"La Bruja Roja"
por Davram Bashere
1
La niebla, espesa y silenciosa, había ido avanzando y cubriendo con
su impenetrable manto el silvestre paisaje en tan solo unos pocos minutos. Un
avance vertiginoso e inexorable.
Pero también sobrenatural y amedrentador.
Desde lo alto de la muralla, los soldados que hacían en aquel momento
su ronda por el adarve observaban con ojos abiertos y relucientes de miedo, a la
niebla y su avance. Estaban en pleno otoño, y en aquel lugar donde las lluvias
en tal fecha eran una nota constante y el aire frío el pan de cada día, las
gentes vestían gruesas prendas de lana y lino, y fuertes y resistente pieles de
animales como capas; pero no hubo ninguno de aquellos soldados que no sintiera
un frío terriblemente intenso azotando su cuerpo, como si fueran desnudos.
Gwyllun era uno de
estos soldados y aquella era su primera tarea como tal tras salir de la Academia
de la Guerra.
—La Diosa nos guarde. –rezó una voz a su derecha. En su fuero
interno, el joven también pidió a Mellanna, Señora de la Vida y Madre de la
Humanidad, que les protegiera en aquella hora de lo que estuviera por venir.
A continuación miró a Fiobun, su compañero. Fiobun era un veterano
soldado que había servido al Rey durante más de veinte años y las cicatrices de
su rostro eran las credenciales de una vida de guerra, tan común en aquella
parte del reino de Daia.
—¿Crees que atacaran ahora que sus movimientos están ocultos a
nuestras miradas?
—Yo no apostaría un dhank de oro a lo contrario, muchacho. –rezongó
Fiobun, sin apartar sus ojos de la niebla.
Gwyllun observó de nuevo la niebla y su gesto se agrió, como su
hubiese masticado una pieza de fruta en mal estado.
—Huele a hechicería. –masculló. Por toda respuesta, Fiobun gruñó con
disgusto.
En Daia, la Hechicería estaba proscrita, considerada un acto
maléfico; si un hombre o una mujer era descubierto practicándola era apresado,
juzgado y ejecutado en el acto. La Hechicería era fruto del Mal, un poder
caótico e incontrolable que ponía en peligro todo lo bueno y hermoso que existía
en el mundo, y aquellos que se dejaban corromper por ella perdían sus almas,
dejaban de ser humanos para convertirse en emisarios de un mal abominable por lo
que era necesario terminar con su vida antes de que comenzase a extender su
perversión.
El joven soldado se llevó su mano libre al centro del pecho y trazo
un doble círculo y una onda en el extremo inferior del mismo, el Símbolo de
Mellanna, rezando en silencio a la benévola Diosa que le protegiera de aquella
maldad.
Por el rabillo de su ojo izquierdo captó un relampagueante
movimiento. Miró en esa dirección, estrechando los ojos y horadando con su
mirada la espesa niebla a la captura de algún enemigo moviéndose. Las formas
oscuras de los árboles, con sus ramas zigzagueantes y desprovistas de hojas, y
sus troncos alargados y delgados parecían lúgubres espantapájaros que
presagiaban terribles acontecimientos. Por segunda vez captó un movimiento
repentino, esta vez por su ojo derecho. Cuando dirigió sus ojos hacia ahí, la
boca se le desencajó de golpe, en un grito ahogado de horror.
Un jinete y su montura surgieron de la niebla, dos inmensas figuras
que parecían formar una sola. Enormes, tenebrosas y terroríficas. El jinete
estaba embutido en una maciza y grotesca armadura que le cubría de pies a
cabeza, de colores negro y carmesí sanguinolento. El caballo, negro como un pozo
sin fondo y grande como ningún caballo que Gwyllun hubiera visto antes, también
iba protegido por una pesada loriga, también carmesí y negra.
Con paso altivo e insolente, el siniestro guerrero condujo a su
montura hasta una docena de metros de la entrada principal. Pese a que se
encontraba a una excelente distancia ninguno de los arqueros disparó su mortal
flecha.
Jinete y caballo se detuvieron. El animal resopló, el vaho se
condensó nada más salir por las fosas nasales. Agitó su testa con brusquedad y
pateó varias veces el arenoso suelo, como si se sintiera contrariado. Gwyllun se
estremeció observándole; aquel caballo parecía casi tan peligroso como su amo.
Sólo casi.
Entonces el guerrero se descubrió el rostro, sus manos se alzaron y
retiraron aquel yelmo coronado con la forma de un dragón, y los negros cabellos
le revolotearon libres tras el rostro de duras facciones del hombre más temido y
odiado en los Reinos del Sur.
Los ojos de Tarmuin Tanagrin, el Rey-Brujo de Vanhur, se clavaron en
los muros de la ciudad con tal intensidad que al joven Gwyllun le pareció que
aquella muralla –que había resistido ataques durante siglos— se volvía débil e
insuficiente, y que el doble rastrillo de resistente acero que cubría el
portalón sólo sería un ligero inconveniente en el camino de aquel hombre
demoníaco y corrompido por la Hechicería.
Por primera vez desde que comenzó el asedio del ejército vanhurian,
Gwyllun sintió verdadero miedo. Mientras observaba medio hechizado al Rey-Brujo
sintió por primera vez lo que era la desesperanza.
Ahora, solamente Mellanna podría impedir que la resplandeciente
ciudad de Vadramlar y sus habitantes fuesen destruidos y borrados de la faz de
la tierra.
Fervorosamente, el joven rezó a la Señora de la Vida y de la
Humanidad para que les auxiliara con prontitud.
En ese momento, un inmenso mar de cuerpos cubiertos de armaduras y
armas comenzó a surgir de la niebla, caminando lentamente pero imparablemente
–cómo la niebla— hacia Tarmuin Tanagrin.
La muerte, inexorable, se aproximaba a Vadramlar.
¡Mellanna, auxilianos!
2
Sus ojos azules,
profundos y penetrantes, recorrieron la muralla oeste de la ciudad de Vadramlar
de un extremo a otro.
En sus labios se
dibujo una sonrisa sesgada. Aquella protección no resistiría el poder de su
ejército. La ciudad milenaria caería por fin, y él, Tarmuin Tanagrin rey-brujo
de Vanhur conseguiría un nuevo paso hacia su ambicioso objetivo.
