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RELATOS DE LA RUEDA DEL TIEMPO

"Manetheren"

Por _Rand_  

 

Era de noche. El cielo estaba extrañamente oscuro, sin nubes pero sin estrellas ni luna. En el campamento reinaba el silencio, pues ya era tarde y todos excepto los centinelas ya se hallaban en sus tiendas descansando después de la batalla que habían librado durante toda esa mañana y gran parte de la tarde. Los trollocs habían vuelto a atacar. Sus fuerzas parecían no tener límites, cada día mataban más trollocs que el anterior, pero seguían viniendo miles de ellos. Parecía como si el mismísimo Oscuro los creara día tras día sólo para combatir contra ellos. Pero los efectivos de la Mano Roja eran limitados, y cada vez quedaban menos.

Pero no todos dormían. En su tienda, Sonnal se revolcaba en su saco. No conseguía conciliar el sueño. Tenía un extraño presentimiento, como si todo lo que conocía fuera a desaparecer. Si supiera lo acertado de sus premoniciones, seguramente no hubiera estado allí, sino que habría salido del campamento, de la zona y de Manetheren como alma que lleva el diablo nada más terminar la batalla. Pero no lo sabía, y allí estaba, intentando dormirse, pero sin conseguirlo. Se acordó de su familia, allí en la ciudad. Su padre era herrero en el palacio real. Olgul era su nombre, y todos los nobles, e incluso el mismísimo rey acudían a él cuando querían algún trabajo especial. Era el mejor. Cuando Sonnal dijo que se iba, su padre le regaló una espada. La había tenido guardada desde hacía mucho tiempo, y era sin duda alguna su obra maestra, la mejor entre las mejores. Su nombre era Dollyo. También se acordó de su madre, Macki, y de cómo le había rogado ésta una y otra vez que no se alistara en el ejército. Se acordaba de sus hermanas, Murup y Are. Ellas le habían preparado un bonito regalo cuando se fue, y quedaron muy apenadas. Murup le había dado un casco, resistente pero ligero. Lo había encontrado un día mientras paseaba por el campo. Estaba convencida de que pertenecía a la época de la Guerra del Poder, y siempre le había traído suerte. Are le había regalado un pañuelo. No era nada que le fuera útil en la batalla, pero era su único vínculo con el pasado, y todas las noches dormía con él entre las manos. En aquel momento lo tenía enroscado en el brazo izquierdo. Y se acordó de Letha, la chica que desde pequeño le había vuelto loco. Había sido una verdadera lástima. Justo cuando ella había empezado a fijarse en él, llegó el correo con las nuevas de que los trollocs habían salido de la Llaga, dando lugar a lo que siglos más tarde se conocería como la Guerra de los Trollocs.

De pronto, se oyeron gritos por todos lados. Los centinelas habían dado la voz de alarma: los trollocs se aproximaban. Así, en mitad de la noche. “Malditos bastardos” pensó Sonnal. “¿No podrían esperar a que fuera de día?” Se levanto como un rayo, y se dirigió hacia Dollyo. La agarró con su mano derecha, la buena, y la sacó de su funda. Se enfundó el casco de Murup, y salió así, a pecho descubierto, para descubrir un enorme ejército de trollocs acercándose por el Este. Se dio cuenta de que no era tan pronto como pensaba, pues el sol ya empezaba a asomar por el horizonte. Los monstruos habían sabido elegir bien, así los soldados estarían medio cegados al tener el sol de cara. Seguramente habría algún Myrddraal con ellos, pues las bestias con cuernos no eran tan listas. De repente, oyó la voz de su capitán.

-¡Escuadrón tercero de la Mano Roja, a mí!

Sonnal obedeció presto, y salió corriendo hacia allí. Ofrecía un espectáculo que, de no haber una batalla de por medio, habría resultado gracioso. Allí estaba él, corriendo por el campamento al amanecer, sin camisa, con su musculoso pecho al aire, y un casco del que sobresalían algunos de sus negros rizos y la espada en la mano. Llegó hasta el capitán y le dijo:

-Señor, ¿qué ha pasado?

-Sonnal, menos mal que estás aquí. Nuestros hombres están cayendo muy rápido. Vamos, sal ahí y reparte unos cuantos mandobles con esa milagrosa espada.

-Sí señor. ¡A la orden señor!

-¡Maldito seas, Sonnal!¡Estamos en mitad de una batalla y te pones con formalidades!   -pero Sonnal ya no le escuchaba, pues ya había salido corriendo al grito de “¡Carai al Caldazar!¡Por el Águila Roja!”

Se metió de lleno en el medio de la batalla, y empezó a repartir mandobles. Dollyo parecía brillar con cada nueva estocada. De pronto, apareció un trolloc tras el cadáver de un amigo, y saltó hacia él con el hacha en alto. Sonnal se echó a un lado, dejó que el hacha cayera, dio una vuelta y decapitó al ser con cuernos de cabra. Se giró y vio un trolloc con colmillos de jabalí corriendo hacia él enarbolando una gran maza. Sonnal bloqueó el primer ataque, y también el segundo, pero la bestia era demasiado fuerte, y muy rápida. Casi no le daba tiempo de contraatacar. De pronto lo vio. Cuando el trolloc levantaba la maza para el golpe que creía definitivo, Sonnal lanzó a Dollyo hacia delante, atravesando el pecho de aquel repelente ser. Apoyó el pie en la bestia y sacó la espada mientras el trolloc aún aullaba en agonía. Se revolvió y se encontró con otro, éste con un hacha de combate, dispuesto a partirle en dos. Su ataque fue fulminante. O lo habría sido de no ser por los evidentes reflejos de Sonnal, que ya no era consciente de lo que hacía, simplemente se dejaba llevar, como tantas otras veces. El trolloc lanzó un tajo horizontal a la cintura de Sonnal, dispuesto a partirle por la mitad, pero éste dio un salto, posiblemente el mayor salto de su vida, pasó por encima del hacha, y propino a aquel engendro del Oscuro una patada en su horrendo hocico lobuno. El golpe fue tal que le partió la mandíbula, y mientras el pobre se retorcía de dolor, Sonnal le decapitó.

