Era una mañana apacible, una fuerte brisa bajaba de las montañas que
se erguían al este de la extensa meseta. La hierba de la altiplanicie se mecía
al rítmico son de las rachas de viento. Nubes bajas pasaban y dejaban una carga
de humedad en el suelo y las plantas. El hombre que caminaba durante la
solitaria mañana por estas tierras apenas si reparaba en la humedad que se
filtraba por sus destrozadas botas. Pequeños animales, conejos, un tejón y una
pareja de mirlos de negras alas pasaban a veces a centímetros del hombre, sin
asustarse de su presencia. El miedo y la oscuridad no habían llegado aún a
tocar esta parte del mundo, al menos no a los pequeños animales. Sin embargo,
la mente de aquel viajero estaba demasiado ocupada en otros asuntos como para
prestar atención a todo aquello. Su expresión era de cansancio, enmarcada en
un rostro de un hombre joven y apuesto, aunque su edad era casi imposible de
precisar. Era alto, de tez oscura, como su cabello, y poseía una excelente
constitución, reforzada por un aire altivo y orgulloso. Sin embargo, sus ropas,
aunque de excelente corte y confección, estaban sucias y rotas y sus ojos,
oscuros también, estaban velados por el cansancio. Un pesado medallón colgaba
de su cuello, simbolizaba un círculo partido en dos por una línea
zigzagueante, una de las mitades era negra y la otra blanca.
El hombre siguió caminando hasta que a lo lejos divisó la carretera
que había estado esperando ver desde hacía días. Miró hacia el este, hacia
la tremenda pared de roca que subía cientos de metros. Sabía que tras media
hora de camino el acantilado terminaba y a sus pies, aun fuera de su vista, se
encontraba Devaille, su hogar. Al llegar a la carretera, se detuvo con una mueca
de dolor llevándose la mano a su hombro izquierdo. Bajó cuidadosamente unos
centímetros el cuello de la chaqueta, estaba húmeda por la sangre. Pudo ver
que la herida había vuelto a abrirse aunque apenas le dolía. ¿Cuánto hacía
que la tenía? ¿Seis días?. No, solo cinco.
-
Elisane me curará - se dijo con una voz
enronquecida - Oh Elisane, como deseo verte de nuevo.
Como si el nombre de la mujer le hubiese dado fuerzas, el hombre comenzó
de nuevo a caminar con más energías que antes. No podía faltar mucho más
para llegar a Devaille. Era vagamente consciente de que en otra situación
hubiese utilizado el Poder para viajar hasta las afueras de la ciudad, pero no
en esta. "Estoy demasiado cansado para utilizar el Viaje" se había
dicho días atrás, la guerra le había extenuado al final. Viajar al mismísimo
corazón de la Oscuridad y volver hacía que hasta el hombre más valiente se
espántase de horror, y él nunca había sido un cobarde. Sin embargo, una duda
le asaltó de repente, ¿cómo había podido llegar en tan solo cinco días
desde el lejano norte hasta su hogar?.
-
Es esta maldita herida - volvió a decirse en
voz alta - he perdido mucha sangre, estoy cansado. No puedo pensar ya.
Siguió caminando procurando no pensar en nada, pero su mente iba de un
lado a otro revisando los últimos acontecimientos. Estos días tras la batalla
habían sido increíblemente duros, por su herida, por los días de caminata y
noches a la intemperie y por lo que había visto en Shayol Ghul. Allí solo
encontró muerte, oscuridad y locura, pero habían triunfado. Una sonrisa iluminó
su rostro durante unos instantes, justo en el momento en que oyó un fuerte
ruido a su espalda, pero no se volvió, estaba demasiado cansado para hacer caso
a esas distracciones. Pensaba que solo una cosa le había impulsado a seguir
adelante, Elisane, su mujer. A pesar de la escisión de los últimos tiempos
entre los Aes Sedai varones y hembras, ellos siempre habían seguido igual de
unidos. Y lo estarían para siempre ahora que el Oscuro había sido derrotado.
