|  | RELATOS DE
LA RUEDA DEL TIEMPO
"Gaidin
por SaiTai
Había
tomado una decisión. Entre las dos opciones concebidas para lograr su
propósito, la segunda era más satisfactoria, aunque ambas tenían el
mismo desenlace inevitable: la muerte. En uno de los casos habría sido rápida,
inmediata. En el otro, desesperadamente lenta, prolongando la agonía día
tras día durante... Sólo la Luz sabía durante cuánto tiempo. Hasta que
la falta de deseos de vivir la consumiera, ya que no habría nada que
pudiera llenar el vacío que sentía ahora. Sumado al que se produciría
con la neutralización y una vez cumplida la única meta que ahora la
impulsaba a seguir adelante, ¿qué podría haber que la indujese a vivir?
Como ser humano y como Aes Sedai habría preferido el desenlace de la
primera opción, pero ese plan no satisfaría totalmente su deseo de
venganza. No le bastaba con matar a Leirah; quería desenmascararla, sacar
a la luz la peligrosa maquinación tan cuidadosamente tramada por esa
mujer. Así pues, la elección de actuar de uno u otro modo dependió
exclusivamente de elegir entre un final misericordiosamente rápido para sí
misma o dar cumplida venganza al hombre al que había amado más que a su
propia vida. Y había elegido.
Su primera idea había sido enfrentarse directamente a ella y
matarla, rompiendo así uno de los Juramentos y a pesar de saber que
aquellos para quienes trabajaba la Roja -¿o debería decir la Negra?-
tomarían represalias por haberles privado de su agente más importante en
la Torre. No podían dejarla viva sabiendo lo que sabía.
Después, cuando el arrollador torbellino de rabia, angustia y
pena perdió intensidad, aplacado por la firme determinación de vengarse
y sustituido por el frío vacío que se había apoderado de su ser, la
mente empezó a discurrir con mayor claridad y surgió la segunda opción.
Tenía pruebas para llevar a Leirah ante la Antecámara por el cargo de
traición. Las pruebas demostraban que pertenecía al Ajah Negro -aunque
ninguna hermana quería admitir la existencia del mismo- y el castigo por
ese crimen era la neutralización, puede que incluso la ejecución. De
cualquier modo, aunque la Antecámara no la condenase a morir, ya se
encargaría ella de que Leirah pagara. Tendría que hacerlo allí mismo,
de inmediato, pues al desenmascarar a Leirah también saldría a la luz su
propia transgresión y, sin lugar a dudas, la neutralizarían igualmente a
ella. ¿Qué más daba si le
cortaban el acceso a la Fuente por un delito o por dos?
Nazar. ¡Oh, Luz, cómo
lo echaba de menos! ¡Cómo dolía su ausencia! No. Tenía que ser fuerte,
conservar el control, actuar con frialdad. Tenía que vengarle. Hasta que
llegase ese momento, tan próximo ya, buscaría consuelo en sus recuerdos,
en la gloria del amor que habían compartido...
-¡Señora! ¡Venid, por favor!
Saraih volvió la
cabeza hacia la voz preñada de angustia. Era un muchacho; la llamaba
desde el umbral de una casa que, como otras de la aldea, era un montón de
ruinas humeantes tras el ataque de los trollocs. Saraih viajaba de vuelta
a la Torre una vez zanjado el asunto que la había llevado a Maradon,
cuando, ya en suelo kandorés, divisó una columna de humo en la
distancia. Comprendió lo que debía de estar ocurriendo y, sin perder un
instante, se dirigió a galope hacia allí. Llegó a tiempo de ayudar a
los aldeanos a repeler el ataque de los trollocs, pero para entonces
aquellas bestias habían matado a tres personas y herido gravemente a
varias, además de ocasionar la destrucción de muchas casas. Por suerte,
el grupo era reducido y no iba al mando de un Myrddraal; de haber sido así,
poco habría podido hacer ella, a pesar de su fuerza considerable en el
Poder. Las cegadoras descargas de unos rayos acabaron con cuatro de ellos,
y a otros tres los consumió un fuego más abrasador que el de una forja.
Los dos restantes salieron huyendo.
