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RELATOS DE LA RUEDA DEL TIEMPO

"El Ocaso de Malkier"

por Kalyan Ramsim

 

El amanecer llegó, deshilvanando los últimas filamentos del manto oscuro que había sido la noche anterior. Los rayos del sol, benditos y esperados, rebasaron las altas cumbres de las Montañas Funestas, y se derramaron como agua dorada sobre las pálidas piedras de las Siete Torres, las cuáles refulgieron con alegre viveza como haría una dama mostrando orgullosa su belleza.

Asomado en el largo balcón que comunicaba con sus aposentos, un hombre alto, de anchos hombros y un rostro que parecía estar tallado en una angulosa piedra, mantenía sus fríos ojos azules en dirección hacia las Montañas Funestas, hacia el naciente sol, pero sus pensamientos y su atención estaban en otra parte. Muchos y terribles habían sido los últimos acontecimientos de su vida, y en ese momento sus ojos, habitualmente duros como el acero, tenían un brillo de tristeza.

Y el sufrimiento de al’Akir Mandragoran, rey de Malkier, era la aflicción de su pueblo.

-¿Verdad que es hermoso, amor mío? –dijo una voz femenina, de timbre suave y musical, a la espalda del monarca. Unos esbeltos dedos le acariciaron con ternura en antebrazo, y el al’Akir se sintió un tanto menos afligido, liberado de parte de su sufrimiento como si el toque de aquellos dedos le hubiera transmitido nuevas fuerzas y una nueva determinación, con lo que soportar la pesada carga de su conciencia. Al’Akir volvió su rostro lentamente hacia la hermosa mujer de negros y lisos cabellos que se había colocado a su izquierda; sonrió. Luz, que fácil resultaba vivir y reinar, ser el receptáculo de tantas esperanzas y responsabilidades, junto a el’Leanna, su amada esposa.

-Si. Lo es, si -admitió él en tono bajo, rodeándola con sus poderosos brazos, pero con tanta delicadeza como lo haría si abrazara a un bebe; como lo haría con su hijo, Lan. El’Leanna se removió, ligeramente, acomodándose y lanzando ruiditos satisfechos, y cerró los ojos al apoyar su hermosa cabeza sobre el ancho pecho de su esposo.-. Pero...

-Pero, sigues añorando la presencia de Lain -terminó ella en su lugar.

-Siempre le echaré en falta, Leanna -dijo él, quizás con excesiva severidad. E inmediatamente se arrepintió por ello al sentir el ligero estremecimiento de la mujer. Leanna era una mujer dura y valiente, tanto o más que cualquier hombre que conocía –de tal pasta estaban hechas las mujeres en las Tierras Fronterizas-, y muy hábil con la espada; no obstante, y aunque sonara contradictorio, era tan frágil como cualquier copa elaborada con fino cristal procedente de Tear, o de Cairhien.

Tras unos minutos Leanna alzó su rostro, y en sus ojos de un azul grisáceo el monarca se zambulló como lo haría en cualquiera de los cristalinos lagos, y bebió de su belleza.

-Su muerte no fue culpa tuya, Akir -musitó la mujer, acariciándole la mejilla-, ni la de un millar de lanceros. Breyan le llenó a la cabeza de mentiras, falsos sueños...

-Leanna -los dedos de él se posaron sobre los de su esposa, acallándola. La mujer advirtió el marcado contraste entre la suavidad de sus dedos, el brillo duro y peligroso de sus ojos que también conocía-. Te pido que no vuelvas a pronunciar el nombre de… esa mujer. La esposa de mi hermano era impía, y su nombre no merece recuerdo ni perdón su alma

-¿También fue culpable Isam?. -preguntó ella, tras un corto silencio, con cierta frialdad.

El rey malkieri cerró los ojos, como si le doliera algo. Sacudió la cabeza.