Su línea de pensamientos se vio rota al llegar junto a una estatua que
estaba situada en medio del camino, sobre un pedestal que se hundía en las
losas del suelo, como dando la bienvenida a los viajeros. Se trataba de un
hombre y una mujer cincelados en un mismo bloque de mármol de vetas oscuras,
ambos unidos por su espalda, como si al acabar uno empezara el otro. El hombre
tenía levantada su mano derecha y miraba orgullosamente al frente, al igual que
la mujer, solo que esta levantaba su mano izquierda. El viajero se detuvo a escasos metros de la estatua, y comenzó
a rodearla lentamente mientras la observaba. No recordaba que hubiese ninguna
estatua aquí. La última vez que había pisado este camino, había sido una
semana atrás... ¿o había sido hacía un mes?. Le dolía la cabeza, no podía
acordarse con claridad, pero estaba seguro que esa estatua no había estado
antes. "¿Quién habrá sido tan frívolo para construir estatuas mientras
miles de personas perecían bajo la Sombra?". Miró a la estatua y no pudo
evitar que su mano bajase a tocar la bolsa que colgaba de su cinturón. La bolsa
seguía allí, ¿pero qué era lo que contenía?. Era vagamente consciente de
que días atrás, consideraba lo que había en esa bolsa como algo
extremadamente importante, pero ahora... . Justo cuando decidió abrirla un
sonido atrajo su atención, era el ruido de cascos en las losas del camino a su
espalda.
Al volverse, en dirección a
Devaille, vio como un grupo de unos diez
jinetes se dirigía hacia él al galope. Vestían armaduras de placas metálicas,
portaban espadas a su costado y llevaban capas de colores cambiantes que hacían
que se confundiesen con el camino, eran sin dudas soldados de su ciudad. Cuando
estuvieron más cerca de él, junto a la estatua, aminoraron y finalmente
detuvieron la marcha de sus monturas. Solo uno de ellos descabalgó, un hombre
maduro y con algunas canas. El resto de los jinetes permaneció montado con
expresión alerta en sus caras, la mayoría miraban asombrados más allá de la
estatua y de él.
-
¿Quién sois viajero? - preguntó el hombre
con voz dura - ¿habéis visto como se produjo aquello? - prosiguió haciendo un
gesto con su cabeza, indicando algo que estaba a su espalda.
-
Estoy cansado - se limitó a decir él. La
herida le dolía ahora más que nunca, al igual que su cabeza. Necesitaba a
Elisane.
La expresión del hombre cambió a una de reconocimiento y estrechó
los ojos observándolo con cuidado.
-
¿Sois vos Adram Sedai? - él guardó
silencio, ¿de veras era ese su nombre? - ¿Adram Bemil Tassinar?
-
Si... si, lo soy - Tassinar, si, ese era el
nombre que había recibido con tanto orgullo poco antes de que acabasen los
tiempos de paz, ¿cómo podía haber olvidado su propio nombre?. La herida, tenía
que ser por eso.
-
¡Es Adram Sedai! - gritó entonces, y el
resto de los hombres a caballo lo vitorearon - habéis vuelto del corazón de la
oscuridad mi señor. Cuando os fuisteis hace ya una semana junto al General Lews
Therin y los otros Compañeros todos temimos que vuestro ataque fuese una
locura, al menos eso decían, pero ayer mismo llegaron noticias de que los
Engendros y los Amigos de la Sombra se replegaban a solo tres días al norte de
aquí. La guerra se acaba mi señor.
-
Si, la guerra se acaba - no recordaba el
rostro de este hombre, ¿debería recordarlo? Solo sabía que parecía ser un
oficial del ejército - Elisane, ¿dónde esta Elisane?.
-
Elisane Sedai partió a Paaran Disen el día
después de que vos os marcharais, pero Illinda Sedai llegó hoy con las
noticias del próximo fin de la guerra y también dijo que Elisane volvería hoy
para esperaros - Adram sonrió al oír esto, no tendría que esperar mucho más
para estar con ella - Adram Sedai, ¿estáis herido? no tenéis buen aspecto. ¿Resultasteis
herido en Shayol Ghul o fue en el desprendimiento de ahí atrás?.
