Nota:
Los personajes de Aviendha e Ingtar no son las famosas personas que todos
conocemos gracias a las novelas. ¿Explicación? Pues al parecer la originalidad
de ciertos amigos que jugaron la partida de rol en que se basa esta historia
brilla por su ausencia ...
Después de la batalla
Era Invierno, o al menos lo era en teoría, ya que el tiempo se
comportaba como un ser cruel y vil mostrando su cara más seca y su calor más
tórrido. Siempre que a las personas les parecía que el tiempo no podía empeorar,
aumentaba un poco más la temperatura. Sólo los ciegos e idiotas dudaban de la
razón en la alteración del tiempo, todo el mundo sabía que el Oscuro estaba
tocando el mundo con una gigantesca y asfixiante mano. Los Sellos de la Prisión
del Oscuro se están rompiendo, decían los ignorantes; los cultos y sabios
preferían callar porque sabían que prácticamente ya estaban hechos trizas.
Era Invierno, pero las
personas abandonaban sus casas, abandonaban la mayoría de cosas que daban
significado a sus vidas, abandonaban todo excepto la esperanza en sobrevivir.
Los caminos se cobraban peaje en forma de vidas, la de los débiles locos que
habían dejado atrás sus hogares.
Era Invierno, y el
sudor de la batalla impregnaba el aire circundante. En un invierno normal los
olores hubiesen sido menos prenetantes, pero no en este invierno, donde el olor
del sudor y la sangre de los hombres enturbiaban el sentimiento de victoria, la
dicha de seguir vivo tras una cruenta batalla inundaba los corazones de casi
todos los presentes. El lugar era conocido por los Pozos de Dumai, nombre
obviamente dado por la presencia de varios pozos cerca del lugar. Aiel,
Mayenienses y tearianos se confundían yendo de un sitio para otro en el
campamento, convenientemente alejado del lugar original donde se había
perpetrado la matanza. Porque eso era, una matanza, y el suelo rojizo empapado
de sangre era testigo, pero de todas formas las guerras siempre eran una
matanza, sólo que normalmente uno de los bandos huía antes de que la muerte
visitase a tantas personas a la vez; claro está, los Aiel Shaido habían corrido
huyendo despavoridos, pero las explosiones de tierra y fuego los habían barrido
dispersando a los supervivientes. Se habían capturado unos doscientos Shaido,
ahora gai´shan durante un año y un día. En verdad era un número pequeño si se le
comparaba con las lanzas Shaido presentes en la batalla: unas cuarenta mil
personas, mujeres y hombres. Eran fácilmente reconocibles en el campamento por
ir desnudos, y muchos soldados de tierras húmedas se comían con los ojos a las
altas mujeres Aiel, algunos de forma obvia y otros más disimuladamente.
Ingtar era unos de esos soldados, exactamente de los que miraban
obscenamente las femeninas curvas, limpias de cualquier ropa. De nacionalidad
Andoreña, donde son bastante remilgados sobre todo si se les compara con otros
pueblos más "abiertos", pero estaba empezando a olvidar sus costumbres de recato
originales ante la exótica exuberancia de las mujeres. Anteriormente pertenecía
a la guardia real del Trono del León, y no es que lo hubiesen echado, pero en su
fuero interno sabía que jamás volvería a su antigua y tranquila vida, sobre todo
después de esta batalla. Sus ojos amarillos refulgieron al recordar la astuta
manipulación de lady Dyelin al ofrecer al Dragón a él y sus soldados en calidad
de escolta, así le apartaba de Caemlyn y quedaba bien ante el lord Dragón. Él
sabía que no solía caer bien entre la nobleza, en especial en lady Dyelin, así
que tampoco podía extrañarse mucho de lo ocurrido. Lo irónico del caso es que él
era totalmente fiel a la corona de Andor y a sus gobernantes, incluyendo a los
nobles. Simplemente prefería no pensar demasiado en ello.
Actualmente le había
nombrado oficial de infantería, y tenía a su cargo a un pequeño pelotón de
tearianos. Entre ellos estaba un hombre en cuya cara se mostraba el asco, en su
mirada la resignación, y en su nombre..., Ingtar no estaba muy seguro que
mostraba en su nombre, pero desde luego el nombre de Sharim Partin era bien
extraño. Había escuchado rumores sobre él de lengua de otros soldados, rumores
estúpidos, lo único de lo que estaba seguro él era que el tal Sharim Partin era
un poco borrachín, cosa que explicaba su cara de resignación, ya que excluyendo
lo reservado para la clase alta, no había ni pizca de alcohol en muchos
kilómetros a la redonda.
Sharim se miraba en las caras de sus compañeros ya aburridos,
cuando pasó la vista sobre el sargento se dio cuenta de que éste le estaba
observando de antes y rápidamente los dos fijaron la vista en distintos puntos
del paisaje. Él decía en privado que no le impresionaban los ojos dorados de
Ingtar, fanfarroneaba mientras charlaba, diciendo que ya había visto en la vida
muchas cosas extrañas y otras horrorosas como para que le diese miedo un extraño
color de ojos, aunque siempre le recorría por el cuerpo una inquietud cuando
Ingtar le miraba de esa forma. ¿Qué pensaría él si supiese que yo también soy
distinto a los demás?, pensaba de vez en cuando, sobre todo entre trago y trago.
Su nariz estaba prácticamente congestionada por el extremo olor de la violencia
perpetrada más abajo en el valle. Algunas veces se consolaba diciendo que era
seguro que en el mundo había personas aún más raras que él, de hecho los
encargados de mantener la paz y la justicia en las ciudades le habían hablado de
que anteriormente a su contratación habían empleado a otros con su don, aunque
todavía no hubiese conocido ninguno. De nuevo pasó la vista en sus amigos
soldados. Había entablado amistad rápidamente con el grupo de tearianos con
quién luchaba, si bien se reían mucho a causa de su arma, estrafalaria cuando
menos según ellos. Básicamente era una gran vara de madera resistente con los
extremos revestidos de metal tachonado, en uno de ellos había una cadena que
unía la vara con una especie de porra. Lo que él sabía era que combinaba la
facilidad para bloquear golpes y mantener a distancia a la gente de una vara con
la contundencia de una maza. Nuevamente pensó en su condición de husmeador, y
finalmente se prometió a si mismo que antes de morir tendría que conocer a otro
de su clase.
