el joven
sirviente que había recibido a la Aes Sedai y a sus dos Guardianes. Ésta asintió
y pasó junto al joven, seguida de cerca por Mhorgan y Veran. Por el rabillo del
ojo captó la interrogante mirada del sirviente al mirar las ropas de los dos Gaidin,
desgarradas en algunas zonas, llenas de polvo y con algunas manchas de sangre reseca.
La verdad era que ninguno presentaba un aspecto adecuado para una visita al Palacio,
pero en los momentos de necesidad las formalidades son algo estúpido e innecesario.
A través del vínculo, Cenwyn pudo percibir la tensión que aún corría por las venas
de sus dos protectores. Desistió decirles que se relajaran. Ya lo había hecho al
llegar al recinto del Palacio, y Mhorgan había gruñido algo ininteligible mientras
que Veran se había limitado a mirarla en silencio, con su aquilino rostro sombrío.
Como en ese momento; no lo veía pero podía sentir como el adusto saldaenino le clavaba
sus ojos grises en su espalda tan a menudo como en el las puertas, los corredores
y la gente que dejaban atrás.
Por fin alcanzaron el despecho de Ellorane, y la despampanante Aes Sedai les aguardaba
sentada en su butacón, al otro lado de un enorme escritorio de oscura madera y con
un libro en su regazo. Alzó la cabeza y los miró con sus penetrantes ojos azules.
—Bienvenida, Cenwyn. –manifestó, con una sonrisa. Luego ésta desapareció, y su gesto
se tornó extrañado.— Te esperaba a una hora próxima al mediodía. ¿Ha sucedido algo?
Cenwyn asintió y pasó a relatarle los últimos acontecimientos, cómo Mhorgan y Veran
habían topado con esos Hijos de la Luz y cómo habían frustrado sus planes. Con cada
palabra que oía, el rostro de la malkieri se ensombrecía más y más.
—La Reina debe saber esto. –cerró el libro con un sonoro golpe y a continuación
Ellorane se incorporó con gracia y rapidez. Bordeó el escritorio y mientras pasaba
al lado de la otra Aes Sedai y sus dos Guardianes, manifestó:
—Me ocuparé personalmente de administrar a los Capas Blancas su justo castigo,
Cenwyn.
Tras ello, siguieron a la Hermana Consejera, quién les condujo a través de una larga
cadena de galerías y corredores. Uno de estos les condujo a través de una sala en
la que las paredes estaban decoradas con cuadros pintados siglos atrás y en los
que se inmortalizaba la efigie de algunas de las largo tiempo muertas reinas de
Andor. Cenwyn reconoció las imágenes como las de las nueve primeras soberanas de
Andor. Ishara, rubia y hermosa, la primera de las reinas, esposa del General Souran
Maravaile, lugarteniente de Artur Hawkwing, y también nieta del último rey de Aldeshar.
Alesinde, hija de la anterior y de cabellos castaños claros, ascendió al Trono cuando
sus hermanos cayeron en batalla. Observando aquellos cuadros, Cenwyn sintió sensaciones
contradictorias en su interior; como andoreña que era sentía una especie de orgullo
patriótico observando aquellos retratos, pero otra parte de su ser sabía, por llamarlo
de alguna manera, el “engaño” que había en la Historia de su tierra. Hasta antes
de su ingreso en la Torre Blanca, Cenwyn había sido educada en la creencia en que
el Trono del León de Andor solamente podía ser ocupado por una Reina, que jamás
un varón podría tener aspiraciones a convertirse en soberano. En Tar Valon –durante
sus casi setenta años de vida— había consultado libros, había visto manuscritos
datados en cientos de años atrás. En ellos descubrió que aquella “tradición” había
aparecido tras las Nueve primeras Reinas, aquellas cuyas caras contemplaba ahora,
pues en su tiempo Andor tuvo que hacer frente a muchas batallas para mantener su
independencia y su unidad a través de la Guerra de los Cien Años, consecuencia de
la muerte de Artur Hawkwing. En dichas batallas, los herederos varones al Trono
de cada etapa cayeron combatiendo así que las herederas femeninas tuvieron que hacerse
cargo del reino.