Esta vez Adram siguió la mirada de aquel hombre y miró a su espalda.
No sabía si llamar a aquello desprendimiento, literalmente la mitad de una
montaña había caído dejando una enorme oquedad que interrumpía el
acantilado. Las rocas habían caído enterrando el camino, y algunas habían
rodado kilómetros abajo por la suave pendiente de la meseta aplastando la
hierba a su paso. Y todo eso había pasado a menos de diez minutos de camino,
pero por alguna razón no consiguió que le importara lo más mínimo, la cabeza
le dolía más que nunca.
-
No sé nada de eso - respondió al cabo de
unos momentos - debo ir a la ciudad para descansar y reponerme.
-
Por supuesto Aes Sedai - se apresuró a decir
aquel hombre - Illinda Sedai nos envió a investigar cuando oímos el estruendo,
pero ahora que os hemos encontrado a vos os escoltaremos hasta la ciudad - los
demás soldados expresaron su conformidad con asentimientos.
-
No os preocupéis, iré caminando. No queda
mucho ya.
-
Señor, estáis herido. Tomad mi montura y
estaréis allí en pocos minutos.
-
No es necesario - respondió él poniéndose
en marcha.
-
Pero...
-
¡He dicho que no! - gritó volviéndose. No fue consciente de haber encauzado,
pero el oficial estalló repentinamente en llamas y estas eran tan candentes,
que murió sin haber tenido tiempo de gritar.
El silencio se adueñó del camino durante unos terribles instantes,
luego Adram se volvió hacia los boquiabiertos soldados. Era patente el terror
en sus rostros.
-
La Luz nos proteja.
-
Adram Sedai, ¿Por qué?.
-
¡Ha renegado de la Luz!.
Cuando Adram se alejó de la estatua del hombre y la mujer, ya se había
olvidado por completo de los veinte cadáveres carbonizados que había dejado
atrás, ni una sola montura había escapado a las llamas. En cambio pensaba en
su esposa, en su rostro, en todo lo que habían tenido que superar a lo largo de
los años que habían estado juntos. El camino torcía gradualmente hacia el
este siguiendo la línea de las montañas y por fin, tras bordear un saliente
rocoso, divisó Devaille. La ciudad se levantaba al amparo de la enorme pared de
roca y sus altos edificios de piedra bruñida y metal brillaban bajo el sol de
la mañana. Una inmensa catarata bajaba por el farallón de roca con un
estruendo que podía oírse a kilómetros a la redonda. El río que formaba se
interponía entre él y la ciudad, pero un ancho puente de oscuro metal salvaba
la corriente que bajaba por la progresiva pendiente de la altiplanicie hasta
perderse en lontananza. La ciudad se veía más en calma que otras veces,
mientras Adram acortaba distancias entre el puente y él se preguntaba vagamente
en el porqué de esa calma.
-
¿Dónde están las defensas que dispuse antes
de irme? - reflexionó hablando en voz alta - Sammael puede caer en cualquier
momento sobre nosotros, solo esta a tres días de aquí, ¿donde están nuestras
defensas?.
Sin previo aviso, un dolor agudo traspasó su cabeza como si alguien
hincase un clavo ardiente en su cerebro y luego lo retorciese. Se paró a pocos
metros del inicio del puente y se agarró la cabeza con ambas manos, tambaleándose.
Esperó a que el dolor remitiese pero esperó en vano y tras unos momentos volvió
a caminar renqueante.
-
La guerra acabó Elisane, lo hemos conseguido,
hemos conseguido la paz. Paz para nuestros hijos. Ahora tenemos esto - bajó su
mano hasta tocar la amplia bolsa atada a su cinturón y enmudeció al notar la
intensa sensación de malignidad que emanaba de ella, de lo que guardaba.
Sus botas resonaban cuando empezó a caminar con energías renovadas
por el puente pero aun así ese sonido fue apagado por sus carcajadas, que
fueron atrayendo la mirada de la gente al otro lado del río. Pocos sospechaban
que lo que veían llegar era la propia muerte.
