"Las Estrellas"
por Iter
El Ogier miraba al infinito a través de la ventana de su confortable casa-árbol. Estaba tumbado en su cama y por la ventana del techo veía las lejanas estrellas que salpicaban el cielo como los fuegos de un enorme campamento.
Pero sus pensamientos no iban en esa dirección, y esa noche, las estrellas se le asemejaban las almas de los muertos atrapadas en una red que rodeaba el mundo. Le habían dado algo (posiblemente Randrómena) para que durmiese, pero no lo conseguía. De hecho, no quería dormir. El Ogier sabía que posiblemente esa sería la última vez que vería las estrellas, y que su hilo en el entramado estaba a punto de desaparecer.
Había estado soñando con su último objeto de estudio, y se había despertado en medio de la noche cubierto en sudor, y para lo único que tuvo fuerzas fue para llamar a su hijo y vomitar a un lado de la cama, antes de caer de nuevo en ella sacudiéndose de pies a cabeza por unos violentos temblores.
El Ogier había pensado muchas veces en cómo sería este momento. Qué haría cuando supiese que estaba en su última hora y que era imposible evitar lo inevitable. Pero lo cierto, es que no había preparación posible. Tenía miedo; un miedo atroz, un miedo que le subía desde la base del estomago y le enviaba escalofríos por la columna vertebral.
Era viejo, incluso para los de su especie, ya que recientemente había superado los 400 años. Pero en esos momentos le parecía que su vida no había sido más que un instante fugaz, rápido y repentino que no bien había empezado ya terminaba. Tenía en su mente recuerdos que creía olvidados hace mucho tiempo, y que ahora afloraban como chispas sin ningún orden: las clases de filosofía con el sabio maestro Haman, las travesuras de su hijo Dannil, las tartas de bayas que hacía su madre, la llegada de la primavera en el stedding, el color de las tapas del libro con el que aprendió a leer, la belleza del rostro de Cyril la primera vez que la vio, ...
Todo esto desfilaba por su mente, y cada imagen le enviaba un dolor a lo más profundo y hacía gemir su corazón. Pues sabía que no podría volver a sentir ni ver nada de esto, y que todos sus recuerdos, todas esas cosas preciosas que le habían ocurrido, se perderían.
Todo se perdería.
Durante toda su vida, el conocimiento le había parecido un fin, no un medio, y había hecho de su mente una enorme enciclopedia más vasta que cualquier enciclopedia escrita. Para él, el conocimiento era la felicidad, o al menos era lo que más se aproximaba a ella.
Podría haber trabajado como constructor de barcos, estratega, inventor, botánico, herrero, pintor, ... tenía los conocimientos para ser un experto en cualquiera de estas materias y en muchas otras, pero le faltaba la chispa de la creatividad y el valor para intentarlo. Posiblemente podría replicar cualquier obra de arte, pero no era capaz de crear nada que a él le pareciese suficientemente bueno como para superar a los grandes maestros; y eso le dolía. Muchos otros, que no eran ni la mitad de sabios que él, serían recordados largo tiempo por alguna obra que hubieran hecho. Pero a él nadie le recordaría por no haberse atrevido a mostrar sus trabajos.
No sentía envidia, sino una tremenda frustración por no haber sido más valiente. Todas las horas dedicadas a cultivar la mente, a aprender, a extraer toda la sabiduría de los libros, ahora le parecían vanas. Era como si su vida no hubiera sido más que un chiste muy largo y sin gracia, y desde luego que más de uno se reiría de él si supiera que estaba flaqueando así. Sentía que se hundía en una densa oscuridad, una caída a un profundo abismo que no terminaba nunca. En ese momento, no lo pudo soportar y lágrimas de rabia surgieron de sus ojos, mientras un grito silencioso moría en su boca.
Sabía que esa no era una actitud digna de un Ogier y enseguida reprimió las lágrimas. Pero el miedo y el dolor seguían ahí. Desesperándole. Aplastándole. Ahogándole.
No hay nada peor que la espera. Recordaba lo mal que se sintió mientras esperaba... estaba esperando que el enorme ejército que tenía enfrente se lanzara a la carga por la llanura... estaba esperando a subir al altar con su mujer Ciryl... estaba esperando que el Consejo de Mayores le diese permiso para salir del stedding y ver...
En todos aquellos sucesos recordaba que era mucho mayor el temor que el desenlace... pero ahora estaba esperando que llegara la muerte...