A su espalda se alzó
el murmullo de un masivo movimiento, el lento avance de centenares de guerreros
protegidos con pesadas armaduras que emitían aquel sonido sordo y monótono tan
característico.
—Vuestros guerreros
aguardan la orden, Majestad. –la voz rasposa de Yrkan Almuran, General Supremo
de los Drahkkoran, quebró el silencio de la noche.
—¿Gharrak y Alhenda
han tomado posiciones?. –inquirió el monarca vanhurian refiriéndose a los dos
hechiceros más poderosos de Vanhur. No se giró, pues si la voz del militar era
desagradable, su rostro era cien veces peor, con aquellas cicatrices mal curadas
y diversas manchas oscuras que afeaban su piel.
Yrkan emitió un
gruñido que podía significar cualquier cosa.
—Lord Gharrak y los
suyos así lo han hecho, Mi Señor. –hizo una pausa.— La Señora Alhenda… ha rogado
que se la permita acompañaros.
Aquello hizo que
Tarmuin girara la cabeza y mirase directamente al General.
—¿Acompañarme?
–repitió él. Durante un breve instante permaneció callado, para finalmente
esbozar una sonrisa.— ¿Porqué no? Comunicadle a la Alta Hechicera de Urvoda que
será un placer tenerla a mi lado.
—Como ordenéis,
Majestad.
Yrkan se cuadró y
giró a su poderoso ruano para reunirse con el resto de oficiales. La sonrisa que
pugnaba por aparecer en su rostro no le pasó desapercibida al Rey de Vanhur,
pero al brutal guerrero apenas le importaba aquello. Tarmuin desconocía el
motivo, pero lo cierto era que Yrkan odiaba con toda su alma a la ambiciosa
Hechicera y nada le gustaría más que verla humillada, o ejecutada, ante todo
Vanhur.
La hechicera no se
hizo esperar. Llegó montada sobre su yegua blanca, altiva, hermosa y tan fría
como un carámbano de hielo.
—Majestad. –inclinó
su cabeza mientras colocaba su montura al lado de la de Tarmuin. Llevaba su
oscuro pelo recogido con una redecilla fabricada con diamantes, plata e Hilo de
Karr, pero un par de mechones se descolocaron de la sujeción y le cayeron sobre
el rostro. Un efecto realmente seductor, y que seguramente la mujer había tenido
preparado.
“Permitidme que
exprese mi agradecimiento por este honor.
Tarmuin agitó una
mano, displicente y volvió su mirada hacia los muros de Vadramlar.
—Espero que no haya
cometido una equivocación. –manifestó él, con tono frío.— Quiero un agujero en
esa muralla, Alhenda. Utilizad vuestro mejor conjuro.
—Si, Majestad.
–replicó la mujer, con un deje decepcionado en su voz. Tal vez a partir de ahora
dejara de intentar despertar su interés, se dijo el monarca.
Poco a poco el aire
comenzó a templarse mientras la salmodia de la hechicera cobraba intensidad y
volumen. Las esbeltas manos de Alhenda se movieron con voluntad propia, trazando
los tantas veces practicados símbolos cabalísticos que daban forma y poder al
hechizo.
—¡Rh’el dahe sahk’nati!
–gritó y extendiendo las manos hacia delante lanzó el hechizo. –¡krae’th eo’ras!
¡Phaet’ulh!
Con un rugido, la
gran lengua de fuego negro se abalanzó sobre el murallón de la ciudad. Su
crepitar anunciando la destrucción.
Tarmuin Tanagrin
esbozó una sonrisa, fría y hambrienta.
Hambre de poder. Sed
de sangre.
3
—¡Salta! –gritó
Fiobun a Gwyllun. Pero el joven soldado estaba paralizado de terror, sus piernas
parecían haberse tornado en piedra de repente, mientras que sus ojos sólo podían
mirar aquel fuego sobrenatural y negro que se abalanzaba sobre ese sector de la
muralla.
—¡Por el Martillo de
Cyon, muchacho!. –masculló el veterano soldado. La mano de Fiobun le agarró de
un brazo y tiró con fuerza de él. Fiobun se saltó desde el adarve y Gwyllun le
siguió por inercia.
Todavía caía cuando
se produjo una estruendosa explosión. La muralla, la tierra, y los edificios
temblaron por el impacto, y una nube de polvo se alzó y cubrió todo, un manto
impenetrable.
Algo duro le golpeó
por detrás en la cabeza y en su interior estalló un intenso dolor. Gwyllun
perdió la consciencia.
—Parece que ya vuelve
en sí. –dijo una voz suave, femenina. Gwyllum abrió los ojos de golpe y miró a
su alrededor. Estaba tumbado sobre un camastro dentro de lo que parecía ser la
habitación de una posada. Fiobun y una mujer –por su vestido azul claro y el
fino chal de lino sobre los hombres debía de ser una Sacerdotisa de Mellanna—
estaban uno a cada lado del lecho.
El joven soldado fue
a incorporarse pero el dolor hizo que volviera a tumbarse bruscamente. Soltó un
gruñido ronco.
—Descansad unos
minutos antes de levantaros. –manifestó la Sacerdotisa. Se dirigió a la puerta.—
Volveré con algunas hierbas.
La puerta se cerró a
su espalda con suavidad.
—¿Qué ocurrió?
–inquirió él, con voz rasposa, volviéndose hacía su compañero.
—Un bloque de piedra
te golpeó. –repuso Fiobun. Su expresión seguía siendo dura aunque al joven
soldado le pareció percibir un indicio de preocupación en su mirada.— Tuviste
suerte muchacho. Si no hubieses llevado el casco ahora serías un muerto
más.
—¿Y la muralla? –el
recuerdo de la Hechicera enemiga le provocó no solo una nueva oleada de dolor
sino también le dio unas ganas tremendas de vaciar su estómago. Fiobun sonrió.
—Intacta, muchacho.
–al joven se le desencajó la boca, asombrado. ¿Cómo podía ser posible?
—Gracias Mellanna,
Excelsa Señora. –musitó quedamente el joven soldado daiano. Según las antiguas
leyendas, la muralla que protegía Vadramlar había sido bendecida por la propia
Diosa; Gwyllun siempre había pensado en aquella historia como un cuento para
niños y viejos. Ahora dio gracias a su Diosa por haberle demostrado que estaba
equivocado. Seguía vivo. ¡Vivo!
El rostro del maduro
soldado se ensombreció.