Aviendha pasó entre un grupo de habitantes de tierras húmedas,
que vestían de forma diferente a sus congéneres y llevaban grandes arcos a su
espalda. Sonrió disimuladamente al ver la reacción que provocaba los cuerpos
desnudos de las gai´shan que le acompañaban. Desde luego eran muy divertidos
estos hombres, y algunos atractivos, aunque al parecer se avergonzaban con mucha
facilidad. Se preguntó si ella misma gustaría a esos hombres, porque le habían
dicho que la mayoría nacidos en esta parte del mundo les gustaba un modelo de
mujer más débil, y sin cicatrices en la cara. Cómo es que alguien prefería la
debilidad a la fuerza no cabía en su cabeza, en todo caso no le preocupaba mucho
la opinión de esos hombres, como mucho le preocuparía la opinión de otros Aiel.
Ahora que reflexionaba, esos hombres debían ser seguramente los que son del
lugar donde vivió el Carn´a´Carn, sus compañeras Doncellas hablaban mucho de
ellos. Si personas de este tipo habían educado a Rand Al´Thor, se clarificaría
uno de los temas de debate actuales de las Doncellas Lanceras, la razón de que
Rand Al´Thor fuese tan vergonzoso.
Ahora mismo estaba
guiando a unas cuantas gai´shan a una zona del campamento dónde deberían
quedarse, y mientras les ordenaba que esperasen en ese mismo lugar su mente
siguió pensando, esta vez sobre los Shaido y la forma en que estaban perdiendo
ji desde que el Carn´a´Carn sacó a los Aiel de la Tierra de los Tres
Pliegues. Jamás habían sido un clan muy limpio, por así decirlo, pero
últimamente estaban rompiendo tradiciones, cometiendo matanzas en ciudades,
robando sin tener el cuenta el quinto, traicionando al Car´a´Carn, y un largo
etcétera. Ya se había interrogado a algunos Shaido, y a través de estos ahora
sabía que todavía no tienen jefe de clan, y que al parecer el verdadero poder lo
estaban ejerciendo unas Sabias muy ambiciosas. Mientras pensaba todo esto
alguien vino corriendo a llamarla, para ver al jefe entre jefes, el Car´a´Carn.
El camino continuaba serpenteante en un ligero descenso desde la
falda de una colina. Poco a poco, los matorrales se transformaron en pequeños
árboles, que dieron lugar a un pequeño bosque de robles que mostraban un aspecto
patético. El Ogier, llamado Hanon, miraba a los pobres árboles como si él
percibiese suaves gritos de agonía del bosque en vez de escuchar el suave meneo
de las ramas por un viento, que estaba aumentando lentamente de velocidad desde
esa mañana. Su acompañante, una mujer de rostro joven y elegantemente vestida
que marcaba a su caballo un ligero trote, le estaba observando como si jamás
hubiese visto un Ogier, como fascinada por la extraña raza que son ellos. Ella
era Laurhyne Sedai, Aes Sedai del Ajah Blanco que se sentía orgullosa por lo que
era, por quien era. De una familia de comerciantes acomodados en Tar Valon pasó
a lo máximo que creía que podía llegar: ser Aes Sedai. Entró más joven de lo
normal a la Torre Blanca y tardó bastante poco en convertirse en Aes Sedai, ya
que algunas pobres necesitan varias décadas.
Había ido al Stedding
Shangtai, unos de los Stedding Ogier más grandes que quedaban, y Hanon la
acompañaría hasta Cairhien. Cuando recordaba el momento en que le mandaron hasta
allí, le daban arcadas por sus propias tonterías. Después de que le nombrasen
Aes Sedai, estaba deseosa de salir al mundo real, ayudar a la gente de afuera y
también a la Antecámara, y por qué no, de divertirse viviendo aventuras. También
estaba deseosa de tener un guardián, lo quería ya, pero sabía que es normal
tardar bastantes años en encontrar un hombre adecuado y que acepte. Iba como
alma en pena yendo por los pasillos de la Torre Blanca, preguntando
respetuosamente a otras Aes Sedai si sabían de alguna "misión" en el exterior en
la que pudiese ayudar, hasta que después de molestar bastante, se le encomendó
ir al Stedding Shangtai e investigar una lista de asuntos en sus bibliotecas. El
trabajo de biblioteca no sería muy emocionante, pensaba ella, pero el viaje de
ida y vuelta sería otra cosa. El quid de la cuestión estaba en la
distancia de Tar Valon hasta el Stedding Shangtai, tardaría varios meses en
hacer el viaje, y seguro que pasan cosas interesantes, razonaba antes de salir
de Tar Valon. Después de no-se-cuántas semanas sin sobresaltos en la ida (ni
siquiera Capas Blancas), una aburrida y larga estancia en el Stedding en el que
no se puede alcanzar la Fuente Verdadera, más otras decepcionantes semanas en lo
que llevaba de viaje de vuelta se había dado cuenta de que la vida no es como el
cuento de un juglar; en especial los viajes largos, que resultan ser
particularmente aburridos. Seguro que le habían elegido a ella para ir al
Stedding para que saliese de su error, y hay que decir que lo habían conseguido,
cosa que detestaba.
Bueno, exactamente había estado bastante ocupada en el viaje de
vuelta meditando sobre lo escuchado en todos los pueblos y ciudades por los que
han pasado. Seguramente se habría enterado en el Stedding Shangtai si no fuese
porque prácticamente está aislado de la sociedad humana. Por lo que iba
escuchando en el viaje de vuelta, calculó que los rumores habían avanzado por
detrás de ella, prácticamente como si fuese un compañero de viaje que iba
retrasado en el camino. Los rumores decían que la Torre Blanca se había
dividido, y que ahora mandaba el Ajah Negro, por sólo mencionar lo esencial que
decían. Después de pasar por Aringill, ya se había decidido en ir directamente a
Tar Valon sin pasar por Cairhien, así se lo dijo a maese Hanon hacía una semana,
y al llegar finalmente a una encrucijada en el camino, se despidieron más
afectuosamente de lo que estaba ella acostumbrada.
Si el largo viaje acompañada por un Ogier había sido pesado y
soso, yendo sola resultó ser un suplicio. Después de varios días acortando
camino, había llegado a la senda principal entre Cairhien y Tar Valon. De vez en
cuando veía pasar a personas desarrapadas y macilentas, su visión la incomodaban
de manera que cuando se cruzaban ella aligeraba el paso. A pesar de su fría
lógica, no podía evitar sentir lástima por seres humanos que lo estaban pasando
tan mal en sus vidas, seguramente cortas, pero lo peor era no saber, no poder
discernir cómo había tantos problemas en el mundo, desde pobreza hasta odio
entre naciones, pasando por qué era lo que empujaba a la gente a tirar sus vidas
por la ventana desperdiciándola en los caminos. Faltaba poco para el anochecer,
el sol se ocultaba ya detrás de un extraño promontorio en el horizonte,
aliviando su cara levemente enrojecida por el astro rey cuando vio más adelante
en el camino unas luces que indicaban seguramente algunos carromatos de
mercancías. Efectivamente así era, como pudo comprobar cuando ya estaban a pocos
metros, los farolillos forjados de hierro colgaban de unas pértigas en la parte
frontal de los carros, de manera que las luces colgaban justo delante de los
caballos que tiraban de la pesada carga. En ese momento le vino a la cabeza una
pregunta, ¿dónde se habían metido los guardas que suelen utilizar los
mercaderes?, ya que no había jinetes alrededor del pequeño convoy. En todo caso,
un hombre de unos cuarenta años, bastante relleno y con ropas de calidad pero
que no se habían lavado en demasiado tiempo se dirigió montado en una mula hacia
ella.