Tras Alesinde estaba Melasune, igual de rubia que su abuela y con el pelo ensortijado.
A continuación estaban las demás: Termylle, Maragaine, Astara, Telaisen, Morrigan,
y Lyndelle, la última de éstas nueve reinas y cuyo rostro inexpresivo y piel pálida
le hacía parecer tan intemporal como el de una Aes Sedai. Algo que según los registros
de la Torre, no andaba demasiado desencaminado. Según había visto en ellos, Lyndelle
había estudiado en Tar Valon, y aunque tuvo que abandonarla tras la prematura muerte
de su madre, la Reina Morrigan, la joven heredera andoreña había poseído la chispa
de saidar en su interior. Sin embargo, no lo suficiente para que con el tiempo
hubiera alcanzado el status de hermana de pleno derecho.
Pese a lo absorta que se hallaba contemplando los cuadros, Cenwyn tuvo la suerte
de advertir que Ellorane se había detenido en el umbral de una puerta que acababa
de abrir y ella se detuvo justo a tiempo de evitar tropezar con la hermosa malkieri.
Por encima del hombro de la mujer, cosa algo dificultosa pues Ellorane era un palmo
más alta que ella, Cenwyn vio que al otro lado de la puerta había una estancia muy
similar al estudio de la Hermana Consejera, sólo que éste era más espacioso y con
mayores adornos. También vio como en el otro extremo de la estancia, una mujer de
cabellos rubios y mediana edad se ponía en pie al otro lado de un escritorio idéntico
al de Ellorane. Aparte de la soberana, no había nadie más en la estancia.
—¡Ellorane! –exclamó la reina
—Majestad –manifestó la hermana malkieri, mientras inclinaba ligeramente la cabeza.—
Hemos de hablar con vos, de inmediato.
La Reina Edithelle les indicó con un gesto que se acercasen y las condujo a continuación
a un pequeño corro de sillas, a un lado de la estancia. Mhorgan no entró al despacho,
sino que se quedó fuera, junto a la pareja de guardias apostados en la puerta. Veran
cerró la puerta y se colocó a un lado de ésta, recostando su espalda en la pared.
En medio del círculo de asientos había una mesa de tablero bajo y redondo, barnizada
en un tono rojo apagado y oscuro, en la que había una bandeja, dos teteras y un
juego de tazas de porcelana de Illian. Ocupando una de las sillas, la reina indicó
a las dos Aes Sedai que hicieran lo mismo. Luego miró a la Hermana Consejera con
rostro serio.
—Bien, Ellorane. Imagino que tu visita no se debe a simple cortesía. –la reina frunció
el entrecejo mientras su expresión se tornaba preocupada.— ¿Qué es lo que ha hecho
mi hijo esta vez?
—No se trata del príncipe Kai, Majestad. –repuso la hermana malkieri, sacudiendo
la cabeza ligeramente.— El problema son los Hijos de la Luz.
Edithelle abrió los ojos un instante y luego los cerró un segundo. La reina soltó
un suspiro casi inaudible, y Cenwyn supuso que la mujer estaba aliviada de no tener
que escuchar una nueva queja sobre su hijo. Eso le hizo preguntarse si sabría que
el príncipe podía encauzar.
—Ellorane –comenzó la reina— sabes tan bien como yo que la presencia de los Hijos
de la Luz aquí es algo inevitable.
—Los Hijos han intentado secuestrar a Aliane, Edithelle. –anunció gravemente Ellorane,
y pasó a contarle palabra por palabra lo que Cenwyn le había referido. La reina
no dejo traslucir en su rostro ningún tipo de expresión, se mantuvo imperturbable
mientras escuchaba a su consejera Aes Sedai con atención. Una vez terminó ésta de
hablar, la reina de Andor se levantó en silencio y se acercó a la cercana cristalera
de la balconada que tenían a la derecha. Cenwyn intercambió una mirada con su amiga,
y Ellorane se encogió de hombros. Cenwyn volvió sus ojos hacia la reina y se limitó
a esperar.