Después empezó la agotadora tarea de ocuparse de los numerosos
heridos. Poseía una gran destreza para la Curación, un don que resultó
obvio desde su ingreso en la Torre como novicia. Desde que recordaba, había
sentido necesidad de aliviar el dolor de la gente. Lógicamente, su petición
para entrar en el Ajah Amarillo cuando alcanzó el chal, hacía apenas dos
años, no sorprendió a nadie.
Se había ocupado primero de los que sufrían heridas más graves,
consiguiendo salvar la vida a cinco personas, entre ellas una niña, pero
no pudo evitar la muerte de dos, precisamente los padres de esa pequeña.
Experimentó la misma impotencia y la misma rabia que sentía cada vez que
veía morir a alguien a pesar de sus esfuerzos por impedirlo. Se recordó
a sí misma que había otras personas que necesitaban su ayuda, y siguió
ocupándose de los heridos leves, recibiendo a cambio las palabras
agradecidas de estos y de sus familiares. Era curioso, pero la gente nunca
la miraba con la reserva y el peculiar temor que despertaban las hermanas
en los demás. Quizá se debía a que aún no tenía el aspecto intemporal
de una Aes Sedai; al fin y a la postre, hacía pocos años que utilizaba
el Poder. En ese momento sonó la llamada del muchacho.
Saraih corrió hacia él; al infierno con la impasibilidad Aes
Sedai. Alguien precisaba su ayuda, de eso no cabía duda, y los segundos
perdidos por ir caminando podían significar la diferencia entre la vida y
la muerte para alguien; y aun en el caso de que no fuese grave, ¿por qué
alargar el dolor de nadie si podía remediarlo antes?
-Señora, está ahí dentro –urgió el muchacho, señalando entre
los escombros-. Es mi padre. No se mueve y hay mucha sangre. Lo último
que recuerdo es que la puerta saltó de los goznes y esos monstruos
entraron a saco. Uno me golpeó en la cabeza de refilón, porque mi padre
se lanzó sobre él, pero perdí el sentido hasta hace un momento, y
entonces lo he visto –siguió
explicando mientras Saraih se dirigía al interior de la casa, donde un
hombre yacía en un charco de sangre.
Retiraron una viga caída sobre él, y Saraih sintió ganas de
gritar de rabia. No podía hacer nada por aquel pobre hombre. Tenía el
vientre abierto de parte a parte; se había desangrado. Si lo hubiese
sabido antes, quizás habría podido salvarlo. Quizá. Alzó los ojos
hacia el muchacho y movió la cabeza en un gesto de negación. Un hondo
sollozo sacudió al joven mientras abrazaba el cadáver de su padre. Al
inclinarse el muchacho, Saraih reparó en el feo corte que tenía en la
cabeza. La sangre apelmazaba el negro cabello. Había dejado de sangrar,
pero la lesión interna podía ser peligrosa.
-Siento no haber podido ayudar a tu padre... ¿Cómo te llamas?
-Nazar –respondió él con la voz entrecortada.
-Bien, Nazar, voy a curarte esa herida.
-No, apartaos. Ha muerto por mi culpa, por defenderme. La herida
que duele realmente no podéis curarla.
-Deja de decir necedades, Nazar. ¿Qué quieres, morir? ¿De qué serviría
entonces el sacrificio de tu padre?
Los ojos del joven, grandes y tan negros como su pelo, le lanzaron
una mirada iracunda, pero Saraih sabía adoptar la fría serenidad Aes
Sedai cuando era necesario, y Nazar acabó bajando la vista.
-Tenéis razón. Él era mi única familia. Ésta es la casa en la
que he vivido desde que nací. Esos monstruos me han arrebatado todo lo
que quería, y han hecho que descubra un sentimiento que desconocía hasta
ahora: el odio. Sí, Aes Sedai, curadme. Viviré para vengarme.
-No estoy dispuesta a despilfarrar mi don, Nazar, y si lo que leo
en tus ojos es cierto, si piensas ir tras los que han escapado para
satisfacer tu deseo de venganza, entonces no seré yo la única que haya
malgastado algo valioso, porque tú habrás desperdiciado la vida. –A
medida que hablaba, su expresión se había ido tornando severa-. ¿Qué
hacemos? Tú decides.