—Sin embargo, el
asedio prosigue, muchacho. La muralla nos protege de cualquier asalto mágico
pero una flecha normal puede sobrevolarla y caer sobre uno de nosotros sin traba
alguna. Aun así, no todo esta de nuestra parte. El Rey Brujo ha traído a más
poderoso e impíos Hechiceros –una mueca de asco curvó sus labios bajo el espeso
bigote— quienes atacan continuadamente. La Magia Sagrada de la muralla resiste
sus embates pero el mismísimo Rey Brujo se mantiene aún al margen de la lucha
directa. Esperemos que siga así hasta que hallemos una solución.
El joven soldado
asintió, y un estremecimiento le recorrió la espalda. El nombre de Tarmuin
Tanagrin había pasando de boca en boca durante los últimos quince años; Soberano
de un pequeño reino occidental, poco a poco había ido conquistando tierras para
aumentar sus dominios. Para ello había empleado tanto la fuerza del acero como
el malvado poder de la Hechicería. Se decía también que aquel hombre maldito
adoraba a los Dioses Oscuros y que había forjado un pacto con ellos por la
concesión de su favor.
Gwyllun volvió a
estremecerse. Mellanna les protegería, como lo había hecho antes, como lo haría
siempre.
Minutos más tarde
volvió la Sacerdotisa, portando un hatillo lleno de hierbas, tal y como había
dicho. El joven ya se había aseado en el aguamanil y puesto los pantalones y las
botas, pero cuando la mujer entró le sorprendió tomando su camisa del respaldo
de la silla en la que reposaba el resto de su indumentaria. Con las mejillas
encendidas, el joven se colocó a matacaballos la prenda.
—Sentaos. –dijo la
mujer con tono neutro, como si no hubiese visto nada. Gwyllun le agradeció en su
interior que no dijese nada, y se sentó en el borde del lecho.
La Sacerdotisa de
Mellanna se acercó, tomando asiento a su lado. Abrió uno de los sacos que
pendían de si cinto y extrajo un frasco verde; la mujer lo destapó y un suave
olor a hierbabuena y menta llegó a la nariz del joven.
—Agachad vuestra
cabeza. –Gwyllun obedeció y al instante sintió la mano de la Sacerdotisa sobre
su nuca, moviéndose suavemente y extendiendo algo frío y grasiento.— Pese a que
mi hechizo a sanado la parte más grave, éste ungüento ayudará a sanar más rápido
la contusión.
—Os lo agradezco.
–dijo el joven guerrero, tras alzar su cabeza.
—Agradéceselo a
Mellanna. Sólo procura que no vuelvan a herirte. –sonrió la Sacerdotisa, a
continuación se incorporó y abandonó la habitación.
Cuando la puerta
volvió a abrirse para dejar paso a Fiobun, Gwyllun se estaba ajustando el
talabarte que sujetaba su espada en el lado izquierdo de su cadera. El rostro
curtido del veterano soldado brillaba por el sudor y parecía tenso.
—¿Qué ocurre?.
–Inquirió pese a que creía saber la respuesta.
—Debemos retornar
rápidamente a la muralla. –la voz de Fiobun poseía un timbre ciertamente
apremiante.--- Tarmuin de Vanhur y sus Hechiceros se hallan juntos y parecen
estar preparando algo terrible y tenebroso. El Consejo ha convocado a todos los
soldados pues teme lo peor. Incluso ha requerido la ayuda de los Sacerdotes
Guerreros de Cyanna que puedan hallarse dentro de la ciudad.
—¿Tan grave es la
situación?
—Si, muchacho. Sin
embargo, no creo que ni contando con la ayuda del mismísimo Consorte de la
Batalla, tuviéramos posibilidad alguna de derrotar a las hueste vanhurian y a su
poderoso y oscuro soberano.
Gwyllun no sabía que
decir, pero aunque hubiese sido al contrario no habría podido decir nada, pues
ambos soldados se quedaron petrificados en el sitio cuando un gran alarido de
ultratumba superó cualquier otro sonido.
El corazón de Fiobun
latió desbocado y la sangre pareció helársele en las venas. En sus cuarenta y
cinco años había visto mucho y vivido otro tanto, y habría sido normal que no
recordase ciertos hechos, sin embargo, jamás podría haber olvidado un sonido
cómo aquel.
—Mellanna, Señora de
la Vida. —murmuró.— Protégenos.
Aquel alarido
solamente podía proceder de una bestia, una bestia que el veterano soldado había
visto a la edad de dieciséis años y su recuerdo se había grabado a fuego en su
memoria.
Aquel alarido era el
grito de caza de un khal’rardh, un Demonio Negro de la Montañas D’ga.
4
Desde lo alto de su
fiero ruano negro, Tarmuin Tanagrin observó bajo su draconiano yelmo cómo la
bestia que acababan de soltar sus hechiceros desplegaba sus enormes y correosas
alas semejantes a un murciélago, y se elevaba en el aire.
—Ve, criatura mía.
Toma la ciudad en mi nombre. –ordenó la profunda voz del monarca, terminando con
una sonora carcajada.
—Su Majestad, ¿Creéis
que ha sido acertada la decisión?
El Rey Brujo bajo su
mirada y la clavó en la figura de quien había hablado, un hombre joven de
cabellos negros y ojos oscuros, ataviado con amplios ropajes carmesíes situado a
pie al lado derecho de su caballo.
—¿Pensáis, Lord
Gharrak, que no he actuado correctamente? –inquirió, con un timbre
peligrosamente suave. Sin embargo, el joven hermano de Alhenda Urvodan no
pareció advertirlo… o simplemente le resultó indiferente.
—No pretendía decir
eso, mi señor. Sólo que…
Tarmuin sonrió bajo
el yelmo. Realmente el joven Hechicero de Urvoda poseía coraje; por eso aún
vivía. Agitó uno de sus puños guarecidos con guanteletes negros y dorados, en un
gesto displicente.
—Observad, Lord
Gharrak. –manifestó el Rey, he indicó al joven noble y Hechicero que mirase
hacia el cielo.— Observad como el khal’rardh concluirá con nuestra conquista.
El joven noble nada
dijo ante aquella rotunda afirmación de su Señor, pese a que en su interior
albergase serias dudas al respecto. Los Demonios Negros de la montaña D’ga eran
unos seres demasiado inteligentes, y por ende peligrosos, para confiar en ellos
como soldados. Dijese lo que dijese su Rey, el joven Gharrak jamás confiaría en
el Demonio Negro.