-No -admitió. Había pesar y amarga pérdida en su voz-. ¡Luz, esposa!, sabes que habría dado cualquier cosa por hallar al hijo de mi hermano. Empero esa loca se lo llevó en su demente huida hacia la Llaga, y a pesar de que mis hombres lo intentaron su esforzada búsqueda no dio los frutos deseados. Oh Leanna, con cada día que transcurre, cada día que comienza y acaba, mi odio hacia la Llaga, lo que ésta representa, aumenta. Tanto es así, que hay momentos en los que debo obligarme a permanecer aquí, por el bien de mi pueblo, por el tuyo y el de nuestro hijo, y no ensillar a Aethan y lanzarme a la Llaga en una loca venganza, matando a cuantos trollocs y Myrdraal sea capaz antes de sucumbir.

El’Leanna escuchó cada palabra, sin embargo, no dijo nada. Su abrazo se estrechó y volvió a apoyar la cabeza en él. Había ocasiones en que las palabras no eran suficientes.

Permanecieron así durante largo tiempo, hasta que una joven doncella entró en los aposentos reales tras una tímida llamada a la puerta. Incluso antes de que terminase de hablar, la muchacha se hizo a un lado, presurosa, antes de que su rey la arrollara al salir.

Jain Charin había regresado.

* *

Mientras un círculo de guardias, todos con sus espadas en mano, le conducían al Salón del Trono, Cowin Gamellan pensaba en el giro tremendo que había dado su vida: de hombre amado por su pueblo, respetado Señor malkieri, a conspirador, traidor en fuga y preso. Pero, para aquellos que antes le habían querido, su peor crimen era el ser un Amigo Siniestro; tal vez, a partir de aquel día, en lugar de Cowin Corazón Leal se le conocería como Cowin Corazón Negro, o Cowin Alma Venenosa, o algo similar.

En su recorrido por las anchas galerías arqueadas de pálidas columnas de delgado fuste, la Guardia del Rey y su prisionero se encontraron con diferentes personas. Cowin vio los rostros de un buen número de nobles, la mayoría de ellos antiguos amigos suyos hasta hacía no mucho, pero éstos volvieron sus cabezas intencionadamente hacia otro lado. Solamente dos mantuvieron sus ojos clavados en él. Los lores Bhellan Shamyrr y Jharan Bashadan, ambos Dai Shan, y junto a sus esposas -ambas tan regias y duras como sus maridos-, le observaron ferozmente, trasluciendo en sus pétreos rostros todo el desprecio, sí, e incluso odio, que eran capaces de mostrar. En las Tierras Fronterizas, y puede que en Malkier en mayor grado, un Amigo siniestro era más aborrecible que un Myrdraal, casi tanto como el mismo Oscuro.

Había otras personas, por supuesto. Soldados en su mayoría, aunque también miembros de la servidumbre. En los ojos de los soldados había aversión, si bien algo de temor también, y más de uno toqueteaba la empuñadura de su espada; viendo aquellos ojos, el prisionero tuvo la certeza de que si hubiera estado en manos de ellos, cualquiera le habría traspasado de parte a parte con su espada gustosamente allí mismo. Por su parte, la servidumbre se escabullía por cualquier otro pasillo lateral antes de cruzarse con él; se sintió contento al ver como los ojos de los sirvientes se abrían temerosos cuando se trababan con los suyos desde lejos. Tal vez estuviera rodeado por una docena de excelentes espadachines, del primero al último con la espada pronta para entrar en acción, y que sus brazos estuvieran a su espalda y encadenados, sin embargo, para ellos seguía siendo mortalmente peligroso. Una bestia sanguinaria y cruel que podía revolverse y atacar. No, no una bestia. Una víbora.

Cuando las inmensas puertas del Salón del Trono, abiertas entonces, quedaron a unos pocos pasos de Cowin su atención se centró en una muchacha de ojos grises y pelo oscuro, ensortijado y corto -una doncella de la reina por su vestido-, que intentaba pasar inadvertida, a la derecha de sus vigilantes. La reconoció. Thayra Drachar era la hija menor del Capitán de la Guardia Real, Dharran, un inmenso hombre de facciones tan pétreas como las del propio Akir Mandragoran -no en vano eran parientes-, e igualmente irascible, y hasta antes de que toda su vida se viniera abajo, descubierta su traición, Thayra había sido su prometida.