**
Cuando Bashar Dramadin abandonó por segunda vez aquella mañana la posada en la que
se alojaban, lo hizo con largas zancadas y un rostro ensombrecido por una nube de
furia. Sus pensamientos, bastante turbulentos, giraban exclusivamente en torno a
Cenwyn. ¡Maldita fuera aquella mujer! ¡Lo había hecho de nuevo! Mientras recorría
las calles en dirección a Palacio, el joven hardani no dejó de mascullar entre dientes.
Ya iba siendo hora, se dijo rotundamente Bashar, que tuviera una pequeña conversación
con su Aes Sedai a cerca de su excesivo papel protector. ¡Luz, si se suponía
que él debía salvaguardar la vida de esa mujer y no al contrario!
Al llegar a las puertas del Palacio su furia remitió un poco y sus pensamientos
derivaron hacia otro asunto. Lo único que había podido averiguar del balbuciente
posadero, era que Cenwyn y sus dos otros compañeros Guardianes habían se habían
marchado de la posada a todo correr y que la Aes Sedai le había ordenado que le
enviase a su tercer gaidin en cuanto éste regresara. El joven pensaba, y tenía la
absoluta certeza de no equivocarse en su suposición, que los Capa Blancas tenían
algo que ver con la creciente alteración en el ánimo de su Aes Sedai. Cuando traspuso
el umbral de la entrada principal del Palacio el pulso de sensaciones de su vínculo
de guardián se hizo más intenso. Bashar aceleró el paso; la ansiedad y el nerviosismo
que percibía en la mujer era una acuciante llamada imposible de desoír.
Tan sumido en las sensaciones de su Aes Sedai estaba que no se dio cuenta de lo
extraño que era que todavía no se hubiese topado con algún miembro de la servidumbre
o de la guardia, ni de las tres figuras embozadas en capas oscuras que le siguieron
escaleras arriba por uno de los amplios corredores.
5
Aliane se encontraba sentada en el amplio balcón que comunicaba con sus aposentos,
disfrutando de aquella mañana soleada y acompañada de Mhara, su prima. Las dos jóvenes
miraban con bastante atención por encima de la balaustrada, al grupo de jóvenes
guerreros que practicaba el ejercicio de armas en un espacio abierto del jardín.
Entre ellos se encontraban Kai, el hermano mayor de Aliane, y los hermanos de Mahra,
Anor y Borec.
Como Aliane, Kai había heredado los cabellos rubios de la Casa Enemar, la Casa de
su madre, pero el joven de dieciocho años poseía la altura y la constitución de
la familia de su padre, la Casa Dagoran; Aban Dagoran no sólo había sido un excelente
guerrero sino que había dirigido los ejércitos de Andor durante casi veinte años
hasta su muerte en el campo de batalla, contra los invasores cairhieninos hacía
dos años. Aban Dagoran había sido también famoso por su elevada estatura, más propia
de un hombre de las Tierras Fronterizas, que de un andoreño. Y Kai era una copia
casi exacta de su progenitor, según decía mucha gente, e incluso ya destacaba entre
los jóvenes espadachines por su rapidez y su destreza.
Aliane ya había visto a su hermano practicar las posturas de esgrima que impartía
Thesan Aldoravan, el Maestro Espadachín de Palacio. Si embargo, y por insistencia
de su prima, aquella era la primera vez que la muchacha veía a su hermano combatir
de verdad, o al menos, mejor dicho, con cierta seriedad.
Maese Aldoravan había organizado un pequeño campeonato entre sus alumnos y ahora
se iba a enfrentar Kai contra Anor en la final. Los demás alumnos, antiguos y nuevos,
algunos soldados y varias damas y señores de Palacio habían formado un círculo entorno
a la pista circular de arena en la que iban a luchar ambos jóvenes. Muchos, por
no decir todos, aguardaban con creciente expectación aquel enfrentamiento. Tanto
Kai como Anor se habían ganado una merecida fama de diestros espadachines, y el
vencedor de aquel combate era desde luego un misterio; había casi tantos que creían
que sería Kai el vencedor como que lo sería Anor.
Un hombre, de estatura mediana y fornida complexión se metió dentro del círculo
de combate. Llevaba los castaños cabellos cortos, y ya se apreciaba en ellos alguna
pincelada gris.