Rápidamente, comenzó
a buscar entre los conjuros que conocía uno capaz de acabar con aquel ser.
**
—¡Date prisa
muchacho!
A Gwyllum no le
habría hecho falta que le arengase su compañero de más edad. Ambos soldados
bajaron a todo correr las escaleras y abandonaron la posada sin casi disminuir
la velocidad. Al llegar al exterior, Fiobun no se sorprendió al ver la calle
llena de gente que gritaba despavorida y huída ciudad adentro, hacia la
Ciudadela.
Se escuchó un segundo
alarido del Demonio Negro. Ambos comenzaron a correr hacia las murallas, las
espadas listas en sus manos.
Cuando alcanzaron su
destino, veterano y joven frenaron en seco su carrera. A tan solo unos metros de
ellos se desarrollaba una escena dantesca, salida de la mente de un loco. Un mar
de soldados se movía alrededor del ser más horrible y amedrentador que el joven
Gwyllun había visto en su vida.
Tenía la altura de
tres hombres y la anchura de casi dos osos, y unas alas membranosas plegadas a
su espalda. Sus dos largos y musculosos brazos se movían velozmente de un lado a
otro mientras sus afiladas garras despedazaban una y otra vez la carne de
aquellos infortunados soldados que se encontrasen en su camino. La cabeza y la
parte superior de un tronco salieron despedidas en dirección de ambos
compañeros, dejando tras de sí un rastro de vísceras sanguinolentas. El despojo
paso por encima de ellos, rociándoles con una lluvia de sangre. Alzando el brazo
para protegerse la cara, al joven Gwyllun se le revolvió el estómago.
—¡Malditos estúpidos.
Apartaros! –la voz de Fiobun se elevó por encima de la algarabía general, los
gritos, los gruñidos de la bestia, y los gemidos de dolor. Los soldados que aun
estaban vivos se apresuraron a obedecer la orden el veterano Fiobun. En pocos
segundos se formó un círculo, en cuyo centro quedó el Demonio Negro. Los
ambarinos ojos del monstruo les observó inescrutablemente. Gwyllun conocía las
historias que hablaban sobre aquellos seres alados de la Montaña D’ga, historias
en las que se hablaba sobre su astucia tanto como sobre su salvajismo. Quizás
aquellos ojos amarillos y lenticulares no dejasen ver expresión alguna, pero el
joven tuvo la certeza de que el khal’rardh estaba analizando la nueva situación.
La idea de enfrentarse a un bicho de aquel tamaño, tan peligroso y horrible como
era, y que además poseyese inteligencia provocó que Gwyllun se estremeciese de
pies a cabeza.
Los cuerpos de dos
docenas de soldados yacían mutilados, formando un montón, a los pies de la
bestia. ¿Cuántos más perecerían antes de que ésta fuera destruida?.
El Demonio Negro soltó
un bramido que sacudió el suelo e hirió los tímpanos de los soldados. Al joven
le heló la sangre al oír el rugido.
Demasiados.
**
Deteniéndose en el
umbral de la puerta abierta, Yllianna observó con gesto preocupado el mar de
gente que pasaba corriendo frente a ella por la calle. Los gritos de hombres y
mujeres referentes a algún tipo de monstruo no hicieron más que confirmar las
terribles sospechas que bullían en el interior de la elfa.
Soltando un hondo
suspiro, y ciñéndose la gruesa capa de terciopelo azabache que la cubría,
comenzó a andar a paso vivo. Dirigiéndose hacia el sur, hacia la Puerta
Meridional.
Allí, se enfrentaría a
uno de los enemigos ancestrales de los elfos.
**
—¡Silencio!
Aquella era la cuarta
vez que la voz autoritaria de Tharial Kholannir Albor, el Portavoz del Consejo,
se elevaba para imponer silencio entre los reunidos, pero igualmente por cuarta
vez, nadie le hizo caso. La irritación que sentía el hombre dio paso a la
cólera. Se levantó bruscamente y estrelló el Martillo de Argaellorn contra la
pulida superficie de la mesa de roble. Un sonoro crujido sacudió la Sala del
Consejo y finísimas astillas volaron en todas direcciones.
Con su desproporcionada
acción consiguió lo deseado. Todas las conversaciones cesaron de inmediato y
tres docenas de cabezas se volvieron para mirarle con los ojos bien abiertos por
la sorpresa.
—Gracias. –manifestó
con sequedad, y sarcasmo. Muchas de las expresiones sorprendidas se tornaron
ceñudas.
—Lord Tharial,
vuestra... –una mujer rubia, y elegantemente vestida de seda y terciopelo azul,
se levantó de su asiento. Sus palabras fueron cortadas por el Portavoz del
Consejo.
—No he pedido vuestra
opinión, mi señora Kalandra. –el rostro de Kalandra enrojeció por la
humillación, y sus ojos echaron chispas, llamas de puro odio. Pero no dijo nada
y Tharial volvió sus ojos hacia el resto de los rostros que lo contemplaban.—
Amigos. Amigas. Creo que ha llegado el momento de tomar una solución. De momento
nuestra muralla nos protege del Rey Brujo de Vanhur y su ejército. Pero ahora
debemos enfrentarnos también a un Demonio Negro. Mi propuesta es que… –en ese
momento miró fijamente cada uno de los rostros.— enviemos un heraldo a Tarmuin
Tanagrin en el que le comuniquemos nuestra rendición.
Durante un breve
instante, reinó el silencio. Luego estalló el caos.
—¡Nunca!
Gritos semejantes
reverberaron en la Sala.
Tharial Kholannir Albor
se recostó en el respaldo de su confortable sillón. Imperturbable a los
numerosos rostros que lo contemplaban llenos de rabia, que bramaban y le
criticaban como un traidor. Que clamaban que Vadramlar jamás se había rendido, y
que jamás lo haría.
Aquello casi quebró su
impasibilidad. ¡Cómo habría querido reírse!. Pero no lo hizo, ya habría tiempo
para reírse.
Si debía rendir la
ciudad ante el ejército invasor vanhurian para conseguir sus ambiciones, lo
haría. Costará lo que costase. Y a quien costase.
Bien sabían los dioses,
que él no moriría antes de haber cumplido su sueño.
5
“Sagrada Zaldhya”,
pensó Yllianna, deteniéndose de golpe y mirando con los ojos desorbitados por el
horror la carnicería a la que había llegado tras doblar una esquina.
