Era de noche. El cielo
estaba extrañamente oscuro, sin nubes pero sin estrellas ni luna. En el
campamento reinaba el silencio, pues ya era tarde y todos excepto los centinelas
ya se hallaban en sus tiendas descansando después de la batalla que habían
librado durante toda esa mañana y gran parte de la tarde. Los trollocs habían
vuelto a atacar. Sus fuerzas parecían no tener límites, cada día mataban más
trollocs que el anterior, pero seguían viniendo miles de ellos. Parecía como
si el mismísimo Oscuro los creara día tras día sólo para combatir contra
ellos. Pero los efectivos de la Mano Roja eran limitados, y cada vez quedaban
menos.
Pero no todos dormían. En su tienda, Sonnal se
revolcaba en su saco. No conseguía conciliar el sueño. Tenía un extraño
presentimiento, como si todo lo que conocía fuera a desaparecer. Si supiera lo
acertado de sus premoniciones, seguramente no hubiera estado allí, sino que
habría salido del campamento, de la zona y de Manetheren como alma que lleva el
diablo nada más terminar la batalla. Pero no lo sabía, y allí estaba,
intentando dormirse, pero sin conseguirlo. Se acordó de su familia, allí en la
ciudad. Su padre era herrero en el palacio real. Olgul era su nombre, y todos
los nobles, e incluso el mismísimo rey acudían a él cuando querían algún
trabajo especial. Era el mejor. Cuando Sonnal dijo que se iba, su padre le regaló
una espada. La había tenido guardada desde hacía mucho tiempo, y era sin duda
alguna su obra maestra, la mejor entre las mejores. Su nombre era Dollyo. También
se acordó de su madre, Macki, y de cómo le había rogado ésta una y otra vez
que no se alistara en el ejército. Se acordaba de sus hermanas, Murup y Are.
Ellas le habían preparado un bonito regalo cuando se fue, y quedaron muy
apenadas. Murup le había dado un casco, resistente pero ligero. Lo había
encontrado un día mientras paseaba por el campo. Estaba convencida de que
pertenecía a la época de la Guerra del Poder, y siempre le había traído
suerte. Are le había regalado un pañuelo. No era nada que le fuera útil en la
batalla, pero era su único vínculo con el pasado, y todas las noches dormía
con él entre las manos. En aquel momento lo tenía enroscado en el brazo
izquierdo. Y se acordó de Letha, la chica que desde pequeño le había vuelto
loco. Había sido una verdadera lástima. Justo cuando ella había empezado a
fijarse en él, llegó el correo con las nuevas de que los trollocs habían
salido de la Llaga, dando lugar a lo que siglos más tarde se conocería como la
Guerra de los Trollocs.
De pronto, se oyeron gritos por todos lados. Los
centinelas habían dado la voz de alarma: los trollocs se aproximaban. Así, en
mitad de la noche. “Malditos bastardos” pensó Sonnal. “¿No podrían
esperar a que fuera de día?” Se levanto como un rayo, y se dirigió hacia
Dollyo. La agarró con su mano derecha, la buena, y la sacó de su funda. Se
enfundó el casco de Murup, y salió así, a pecho descubierto, para descubrir
un enorme ejército de trollocs acercándose por el Este. Se dio cuenta de que
no era tan pronto como pensaba, pues el sol ya empezaba a asomar por el
horizonte. Los monstruos habían sabido elegir bien, así los soldados estarían
medio cegados al tener el sol de cara. Seguramente habría algún Myrddraal con
ellos, pues las bestias con cuernos no eran tan listas. De repente, oyó la voz
de su capitán.
-¡Escuadrón tercero de
la Mano Roja, a mí!
Sonnal obedeció presto, y salió corriendo hacia
allí. Ofrecía un espectáculo que, de no haber una batalla de por medio, habría
resultado gracioso. Allí estaba él, corriendo por el campamento al amanecer,
sin camisa, con su musculoso pecho al aire, y un casco del que sobresalían
algunos de sus negros rizos y la espada en la mano. Llegó hasta el capitán y
le dijo:
-Señor, ¿qué ha pasado?
-Sonnal, menos mal que estás
aquí. Nuestros hombres están cayendo muy rápido. Vamos, sal ahí y reparte
unos cuantos mandobles con esa milagrosa espada.
-Sí señor. ¡A la orden
señor!
-¡Maldito seas,
Sonnal!¡Estamos
en mitad de una batalla y te pones con formalidades!
-pero Sonnal ya no le escuchaba, pues ya había salido corriendo al grito
de “¡Carai al Caldazar!¡Por el Águila Roja!”
Se metió de lleno en el medio de la batalla, y
empezó a repartir mandobles. Dollyo parecía brillar con cada nueva estocada.
De pronto, apareció un trolloc tras el cadáver de un amigo, y saltó hacia él
con el hacha en alto. Sonnal se echó a un lado, dejó que el hacha cayera, dio
una vuelta y decapitó al ser con cuernos de cabra. Se giró y vio un trolloc
con colmillos de jabalí corriendo hacia él enarbolando una gran maza. Sonnal
bloqueó el primer ataque, y también el segundo, pero la bestia era demasiado
fuerte, y muy rápida. Casi no le daba tiempo de contraatacar. De pronto lo vio.
Cuando el trolloc levantaba la maza para el golpe que creía definitivo, Sonnal
lanzó a Dollyo hacia delante, atravesando el pecho de aquel repelente ser. Apoyó
el pie en la bestia y sacó la espada mientras el trolloc aún aullaba en agonía.
