"Última Oportunidad"
por Sejmet
Aunque el sol apenas
sobrepasaba el horizonte, las calles de la ciudad ya se encontraban atestadas de
gente que se movían presurosos hacia sus trabajos y por los carromatos que
salían en dirección a los campos cercanos.
El calor y el polvo
levantado por las ruedas hacían el aire casi irrespirable y en la mente de todos
ellos anidaba la certeza de que la situación sólo podía empeorar y que el día
avanzaría hasta que todos tuvieran la sensación de encontrarse en el interior de
una fragua.
A estas alturas el otoño
debería estar muy avanzado. Sin embargo, las lluvias siquiera habían llegado a
aparecer y los jirones de nubes que surcaban el cielo no daban señales de
cambio. La tierra, cuarteada y polvorienta, clamaba por un poco de agua y los
animales caían uno tras otro, víctimas del hambre y la enfermedad.
La mano del Oscuro se
había alargado en los últimos tiempos y muchos eran ya los que pensaban
que el fin de las eras estaba próximo. Aún así, dirigían sus cansinos pasos sin
vacilar, conscientes de que no podían hacer nada para remediarlo y temerosos de
quien sí podría hacerlo.
Los rumores indicaban que el
Dragón había renacido al fin y que se encontraba en Caemly.
Los caminos estaban llenos
de gente que huía de sus respectivos hogares trayendo noticias de batallas
contra extraños ejércitos llegados de más allá del mar, de Aiel que caminaban
libremente por los reinos saqueando y matando de nuevo como había ocurrido años
atrás, de trollocs y Fados que abandonaban la Llaga en una marea de muerte…
Todos buscaban un lugar
donde asentarse y escapar de los peligros que azotaban de nuevo el mundo, pero
eran pocos los que, después de observar la pequeña ciudad costera, decidían
quedarse. En su mayoría eran bien acogidos ya que solían tratarse de gente
trabajadora que no deseaban problemas.
Con todo, la llegada de uno
de esos fugitivos provocó esa mañana la inquietud de todos cuanto se cruzaban
con él y, a su paso, hombres y mujeres abrían un espacio para evitarlo. Los
pocos de ellos con los que intercambió alguna palabra mostraron en un principio
un gran desasosiego, para pasar al instante siguiente a la confusión. Al seguir
su camino no podían evitar sacudir la cabeza, incapaces de recordar nada de lo
ocurrido en los últimos minutos.
***
El tendero sonrió mientras
oía entrar a un nuevo cliente. Sabía que no era apreciado por sus vecinos y que
muchos criticaban los altos precios de sus productos. Sin embargo, y mientras
persistiese ese extraño tiempo que arruinaba las cosechas y mientras la pesca
siguiese sin poder procurar mas alimento que el imprescindible para no morir de
hambre, seguiría siendo necesario y su tienda medraría, repleta como estaba de
gente que no podía hacer más que pagar el precio que él quisiera poner a sus
productos.
Al mirar hacia la puerta
masculló entre dientes un insulto. Un andrajoso hombre se encontraba cerca del
mostrador curioseando entre los estantes de las hierbas curativas, y uno tras
otro, los clientes que se encontraban esperando su turno fueron marchándose con
rapidez al reparar en las furtivas miradas del recién llegado.
-¿Qué es lo que quieres tú?-
preguntó malhumorado Maese Alwir mientras miraba al hombre despectivamente.
Sus ropas, remendadas y
sucias, lo cubrían casi por entero y evidenciaban bien a las claras haber pasado
tiempos mejores. Un leve y desagradable olor impregnaba su cuerpo, extendiéndose
más y más a cada pequeño movimiento que el extraño hacía. “Huele como aquella
rata que Filka dejó pudriéndose en el almacén” pensó mientras se dibujaba
una mueca de asco en su cara. Sentía ganas de escupir para quitarse de la boca
el mal sabor.
-No hay nada aquí que pueda
interesarte, así que vete por donde has venido-espetó sin darle tiempo a
hablar-. No quiero mendigos en mi establecimiento.