Cuando Elisane Tishar atravesó el acceso y este se cerró a sus
espaldas emitió un suspiro de alivio, por fin volvía a casa. Habían sido
probablemente los días más extraños en la Antecámara de los Siervos, o lo
que quedaba de ella, que pudiese recordar. Aun se luchaba en las calles de
Paaran Disen, aunque la ciudad oficialmente ya había sido reconquistada. Además,
estos días atrás la confusión y el pánico, aunque nadie lo admitiese, por
supuesto, habían reinado entre los Aes Sedai cuando se supo que al final Lews
Therin y sus seguidores habían lanzado el ataque a Shayol Ghul... sin la
aprobación de la facción de las Aes Sedai hembras. Varios días sin saber si
habían tenido éxito, sin saber si Adram estaría vivo o no, pero ahora
llegaban noticias de que los ejércitos del Oscuro se estaban retirando y
fragmentando. También se decía que los Renegados habían muerto o que estaban
atrapados junto a su amo en Shayol Ghul. No había duda posible, al final los
Aes Sedai habían conseguido construir una prisión para el Oscuro, habían
cerrado la brecha. Y eso le daba esperanzas de que Adram estuviese vivo, en
cuanto pudo liberarse de sus obligaciones en Paaran Disen había querido volver
para esperarlo ella misma. Sabía que si estaba vivo vendría aquí, aunque
muchas habían perdido ya la esperanza de que alguno hubiese sobrevivido, había
pasado ya una semana desde que se fueran y ni uno solo de ellos había dado aun
señales de vida. Pero Adram volvería, se lo había prometido.
La Sala de Audiencias de la ciudad estaba vacía como ella sabía que
estaría, por eso había creado el acceso hasta aquí. Miró a su alrededor
observando el familiar mobiliario y el impresionante fresco del techo y volvió
a sentirse en casa. Pero no tenía tiempo para malgastarlo, tenia que hablar con
Illinda acerca de los últimos acontecimientos, suponía que ella ya habría
terminado con su misión aquí que era trasladar al ejército que había estado
destacado en la ciudad hacia el norte para hostigar a los ejércitos de la
Sombra ahora que mostraban signos de debilidad.
Un repentino estruendo y un fuerte temblor hizo que tuviese que
apoyarse en una de las mesas para no caer, ante sus ojos el techo del inmenso
recinto se agrietó y algunos cascotes cayeron al suelo. En ese momento pudo
sentir como una mujer encauzaba cerca. Con pasos vacilantes, puesto que el
temblor no cesaba, se dirigió a las inmensas puertas que daban a la plaza
central de Devaille. Encauzando aire las abrió y salió a la amplia escalinata
entrecerrando los ojos por la luz directa del sol. Cuando observó la escena que
había a un centenar de pasos de ella el corazón le dio un vuelco.
Adram estaba allí de pie, en medio de la plaza justo donde se
levantaba la Torre de la Concordia, un fino obelisco de piedra y metal, que el
mismo Adram, ella y tres Aes Sedai más habían levantado en otros tiempos,
tiempos de paz. Su aspecto era de estar herido y cansado, pero era él y estaba
vivo. Su marido miraba hacia el otro lado de la plaza donde estaba Illinda, que
tenía una expresión pétrea en vez de su habitual expresión maternal. Una
veintena de guardias de la ciudad rodeaban a Adram a una distancia prudencial
con sus armas en la mano. La plaza parecía haber sido escenario de una batalla,
enormes grietas habían destrozado el empedrado y estatuas y jardines habían
sido destrozados. Algunas fuentes derramaban su agua en la propia plaza. El caos
parecía haberse adueñado no solo de la plaza sino de todo el lugar. Cuando miró
al resto de la ciudad vio varios incendios y escuchó el sonido de los gritos de
las mujeres y el llanto de los niños. La tierra seguía agitándose bajo sus
pies y ante sus ojos atónitos un enorme fragmento de roca de la cima del
acantilado, más de un millar de metros sobre sus cabezas, se desprendió y cayó
con un ensordecedor estruendo sobre la parte sur de la ciudad, aplastando las
torres de metal como si estuviesen echas de papel. Su garganta se convulsionó
al ver aquello.