El khal’rardh se alzaba
entre ella y la Puerta Meridional, a unos seis o siete metros. Sus ojos
ambarinos relucían del ansia de matar. Angustiada, la elfa contempló paralizada
como aquel monstruo destrozaba con sus garras a los guardias que se acercaban
demasiado. Yllianna sacudió la cabeza, sintiendo deseos de llorar. Así nunca
acabarían con el Demonio Negro. Que la joven elfa supiera, sólo habían existido
tres guerreros que se enfrentaron solos a un khal’rardh y se alzaron con la
victoria. L’ankarir Fenrr, el actual Rey de los Elfos, quien perdió la mano
izquierda. Druim Drachdragonar, Señor de los Picos Tempestuosos, quedó tuerto
tras su combate. Y Varacin Kaladiandar, el Consorte de la Batalla, el Elegido de
Cyanna.
Pero ninguno de
aquellos hombres era uno de ellos, por muy buenos guerreros que pudieran ser.
Sólo la magia causaba un daño serio a aquellas criaturas infernales.
Pese a conocer las
estrictas leyes daianas sobre la magia que no fuera clerical, Yllianna tomó una
decisión. Sin magia, aquellos hombres morirían, y aún más caerían bajo las
horribles garras del Demonio Negro en su ansia asesina.
Tras aspirar con
fuerza, la elfa tomó con ambas manos el bastón y lo giró hasta que quedo
paralelo al suelo. Se abrió a la Matriz, la fuente de la magia de los elfos, y
el torrente de energía que la colmó de pura vitalidad le hizo latir el corazón
más deprisa.
Sus labios comenzaron a
entonar el cántico mágico, mientras en su interior rezó a Zaldhya, la Diosa
Madre del Pueblo Élfico, que le transmitiera el poder suficiente para acabar con
el khal’rardh.
**
Medio musitando
plegarias y medio gruñendo maldiciones, Gwyllun sacó a rastras a Fiobun de
debajo del cadáver mutilado que le había caído encima. El guardia veterano sólo
mascullaba maldiciones e imprecaciones que habría hecho que el joven guerrero se
sonrojase de haber sido una situación distinta. El choque le había roto una
pierna, pero el hombre luchaba por levantarse y volver a la lucha contra el
Demonio Negro.
Al igual que él, Fiobun
tenía profundos cortes en los brazos, causado por las afiladas garras de la
bestia. A Gwyllun todavía le maravillaba el haber salido relativamente indemne
del enfrentamiento.
—Suéltame, muchacho.
–espetó Fiobun, iracundo.– Ese maldito hijo de un murciélago va a lamentar esto.
Gwyllun se mantuvo en
silencio –añadir que el que se hubiera roto la pierna le había salvado la vida,
no parecía algo oportuno—, sino que continuó arrastrando al veterano guerrero
hasta la garita del guardia que custodiaba la Puerta Meridional. Dejando a su
compañero con la espalda apoyada en el muro de la garita, el joven entró en ésta
y se puso a buscar dos listones de madera y un trozo de cuerda.
Tras una breve búsqueda
halló lo que necesitaba y salió rápidamente a reunirse con Fiobun. Con la misma
presteza se arrodilló al lado del herido y tras arrancar la tela del pantalón a
la altura de la rodilla izquierda, comenzó a entablillar la pierna rota.
Mientras sus manos se movían con celeridad, el joven observó el estado de la
extremidad. De la cara exterior de la pierna le sobresalía un protuberante
bulto, que ya comenzaba a tornarse negro. El joven apretó los labios,
preocupado. Necesitaba un Sanador, y pronto.
—¡Por las barbas de
Huam! –el gritó de Fiobun hizo levantar la cabeza a su joven compañero. El
rostro del veterano translucía una expresión sorprendida. Pero antes de que
pudiese preguntar nada, exclamó— Mira, muchacho. ¡Mira a tu espalda!
Gwyllun obedeció, y
cuando vio lo que había sobresaltado a su compañero, su propio rostro reflejó
una expresión similar.
Sus compañeros guardias
se habían retirado, al igual que Fiobun y él, a la sombra de los edificios, y al
igual que ellos, contemplaban con una mezcla de maravilla y temor al khal’rardh
y a su único adversario, una hermosa elfa de llameantes cabellos rojizos que
empuñando un largo bastón carmesí, lanzaba una y otra vez flechas de pura luz al
monstruo.
**
Tarmuin Tanagrin se
había sentido plenamente exultante cuando el Demonio Negro descendió y
desapareció al otro lado de las altas e imponentes murallas de Vadramlar. Un
torrente de regocijo había recorrido sus venas, enardeciendo su corazón,
vigorizando su espíritu.
Ahora, sin embargo, la
duda comenzaba a emerger dentro de él, a roerle. A aquellas alturas, el khal’rardh
debería haber abierto ya el portón de entrada, permitiendo así la entrada de su
ejército en la ciudad.
El soberano de Vanhur
soltó un gruñido de irritación. Su mente rememoró las dudas que le había
manifestado momentos antes el joven Lord Gharrak acerca del Demonio Negro.
¿Acaso había fallado en sus cálculos? ¿Sería posible que aquella bestia se
hubiera liberado, hubiera roto los hechizos que la ponían bajo su control y
ahora sembrara el caos y la muerte, dando rienda suelta a su ansia de matar
interminable?. Quizás había sido así.
En su interior, el
hombre sintió crecer la cólera mientras su mirada se clavaba con intensidad en
las blancas y altas murallas de la ciudad, cómo si pretendiera abrir un agujero
en ellas sólo gracias a sus ojos. ¡Nada se interpondría en su camino! ¡Nada
impediría que viera cumplido su destino!
¡Sería el dueño del
mundo!
**
Tharial Kholannir y
veintitrés de los treinta y seis miembros del Consejo, salieron de la Ciudadela
montados a caballo, y rodeados por una escolta se encaminaron hacia la muralla
sur. Cabalgando en primer lugar, Tharial se permitió esbozar una sonrisa
satisfecha; realmente, se sentía orgulloso de si mismo. Había logrado convencer
a más de la mitad de sus iguales de que rendirse al rey vanhurian era la opción
más acertada. Tras su comprensible y brusca reacción inicial, Tharial había
comenzado a enumerar las razones que le impulsaban a proponer tal medida. La
muralla había resistido de manera admirable el primer embate mágico, tal y cómo
las leyendas que todos conocían aseguraban, cierto; pero ¿quién podía asegurar
firmemente que la magia de la muralla resistiría?. Unos cuántos, Lady Kalandra
Novarr Ausundra había sido la más vehemente, habían manifestado sus desacuerdos.