—Anor. Kai –dijo con voz profunda, Thesan. Ambos jóvenes abandonaron la multitud
y se introdujeron también en el círculo. Los dos centraron su atención en su maestro.
Éste les miró alternativamente.— Quiero un combate justo. Que gane el mejor.
Anor y Kai respondieron al unísono con un enfático asentimiento. Entonces Maese
Aldoravan salió de la pista y los dos jóvenes se saludaron y adquirieron posiciones
defensivas. Anor fue el primero en actuar, lanzando un golpe de sondeo directo al
costado derecho de su adversario, y qué el príncipe logró detener sin dificultad
con su espada de prácticas. Anor se retiró velozmente hacia la izquierda eludiendo
así el golpe ascendente y oblicuo que por poco no le golpea en el costillar derecho.
Manteniendo las distancias, los contendientes comenzaron a girar en círculos. Fuera
de la pista un muchacho alto y delgado de cabellos rubios animaba tanto a uno cómo
al otro. Era Borec. Aliane sonrió al verle y al oírle gritar con tanta pasión por
su primo y por su hermano. Si Kai o Anor le escucharon no dieron señales de ello,
tan concentrados estaban el uno en el otro, todavía girando en círculos.
Pese a que no había presenciado muchos combates entre espadachines, Aliane si que
conocía la pericia de su hermano y su primo. Ambos eran de la misma altura y constitución,
y ambos se movían con movimientos gráciles, felinos y calculados. Y la destreza
con la espada de uno era equiparable a la del otro, así que era muy difícil asegurar
quien resultaría vencedor.
Anor actuó entonces, restallando hacia delante cómo un resorte. Su relampagueante
ataque casi cayó desprevenido sobre el príncipe, quien a duras penas logró evadirse
del golpe directo a la base de su hombro derecho. Propinando un contundente golpe
sobre la hoja de la espada de prácticas de su primo, el joven Kai se escurrió hacia
el lado desprotegido de Anor, dónde le costaría más trabajo propinar un golpe con
la velocidad del anterior. Desde esa posición le sonrió. Anor le devolvió la sonrisa.
Y nuevamente volvió a atacar. De nuevo, un golpe dirigido a la base del hombro dominante,
pero en el último segundo varió la dirección del golpe y lo dirigió hacia el espacio
que mediaba entre la última costilla y la pelvis. Sin embargo, ésta vez Kai estaba
preparado. Con una rotación interna de su muñeca desvió el arma de su primo hacia
el exterior mientras él se introducía un paso dentro del área defensiva de Anor
y con un nuevo giro de su muñeca golpeó de arriba abajo sobre la muñeca de Anor.
Éste soltó un sonoro gruñido de dolor. La espada de prácticas se tambaleó bajo las
enormes manos de su primo pero éste no la soltó.
Mirándole con cautela, Anor retrocedió hasta una posición más segura y adoptaba
una postura defensiva.
En su balcón, Aliane respiró hondo y soltó el aire lentamente. Aquello iba a durar
mucho, mucho tiempo.
**
—Es por este corredor, señor
Con el rostro inexpresivo, Bashar contempló el largo pasillo. Era más estrecho que
el que habían recorrido hasta entonces, aproximadamente la mitad. Las decoraciones
de las paredes, algunos tapices y cuadros, estaban más distanciadas entre si y la
moqueta de color azul oscuro que cubría el enlosado era de menor calidad y anchura.
A su lado, el joven sirviente aguardaba en silencio a que le respondiera.
—Gracias, muchacho. Puedes irte. –dijo el Guardián sin mirarle. El muchacho se inclinó
ligeramente y se dio la vuelta, desandando los pasos por la espaciosa galería. Bashar
echó a andar por su pasillo.
Entonces se detuvo bruscamente; había captado un ruido sordo a su espalda, procedente
del lado de la galería por la que se había marchado el sirviente. Bashar no dudó
y desenvainó su espada. Había combatido demasiadas veces para no saber como sonaba
un cuerpo al caer al suelo. Avanzó lentamente, sus botas pisando suavemente la moqueta,
hasta las esquina entre el pasillo y el ancho corredor. Allí pudo escuchar el quedo
susurro de una s voz.