-¿Sois una noble dama?-
Fue lo primero que dijo el sucio mercader, y antes de contestar a su pregunta le
siguió acribillando con un acento andoreño en el que se notaba nerviosismo e
inquietud:
-Deberías ir
acompañada, gentil muchacha, estas tierras son más peligrosas de lo que eran
hace medio año, más de lo que eran hace un mes habría que decir, lo
suficientemente peligrosas como para que personas como vos y como yo estén aquí
en territorio de nadie- Laurhyne abrió la boca para contestar pero de nuevo la
interrumpió:
-En todo caso, no
podría daros protección porque yo no..., un momento, si eso es lo que parece...-
dijo en voz cada vez más baja el mercader al fijarse en el anillo que lucía
Laurhyne en la mano derecha.
-Si, soy Aes Sedai,
hombre de malos modales, así que deberías de comedir tus palabras antes de saber
con quién hablas- respondió Laurhyne mientras subía la mano con el anillo de la
Gran Serpiente hasta sus narices, ante la boca a medio abrir del pobre mercader.
-Mis más sinceras
disculpas, Aes Sedai- suplicó con voz ferviente mientras se bajaba de la pobre
mula que soportaba más peso del normal. Entonces Laurhyne pensó divertida en que
había visto a un burro encima de una mula, algo bastante pintoresco. Suavemente,
se le escapó una risita que al parecer no escuchó el burro, ¡no, el hombre!,
exclamó mentalmente.
-Os pido mil perdones
Aes Sedai, pero yo y mis compañeros estamos bastante nerviosos desde los últimos
dos días, os lo suplico- siguió sin pausa el grueso hombre que estaba ya
arrodillado ante la Aes Sedai.
-¡Oh, tampoco hace
falta esto!- musitó abochornada Laurhyne, que no estaba acostumbrada a tanto
respeto hacia su persona, aunque había que confesar que no estaba mal del todo.
-Levantaos buen mercader, y decidme que desgracia os ocurrió hace dos días para
que estéis tan nervioso, además de no haberos dado tiempo a asearos debidamente-
Cuando salieron estas palabras de su boca, Laurhyne se dio cuenta de que había
sido en exceso grosera, pero lo mejor que podía hacer ya era no rectificar. En
todo caso el hombre no se dio cuenta del insulto, y se dispuso a relatar lo
sucedido hace dos días, mientras tiraba de su chaqueta hacia abajo de forma
inconsciente.
-Primero decir que me
llamo Ventur, reputado mercader de la zona. El caso es que estabamos yendo de
Tar Valon a Cairhien con un cargamento de telas, después tenemos pensado ir a
Caemlyn, bueno, lo importante es que ibamos tranquilamente por el sendero
principal cuando empezamos a vislumbrar la avanzadilla de un ejército por las
llanuras que quedan al Oeste, un poco más tarde vimos que eran una barbaridad de
personas, puede que sesenta mil y lo peor es que eran unos fieros Aiel. Sé lo
que me digo al hablar de esos salvajes, ya que he visto a otros así en Cairhien.
El caso es que estos parecían tener un objetivo en mente, y no precisamente el
de comprar telas, así que nos arriesgamos a ir dirección este, yendo con las
carretas por campo a través. De nada sirvió, ya que nos topamos de frente con un
pequeño pero violento grupo de Aiel, seguramente una avanzadilla, que nos
asaltaron. Huimos los que pudimos de la tragedia, mientras ellos mataban a parte
de nuestros compañeros y miraban que botín habían conseguido. Perdimos tres
carromatos, junto con las vidas de sus dueños. Desde eso hemos apretado el paso
y apenas hemos dormido.
-Desde luego es una
tragedia, pero me pregunto si sabes más de esos...
-¡Ah, pero no he
terminado de contar todo!- La forma de interrumpir de Ventur era exasperante-,
medio día después de eso, nos topamos con otro ejército, esta vez de un número
menor de soldados, pero con una composición aún más extravagante porque los
uniformes de los guerreros eran muy dispares, amén de sus propias
nacionalidades, ya que vi más Aiel junto con cairhieninos, con lo que se odian a
muerte entre ellos...- Ventur divagó un poco más sobre los soldados que vio,
hasta que Laurhyne lo puso firme como una vela al escuchar que vio cierta cosa
interesante:
-Si señorita, le cuento
que mientras un oficial mayeniense me interrogaba sobre lo que nos había pasado,
había un grupo de mujeres que me observaban desde una cierta lejanía, pero
llegué a ver que tenían unos preciosos trajes de montar, comprenderá usted que
al estar especializado en telas comprendo del tema. Montaban en grandes
caballos, no tan modestos como los que nosotros utilizamos, y les rodeaban unos
hombres armados y fieros, de alguna manera distintos a los soldados.
-¿Estás seguro de eso,
Ventur? -indicó Laurhyne- Si es así, decidme la dirección en que se fueron.
-Ellos siguieron el
camino, pero me da en la nariz que iban en persecución de los Aiel que nos
atacaron así que seguramente tuvieron que desviarse un poco hacia la izquierda
según avanzaban.
-Muchas gracias maese
Ventur, espero que no tengáis más problemas en vuestro viaje, pero ahora debo
partir, con más celeridad si cabe que antes.
Aunque dijo eso, antes
de dejarles marchar aplicó sus más bien mediano Talento de la Curación a los que
parecían heridos en el grupo. Por supuesto y después del susto inicial que
provocaba el uso del Poder Unico, se deshicieron en agradecimientos y promesas
de eterno favor hacia ella. El entrar en contacto con la Fuente Verdadera le
recordó lo maravilloso que era la corriente del Saidar, que recorría su cuerpo
avivándola como si fuese un fuego aumentado por un fuelle. Siempre había
supuesto desde su aprendizaje en la Torre Blanca que la sensación de éxtasis
producido por el Poder Unico disminuiría con los años, su lógica le decía que la
Aes Sedai que usaban el Saidar desde hacía varias décadas estarían
acostumbradas, pero desde luego en ella no había decrementado un ápice las
sensaciones que tenía cada vez que se abría al poder más maravilloso del mundo.