¿Acaso los K’a’hani no cumplían con el Rito de Renovación cada mañana, y así
desde hacía un milenio, cumpliendo con la Tradición?. Tharial había asentido, le
había dado un punto de razón a su más directa y peligrosa rival. Sin embargo,
había contraatacado inmediatamente. Tal vez estarían poniendo demasiada fe en
los Preservadores y en la magia que alimentaba la muralla; tal vez, los K’a’hani
–los Preservadores—, no supieran realmente por qué hacían lo que hacían. Después
de todo, quinientos años atrás habían renunciado a la Hechicería a favor de los
Poderes clericales. ¿Quién sabía la manera en que aquel cambio había influido en
la muralla? Él, había argumentado con humildad, desde luego que no, y tampoco
estaba dispuesto a arriesgar la vida de tantos inocentes sólo por una creencia
que podría ser tan verdadera como falsa. Su golpe definitivo llegó con el
argumento de que si Su Majestad Tarmuin de Vanhur había logrado esclavizar a un
khal’rardh, entonces era más que probable que consiguiera alzarse con la
victoria en aquella empresa.
Después de aquello, la
mayoría votó por la rendición. Tharial Kholannir Albor había vencido, y Lady
Kalandra Novarr Ausundra había abandonado la Sala del Consejo a paso vivo y
furibunda, seguida de sus partidarios. Tharial se había sentido complacido al
verla vencida.
—No creo que esa
mujer se quede de brazos cruzados, Lord Kholannir. –manifestó de pronto la
profunda voz de Brenos Rhanmu, el Comandante Superior la Ciudadela, a su lado
izquierdo.
Tharial le miró y
esbozó una sonrisa.
—Yo tampoco, Brenos. Yo
tampoco.
La mirada del soldado
se fijo en la suya, unos ojos duros, grisáceos. Era la mirada de un guerrero.
—Puedo enviar a varios
hombres a que la arresten. –Tharial sonrió ante el ofrecimiento del Comandante.
Brenos no era un hombre demasiado brillante, nunca comprendería las sutilezas
del juego político, sin embargo, si era excelente en su puesto. Y si Tharial
Kholannir era el Portavoz del Consejo, su deber era protegerlo de cualquier
posible amenaza.
—No os preocupéis de
Lady Novarr, Brenos. –fue cuanto dijo él. ¿Para qué revelar que ya había
dispuesto medidas respecto a la mujer? Tharial confiaba en el guerrero... pero
no hasta ese punto.
Brenos no dijo nada,
sino que se limitó a lanzarle una inexpresiva mirada. Después, asintió y se
retrasó para reunirse con sus hombres.
Justo en ese momento,
la tierra se sacudió con violencia bajo ellos.
**
El khal’rardh estaba
mal herido. Una de sus alas membranosas y negruzcas había sido arrancada de
cuajo, y ahora un muñón manaba sangre de un color rojo intenso y oscuro, casi
negro, cómo si de una fuente se tratase, sin contar los numerosos corte
profundos y sangrantes que ya decoraban su enorme cuerpo. Si, se dijo Gwyllun,
el Demonio Negro estaba malherido... y muy furioso.
La lucha entre el
monstruo y la elfa no se había detenido en ningún momento. De hecho, se había
intensificado y recrudecido. El último conjuro de la elfa, una enorme bola de
fuego, había inclinado en opinión del joven soldado el combate en su favor. La
bola había derribado al khal’rardh cuando éste, tras haberse elevado en el aire
a unos buenos veinte metros, se había arrojado sobre la hechicera mientras le
lanzaba ráfagas de aire denso y oscuro. La bola ígnea le había impactado y
desviado en su vertiginoso descenso en picado; el Demonio Negro había chocado
contra el suelo con tanta fuerza que la tierra había temblado bajo los pies de
Gwyllun, quien contemplaba todo con ojos abiertos de par en par.
La mirada del joven se
posó en la elfa. Ella no había salido tampoco indemne del enfrentamiento. Las
negras ráfagas de aire habían causado heridas en la piel de la elfa, aunque por
suerte estas habían sido pocas. A los ojos de Gwyllun las más graves eran las
que había sufrido en el hombro izquierdo y en la mano del mismo lado. Pese a que
el joven se encontraba a algo más de doce metros, podía ver con más o menos
claridad los delgados zarcillos de humo cerúleo que ascendían de la piel en
ambas zonas heridas, ahora tornadas éstas en un color verduzco y amarillento
bilioso. Sorprendentemente, Gwyllun sintió inquietud por el estado de aquella
desconocida.
De pronto el khal’rardh
abrió su horrible boca dentada y rugió, atrayendo nuevamente la atención del
joven soldado. El silencio que lo siguió fue tan absoluto, tan marcado en
comparación que pareció prolongarse durante unos interminables minutos en lugar
de unos segundos. Demonio y elfa, ambos se contemplaron con fijeza, con odio.
Pero el del primero era una ardiente mirada preñada de sed de sangre, mientras
que la segunda era una mirada fría, que reflejaba venganza.
Gwyllun supo entonces
que el combate no se prolongaría mucho más.
Al otro lado de la
plaza, la elfa alzó su bastón y la luz azulada que nació en su extremo superior
comenzó a envolverla. La hechicera iba a efectuar el ataque final.
6
El halcón, de
brillantes plumas doradas y rojizas, se posó en uno de los torreones de la
Puerta Meridional. Sus garras rasparon sobre la piedra del alféizar de la
ventana de la estructura y el ave lanzó un graznido mientras agitaba majestuoso
sus alas y su emplumada cabeza. Al segundo siguiente, el halcón desapareció en
el interior de la torre almenada.
Si alguien hubiese
mirado hacía arriba, seguramente se habría sorprendido al contemplar que tras la
desaparición de la rapaz, de la ventana surgió un relampagueante resplandor
dorado, y cómo un hombre joven ataviado con una túnica carmesí se asomaba a la
ventana del torreón de vigilancia.