La ira que traslucía el rostro del muchacho dejó paso
paulatinamente a la resignación y a una profunda tristeza.
-Adelante, señora. Haced lo que tengáis que hacer.
En ese momento, el muchacho se desplomó como si le hubiesen dado
un mazazo. Saraih se apresuró a tomar la cabeza de Nazar entre sus manos,
absorbió el Saidar y el Poder
de la Curación pasó a través de sus dedos. Efectivamente, la lesión
causada por el golpe había formado un coágulo que, de no haberse
encontrado ella a su lado en ese momento para remediarlo, le habría
ocasionado la muerte. Lo sintió sacudirse, y después vino la flojedad
habitual. Unos minutos después, abrió los ojos.
-Me habéis salvado vida, de modo que ahora os pertenece –dijo el
muchacho al cabo de unos segundos-. Disponed de ella como queráis. No
tengo a nadie. Por favor, tomadme a vuestro servicio.
La hermana Amarilla oía sus palabras, pero al mismo tiempo estaba
analizando algo que había percibido durante la Curación y que, en la
urgencia de salvarle la vida, había dejado a un lado para reflexionar
después sobre ello. Era algo extraño, algo que no acababa de
identificar, como una enfermedad en sus inicios que, a pesar de la Curación,
no había desaparecido. Seguía latente. Su curiosidad, su deseo de sanar
y un impulso que no supo resistir, la indujeron a aceptar lo que, en
cualquier otro momento, habría rechazado de plano.
-De acuerdo, Nazar. Vendrás conmigo y, cuando hayas superado esta
penosa experiencia, podrás emprender una nueva vida.
-No quiero emprender una nueva vida. He oído decir que las Aes
Sedai tienen un Guardián. Querría ser el vuestro. ¿O tenéis ya uno?
-¿Qué? –Saraih consiguió disimular el desconcierto a duras
penas-. No, no tengo Gaidin, pero lo que propones es absurdo.
-¿Por qué? –inquirió duramente, dolido.
-¿Cuántos años tienes, dieciocho, diecinueve?
-Pronto cumpliré los veinte, Aes Sedai.
-Eres demasiado joven para saber lo que quieres hacer con tu vida.
Ese vínculo es un compromiso demasiado importante para asumirlo tan a la
ligera. Y yo tendría que conocerte mejor para decidir.
-Tampoco vuestro aspecto es de ser muy mayor. No tenéis cara de
Aes Sedai –replicó con cierta dureza. Su gesto se tornó pesaroso-.
Perdonad, no quise ofenderos. Puede que me consideréis joven, y ayer,
hace una hora, admito que os habría dado la razón, pero lo que ha
ocurrido ha cambiado algo dentro de mí. Algo muy profundo. No sé
explicarlo mejor, pero es como si hubiese permanecido inconsciente durante
muchos años y, al despertar, fuese una persona distinta.
Había angustia en su voz, y un mal disimulado miedo en sus ojos.
-Ya veremos, Nazar. –Saraih respiró hondo para desechar un extraño
presentimiento-. Dejemos pasar un tiempo, y cuando el horror de lo que has
sufrido hoy sea un mero recuerdo desagradable, seguramente verás las
cosas bajo otra perspectiva. No. –Alzó la mano para acallar la protesta
del joven. El dolor reflejado en aquellos ojos negros le llegaba al alma,
y quiso animarle dándole una esperanza que no comprometía a nada-. Dices
que quieres estar a mi servicio, ¿verdad? Bien, pues la primera lección
que debe aprender un Guardián es obedecer a su Aes Sedai. Demuestra que
sirves para esa tarea y, si la Luz quiere, serás mi Gaidin llegado el
momento.
Su Gaidin. Le sonaba raro. Hasta ahora no se había planteado tener
uno. Había estado demasiado ocupada con su trabajo en el Ajah, con su
compromiso con la Torre. Pero se sentía responsable de ese joven. ¿Qué
había pasado durante la Curación? En fin, como solía decirse, la Rueda
giraba según sus designios.