—Dejadlo, esta muerto.
—Démonos prisa o el otro se nos escapara—terció una segunda. Se escucharon unos
suaves pasos. Bashar se preparó y cuando vio que una mano y una pierna comenzaban
a asomar por la esquina, salió disparado hacia delante. La hoja de su espada ascendió
y descendió, y la amputada pierna de su primer enemigo salió volando. El hombre
se derrumbó sobre el suelo enmoquetado, manchándolo profusamente con la sangre que
en torrentes abandonaba la espantosa herida. Sus gritos resonaron por todo el corredor.
Había otro tipo más aparte del segundo que había oído hablar. Bashar sonrió con
frialdad.
—Aquí me tenéis, amigos. No os preocupéis, no me marcharé hasta que os reunáis con
vuestro compañero.
Frunció el ceño al fijar su mirada en uno de ellos, un tipo de estatura algo superior
a la media, ojos castaños que dominaban una nariz larga y ganchuda, y un pelo rubio
y lacio. Aquel rostro le sonaba. El otro tipo, un joven que apenas había dejado
atrás la adolescencia, parecía demasiado absorto contemplando el mutilado cuerpo
de su compañero muerto. Tenía el rostro ceniciento y los ojos abiertos de par en
par.
El hombre que le resultaba familiar le enseñó los dientes, mientras en sus ojos
aparecía un fulgor de odio.
—Tu ama la bruja no está para salvarte, perro. –aquella era la segunda voz que había
oído susurrar al otro lado de la esquina. Pero ahora, al oírla en voz alta, el joven
Guardián se dijo que ya había oído esa voz en otra ocasión. El hombre abrió ligeramente
su capa grisácea y por ella asomó la hoja de una larga espada. Sangre fresca cubría
su punta. Pero no fue eso lo que le llamó la atención sino lo que había atisbado
brevemente lo que se ocultaba bajo la capa. Un sol llameante. El símbolo de los
Hijos de la Luz.
—Te conozco. –siseó Bashar, clavando sus ojos en los del hombre. ¡Era el oficial
con el que se habían topado al llegar a Caemlyn y el que había insultado a Cenwyn!
Cenwyn. La mortal sonrisa del joven se acentuó y el brillo de sus verdes ojos acompañó
esa sonrisa. Ahora no estaba ella para impedir que matara al sucio Capa Blanca.—
Las palabras han acabado. Ahora morirás.
Al escuchar el sonido de unos pasos corriendo ambos miraron hacia el segundo Hijo
de la Luz. El muchacho corría como si fuera tras de él el mismísimo Oscuro. Y a
juzgar por el pálido rostro que les observaba por encima de un hombro cada cierto
tiempo mientras huía, así debía parecérselo a él.
El oficial y Bashar volvieron a encontrar sus miradas.
—Me ocuparé de ese cobarde en cuanto acabe contigo, perro.
Bashar no dijo nada. Como había dicho, las palabras habían terminado. Reaccionó
y atacó con el Jabalí baja corriendo la Montaña. El Capa Blanca no pudo hacer
nada y con una expresión de sorpresa en su rostro se derrumbó sin vida sobre la
moqueta carmesí de la galería.
En ese momento llegaron los guardias, con sus espadas desnudas.
Y en ese momento, un estruendo, como una explosión, sacudió las paredes, el suelo
y el techo, acompañando el punzante dolor que sacudió al joven Guardián en su espíritu.
El Vínculo, esa unión que tantas y tantas veces había maldito el joven hardani le
transmitía ahora el dolor de su Aes Sedai.
Ignorando los gritos de los guardias de que se detuviera, Bashar echó a correr por
la galería, torciendo ahora por un corredor luego por otro, siempre guiándose por
la sensación que le daba el Vínculo.
Sentía el corazón latiendo deprisa, desbocado. La sangre martilleando en sus sienes
mientras en su mente se formaba la angustiosa imagen de Cenwyn muerta. Bashar apretó
las mandíbulas y aceleró sus zancadas. Llegaría antes de que eso ocurriera... o
moriría vengándola.
Continuará...
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda© 2002
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