Apoyando sobre el
alféizar, Gharrak a’Kalemra de Urvoda fijó sus ojos en el Demonio Negro mientras
éste despedazaba a los soldados que se arrojaban sobre él. Su rostro se mantuvo
impasible mientras observaba la carnicería, y realmente aquello no le afectaba.
Para cualquier vanhurian la vida era lo suficiente salvaje y violenta como para
que aquello le pudiera resultar conocido.
El sonoro chirrido de
los goznes de una puerta al abrirse, llegó en algún punto a su espalda.
Inconscientemente, Gharrak giró sobre sus talones, extendió las manos hacia el
frente y pronunció el primer conjuro que acudió a su mente.
El arquero daiano que
en ese momento entraba en la atalaya no tuvo tiempo de manifestar sorpresa al
verle, ni siquiera pudo gritar antes de que la onda de denso aire, tan cortante
como una cuchilla, conjurada por el Hechicero le partiese por la mitad.
Con un ruido sordo, la
parte superior del cuerpo cayó sobre el enlosado, vertiendo sangre en su caída,
y tras ella. Un espeso charco de sangre se formó en pocos segundos. Poniendo
cuidado para no pisarlo, Gharrak se asomó presuroso por el hueco de la puerta.
Ésta daba a una escalera de caracol, contando un rellano previo aunque demasiado
pequeño para llamarlo así. A una distancia de metro y medio, las antorchas que
colgaban del muro externo iluminaban las oscuras piedras de la escalera. No se
oían ni voces ni el ruido de botas ascendiendo por ella. Con cuidado, Gharrak se
introdujo de nuevo en el interior de la atalaya y cerró suavemente la puerta.
Los goznes chirriaron quedamente, e igual de quedo fue el chasquido de la
cerradura cuando la puerta encajó en su sitio.
De repente, se quedo
quieto, completamente inmóvil. Casi dejó de respirar. El aire había adquirido
algo distinto, pero a la vez tan familiar en la vida de un hechicero. Los pelos
de la nuca y de sus brazos se le habían puesto de punta, el corazón le latía más
deprisa. De repente su cuerpo se había puesto alerta. Gharrak sabía la razón.
Alguien estaba utilizando la Magia... aunque de una manera extraña.
A paso vivo, el joven
vanhurian caminó hasta la ventana y se asomó. Lo que vio le hizo arrugar el
entrecejo, pensativo y levemente preocupado. El Demonio Negro sólo tenía por
oponente ahora a una mujer de cabellos rojizos, quien con cuyo bastón le atacaba
una y otra vez con bolas de fuego y rayos ¿Podría ser que uno de los Clérigos de
Melanna hubiese acudido a enfrentarse al khal’rardh? No, eso era algo del todo
imposible. O como poco, improbable.
No, aquella manera de
emplear la Magia no se parecía en nada a la que se enseñaba en Vanhur –y en el
resto de Escuelas de las Artes Arcanas, según recordaba de los tiempos en que
fue aprendiz—. Era Magia, de eso no cabía duda; nada en su sensación, en su
percepción, indicaba que fuera semejante a los conjuros utilizados por los
clérigos y los sacerdotes. Era Magia, pero... Gharrak gruñó, sintiéndose
invadido por la frustración al no poder comprender con exactitud lo que sentía.
Musitando cuatro
palabras de poder, su cuerpo volvió a sufrir un cambio. De nuevo, un halcón de
plumas doradas y rojizas alzó el vuelo y abandonó la atalaya.
**
Decir que el rey
estaba furioso habría sido quedarse corto en la apreciación. Con un brusco
tirón, Tarmuin Tanagrin retiró la hoja de su espada del cuerpo que acababa de
ensartar. El destrozado cadáver del hechicero que había sido Azuer a’Jhogan cayó
pesadamente sobre el suelo terroso, empapándolo con un torrente de sangre y
vísceras.
Nadie se movía a su
alrededor, ni siquiera osaban respirar sonoramente.
—Alhanda. Yrkan. Quiero
ver derribada esa muralla. –la voz profunda del Rey fue tornándose más y más
gélida a medida que hablaba— Quiero ver ejecutados a la mitad de sus habitantes.
Quiero las cabezas del Consejo y sus familiares. Y lo quiero antes de que
termine el día.
El monarca clavó las
espuelas en los flancos de su montura y haciéndola cabriolar, se alejó
cabalgando ladera abajo, hacía la enorme carpa que constituía su tienda.
Con la faz vacía de
color, Alhanda a’Kalemra contempló como su señor se alejaba. ¡Por todos los
Dioses! ¡Podría haber sido ella en vez de Azuer!
—Despertad. –la mujer
giró rápidamente la cabeza, su miedo reemplazado por la cólera. Cuales dagas,
sus ojos miraron fijamente a Yrkan Almuran.
—Ya habéis oído, mi
Señora. Nuestro Rey quiere la ciudad y la quiere ahora. –sin dedicarle por más
tiempo su atención, el adusto General Supremo de los Drahkkoran se volvió hacia
sus igualmente oficiales de rostros pétreos. Cinco de los Doce Comandantes
habían acudido con el ejército junto a sus correspondientes guerreros; en total
sumaban poco más de ochocientos de aquellos salvajes entre los salvajes,
fanáticos entre los fanáticos, guerreros sin cerebro que vivían y morían cuando
y donde su Rey apuntase.
Con gesto envarado,
la altiva hechicera hizo girar a su grácil yegua y se alejó hacia el apartado
grupo de hombres y mujeres ataviados con largas túnicas de oscuros carmesíes,
apagados dorados y plateados y sombríos azules.
—Debo hablar con mi
hermano de inmediato, Thaora...
—Lord Gharrak no se
encuentra aquí, Alta Dama. –repuso la morena mujer, una hechicera de esbeltas
caderas y rostro afilado, lo suficientemente llamativo para despertar ciertos
celos en Alhanda; la Hechicera de Urvoda nunca había soportado a ninguna mujer
que despertase el interés de los hombres... salvo que esa mujer fuese ella
misma.
Alhanda se limitó a
contemplarla inexpresivamente. La muerte de Azuer llameó en su mente como un
recordatorio.
—Entonces, Thaora,
buscadle. U os prometo por todos los dioses que antes de enfrentarme a la ira de
nuestro Rey vos moriréis primero.
En la delgada cara de
la mujer de esfumó el color. Thaora era una de las pocas vanhurian cuya piel era
casi tan nívea como la nieve, pero tras palidecer parecía más bien una estatua.