Y giró según sus designios, no de acuerdo con el deseo de los
mortales. Fueron a la Torre, donde Nazar recibió instrucción en el arte
de la esgrima; resultó tener una habilidad innata para ello –lo que no
era de extrañar en un hombre de las Tierras Fronterizas- y apenas habían
transcurrido unos meses cuando Saraih comprendió que Nazar estaba
preparado para que lo vinculara a ella. La experiencia por la que había
pasado al encontrarse al borde de la muerte le había dado una madurez que
no era propia de su edad. Y, la Luz la ayudara, ella, por el contrario,
parecía haber perdido el sentido común. No sabía cómo ni a partir de
qué momento, pero se había enamorado de él.
Decidió emprender un viaje para llevar a cabo la vinculación en
un lugar donde estuvieran solos. Si él aceptaba. Cinco días después,
acampados en un bosque, se lo planteó.
-Nazar, te has recuperado de lo ocurrido en tu aldea. Eres un
excelente espadachín y podrías entrar al servicio de cualquier noble.
Tendrías un gran futuro. ¿Deseas intentarlo o, como me pediste hace
meses, quieres ser mi Gaidin?
-Sigo pensado lo mismo que entonces. Sólo esperaba aprender todo
lo necesario para poder defenderte como un verdadero Guardián. Te lo
pediré otra vez. Hazme tu Gaidin, por favor.
Cuando el vínculo los unió, supo que él también la amaba. Debería
haberse sentido muy feliz, pero...
También el vínculo le había descubierto otra cosa. Nazar era un
varón con capacidad de encauzar, aunque el Poder aún no se había
manifestado en él. Eso era lo que había notado cuando realizó la Curación
que le salvó la vida. Y quizás el contacto con la Fuente había
estimulado la habilidad, dormida hasta aquel momento. ¿Qué había hecho?
No. No era culpa suya. Antes o después se habría manifestado. Pero ¿qué
podía hacer ahora? Lo amaba, no podía entregarle a la Torre para que lo
amansaran. Moriría. ¡Oh, Luz!
El torbellino de sentimientos que agitaba a la mujer le llegó a
Nazar a través del vínculo. Y supo lo que pasaba. Saraih percibió en él
la conmoción, la angustia, la desesperación, al comprender de golpe cuál
era la explicación de ciertas sensaciones que no habían entendido. Después
llegó la aceptación.
-Haz lo que tengas que hacer, Saraih. Cuando dije que mi vida era
tuya, fue mi corazón el que habló.
Fueron unos instantes de lucha interna. Su deber para con la Torre,
para con las hermanas, para con el mundo, puesto en una balanza y, en la
otra, el amor.
-Márchate, Nazar. Huye y escóndete donde nadie pueda encontrarte.
No puedo condenarte a la muerte lenta de un varón amansado.
-No, Saraih. No me separaré de ti. Eres mi vida. Además, cuando
se manifieste mi capacidad de encauzar, ¿cuánto tardaré en volverme
loco o en morir o en acabar atrapado como un perro rabioso por alguna
hermana? Me quedo.
No sirvió de nada insistir. No pudo convencerle. E hizo lo único
que podía, lo que le dictaba el corazón en contra de todas las leyes de
la Torre. Callar. Ocultar que su Gaidin era un varón que encauzaba.
Porque su capacidad se manifestó poco después, cuando un grupo de
asaltantes los atacó. Saraih se enfrentó a dos de ellos mientras Nazar
se ocupaba de otro, pero un cuarto hombre, un tipo con aspecto de rata,
apareció de pronto tras un arbusto y arremetió contra ella empuñando
una daga. Comprendió que no tenía tiempo para esquivar el golpe; un
instante después, una abrasadora llamarada envolvió al individuo,
consumiéndolo en un visto y no visto. Los dos tipos que Saraih había
mantenido a raya salieron huyendo a todo correr. Otro de los asaltantes,
al que se había enfrentado Nazar, yacía muerto en el suelo.
-Luz, ¿qué he hecho? –musitó Nazar, cuyo rostro traslucía
espanto.
Saraih sólo fue capaz de rodearlo con sus brazos e intentar
consolarlo. El llanto desgarrado de Nazar la hería en la más profundo.