Esa noche durmió cerca de una cañada apartada del camino. Su
querida montura se llamaba Tormus, y era un caballo más bien ligero de pelaje
castaño con manchas blancas por las cuatro rodillas, que estaba aguantado bien
la marcha continuada de cada día. Dejó atada las riendas al árbol cercano, que
aunque débil en su aspecto exterior parecía lo suficientemente grande como para
aguantar el tirón de cincuenta caballos a la vez. Estableció una salvaguarda
alrededor suya, y mientras pensaba en las sorpresas que por fin se iba a
encontrar en el camino, cayó en los brazos del sueño.
A la mañana siguiente,
no tenía mucha hambre ya que los nervios le habían hecho un nudo en el estómago.
Tuvo un desayuno frugal, después apagó la pequeña fogata encauzando agua justo
en las ramas que ardían, de manera que un fuerte siseo surgió de forma repentina
asustando a un pequeño pájaro que seguramente buscaba migajas de comida que se
hubiesen caído al suelo. Tras las observaciones de los pequeños animales en la
Madre Naturaleza, se puso en marcha con el firme propósito de encontrarse ese
mismo día con las misteriosas mujeres descritas por Ventur. Cuando montaba su
animal se percató de su buena memoria, ya que conocía a personas que habrían
olvidado el nombre del mercader después de la jornada diaria. Tras unas cuantas
horas, menos de las que ella había previsto, se encontró con lo que buscaba. Su
caballo iba a medio galope y su estómago le recordaba lo poco que había comido
durante esa mañana cuando el viento trajo un olor nauseabundo de los montes a la
izquierda del camino, dirección predicha por el bueno de Ventur. Tras unas pocas
dudas en su corazón,- en verdad bastantes- decidió virar en su camino, hasta que
recibió el shock.
Un mar bulliente se extendía en una llanura anteriormente tapada
por una loma, un mar negro cuya espuma era de un marrón rojizo. Literalmente
miles de cuervos, grajos, buitres y otros pájaros se estaban dando un festín en
los restos de una batalla que a todas luces había sido una carnicería. Su fría
mente pensó sobre quién habían sido los bandos en la lucha, quién había ganado y
por qué habían luchado, mientras su corazón agradeció la preparación anterior
que había supuesto oler antes ver. Mientras pensaba que era lo que tenía que
hacer ahora, ya que no parecía haber ningún superviviente en la zona, giró la
cabeza para ver en derredor. Entonces vio a dos mujeres que se dirigían hacia
ella caminando lo más deprisa que les era posible sin llegar a correr, como
intentando mantener la dignidad, cosa que a todas luces no estaban consiguiendo
ya que parecían que tenían problemas de coordinación en sus cuerpos al moverse
de forma bastante graciosa. Mientras esbozaba una sonrisa se dio cuenta de que
los rostros de las mujeres eran intemporales y más retrasados que las nuevas Aes
Sedai venían unos cuantos hombres muy altos. Ella no había visto en su vida a un
Aiel, pero los velos negros que llevaban en el pecho junto con las lanzas que
portaban ayudaban a hacer suposiciones.
Su mirada cautelosa se
transformó en estupefacción al ver a las Aes Sedai más cercanas, ¡Eran Masuri y
Rafela, conocidas suyas! Al menos vio que su expresión sólo era reflejo de la de
sus compañeras, a las que se les iban a salir los ojos.
-Laurhyne, ¿Quién te ha
enviado? ¿Y tus compañeras? ¿Pero qué demonios haces tú aquí? - La expresión era
extraña en boca de Masuri, compañera del Ajah Blanco, ella era normalmente un
bastión de virtud y paciencia digno de contemplar en la Torre Blanca.
-Masuri, cálmate ya,
por la Luz; y tú Laurhyne, sería bastante conveniente que nos dijeses qué haces
en este lugar- Rafela era del Ajah Verde, pero en estos momentos era como si
alguien hubiese intercambiado las personalidades de ella con la de Masuri.
-No sé si lo recordáis-
dijo sin más dilación Laurhyne- pero me fui al Stedding Shangtai hace ya varios
meses. En el camino de vuelta he escuchado historias tan inquietantes que me
decidí por ir a Tar Valon a no más tardar.
Las dos Aes Sedai
mayores se miraron y Masuri comentó de forma insultante que era una explicación
plausible. ¡Cómo si dudasen totalmente de su palabra! ¿Que podía hacerles,
mentir? ¡Ja!
-Verás Laurhyne, la
situación actual es...- su voz se apagó al escuchar una grave voz.
-Aes Sedai, serás
conducida a la presencia del Carn´a´Carn, y el juzgará sobre ti- anunció un Aiel
que de repente estaba al lado de las Aes Sedai.
Rodeadas por Aiel las
Aes Sedai fueron escoltadas, por no decir conducidas, a un campamento militar
que estaba apoyado en la cima de la colina próxima al valle.
-Ahora no hay tiempo de
explicaciones- dijo Rafela en voz baja, -pero te aconsejo que te muestres muy
respetuosa con la persona que vas a ver, que no te engañe su edad.
Mientras subía por la
loma vio con más precisión el antiguo campo de batalla, visión no muy agradable
pero observó detalles como que había muchos cadáveres de lobos además de unas
cuantas carretas calcinadas hasta la estructura de metal que anteriormente
hubiese mantenido una lona, al lado de los pozos. Había un par de cerros
adyacentes no muy altos que estaban recubiertos por tumbas que se distinguían a
esa distancia por la tierra removida, más cerca observó a dos mujeres que
parecían hablar a una de las tumbas. Según iban subiendo podía dislumbrar al
final del camino parte de lo que esperaba; lo primero que vio por estar a más
altura fue una bandera con el antiguo símbolo de las Aes Sedai atado en un astil
el cual a su vez estaba situado en lo alto de una de las carretas que formaban
un círculo, seguramente estas habían sobrevivido al fuego que consumió a sus
iguales más abajo. Repentinamente le vino a la memoria el
nombre de Rand Al´Thor, el Dragón Renacido según la mayoría con los que había
hablado, amén del estandarte que utilizaba según los rumores. Al parecer se
había topado con una banda de seguidores del dragón, o mejor dicho, una gran,
gran banda.