Esbozó una sonrisa, aunque tan torcida que parecía más una mueca, y miró con toda la lascivia que pudo a la joven. Ésta se detuvo en seco, los ojos abiertos de par en par, asustada como un cervatillo al que ha sorprendido un lobo; entonces soltó un chillido apenas sofocado, se arremangó las faldas hasta las rodillas y echó a correr.

Cowin Gamellan rió con aspereza...

Y tuvo que detenerse cuando el guardia que marchaba justo delante de él giró sobre sus talones velozmente y dirigió la punta de su espada a tan sólo unos centímetros de su garganta. Cowin ni siquiera pestañeó.

-Vuelve a molestar a alguien, serpiente traidora, y te juro por la Luz y la salvación de mi alma que morirás al instante siguiente.

Prudentemente, Cowin se mantuvo en silencio pese a que sintió un impulso de replicarle algo mordaz. Aunque no hubiera hecho tal juramento, Jain Charin era perfectamente capaz de cumplir su amenaza.

Reanudaron el paso y entraron al Salón del Trono. Jain dirigió a sus hombres, y a su prisionero, por el pasillo central, flanqueados a ambos lados por lores y ladies, muchos más soldados, etc... quienes se sumieron en un silencio sepulcral nada más verle. El Dai Shan Amigo Siniestro mantuvo la vista al frente, toda su atención centrada ahora en los tronos y las personas que los ocupaban, allá al final del pasillo, ignorando las frías expresiones y las miradas despreciativas.

Debía mantenerse tranquilo, si deseaba aprovechar cualquier resquicio en todo esto que le permitiese escapar.

-Que la Luz te ilumine Akir, a ti y a tu bella esposa -declaró con voz alta al llegar ante los tronos. La reverencia que ejecutó fue tan perfecta, que parecía no llevar encadenados los brazos-. Espero que no me guardes rencor por matar a aquellos guardias y a Ihasara -murmullos se alzaron a su espalda al pronunciar aquel nombre. Ihasara Mhuadari había sido la consejera Aes Sedai del Trono de la Grulla Dorada durante los últimos treinta años, una mujer muy querida por los malkieri; al recordarla, el Amigo Siniestro recordó con alegría el momento en el que atravesó su corazón por la espalda-, cuando me marche con tanto apresuramiento...

Sus palabras terminaron con un gruñido de dolor cuando las puntas de tres espadas le pincharon la espalda.

-No nombres la Luz, serpiente -siseó Jain, quien se había situado a la derecha de Akir Mandragoran. Cowin esbozó una mueca en tanto arrojaba dagas envenenadas al guerrero. El perro faldero de Akir, dijo para sí, despectivamente.-. Y te dirigirás a sus majestades como su rango merece.

Por toda respuesta, Cowin Gamellan -quien fuera un respetado señor malkieri convertido ahora en un miembro de la odiada Sombra-, rió con aspereza.

Las espadas se hincaron unos milímetros más en su espalda, y enfrente, Jain Charin desenvainó velozmente su arma y dio un par de zancadas hacia él con un peligroso brillo en sus ojos azules, antes de pararse de golpe.

-¡Quietos todos! -restalló la voz de al’Akir, incorporándose en toda su estatura. Pese a su situación y a todo el odio que sentía hacia aquel hombre, Cowin no pudo menos que admirar su estampa; entre los reinos de las Tierras Fronterizas -tenía cierto conocimiento acerca de los reinos sureños, pero en su opinión éstos no valían nada-, los malkieri no sólo eran respetados por su dominio en el Arte de la Espada, sino por su altura y fuerte complexión. Empero, el rey de Malkier, al’Akir Mandragoran, destacaba entre los de su pueblo como lo haría un recio roble entre abetos.