Tras una profunda genuflexión, la hechicera se marchó apresuradamente a cumplir
las órdenes.
Poco más tarde,
mientras Alhenda se encontraba en su tienda, recostada sobre su cómoda butaca y
saboreando el dulce néctar de miel servido por su sirviente, Thaora entró. Por
la palidez de su rostro, Alhenda pudo imaginarse lo que le iba a comunicar.
—Alta Dama, yo... –las
palabras murieron en su garganta, se convirtieron en un inarticulado gorgoteo.
Las piernas de la
subalterna le fallaron y la mujer se vino abajo pesadamente, derrumbándose como
un fardo. Alhenda no se inmutó, ni se movió. Permaneció tranquilamente sentada
en su acolchonada butaca, observando impávida como Thaora se agitaba
frenéticamente y se agarraba con ambas manos la garganta intentando respirar.
La hechicera de Urvoda
agitó un par de veces los dedos de la mano derecha mientras sus labios
pronunciaban quedamente palabras susurrantes y extrañas. Cuando terminó, las
sacudidas de la otra mujer se volvieron más violentas, el rostro adquirió
rápidamente una tonalidad purpúrea. Viendo como agonizaba, los labios de Alhenda,
sensuales, se curvaron en una sonrisa cruel, satisfecha.
—Basta, Alhenda.
Sorprendida, la mujer
alzó bruscamente la cabeza hacia la entrada de su tienda. Mientras contemplaba
como su hermano entraba en el habitáculo, fue ligeramente consciente de cómo su
hechizo se rompía. Thaora, tendida entre ambos hermanos, había dejado de
debatirse y ahora respiraba entrecortada y sonoramente.
Sin embargo, la suerte
de la hechicera menor había dejado de interesar a Alhenda. Su expresión de
sorpresa desapareció, sustituida por el severo ceño que también conocía su
hermano menor.
—¿En el nombre de
Ehluras, se puede saber donde has estado, Gharrak?
Por toda respuesta el
joven de oscuros cabellos esbozó una sonrisa. Luego avanzó unos pasos y se
agachó junto a Thaora, a quien ayudó a levantarse. El rostro de la mujer estaba
pálido, pero se notaba que estaba recuperando el color a medida que su
respiración se iba normalizando. Cuando los ojos de Thaora se posaron en Alhenda,
se le abrieron como platos, comenzó a llorar y a temblar. El Alto Hechicero le
susurró algo al oído, lo que pareció tranquilizar a la mujer. Salió con ella de
la tienda.
A su regreso, Alhenda
se encontraba todavía sentada. Le miró intensamente, intentando dilucidar el
extraño comportamiento de su hermano. Gharrak nunca había sido un alma
caritativa, ni altruista. Ni un defensor en contra de las injusticias. Como
ella, era en todos los sentidos un vanhurian. Despiadado. Ambicioso. Puede que
algo menos que ella, pero siempre había sabido lo que pensaba Gharrak casi tan
bien como si pudiese leerle la mente. Ahora en cambio...
Gharrak se caminó hacia
ella y tomó asiento en la otra butaca que su hermana tenía para recibir visitas.
Aquella sonrisa intrigante apareció de nuevo, lo que irritó a la mujer.
—¿Me contarás ahora lo
que sucede, hermano?
La sonrisa de Gharrak
se ensanchó.
—El khal’rardh está
muerto. –anunció y soltó una queda risotada. A Alhenda se le encogió el corazón.
Se inclinó hacia delante, con los ojos entrecerrados echando chispas.
—¡Estúpido! –siseó— ¡Si
el Rey descubre que has matado a su mascota…..!
—Tranquilízate,
hermana. Yo no fui… pese a que entre en la ciudad con esa intención, bien lo
sabe Ehluras. –Gharrak se recostó en el alto respaldo de su asiento, agitó una
mano y al instante apareció una copa llena de oscuro y rojo vino en ella. Tras
sorber un trago, prosiguió:
—Lo hizo una hechicera
elfa.
Alhenda volvió a
recostarse, mientras soltaba un sonoro suspiro lleno de alivio y perplejidad.
Aliviada por que su hermano no se hubiera puesto en posición desfavorable a los
ojos del Rey Brujo, aliviada también al saber que el Demonio negro había dejado
de representar un peligro en potencia. Sin embargo, el asunto de la hechicera
elfa…
—Cuéntame todo lo que
hayas visto. Tal vez podamos utilizar este imprevisto en nuestro beneficio.
7
Yllianna se dejó caer
sobre el taburete de amplio asiento y recostó la espalda sobre el frío muro de
piedra de la sala parroquial de la posada en la que se alojaba. Extenuada hasta
cotas imposibles de imaginar, la elfa cerró los ojos. Debía descansar lo que
pudiese.
No tardó en
concentrarse, sumiéndose en un estado de meditación que solamente el Pueblo
élfico, y los magos, podrían llegar a conseguir. Su organismo comenzó el trabajo
de reponer las energías gastadas, mientras ella se relajaba más y más. Con todo,
una parte de su consciente siguió prestando oídos a la conversación que se
desarrollaba a unos metros de ella. Aquel grupo de humanos hablaba en tono
quedo, pensando así que ella no podría escucharles. Qué poco sabían.
—Hay que encerrarla.
–dijo, categóricamente Tharial Kholannir. –Sabéis, como yo, que la magia está
prohibida en cualquiera de las ciudades-estado de Daia.
—Ha salvado a la
ciudad, Portavoz Albor. Mató a un khal’rardh. –añadió la Consejera
Ausundra, con énfasis. Entre los otros miembros del Consejo se alzó un murmullo
de asentimiento. Como bien sabía todos, sólo tres personas habían vencido a uno
de ellos en combate singular; los tres, poderosos guerreros.
—Eso sólo, es motivo
suficiente para exculparla de cualquier delito. –terció la voz de una mujer
joven, Lady Jhealna Labbyn Uhrrdias, miembro del Consejo desde hacia unos meses
–tras la trágica muerte de su padre— y simpatizante de Lady Kalandra Novarr
Ausundra.
Tharial se sentía cada
vez más irritado. Ambas mujeres llevaban cerca de diez minutos protestando una y
otra vez, acosándole sin tregua. Ha decir verdad, Melanna era testigo, se sentía
bastante tentado de ordenar a Rhanmu que se ocupase de ambas Consejeras.
CONTINUARÁ...
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda©
2003
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