El campamento mostraba
indicios de un creciente bullicio, al parecer estaban empezando a recoger las
cosas y como le habían informado estaba formado por Aiel vestidos con ropas
pardas y verduscas, Cairhieninos con la mano en la empuñadura de la espada
cuando pasaban al lado de los anteriores, Mayenienses de petos rojos que estaban
más bien desperdigados por todo el lugar, mezclados por doquier. Aquí no acababa
la variedad, ya que había unos pocos hombres en su mayoría jóvenes que iban con
grandes arcos a la espalda, un gran cuchillo a la cadera y sin armadura, otros
varones que vestían recias chaquetas negras con espada en el cinto y severidad
en el rostro. Cuando se cruzaron con un par de hombres que llevaban una tienda
de campaña plegada casi tropezó de estupefacción, ya que no llevaban ninguna
ropa. Y lo más sorprendente: varias mujeres con chales aparentemente Aiel pero
que no llevaban armas, todas tenían la capacidad de encauzar, algunas con una
fuerza nada despreciable. Instintivamente razonó el asunto y llegó a la
conclusión que eran una especie de asociación de mujeres que encauzan, propia de
la sociedad Aiel, la cual no tenía contacto con la Torre Blanca. Empezó a
sopesar el posible número de espontáneas que podían producir este pueblo fiero
pero se vio interrumpida por la mirada de Masuri y el gesto negativo de su
cabeza. Debía de haber estado mirando fijamente a una de esas espontáneas mucho
tiempo sin que se diese cuenta y consecuentemente le habían leído el
pensamiento. Ahora que se percataba, las miradas que iban dirigidas a ella eran
muy significativas y casi dolorosas: esas espontáneas con chales miraban al
frente con indiferencia pero llegó a la conclusión de que era una indiferencia
falsa; los cairhieninos, mayenienses y los arqueros a los que no conseguía
adjudicar una nacionalidad evitaban su mirada hasta el punto de desviarse de su
camino a propósito; los otros Aiel que llevaban armas, tanto hombres como
mujeres le observaban con insultante descaro e incluso enfado; y esos
misteriosos hombres de negro eran los peores, parecían pensar que ellos eran
lobos y ella era el conejo.
Cuando pasó al lado de uno de ellos sintió un poco de miedo de
forma instintiva, era un joven de pelo rubio con todo el aspecto de galán
arrogante que podía tener una sola persona, este caminó de forma que se cruzaron
rozándose. Hacía bastante tiempo que no había sentido miedo, una emoción que
apenas conocía, por lo que se preocupó más de lo que admitiría en público. Poco
a poco, se estaban acercando a una gran tienda de campaña con una bandera alzada
en el techo. Había una figura en la bandera que reconoció y que de nuevo le hizo
sentir miedo ya que era la mítica forma del dragón, dibujo siempre asociado con
el Desmembrador del mundo.
En un segundo sintió
como alguien asía el Saidar y creaba una salvaguarda de Espíritu y Aire que
impediría escuchar a los que estuviesen fuera. Giró la cabeza y comprendió que
era Masuri la causante de todo.
-Escucha, dila a él que
estas aquí para ver al resto de Aes Sedai y llevar por ellas ciertos mensajes a
la embajada de Salidar, nosotras haremos que la frase cobre verdad- le comunicó
Masuri sin mover demasiado la boca y ahora que recordaba le sonaba el nombre de
Salidar, pero antes de preguntarle retiró la salvaguarda. Después ya le pareció
inapropiado tejer una para preguntarle por ese detalle, así que decidió esperar
para preguntarle en otro momento.
Ya al pie de la enorme
tienda de campaña se retiraron la "escolta" de Aiel, y las tres mujeres
penetraron en la tienda. Lo primero que atrajo la atención de Laurhyne fue un
joven de veintidós a veinticinco años, con una camisa blanca echa jirones. Era
muy alto, algo que juzgó con dificultad puesto que estaba sentado en una silla
con anchos reposabrazos, a saber de dónde había sacado ese mueble en mitad del
campo. El pelo rojizo destacaba en su rostro severo pero hermoso junto con unos
ojos azulgrisáceos, hasta decidir que seguramente el chico no sería un mal
guardián para ella. Una muchacha con bucles negros hasta los hombros observaba
al muchacho sentado, seguramente ella también lo encontraba atractivo, y con
razón. Un hombre de mediana edad estaba esperando en una esquina de la tienda,
más retrasado con respecto a la pareja pero con el aire de un impaciente
observador. Llevaba una de esas chaquetas negras, y en su cuello se distinguía
dos alfileres con una figura esmaltada. La tienda se mostraba casi llena con la
presencia extra de siete personas más, dos de ellos parecían nobles con cierto
rango militar, otros tres eran Aiel siendo dos de ellos mujeres espontáneas,
finalizando con un par de soldados de chaqueta negra muy serios y alfileres al
cuello.
-Masuri, Rafela, podéis
retiraros a ver a vuestras compañeras, yo cuidaré de ésta mientras tanto, no os
preocupéis- ordenó el joven sentado y sorprendentemente las dos Aes Sedai se
inclinaron levemente y se marcharon. De repente, todo cobró forma en la mente de
Laurhyne: las descripciones del nuevo falso Dragón que había escuchado por el
camino, las banderas que había visto en el campamento, la deferencia mostrada
por todas las personas en la tienda ante el joven, el hecho de que fuese el
único sentado, el acatamiento instantáneo de Rafela y Masuri....
Sintió como las piernas
le flaqueaban al comprender que estaba ante el Dragón Renacido, causante de las
graves disensiones entre Aes Sedai que antes no había creído pero que ahora las
comprendía en su propia carne, futuro Desmembrador del Mundo, Señor de la
Mañana, reencarnación de Lews Therin Thelamon, y un sinfín de etcéteras que
había estudiado en el Stedding Shangtai. El uso práctico e inmediato que estaba
dando a los conocimientos recién estudiados le supo un trago amargo pero
irónico, al fin y al cabo. ¡Y pensar que había pensado en él como un posible
guardián para ella!
Minutos después, en verdad pocos, salía de la tienda sintiendo un
gran agujero en ella, que reconoció después como el lugar donde anteriormente
estaba su valentía. La conversación con el "Lord Dragón" había resultado
sencilla, mostrándose en ocasiones bastante divertido por la situación. Le había
dicho que sólo tenía la intención de ver a la embajada de Salidar para llevar
ella misma los mensajes que fuesen apropiados, cosa que no comprendía muy bien
porque normalmente los mensajes con cierta urgencia se enviaban con palomas
mensajeras, pasando el mensaje de ciudad a ciudad. De hecho, Al´Thor afirmó
contundentemente que estaba totalmente de acuerdo con que fuese ella quien
transmitiese en persona las posibles cartas y que no se utilizasen palomas, un
método menos seguro. Ahora veía con más claridad, o mejor dicho comprendía que
él quería que las Aes Sedai no utilizasen palomas, un método demasiado rápido
para su gusto. Es más, tuvo la cara de endilgarle la tarea de llevar dos cartas
suyas que se puso a escribir en ese mismo momento: una para un tal Matrim
Cauthom y otra para la Antecámara, las dos para el pueblo de Salidar le dijo con
un misterioso guiño que no supo interpretar. En todo caso la joven mujer que
estaba a su lado se atrevió a darle un codazo, cosa que hizo sonreír a los Aiel
presentes. Mientras salían todos de la tienda le aconsejó que no abriese la
carta de Matrim ya que tenía una salvaguarda. De repente los dedos que sostenían
la carta le quemaron, pero comprendió que era su imaginación la que jugaba de
mala forma, y no el Saidin tejido y atado que era invisible a su vista.