El imponente rey malkieri descendió desde el estrado de malaquita donde se alzaban los tronos de la Grulla Dorada, y el ruido de sus botas resonó por las silenciosas paredes del salón mientras avanzaba por un suelo de blanco mármol entreverado de gris. A su espalda, los ojos de la reina le siguieron preocupados en todo momento.

Jain Charin, por su parte, se colocó a su izquierda como si fuese su sombra. Todavía aferraba en su mano la desnuda espada.

Por el rabillo de ambos ojos vio como Lord Bhellan y Lord Jharan le cercaban uno por cada lado. Ambos exhibían sesgadas sonrisas pero, tanto los ojos grises de uno como los azules del otro, eran tan fríos y duros como el mejor acero templado. Las manos de ambos toqueteaban como distraídamente las empuñaduras de sus espadas.

Cowin los conocía bien, y por muy impertérritos que mantuvieran sus rostros sabía que la ansiedad por matarle bullía dentro de ellos como lo haría la lava en las entrañas de un volcán a punto de entrar en erupción.

Al’Akir Mandragoran se plantó tan cerca del que creyera su amigo, que éste podría haber extendido el brazo y tocarlo sin estirarlo, de no haberlo tenido a la espalda encadenado al otro.

-Soltadle -su palabra provocó miradas perplejas y murmullos entre todos los presentes. Uno de los guardias que estaban detrás del prisionero miró con aire dubitativo a Jain Charin. Dando un paso hacia su izquierda, el monarca se interpuso entre ambos; sus azules ojos, duros como una roca y gélidos como el hielo, miraron sin pestañear al guerreo -Os he dado una orden, Capitán Ghenavar. Cumplidla.

Esa vez no hubo vacilación, y el Capitán Phellan Ghenavar deslizó su arma dentro de la vaina y se inclinó ante su señor, todo ello en un único movimiento. A continuación sacó un juego de llaves de su ancho cinturón y liberó al traidor.

A una, los otros dos guardias y los lores dieron un par de pasos hacia atrás, sin dejar de mirar al Amigo Siniestro. Los guardias no habían envainado sus espadas, y por sus determinadas expresiones, no parecían tener intención de ir a hacerlo, dijera lo que dijese su rey.

Frotándose los entumecidos brazos, Cowin miró intensamente a Akir, y frunció el entrecejo. Aquello era algo totalmente inesperado para él. Por el poder del Gran Señor, ¿Qué se proponía Akir?.

Como respuesta a aquel pensamiento, el rey dijo:

-Capitán, entregadle vuestra espada -luego calló, y extendió la mano hacia su lado derecho para aferrar la empuñadura que el otro Capitán de la Guardia, Dharran Drachar, le tendía-. Cowin Gamellan, antaño Señor de Malkier y Dai Shan, llamado Corazón Leal, y amado y respetado por todos nosotros -hizo una pausa, y al proseguir, su tono se endureció si cabe todavía más-. Conspirador, traidor y Amigo Siniestro. Morir bajo el hacha del verdugo sería lo que mereces,... pero... mostraré cierta misericordia. Por aquello que una vez fuiste en el pasado. Te doy la oportunidad de morir en combate. ¿Lo aceptas?.

La espada de Phellan Ghenavar cayó delante de las botas de Cowin, produciendo un estruendo metálico sobre las anchas baldosas que resonó por el silencioso salón como una nota musical fúnebre. Recogió el arma con parsimonia, y al levantarse sus labios mostraban una sonrisa secreta, maligna casi.

Al quedar de nuevo en pie, el Amigo Siniestro ladeó la cabeza y miró directamente a los ojos del Rey de Malkier.

-La acepto -asintió, y repentinamente se lanzó hacia delante mientras gritaba con júbilo-¡Pero serás tú quien muera, Akir Mandragoran!.

La espada empuñada por Cowin ejecutó la Danza del Urogallo, pero el rey, que había previsto aquel súbito ataque, detuvo el golpe con Doblando el Aire. Entonces le tocó a Akir atacar con Partir la Seda que Cowin paró sin dificultad con el Cortesano Despliega su Abanico.