-
En nombre de la Luz, ¿qué esta pasando? -
murmuró.
Ni
Adram, ni Illinda ni ninguno de los hombres de la plaza la habían
visto. En ese momento pudo ver como Illinda tejía el Saidin y atacaba a Adram.
Varios rayos zigzagueantes buscaron su cuerpo, pero Adram con una lenta sonrisa
cortó los flujos de la mujer aún sin verlos. Illinda frunció el ceño y un
fuego abrasador deflagró toda la zona del obelisco y a la vez la tierra estalló
levantando un surtidor de tierra y piedras decenas de metros en el aire. El
obelisco se ladeó inestable cuando parte de sus cimientos desaparecieron con la
explosión.
-
¡No!. Illinda, ¿por qué haces esto? - gritó
ella horrorizada bajando la escalinata. Illinda la miró sorprendida por su
presencia allí y agitó tristemente la cabeza.
-
Él ya no era el Adram que conocíamos, estaba
loco, quizá se ha rendido a la Sombra a pesar de que el Oscuro haya sido
encerrado.
Calló al observar como la nube de polvo que se había levantado tras
su ataque se había disipado, Adram seguía allí de pie. Volutas de humo salían
de sus ropas y la sangre cubría su rostro por los numerosos cortes que las
esquirlas de roca le habían producido, pero por lo demás parecía haber salido
indemne de los ataques de la mujer. Debía de haber tejido algún escudo, Adram
era muy fuerte con el Saidin, eso Elisane lo sabía. En ese momento se dio
cuenta de que la ciudad había dejado de sacudirse por los temblores, pero el
caos se había adueñado de sus calles.
-
Adram... - murmuró ella con voz ronca. Apenas
si podía reconocer a su marido en ese hombre.
-
¡Te enseñaré el castigo para quienes
reniegan de la Luz! - gritó repentinamente Adram mirando con odio a Illinda -
¡la Luz te consumirá Renegada!.
Aun pronunciando la última frase creó una inmensa bola de fuego que
estalló envolviendo a Illinda. La fuerza de la explosión hizo que Elisane
cayese de espaldas unos metros más atrás con un gemido de dolor. La vista se
le nubló durante unos instantes, primero por el dolor y luego por las lagrimas
que comenzó a derramar. ¿Por qué tenía que estar sucediendo todo esto? ¿Por
qué?. Cuando el dolor remitió y pudo levantarse, vio entre lagrimas como Adram
asesinaba entre carcajadas a los guardias que habían intentado tomarlo por
sorpresa, atacándole por la espalda. Pero ahora todos yacían muertos en el
suelo, nada habían podido hacer para evitar el fuego, los rayos o la invisible
presión que quebraba sus huesos y les ahogaba con metódica precisión. Elisane
miró aquella carnicería. Adram nunca había sido tan cruel, pero este hombre
no se parecía al Adram que ella conocía, y sin embargo era él. Lanzó un rápido
vistazo al lugar donde había estado Illinda, pero ahora no había mas que
piedra fundida y ennegrecida, no había quedado absolutamente nada de la mujer.
El que había sido su marido la miró con ojos febriles y una sonrisa
demente en sus labios y comenzó a caminar hacia ella. Lentamente. "Debo
hacer algo" se dijo, pero sabía que no podía matar a Adram pasara lo que
pasara, lo amaba demasiado. Si hubiese alguna forma de salvarlo...
Lanzó su ataque sin previo aviso, intentando cortar la conexión de su
marido con el Saidin, pero él contuvo sus flujos en el último momento y lanzó
un contraataque devastador, cortando su acceso al Saidar. Elisane se resistió
como pudo, colocó cuantos escudos pudo ante la afilada cuchilla que intentaba
cortar su conexión con la Fuente Verdadera, pero al final Adram la venció.