-Es más, creo que te
voy a asignar una escolta para tu seguridad en los inciertos caminos actuales-
anunció sin previo aviso Rand Al´Thor mientras esbozaba una sonrisa algo
forzada.
-No creo que sea
necesario, Ran... digo maese Al´Thor- consiguió decir Laurhyne después de sentir
como se había formado un nudo en su garganta al imaginar a un grupo de agentes
del Dragón Renacido siguiéndola a todas partes hasta que se cansaran.
-No te preocupes, tengo
muchos sirvientes y soldados- expresó espontáneamente el alto muchacho que ya
miraba de un lado a otro girando la cabeza. Ahora que se percataba, ella no era
tan mayor como para pensar en él como "muchacho" o "joven", seguramente se
llevaban muy pocos años.
Se acercó a una Aiel
con una lanza en la mano que estaba sentada en cuclillas, la cual se levantó
rápidamente. Intercambiaron unas pocas frases y al instante ella salió
corriendo.
-Una, veamos quién será
el siguiente- comentó secamente mientras levantaba un dedo de la mano. De
repente caminó hacia un hombre que parecía un poco desastroso, con el pelo
desparramado y unos salvajes ojos amarillos.
-Tú eras de Caemlyn ¿no
es así?- preguntó al sorprendido soldado que hacía unos momentos caminaba
despreocupadamente por el lugar.
-Si, así es, mi señor
Dragón- contestó nervioso el ahora solitario hombre, ya que las personas que
antes estaban más o menos cercanas se habían esfumado. Rand siguió estudiándolo,
en especial mirando su espada, hasta que cogiéndole del hombro lo encaminó hacia
Laurhyne.
-¿Cómo te llamas?-
siguió Rand-,
-Ing... Ingtar, milord.
Rand interrogó delante
de Laurhyne al pobre Ingtar y le ordenaba que él y otro hombre de los suyos
servirían de escolta a esta Aes Sedai que tenía que hacer un largo camino.
-Por supuesto, milord-
contestó el recién llegado después de bastante tiempo durante el cual parecía
una estatua. Seguramente esto no le hacía mucha gracia, parecía que no servía al
Dragón Renacido con excesivo entusiasmo. Finalmente la joven Aes Sedai descubrió
porque Rand había mirado con atención la espada del hombre, y es que ésta tenía
una garza en la empuñadura. Como mínimo, Ingtar era un teniente, o quizás un
oficial que anteriormente había sido maestro de esgrima.
Ingtar estaba anonadado con el giro de los acontecimientos, ahora
mismo estaba en frente de una Aes Sedai, encuentro no muy apreciado por él. Por
otra parte esta le daba la esperanza de irse de aquél lugar, quizás se pudiese
deshacer del mandato del maldito Dragón con un poco de suerte. Seguía estando en
frente de la Aes Sedai que al parecer se llamaba Laurhyne, sin saber como
presentarse o como saludarle. Al fin, se apartó de su incisiva mirada que
parecía atravesarle el corazón para buscar otra persona más que les acompañara,
no importaba quién fuera porque quería aprovechar la oportunidad antes de que
nadie se arrepintiese, ya fuese Rand, Laurhyne o cualquier otro, cuando casi se
estrelló con Sharim. Este se empezaba a disculpar cuando de repente se le
encendió una lucecita en su cabeza.
-Ah, Sharim, Sharim
Partin, es un placer verte: me han dado un permiso para irme de aquí con alguien
más para hacer de escolta a esta Aes Sedai, así que pensaba que te gustaría y
quizás podrías acompañarme en las tabernas de las ciudades por donde pasaremos.
Todo esto dicho de forma rápida y seguida, sin pausas entre palabras siquiera.
Sharim estaba levantándose del suelo y se quedó en una postura un tanto rígida y
extraña mientras digería lentamente la información y sopesaba los pros y contras,
hasta llegar a la conclusión de que no iba a quedarse mucho tiempo por la zona.
Mientras tanto Aviendha se dirigía hacia la zona, buscándoles.
Una compañera de la asociación le dijo que el Carn´a´Carn tenía una misión
especial para ella, así que rauda y veloz fue a hablar con él. Rand Al´Thor
quería que un Aiel de confianza acompañase a una Aes Sedai recién llegada. Había
dado a entender que no se fiaba mucho de ella y que por eso no se podría separar
de su sombra hasta que él lo dijese. Ella aceptó encantada aunque algo sonrojada
por un poco de vergüenza. Seguramente habían llegado a sus oídos los comentarios
de hermanas de lanza sobre ella, lo mucho que deseaba ver las maravillosas
tierras húmedas, llenas de cosas asombrosas como ciudades, bosques con altos
árboles, lagos, que al parecer eran una gran extensión de agua, y demás.
Agradeció mentalmente que Rand Al´Thor hiciese como si no hubiera visto el
sonrojo, y después de recoger sus cosas esenciales empezó a buscar a la tal
Laurhyne.
Finalmente un Ojo de
Aguila que ahora llevaba una de esas estúpidas bandas escarlatas a la cabeza le
indicó la dirección correcta. Al llegar vio a una mujer todavía joven pero mayor
que ella, hablando con dos hombres de tierras húmedas. Mucho se temía que ellos
también iban incluido en el lote.