Desde luego no podía negar que la muerte cortaba todas las cabezas a la misma altura, pero hasta entonces no había entendido todo el significado de la frase. La muerte no sólo iguala a los pobres y a los ricos, sino también a los sabios y a los ignorantes. Estaba claro que la muerte arrebataba todas las riquezas materiales, pero él, secretamente, siempre había albergado la esperanza de que se le permitirían conservar sus conocimientos. Ahora dudaba, y aunque hacía tiempo que había aprendido que lo peor en un momento crítico era dudar; no sabía qué podía hacer al respecto.
Su cama se estremecía mientras temblaba como un niño que se encontrara sólo en una habitación con un trolloc hambriento. Sudores fríos le recorrían el cuerpo, y sólo una gasa, que ocasionalmente alguien le aplicaba en la frente, le calmaba el tiempo suficiente para recobrar el control de su cuerpo.
... el olvido... el vacío... la oscuridad... la muerte... ahora estaba esperando que llegara la muerte...
Y por fin, como un velo de seda blanca que alguien deja caer en la noche, llegó.
***
Quedos sollozos sonaron en la habitación cuando por fin el Ogier se quedó muy quieto, y con la mirada vacía fija en una estrella en el cielo. Sus copetudas orejas cayeron a ambos lados de la cabeza, y ya no se movieron.
Un miembro del Consejo de los Mayores que estaba en la habitación, en calidad de mejor amigo del fallecido, salió a anunciar al resto la muerte del Presidente del Consejo.
Dannil lentamente se acercó al doctor, que estaba retirando la última gasa de la frente del Ogier antes de taparle la cabeza con una manta, y le preguntó:
- ¿Ahora ya sabéis cuál era su enfermedad?
- Tu padre no estaba enfermo, Dannil, eso ya te lo dije cuando le hice las pruebas hace unas pocas horas.
- ¿Ah, no? ¿Entonces qué le ha ocurrido?
- Más bien parecía una especie de ataque. He visto casos parecidos en algunos humanos, pero hasta el momento de su muerte no pude confirmar mi teoría...
- Espere un momento - le interrumpió Dannil, e invitó a salir a todos los presentes para quedarse a hablar a solas con el doctor.
- Siga, por favor...
- Decía - continuó el doctor - que sólo había visto casos así en humanos, pero siempre ocurría en circunstancias muy distintas a las que han rodeado la muerte de tu padre. Dime Dannil, ¿en qué estaba trabajando tu padre cuando me llamaste?
- Mi padre no solía hablar mucho de sus estudios. Pero creo que en estas semanas estaba recopilando todo lo que sabían los humanos con respecto a la muerte -respondió solicito-. Ya sabes que pasó algunos años en compañía de ellos y que tenía muchos contactos con los bibliotecarios de las principales ciudades.
- Sí. Eso confirmaría mis sospechas.
- ¿Pero de qué está hablando?
- Dannil, no te ofendas, pero creo que tu padre murió de miedo.
- Con todos mis respetos, ¿está llamando cobarde ....?
- No - le cortó en seco el doctor -. Lo que estoy diciendo es que tu padre sabía que ya había vivido durante mucho tiempo, y comenzó a investigar sobre un tema que empezaba a preocuparle profundamente. Pero en el proceso hizo su último descubrimiento: iba a perder aquello a lo que había dedicado toda su vida.
- Mi padre ni siquiera se puso así cuando mi madre...
- ¡Escucha! ¡Es muy fácil decir que la muerte forma parte del ciclo de la vida y que nos llega a todos! Pero en algún momento, y seguro que debido a su avanzada edad y a su inteligencia, tu padre dejó de pensar que tal vez podría vivir por siempre. Fue entonces cuando comenzó a estudiar los escritos humanos, y llegó al convencimiento de que iba a perder Todo lo que tenía; desde luego, un hombre tan sabio como tu padre tenía mucho que perder. Fue ese último conocimiento lo que le mató.
Tu padre no pudo soportarlo. Y nosotros tampoco podríamos hacerlo si creyéramos firmemente que algún día moriremos, y que lo que hemos hecho aquí no servirá de nada, pero por suerte nuestro inconsciente nos suele proteger de ello. Está claro que no es motivo de vergüenza para ti que tu padre muriese de miedo, pues quien reflexione sobre la muerte y no la tema... o es un necio, o es que ya está muerto.
***
En un punto muy lejano y que eones atrás había sido muy oscuro en el cielo, ahora brillaba una luz que estaba compuesta de pequeñas llamitas. Y si hubiéramos podido acercar el oído, habríamos oído la atronadora risa de júbilo del ogier.
Autor: Iter
rinconvampir@mixmail.com
25-9-2001
Gracias a Jordan por darme un marco idóneo para volcar mis lúgubres pensamientos, y a mis amigos Loial e Ishamael por responder a mis dudas sobre ogiers.
Dedicado a Ana por su clase sobre astronomía.
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Los Espejos de la Rueda© 2002
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