Fueron meses de viajar constantemente, de ir de un sitio a otro, de
vigilar con angustia la aparición de algún cambio en él. Nazar no había
encauzado el Poder en ningún otro momento, había controlado y domeñado
el impulso de hacerlo. Quizá por ello no mostraba ninguno de los síntomas
habituales. ¿Podrían albergar esperanzas?
Y entonces llegó el desastre.
Estaban acampados en el bosque, cerca del nacimiento del río Luan.
Iban camino de Con Darea, una pequeña localidad cercana a Maradon, donde
Saraih esperaba encontrar refugio y descanso durante un tiempo, en la casa
familiar donde vivían su padre y sus hermanos. Entonces escucharon el
sonido de cascos de caballos. Esperaron alertas la aparición de los
viajeros. Era un grupo de cuatro hombres y una mujer. Una Aes Sedai.
Saraih sintió un nudo en el estómago al reconocerla: Leirah, del Ajah
Rojo. Los que iban con ella no eran soldados de la Guardia de la Torre; más
bien parecían mercenarios. ¿Qué los habría traído a esa parte del
mundo? El grupo se dirigió hacia ellos.
-Vaya, qué sorpresa –dijo la hermana Roja, que detuvo su caballo
cerca de la pequeña lumbre del campamento-. Hacía mucho que no nos veíamos,
Saraih. ¿Qué haces tan lejos de la Torre? ¿En alguna misión importante
encomendada por la Amyrlin? –preguntó con sorna.
-No creo que eso sea asunto tuyo, Leirah –replicó fríamente.
-Tal vez no. O puede que sí. Veo que tu carácter no ha mejorado
mucho a pesar de mis enseñanzas. Sigues siendo muy insolente, sin mostrar
el respeto debido.
-Te recuerdo que soy una hermana, Leirah, no una Aceptada a la que
puedes enviar a la Maestra de Novicias para que reciba un castigo.
La Roja resopló con desdén y desmontó. A pesar de que Saraih
mantenía una expresión serena e impasible, sentía el corazón en un puño
y volvió a preguntarse qué haría allí esa mujer. Los hombres no
bajaron de sus caballos.
-Cierto, ya eres una Aes Sedai –dijo Leirah-, y has prestado los
Juramentos, aunque quizá se te haya olvidado.
-¿Qué quieres decir? –preguntó la Amarilla, a la defensiva.
-Oh, vamos, querida, sabes muy bien a lo que me refiero. –Su fría
mirada se clavó en Nazar, que se había puesto de pie al llegar el grupo
y, a pesar de su aparente calma, tenía todos los músculos en tensión,
dispuesto a entrar en acción en una fracción de segundo.
-Lo siento, pero sigo sin entenderte –replicó Saraih.
-Bien, si no te avienes a hablar de este asunto por las buenas,
tendremos que hacerlo a mi modo. –La Roja alzó la mano e hizo una señal.
Dos hombres aparecieron entre la maleza, y Saraih comprendió que
sus peores temores se habían hecho realidad. Eran los dos individuos que
habían escapado tras la fallida emboscada que les habían tendido en el
bosque meses atrás. Una emboscada fallida merced al ataque con el Poder
llevado a cabo por Nazar. La Roja lo sabía. Intentó abrazar la Fuente,
dispuesta a defenderlo a toda costa, pero en ese momento algo se lo impidió.
¡Necia! Debió imaginarlo al percibir que Leirah ya estaba en contacto
con la Fuente cuando se acercó al campamento. Seguramente habría dado
igual, aunque hubiese intentando abrazar el Saidin
entonces; la Roja llevaba ventaja, estaba preparada para actuar, y la habría
escudado igualmente. Porque era eso lo que había hecho, escudarla.
Todo ocurrió muy deprisa. Nazar sólo tuvo tiempo de acabar con
uno de los individuos antes de que otro le asestara un golpe en la cabeza
que lo dejó inconsciente. ¿Por qué no había utilizado el Poder? ¿Para
no delatarla ante la Roja? Sin duda. Él no había comprendido de Leirah
lo sabía todo, y ahora, por protegerla, estaba en sus manos.