El
rumbo a seguir
Justo
cuando Laurhyne empezaba a acostumbrarse a la idea de tener que ir con tan
variopinto grupo de personajes recordó que todavía tenía que hablar con las Aes
Sedai que al parecer estaban en el lugar. Desde luego necesitaba hablar largo y
tendido con ellas. Pero antes de empezar a buscarlas examinó por quincuagésima
vez a los "guardias de honor": Teníamos a un tal Ingtar, hombre de mediana edad
un poco desarrapado y un ligero aspecto de salvaje. Era la primera vez en su
vida que veía a alguien con ojos amarillos, o quizás era mejor decir dorados;
estuvo a punto de preguntarle por el color de sus ojos pero antes de pronunciar
la frase se dio cuenta de la necedad. ¿Cómo iba a poder explicarlo? Simplemente
habría nacido con esa extraña tara, quizás heredada de algún familiar. Poseía
cierta actitud de tener el mando o mejor dicho, de querer tenerlo. Desde luego
no le hizo mucha gracia que tuviese acompañarla a algún misterioso lugar; aunque
en eso ella estaba de acuerdo. En las pocas frases que había intercambiado con
él desde los últimos cinco minutos se había mostrado indirectamente hostil con
ella, seguramente no le gustaba su condición de Aes Sedai y ella iba a ser el
blanco de su patética impotencia como hombre, algo usual que explicaba las frías
relaciones entre hombres de casi cualquier lugar y Aes Sedai en general. El
viaje con él no iba a ser agradable.
El segundo afortunado
en la tanda, por decirlo de alguna forma, era un tipo joven llamado Sharim
Partin que tenía toda la pinta de ser un soldado raso más. Tampoco se mostraba
muy respetuoso con ella, pero no tenía esa hostilidad patente de su al parecer
superior, Ingtar. Jeje, ahora que se fijaba la vara que llevaba era tan
estrafalaria como sus modos, con esa barra unida por una cadena algo le hacía
intuir que en el caso de utilizarla seguramente se golpearía con ella en la
cabeza a causa de los bandazos que daría en un combate, escena digna de ser
retratada para la posteridad, según su opinión.
La última pero la más
extraña de todas era la tal Aviendha, una (atención) far dareis mar del
Septiar Cuatro piedras del clan Taardad. Así se presentó, acto
seguido mencionó algo sobre agua y sombra o quizás era sobre una lanza... la
verdad es que en ese instante estaba intentando descifrar ese título que
utilizaba, ya que parecía mostrar una compleja organización social entre los
supuestamente salvajes Aiel. En todo caso la frase del agua y las armas parecía
una frase ritual así que no se preocupó mucho. Hacía un momento se había alejado
del grupo para según ella despedirse de su (atención de nuevo) hermanas de
lanza, en especial de un hijo del relámpago bastante mono. Mientras
volvía o no reflexionó en la edad de Aviendha, que según su ojo clínico acaba de
terminar la adolescencia, lo que contrastaba con su cara marcada de cicatrices y
el tamaño de las lanzas que portaba en la diestra. A pesar de que parecía
manejar esas armas estaba deseosa de aprender datos sobre el fascinante pueblo
Aiel. Ah, una cosa más: es la única que le había tratado de forma respetuosa
desde que había llegado a los Pozos de Dumai, por lo que ganaba bastante en su
imaginaria puntuación mental que establecía algunas veces en ciertos momentos,
momentos como éste.
Se dirigió
a los dos hombres, que ahora guardaban sus escasas pertenencias en las alforjas
de sus caballos, doblando parte de una armadura de malla y metiéndolas.
-Sharim, Ingtar, tengo
que hablar con unas compañeras antes de que partamos, dentro de unos minutos nos
vemos aquí.- Estos no tuvieron ocasión de responderle, ya que Laurhyne se había
dado la vuelta, armada de valor, y si era necesario enfrentarse a unas Aes Sedai
más poderosas que ella para averiguar que estaba pasando en este lugar, lo
haría.
-Me
pregunto que planeará esa mujer- pensó Ingtar, el cual exclamó en voz alta su
duda involuntariamente. Sharim dirigió una mirada a la espalda de la Aes Sedai,
después a él.
-Hombre, no seas tan
desconfiado- le contestó seguidamente Sharim. -A mi personalmente no me ha
parecido tan terrible cómo me imaginaba a las Aes Sedai, esta ha sido la primera
que he conocido porque en Tear no están muy bien vistas, ya lo sabes.- La cara
de Ingtar seguía circunspecta.
-Todos lo que escuchado
de las Aes Sedai no eran cosas buenas, la verdad es que he sido educado con gran
cantidad de prejuicios hacia las de su clase, pero hasta que ella no de muestra
de que se merece mi desconfianza, la trataré bien.- Sharim continuaba ante el
silencio de su compañero. -Lo cual no quiere decir que me vaya a postrar ante su
figura- puntualizó a la vez que terminaba de cerrar su equipaje. Ingtar,
refunfuñando a medias, no expresó ninguna inútil queja más, al menos no por el
momento. Desde luego, menudo "superiores" le tocaban.
Allí estaba Laurhyne, charlando junto con Kiruna y Bera.
Anteriormente estaban con nueve Aes Sedai, de las cuáles conocía a Masuri,
Rafela, Kiruna, Bera y Merana; hasta que tuvieron que irse para ayudar en el
desmantelamiento del campamento. Bueno, tanto como charlar, charlar, lo que se
dice charlar... sólo escuchaba lo que tenía Kiruna a bien de comunicarle. En un
principio Bera fue reticente a decirle más de lo estrictamente necesario, pero
Kiruna mencionó que sólo era cuestión de tiempo, así que empezó a darle bastante
información: La ruptura de la Torre Blanca, la sustitución de Siuan Sanche, el
poblado de Salidar utilizado como refugio, las embajadas de Aes Sedai de cada
facción para entablar relaciones con el Dragón Renacido, y lo más penoso: el
secuestro perpetrado por la Torre Blanca para controlar a Rand Al´Thor.
- Podemos contar
contigo para unificar de nuevo la Torre ¿verdad?- Preguntó Kiruna de improviso.
- ... Claro, por
supuesto que colaboraré con vosotras. Está claro que el gobierno actual de la
Torre Blanca es ilegítimo, haciendo esa clase de depravadas acciones.- El tono
de Laurhyne fue en principio débil hasta sonar con bastante convicción al final.
-Bien, has dicho antes
que Rand quiere que vayas a Salidar, así que irás a Salidar y entregarás una
carta a Sheriam, si no puedes entregársela a ella, dásela a Carlinya, Beonin,
Anaiya o Morvin.- Hizo un gesto de asentimiento a Bera, que se sentó en un
minúsculo taburete y empezó a escribir con pluma el mensaje. Laurhyne se
preguntó por qué había que darle la carta a Sheriam y no a otra, que era la
Maestra de las Novicias, nadie más importante, y la relación entre Sheriam y las
demás.
-Además, me gustaría
que me hicieses un favor- ahora la cara de Bera mostró bastante sorpresa, ella
también se preguntaba que favor sería. Seguramente pasarás por Caemlyn, allí
tengo un contacto, una posadera llamada Omin, en la posada El Ciervo Alado. Si
puedes, recoge los mensajes que tenga y entrégaselo a Malena Baral en Salidar,
que una Aes Sedai de mi Ajah.- Ahora comprendía el compromiso y la delicadeza
del asunto, cada ajah tiene su propia red de informadores y espías que no es
precisamente de dominio público. Ella podía usar en el futuro esta información
para su provecho, pero Kiruna esperaba que no lo hiciera, que quedase entre
ellas.