Golpes, tajos, estocadas y bloqueos se sucedieron a una velocidad vertiginosa tal, que hasta el último de los allí reunidos -incluso Jain Charin- no pudieron menos que abrir sus bocas de puro asombro por aquel espectáculo. Muchos, incluso, dejaron de ver a su Rey impartiendo justicia contra un Amigo Siniestro; ahora sólo eran dos hombres, dos maestros espadachines que hacían del combate con la espada un arte superior, una complicada danza.

Alguno pensó incluso que aquel combate había estado previsto el eterno girar de la Rueda, un hilo ineludible en el Entramado.

El tiempo transcurrió, se sucedieron los minutos. Entonces, cuando aquel combate parecía que iba a durar siempre, el monarca malkieri le dio un final. Akir ejecutó el Jabalí baja Corriendo la Montaña que fue desviado por Avalancha de Rocas, pero repentinamente el rey realizó algo sorprendente, en un mismo movimiento encadenó el Milano se Cierne con Partir la Seda, y la hoja de su espada traspasó la defensa de su adversario, enterrándose hasta la mitad en el pecho.

Cowin Gamellan gruñó de dolor. La fuerza abandonó sus miembros, y la espada prestada rebotó contra el blanco suelo cuando resbaló de sus fláccidos dedos. El Amigo Siniestro alzó los brazos, temblorosos, hacia la espada que le perforaba el pecho... y echó hacia atrás la cabeza para bramar de agonía cuando Akir la extrajo con un seco tirón. Sin fuerzas, las piernas se le doblaron, y Cowin cayó de hinojos frente al rey. En lo más profundo de su ser, maldijo tanto a la Luz como a la Sombra; era una verdadera crueldad y humillación para él morir así, -no el morir por si mismo, pues la muerte era una cara conocida para un malkieri desde su nacimiento- de rodillas ante la persona que más había odiado en su vida. Como un plebeyo que pide clemencia ante su señor.

Cowin rió sonoramente, con amargura. El Entramado tenía un sentido del humor realmente pésimo.

La vida se le escapaba velozmente por la herida mortal, y cuando sintió como su visión comenzaba a tornarse borrosa, Cowin Gamellan, Cowin Corazón Leal, Cowin el Mentiroso, Cowin el Amigo Siniestro, clavó sus enrojecidos ojos en su verdugo.

-Era mejor que tú... -balbució, resbalándole sangre por los labios-. Yo debí haber sido el rey.

A continuación extendió una mano hacia el señor de los malkieri... y cayó de bruces, muerto. Bajo su cuerpo comenzó a formarse un charco de sangre.

Todos los presentes, desde los nobles hasta los sirvientes, observaron como una sola persona el cadáver, durante lo que pareció una eternidad. Muchos asintieron con aprobación; Gamellan había sido un Amigo Siniestro, pero hubo un tiempo, antes de que se descubriera la doblez de su persona y la falsedad de sus palabras y actos, que había sido un señor respetado en el reino. Aquella muerte en combate, y a manos del al’Akir, era sin dudarlo más de lo que la mayoría de los presentes le habrían concedido.

Cuando los ojos de todos se alzaron, vieron algo que recordarían para siempre. Por el rostro de al’Akir Mandragoran, rey de los malkieri, corrían dos regueros de lágrimas.

**

Durante los años que sucedieron, los malkieri supervivientes a la destrucción de su tierra bajo los Engendros de la Sombra, contaban a sus descendientes esta historia.

Para unos, las lágrimas de al’Akir eran por un antiguo amigo que se dejo seducir por las mentiras emponzoñadas de la Sombra; para otros, aquellas lágrimas eran por su pueblo, pues el rey vio en aquel momento que se acercaba el inexorable fin de Malkier.

 

Un enorme saludo a todos los que visitáis Los Espejos de la Rueda. Espero que os guste este relato.
Gracias también para Ishamael, por haber creado estas estupendas páginas.

Desde Maradon, 999NE
Kalyan Ramsin.

PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.

Los Espejos de la Rueda© 2002

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