Después, mientras se ocupaba de Curar a Nazar, tuvo que escuchar
el artero plan de la hermana Roja. La preocupación por él, la sorpresa
por la rapidez del ataque, hicieron que tardara un poco en asimilar el
trasfondo de todo aquello. Había creído que Leirah se proponía capturar
a Nazar para llevarlo a la Torre y amansarlo, pero, nada más lejos de la
verdad. La Roja le estaba proponiendo que ambos se pusieran a su servicio
a cambio de su silencio. ¿Por qué? No lo entendía, y así se lo dijo a
la otra mujer.
-Pensaba que eras más inteligente, muchacha. Seguramente es que el
amor te ha reblandecido el cerebro. –Su voz destilaba desprecio-. Quiero
volver a la Torre con él y tenerlo a mi disposición para cuando llegue
el momento. Están ocurriendo muchos acontecimientos, se acerca la hora en
que el Dragón Renacido reaparecerá. Podría ser él, pero, aunque no
fuese así, le presentaré como tal ante la Antecámara.
-¿Por qué? ¿Te has vuelto loca? –Saraih no salía de su
estupefacción-. ¿Y tú me echas en cara que he olvidado los Juramentos?
Yo no he roto ninguno al no revelar que Nazar puede encauzar, pero lo que
tú propones sería una gran mentira. ¿Cómo lo conseguirías, sin romper
el primero? ¿Y cómo podrías romperlo? Es imposible. Los Juramentos son
vinculantes.
-Eso no es asunto tuyo, pero te diré que mis instrucciones vienen
de alguien muy poderoso, alguien que no duda en hacerte pagar muy caro el
fracaso. También la recompensa es grande si le sirves bien. Te conviene
aceptar, unirte a nosotros. Ganarías mucho con ello. La otra opción...
Ya sabes –dijo, señalando con un gesto al inconsciente Nazar-. Has
cometido el error de enamorarte de tu Gaidin, de un hombre que encauza. Su
vida depende de ti. ¿Cuánto duraría, una vez amansado? Piénsalo.
La impotencia, la desesperación, se apoderaron de Saraih. La tenía
entre la espada y la pared. El Ajah Negro. Existía, a pesar de que la
Torre lo había negado siempre. No podía aceptar, porque iban en contra
de todo lo que creía, de todo lo que era. No podía negarse, porque
hacerlo sería condenar a Nazar.
-Ella no tiene que hablar por mí. Antes que ser amansado, aceptaré
cualquier cosa.
Saraih giró bruscamente la cabeza hacia Nazar. Debía de haber
vuelto en sí a tiempo que escuchar la propuesta de Leirah y miraba
fijamente a la Roja. No podía ser cierto. Nazar no podía haber dicho
eso, pensó, desesperada.
-Vaya, parece que el muchachito, además de guapo, es listo
–comentó con sorna Leirah-. Está bien. Tenemos un trato, chico. –Se
volvió hacia Saraih, que seguía contemplándolo con los ojos
desorbitados por la incredulidad-. Bien, querida, al parecer tu colaboración
no es necesaria. Quizás ahora entiendas por qué las Rojas piensan como
piensan sobre los hombres. ¿De qué te ha servido enamorarte? Ese error
te ha llevado a la situación en la que ahora te encuentras. Tu
“Gaidin” –dio una entonación hiriente, burlona, a la palabra-, te
ha abandonado a tu suerte. Porque entenderás, querida, que no podemos
dejarte vivir sabiendo lo que sabes, ¿verdad?
Leirah hizo un gesto a los hombres, que desenvainaron sus armas.
Iban a matarla. La idea no conmovió a Saraih. Adelante, ¿a qué
esperaban? Quería que acabaran cuanto antes. Su corazón ya estaba
muerto.
Entonces Nazar saltó sobre Leirah, derribándola. Lo inesperado de
su ataque consiguió que la Roja perdiera la concentración, y el escudo
que aislaba a Saraih de la Fuente desapareció. La Amarilla lo comprendió
todo en un instante. Nazar no la había traicionado. Había fingido
aceptar para que Leirah bajase la guardia y atacarla, dándole a ella la
oportunidad de recobrar el contacto con el Poder. Saraih actuó
raudamente. Unos dardos de fuego derribaron a los dos hombres que venían
hacia ella con las armas desenvainadas. Entre tanto, Nazar encauzaba y una
espada de luz apareció en sus manos. Arremetió contra los hombres que
seguían en los caballos, demasiado sorprendidos para reaccionar a tiempo.