-Por supuesto, Kiruna-
respondió en voz baja Laurhyne, mientras Bera hacía como si no hubiese escuchado
nada.
Minutos después, Bera
sellaba el mensaje y Laurhyne lo guardaba cuando ésta exclamó:
-El viaje será muy
largo, de bastantes semanas, creo que no tengo el dinero suficiente para llegar
hasta Salidar, si está donde me habéis indicado.
-Las indicaciones son
buenas, no lo dudes, pero tienes razón en que es un viaje largo así que toma
esto- Bera buscaba entre sus pertenencias, aunque quizás eran las pertenencias
de otra, hasta que le entregó cien monedas de oro.
-Si te falta dinero por
alguna razón, conozco un joyero en Lugard que te entregará hasta el doble de
esta bolsa si te presentas como Aes Sedai. Es uno de los "pozos de oro" que
tiene repartida la Torre Blanca por todo el mundo. -La cara de Bera mostró duda
-Espero que la nueva Amirlyn no se haya acordado de retirar los pozos para
evitar que las Aes Sedai de Salidar puedan utilizarlo. Eso sí, recuerda que son
para emergencias.
-Para emergencias, cómo
no. No te preocupes, sabré cuidarme durante el viaje y llegaré pronto.
-Eso espero, pero no te
retrases más.
-No, partiré en media
hora, ahora voy a ver si me puedo llevar algunas provisiones de aquí.-
Mientras se alejaba,
Kiruna volvió y miró directamente a Bera.
-Vaya, ha sido fácil,
al principio no sabía a que bando apoyaría cuando le contabas la escisión de la
Torre, ya sabes lo frías y severas que pueden ser estas Blancas, pero cuándo te
escuché hablar sobre el "vil secuestro" cometido por la Torre Blanca, supe a qué
banda estabas jugando.- Kiruna asentía con elegancia mientras tanto.
-Por supuesto Bera, en
verdad yo tampoco que enfoque tendría que emplear para convencerla, hasta que
recordé su juventud y el poco tiempo que lleva siendo Aes Sedai. Todavía sigue
siendo una chiquilla en cierto modo. Seguro que le pareció que como la actual
Torre Blanca había cometido ese acto, tenían que ser las impostoras que habían
llegado al poder haciendo trampas, "las malas", vaya.
-Ya, y nosotras las
buenas. Si las de Salidar hubiésemos tenido la infraestructura necesaria para
ejecutar con garantías un plan de ese tipo también lo habríamos intentado. Ella
todavía no sabe que los métodos sucios que algunas veces se utilizan contra
dirigentes que no quieren colaborar o contra los enemigos de la Torre. Ya
despertará a la realidad algún día- concluyó Bera.
-Algún día, aunque en
cierto modo yo misma echo de menos esa época de inocencia.- Y Kiruna empezó a
reír, pero era una risa amarga, por todo lo perdido que jamás podría recuperar.
Aviendha
miraba a los hombres sentados encima de los caballos, algo que la desconcertaba.
El animal movía la cabeza, relinchaba, las patas cambiaban de posición de una
forma inestable... no parecía muy seguro montar en esos animales ya que podían
tirarte en cualquier momento al suelo, y menos en un combate. El caballo que
montaba Ingtar movió la cabeza hasta que esos grandes ojos le miraron de forma
nerviosa, estuvo a punto de hincarle una lanza pero el caballo dejó de prestarle
atención a ella. Laurhyne, también montada en una de esas bestias, hablaba con
Ingtar, Sharim seguía la conversación pero no intervenía en ella, excepto para
hacer algún comentario. Al parecer estaban discutiendo sobre la mejor ruta hacia
Salidar, que por lo que había escuchado era un pueblo muy al sudoeste de este
lugar, en otro país para ser más exacta. No aprobaba la forma de hablar de
Ingtar a la Aes Sedai, pero Sharim era más comedido. Además era bastante
corpulento, con unos miembros marcado por los músculos y no era tan bajo como
los demás habitantes de tierras húmedas. Los pequeños ojos que tenía en el
rostro quizás le afeaban algo, pero si no prestaba atención a ese detalle una
podía darse cuenta de que sus facciones severas le parecían atractivas.
Ingtar seguía
gesticulando con las manos, indicando las posibles opciones. Estaba empezando a
ponerse nervioso con Laurhyne Sedai. Habían llegado entre todos (excepto
Aviendha) a discernir tres caminos: Cruzar campo a través yendo al Oeste y
después torcer al Sur hasta topar con la vía que une Tar Valon y Caemlyn para
llegar hasta Caemlyn; encontrar el río Erimin y bajar en una embarcación o yendo
por la orilla hasta Aringill; o utilizar el camino más largo pero más seguro,
volver a la vía cercana de Cairhien y Tar Valon y utilizarla para llegar hasta
Carihien, para después ir hasta Aringill también por la vía comercial. Lo bueno
de esta última es que además de ser más segura que ir por las tierras salvajes
pasarían por varias ciudades y pueblos por el camino, donde podrían descansar
brevemente y comprar comida fresca. Aun así, parecía que Laurhyne tenía prisa
por llegar a Salidar e Ingtar también tenía prisa por llegar a Salidar, por lo
que debatían entre el primer y el segundo camino. Eso sí, Ingtar tenía prisa por
llegar a Salidar para terminar cuanto antes con su trabajo, cualquiera que fuese
este.
Mientras discutían,
Aviendha se distanció para encontrarse con dos far dareis mar que
trotaban rápidamente a sólo unos cuantos metros.
-Hola Jilan, Ophil, ¿me
podéis decir por qué todo el mundo esta ordenándose en esas columnas?- mientras
señalaba a los soldados que formaban largas columnas de tres hombres de ancho.
-¿No lo sabes Aviendha?
Volvemos a Cairhien por unos de esos agujeros del Carn´a´Carn. ¿Y vosotros, a
dónde vais?
-Eso me gustaría saber,
pero quizás os acompañemos un poco más de tiempo. Seguid vuestro camino, ya nos
volveremos a ver.
-¡Espero que vuelvas
con un buen hombre de tierras húmedas bajo el brazo, elige bien!- le gritó Ophil
cuando se alejaban.
Aviendha asentía con la
cabeza mientras se dirigía hacia Laurhyne a comunicarle la noticia.
¿¿¿Cómo
continuará la historia??? En cuanto tenga ganas de escribir os podréis enterar.
^_^
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda© 2002
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