Ambos eran fuertes con el poder, pero Adram lo era más que ella. Elisane cayó
de rodillas, derrotada, sin fuerzas para seguir luchando mientras buena parte de
su ciudad ardía a su alrededor.
-
¿Quién eres tú qué crees que puedes
vencerme? - preguntó Adram de pie delante de ella. La sangre resbalaba por su
rostro y manchaba su camisa - ¿otra Renegada?.
-
Adram, soy Elisane, ¿no me reconoces? - dijo
ella con desesperación.
-
Sois patéticos - la desoyó él, una de sus
manos la levantó cogiéndola del cuello en una presa férrea y ambos se miraron
a los ojos. Los oscuros ojos de Adram la miraban sin reconocerla, una luz febril
ardía en ellos - apenas si sabéis luchar, no sabéis lo que es luchar por el
honor y la Luz hasta la muerte. No, claro que no lo sabéis, tanto mejor así os
mandare antes a todos a la tumba.
Adram la estaba asfixiando poco a poco, casi sin darse cuenta pues su
atención estaba puesta en la ciudad. Edificios enteros colapsaban y caían,
enormes grietas aparecían y dejaban a la vista las entrañas de la tierra, y
todo lo provocaba Adram, destruyendo la ciudad que tanto había amado y por la
que tanto había hecho. Elisane aferraba inútilmente la mano de su marido,
intentando abrir los dedos que se cerraban como cepos en su cuello, pero era inútil.
Intentó abrazar el Saidar pero chocó contra el escudo que Adram había
colocado entre ella y la Fuente. El aire apenas llegaba ya a sus pulmones y un
velo rojizo comenzaba a empañar sus ojos, cuando recordó lo que guardaba entre
sus ropas, lo que Adram le había dado antes de marcharse. Era una daga, una
daga que ella no había querido aceptar, pero que al final había tomado ante la
insistencia de su marido de que algún día podría verse en la situación de
necesitarla. Ahora la necesitaba, por ironías de la Rueda, para utilizarla
contra la persona que se la había dado, contra la persona a la que amaba más
que a nada en el mundo. Con movimientos terriblemente lentos busco la daga entre
sus ropas y tras lo que pareció una eternidad la encontró. Sin pensarlo, la
introdujo entre las costillas de Adram casi con suavidad. Su marido ni siquiera
gritó, pero la presa de su mano se aflojó y ella intentó con fuerzas nacidas
de la desesperación zafarse de él. Hubo un forcejeo y al final ella se soltó
tosiendo y respirando grandes bocanadas de aire.
-
Estoy tan cansado - dijo Adram repentinamente.
La vida se le escapaba por la herida del costado, pero él parecía no darse
cuenta. De improviso su mano se cerró convulsivamente sobre su cinturón, pero
fuera lo que fuese que buscaba no lo halló. Elisane siguió su mirada y vio que
lo que buscaba era la bolsa que antes colgaba de su cinturón, pero que había
caído al suelo durante el forcejeo. Los nudos se habían desatado y la bolsa
estaba abierta, mostrando algo que ella reconoció instantáneamente y que hizo
que se le helase la sangre en las venas.
-
Adram, ¿viniste a traernos esto? ¿Qué te
han hecho?. En Paaran Disen podrán curarte.
-
No hay cura para la tumba. La locura es el mañana
para todos - contestó él sonriendo.
Con una carcajada tomó el medallón que le colgaba al cuello con la
mano derecha y empezó a absorber Saidin. Elisane sabía que el medallón era un
Sa´angreal, uno de los muchos objetos que Lews Therin y los Compañeros se habían
llevado de la Antecamara sin permiso cuando se marcharon para lanzar el ataque
sobre Shayol Ghul. Ambos se miraron a los ojos, Adram reía y sus carcajadas
llenaban la plaza con el sonido de la demencia, pero sus ojos eran tristes y tenían
una mirada que Elisane conocía muy bien. Era la mirada de la determinación.
Sabía lo que él intentaba hacer.