La luminosa arma forjada de Poder partió en dos a uno de ellos; a otro lo
descabezó. Nazar se lanzaba hacia el último cuando, de pronto, un rayo
se descargó sobre él. El cuerpo del joven se sacudió violentamente;
perdió el control del Saidin, y
el feroz torrente, siempre dispuesto a arrastrar al varón que lo
encauzaba, penetró a raudales en él. Hubo un intenso destello, como una
explosión silenciosa, y el cuerpo de Nazar, consumido por un fuego que no
era de este mundo, se desplomó en el suelo.
-¡No! –El grito salió de las entrañas de Saraih-. ¡Nazar!
Leirah se había incorporado tras el momentáneo aturdimiento
sufrido por el empellón que le había propinado Nazar. La ira se había
apoderado de ella. Sus planes se habían ido al traste por ese estúpido
muchacho. Tendría que admitir su fracaso ante su señor. La castigaría.
Leirah dio rienda suelta a su cólera, encauzó y atacó al Guardián. No
esperaba que la descarga desatara una reacción tan brutal del Poder. No
pensó que el muchacho estuviese encauzando. ¡Estúpida!
Estaba demasiado cerca de él, y el impacto de energía la lanzó
violentamente por el aire, yendo a golpearse contra un árbol. Perdió el
conocimiento. Cuando volvió en sí, aturdida todavía por el golpe,
descubrió que estaba escudada. Y vio a Saraih plantada a su lado. La
mirada de la otra mujer hizo que un escalofrío la sacudiera. Los ojos de
la Amarilla eran una promesa de muerte.
El tumulto desatado en la Antecámara no se había visto desde hacía
siglos. Las Asentadas habían escuchado la historia de Saraih
estupefactas, consternadas. Si aquello salía a la Luz, las naciones y sus
dirigentes mirarían con desconfianza a la Torre Blanca. Hubo unanimidad
en declarar culpable a Leirah, pero la discusión comenzó a la hora de
decretar el castigo. La neutralización de Leirah se daba por hecho, pero
no había acuerdo en poner fin a la vida de esa mujer discretamente. Las
Asentadas del Rojo, que se consideraban las más perjudicadas al tratarse
de una mujer que había pertenecido a su Ajah,
eran las que más insistían en la ejecución.
Saraih había previsto que sucediese algo así. Volvió la mirada
hacia Leirah. La mujer también la estaba mirando a ella, y en sus ojos
había un brillo de burla. Sin duda disfrutaba pensando en el dolor de
Saraih por la muerte de su Gaidin. Además, parecía muy probable que
saliera con vida de aquello. O eso era lo que ella pensaba.
A Saraih se le había comunicado que tendría que someterse a
juicio por su falta, y que sobre ella pendía la posibilidad de ser
castigada con la neutralización. También había previsto aquello, y sabía
que debía actuar en ese preciso momento.
Evocó el recuerdo de Nazar. Dejó que el dolor la colmara, la
llenara de ira contra su asesina. Abrazó el Saidar,
absorbiendo más Poder del que jamás había absorbido y, antes de que
ninguna de las Asentadas tuviera tiempo de reaccionar, el rayo se descargó
sobre Leirah.
Saraih no escuchó el tumulto desatado en la Antecámara. Seguía
absorbiendo de la Fuente, más y más, sin apartar los ojos del cadáver
carbonizado de Leirah. Sabía que no tardaría en ocurrir. No podían
escudarla estando tan henchida de Poder. Una cantidad tan inmensa no sólo
provocaría la consunción. Acabaría con ella. Y ése era su propósito.
La decisión que había tomado días atrás, resignándose a que la
neutralizaran y a sufrir una muerte lenta con tal de ver cumplida su
venganza, quedó descartada cuando, al presenciar la muerte de Nazar, vio
lo que debía hacer. Había una tercera opción.
El dolor fue espantoso, pero pasó enseguida. Cuando se sintió
caer al suelo, su último pensamiento fue para Nazar. Para su amado Gaidin.
-Ya voy, amor mío –musitó con su último aliento.
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda© 2002
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