 Tras un rápido vistazo a su alrededor, descubrió a su capitán asolado por el violento ataque de un Myrddraal, y sin pensarlo se lanzó en defensa de aquel que había sido como su padre durante aquella guerra. “¡Carai al Ellisandhe!¡Por la Rosa del Sol!”

-Lucha conmigo Fado -amenazó Sonnal-. Si te atreves.

El Myrddraal se dio la vuelta, dando así la oportunidad de escapar a su maltrecho capitán. Dejó entrever a través de su capucha su sonrisa en medio de una cara sin ojos, y dijo:

-Bien, lo mismo me es matar a un capitán que a un soldado raso, todos son iguales a la hora de combatir.

Sonnal se quedó paralizado al verle, pero reaccionó rápidamente al tiempo que pensaba: - Si no me muevo estoy perdido. Ojalá hubiera tenido tiempo de ponerme la armadura” Y la recordó allí, a los pies de su improvisada cama, en su tienda.

-¡Carai al Letha! -dijo, sin saber realmente por qué. En lo único que podía pensar era en ella y, por supuesto, en el Fado amenazante que tenía delante.

El Ser de Cuencas Vacías embistió con su curva espada, al tiempo que su negra capa flotaba en el aire como un fantasma. Claro que, bien pensado, el ser mismo era parecido a un fantasma, solo que mucho más mortal. Sonnal apenas pudo bloquear su ataque, al que siguió otro, y otro, y otro más. Parecía increíble, tantos años de entrenamiento e iba a morir así, a manos de un solo enemigo. Claro que aquel enemigo era un Fado. Y pensó: “Bueno, si voy a morir, moriré matando” Empezó a cambiar de postura a postura, tal como le había enseñado su maestro, hasta llegar a la que buscaba. Era una postura que alcanzaría a su oponente seguro, pero que le dejaría a él completamente al descubierto. Todo sucedió muy deprisa. Cuando vio su oportunidad, atacó. Dollyo salió directa hacia donde el Myrddraal debía tener sus órganos vitales, puesto que nunca había diseccionado uno y no sabía cómo era su anatomía. El ser vio su oportunidad también y contraatacó. En un movimiento reflejo, Sonnal levantó su mano izquierda, la que tenía libre. La espada de Sonnal atravesó el cuerpo del Fado de parte a parte, y asomó por su espalda. El tajo del Myrddraal, que venía de arriba abajo, fue desviado milagrosamente por su brazo, que se habría hecho un buen corte y posiblemente hubiera tenido que ser cercenado de no ser por el pañuelo de Are, que en su precipitación no había tenido tiempo de quitarse, y sobre el cual la curva espada había resbalado. Miró en derredor suyo y comprobó que los demás trollocs y Fados habían caído a manos de sus compañeros y aquellos arqueros de arco largo tan buenos de su tierra natal.

-Sonnal

-¿Sí señor?

-Gracias. Has sido muy valiente y bravo, y me has salvado de una muerte segura. Has combatido bien, y has matado un Fado, además de todos los trollocs que hayas podido encontrar por el camino.

-Sí, señor, pero no es algo que me gustaría repetir.

-Lo sé, Sonnal, pero en algunas situaciones es necesario.

En esos momentos vieron aparecer tras una colina un hombre a caballo. Al llegar comprobaron que había venido lo más rápidamente posible, ya que el caballo estaba exhausto. El jinete bajó sin esperar a que su montura se detuviera por completo y fue directo al capitán.

-Señor, me temo que no traigo buenas nuevas. Aunque aquí por lo que se ve se ha ganado una batalla contra un considerable número de fuerzas enemigas, Manetheren ha caído -el hombre hablaba cada vez más excitado-. Ha sido un ataque completamente por sorpresa, y nuestros hombres no estaban preparados. Decenas de miles de trollocs con sus Fados incluidos han asaltado, saqueado y destruido la ciudad. Todos los habitantes han muerto, ha sido una carnicería.

-¿Cómo has dicho? –dijo Sonnal mientras escuchaba- ¿Manetheren ha... caído?¿La gente... asesinada? Letha...

Sonnal se alejó de la zona, pues necesitaba soledad para asimilar lo que acababan de decirle. Letha muerta. Manetheren arrasado. De pronto, sin pensarlo siquiera, levanto a Dollyo y dijo:

-Dollyo, me has servido bien durante esta guerra, y ahora necesito un último servicio.

Y con estas palabras, apoyó en el suelo la empuñadura de plata con forma de águila y dijo:

-Carai al Letha. Voy contigo amor mío.

Y dejó caer su estómago desnudo con todo el peso de su cuerpo sobre la punta de Dollyo, que tan bien le había servido.

En las llanuras de Manetheren soplaba el viento, el último viento que notó Sonnal. Hacía frío, aunque en el calor de la batalla ni siquiera lo había notado, y ya no lo notaría nunca más. En las llanuras de Manetheren descansaba, ensartado por su propia espada, uno de los mejores guerreros que había dado nunca Manetheren, al que sólo su capitán vio el talento, y que había muerto por amor.

 

Editado por Ninemoons.

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Los Espejos de la Rueda© 2002

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