Se revolvió y se encontró con otro, éste con un hacha de combate, dispuesto a
partirle en dos. Su ataque fue fulminante. O lo habría sido de no ser por los
evidentes reflejos de Sonnal, que ya no era consciente de lo que hacía,
simplemente se dejaba llevar, como tantas otras veces. El trolloc lanzó un tajo
horizontal a la cintura de Sonnal, dispuesto a partirle por la mitad, pero éste
dio un salto, posiblemente el mayor salto de su vida, pasó por encima del
hacha, y propino a aquel engendro del Oscuro una patada en su horrendo hocico
lobuno. El golpe fue tal que le partió la mandíbula, y mientras el pobre se
retorcía de dolor, Sonnal le decapitó.
Tras
un rápido vistazo a su alrededor, descubrió a su capitán asolado por el
violento ataque de un Myrddraal, y sin pensarlo se lanzó en defensa de aquel
que había sido como su padre durante aquella guerra. “¡Carai al Ellisandhe!¡Por
la Rosa del Sol!”
-Lucha conmigo Fado
-amenazó Sonnal-. Si te atreves.
El Myrddraal se dio la vuelta, dando así la
oportunidad de escapar a su maltrecho capitán. Dejó entrever a través de su
capucha su sonrisa en medio de una cara sin ojos, y dijo:
-Bien, lo mismo me es
matar a un capitán que a un soldado raso, todos son iguales a la hora de
combatir.
Sonnal se quedó paralizado al verle, pero
reaccionó rápidamente al tiempo que pensaba: - Si no me muevo estoy perdido.
Ojalá hubiera tenido tiempo de ponerme la armadura” Y la recordó allí, a
los pies de su improvisada cama, en su tienda.
-¡Carai al
Letha! -dijo, sin saber realmente por qué. En lo único que podía pensar era en
ella y, por supuesto, en el Fado amenazante que tenía delante.
El Ser de Cuencas Vacías embistió con su curva
espada, al tiempo que su negra capa flotaba en el aire como un fantasma. Claro
que, bien pensado, el ser mismo era parecido a un fantasma, solo que mucho más
mortal. Sonnal apenas pudo bloquear su ataque, al que siguió otro, y otro, y
otro más. Parecía increíble, tantos años de entrenamiento e iba a morir así,
a manos de un solo enemigo. Claro que aquel enemigo era un Fado. Y pensó:
“Bueno, si voy a morir, moriré matando” Empezó a cambiar de postura a
postura, tal como le había enseñado su maestro, hasta llegar a la que buscaba.
Era una postura que alcanzaría a su oponente seguro, pero que le dejaría a él
completamente al descubierto. Todo sucedió muy deprisa. Cuando vio su
oportunidad, atacó. Dollyo salió directa hacia donde el Myrddraal debía tener
sus órganos vitales, puesto que nunca había diseccionado uno y no sabía cómo
era su anatomía. El ser vio su oportunidad también y contraatacó. En un
movimiento reflejo, Sonnal levantó su mano izquierda, la que tenía libre. La
espada de Sonnal atravesó el cuerpo del Fado de parte a parte, y asomó por su
espalda. El tajo del Myrddraal, que venía de arriba abajo, fue desviado
milagrosamente por su brazo, que se habría hecho un buen corte y posiblemente
hubiera tenido que ser cercenado de no ser por el pañuelo de Are, que en su
precipitación no había tenido tiempo de quitarse, y sobre el cual la curva
espada había resbalado. Miró en derredor suyo y comprobó que los demás
trollocs y Fados habían caído a manos de sus compañeros y aquellos arqueros
de arco largo tan buenos de su tierra natal.
-Sonnal
-¿Sí señor?
-Gracias. Has sido muy
valiente y bravo, y me has salvado de una muerte segura. Has combatido bien, y
has matado un Fado, además de todos los trollocs que hayas podido encontrar por
el camino.
-Sí, señor, pero no es
algo que me gustaría repetir.
-Lo sé,
Sonnal, pero en
algunas situaciones es necesario.
En esos momentos vieron aparecer tras una colina
un hombre a caballo. Al llegar comprobaron que había venido lo más rápidamente
posible, ya que el caballo estaba exhausto. El jinete bajó sin esperar a que su
montura se detuviera por completo y fue directo al capitán.
-Señor, me temo que no
traigo buenas nuevas. Aunque aquí por lo que se ve se ha ganado una batalla
contra un considerable número de fuerzas enemigas, Manetheren ha caído -el
hombre hablaba cada vez más excitado-. Ha sido un ataque completamente por
sorpresa, y nuestros hombres no estaban preparados. Decenas de miles de trollocs
con sus Fados incluidos han asaltado, saqueado y destruido la ciudad. Todos los
habitantes han muerto, ha sido una carnicería.
-¿Cómo has dicho?
–dijo Sonnal mientras escuchaba- ¿Manetheren ha... caído?¿La gente... asesinada?
Letha...
Sonnal se alejó de la zona, pues necesitaba
soledad para asimilar lo que acababan de decirle. Letha muerta. Manetheren
arrasado. De pronto, sin pensarlo siquiera, levanto a Dollyo y dijo:
-Dollyo, me has servido
bien durante esta guerra, y ahora necesito un último servicio.
Y con estas palabras, apoyó en el suelo la empuñadura
de plata con forma de águila y dijo:
-Carai al Letha. Voy
contigo amor mío.
Y dejó caer su estómago desnudo con todo el peso
de su cuerpo sobre la punta de Dollyo, que tan bien le había servido.
En las llanuras de Manetheren soplaba el viento,
el último viento que notó Sonnal. Hacía frío, aunque en el calor de la
batalla ni siquiera lo había notado, y ya no lo notaría nunca más. En las
llanuras de Manetheren descansaba, ensartado por su propia espada, uno de los
mejores guerreros que había dado nunca Manetheren, al que sólo su capitán vio
el talento, y que había muerto por amor.
Editado por
Ninemoons.
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Los Espejos de la Rueda© 2002
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