Desesperadamente Elisane intentó romper el escudo que le impedía
alcanzar el Saidar, y para su sorpresa lo encontró debilitado, Adram no debía
de haber atado los flujos. Golpeó el escudo una y otra vez, intentando
quebrarlo mientras su marido levantaba los brazos absorbiendo más y más Poder
dentro de sí, aquella mirada triste había desaparecido y ahora sus ojos
brillaban con el éxtasis y el dolor de absorber tanto Poder. La ciudad parecía
estar en calma, ni Elisane ni Adram escuchaban ya los gritos de los heridos y de
la gente que intentaba escapar fuera de la ciudad.
Finalmente, Elisane deshizo el escudo que la envolvía y el Saidar entró
en ella a oleadas. Adram la miraba mientras su cuerpo temblaba por el tremendo
caudal de poder que encerraba en él. Elisane sabía que no podría vencerlo
nunca, sabía que no podía hacer nada. Agachándose, recogió la bolsa de piel
que Adram había conseguido traer desde más de un millar de kilómetros al
norte. Luego creó un acceso a su espalda, una fina línea de luz brillante que
se expandió y tomó la forma de un portal. Sabía que debía darse prisa, que
todo era cuestión de segundos, pero aún así se giró.
-
Adiós Adram, siempre te querré - Él la miró
sin reconocerla pero después pareció torcer la cabeza como si escuchase algo y
Elisane creyó ver como una solitaria lágrima surcaba su mejilla y luego se
evaporaba pues un intenso calor comenzaba a emanar de su cuerpo.
Sin detenerse a pensar cruzó el acceso que había creado e instantes
después salió por otro a decenas de kilómetros al norte de Devaille, en medio
de los campos de hierba que poblaban esa región. Miró hacia Devaille y las
montañas, desde aquí solo podía ver las cúpulas de las torres más altas de
metal brillar bajo el sol, pero era suficiente. Una columna de fuego se elevó
sobre la ciudad y luego se extendió abrasándolo todo con una fuerza
inimaginable. Las aguas del río y la gran catara se evaporaron instantáneamente
ante la intensidad del fuego y grandes nubes de vapor se elevaron en el aire.
Luego, tan pronto como había comenzado, terminó y un ominoso silencio se adueñó
de todo. Las gran cordillera montañosa había sido quebrada por increíbles
fuerzas y aludes de nieve y de rocas habían transformado la región en un sitio
inhóspito. Elisane se dio la vuelta para no mirar más, ya había visto
demasiado. Algo se había quebrado en su interior y una creciente insensibilidad
la iba envolviendo poco a poco, nacida de su corazón. Si esto había ocurrido
debería de servir para algo. Abrió la bolsa que tenía aferrada en su mano
derecha y sacó uno de los siete discos circulares que guardaba. Todos llevaban
el símbolo de los Aes Sedai en su superficie y estaban hechos de cuendillar,
una piedra irrompible. Eran los sellos que Lews Therin había llevado a Shayol
Ghul y por medio de los cuales había conseguido encerrar el Oscuro, eran los
sellos que le mantendrían prisionero durante toda la eternidad. Ella debía
llevarlos a Paaran Disen para que los Aes Sedai los mantuviesen a buen recaudo.
No es que pudiesen romperse, pues el cuendillar era irrompible, pero podían caer en manos de los
Renegados, si es que quedaba alguno libre o con vida. Aun así, Adram había
intentado advertirla de algo con sus ultimas palabras. Muchos creían que si
vencían al Oscuro la vida volvería a ser como antes de la guerra, ella no lo
creía. Nunca nada volvería a ser como antes, el mundo había cambiado y ella
haría lo que tenía que hacerse para preparar al mundo y a los Aes Sedai para
afrontar los nuevos tiempos. El sacrificio de Adram no sería en vano.
Sin mirar atrás, Elishane
Tishar, la que muchos años después sería
la primera Sede Amyrlin de las Aes Sedai, abrió un acceso que la condujo lejos
de aquella ciudad que ahora solo pertenecía a los muertos.
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda© 2002
Volver a la página de Relatos