Los ojos del hombre se
entrecerraron un instante y sus hombros se irguieron con furia al oír que le
llamaban mendigo. Aun así y con un esfuerzo más que evidente, consiguió
controlarse y tragarse las agrias palabras que de ser otra su situación no
hubiese contenido.
-Me han dicho que aquí podré
conseguir lo necesario para seguir mi viaje-dijo con calma-. Tengo dinero, así
que no debéis preocuparos porque intente robaros.
Maese Alwir miró con codicia
la pesada bolsa que el otro sostenía en su mano. Al fin asintió, consintiendo
que el forastero buscase todo aquello que quisiera comprar. No obstante, no dejo
de vigilarlo mientras lo miraba coger distintas bolsas de hierbas y comida en
abundancia. Estaba bastante intrigado. No podía imaginar como ese desarrapado
tenía en su poder tanto dinero cuando su aspecto no indicaba que pudiera pagarse
ni un simple pedazo de pan. Su acento, por lo que había podido advertir, no era
de campesino y eso era aun mas extraño. Apartó ese pensamiento de su mente al
ver como se acercaba al mostrador. Cosas más insólitas ocurrían en la
actualidad.
-Me llevaré esto-dijo
mientras colocaba el gran montón sobre la mesa.
-Si me permitís preguntaros,
aunque sé que no es de mi incumbencia…¿cómo pensáis llevaros todo esto? Por
vuestro aspecto no se puede decir que estéis en la plenitud de la salud. Más
bien parece que llevéis semanas enfermo.
- Tenéis toda la razón-gruñó
con brusquedad el otro mientras lo miraba fijamente-. No os incumbe en absoluto.
Mejor haríais en seguir con vuestro trabajo y no buscaros problemas por gusto.
Súbitamente incómodo, Alwir
volvió a ocuparse de envolver la comida y las bolsas que el forastero había
colocado sobre el mostrador e introducirlas en un gran saco de tela. Mientras lo
hacía echaba frecuentes y disimuladas miradas en su dirección. Repentinamente,
sus manos se detuvieron y un jadeo se escapó de su entumecida garganta. Por un
instante había creído distinguir un rostro diferente al que tenía frente a sí.
Numerosas cicatrices le
surcaban las facciones. Los ojos ya no brillaban con la furia que había
advertido antes, sino con una febril agitación. Las manos, que se había llevado
a la cara para apartarse el cabello, temblaban violentamente y estaban cubiertas
de abundantes y sucias llagas.
Tan rápidamente como había
llegado esta visión desapareció. En su lugar seguía el mismo hombre apuesto e
insolente que había entrado en su tienda un rato antes. Sin embargo, algo en su
interior le decía que el espejismo que había advertido al mirar al extraño de
reojo era la imagen que realmente le correspondía.
-Aquí tenéis-balbuceo
nervioso mientras empujaba el saco lo más lejos que pudo de sí.
El sudor cubrió su cuerpo y
se deslizó rápidamente por su espalda mientras el otro se acercaba y cogía la
bolsa.
-¿No me diréis el precio?
Por lo que he oído de vos no sois un hombre que dé nada gratis…
-Son dos marcos de
plata-dijo Maese Alwir mientras se pasaba la lengua por los secos labios con
nerviosismo -. Debéis comprender, Mi señor, que las cosas no han ido bien
últimamente…la sequía ha destrozado las cosechas y el comercio se ve entorpecido
por las guerras…
-Mi señor. Hasta hace un
instante me considerabais poco más que un mendigo- respondió con
mordacidad mientras colocaba una corona de oro andoriana sobre la mesa y se la
acercaba arrastrándola con dos dedos-. Por las molestias.
Un suspiro de alivio escapó
de sus labios al ver como aquel inquietante individuo salía de su tienda. Una
vez que hubo desaparecido detrás de la casa de la anciana viuda Delin prestó
toda su atención a la pieza que tenia delante. El oro era escaso últimamente y
no era lógico dejar ésta sólo por una ilusión. Titubeó sólo un momento antes de
decidirse a cogerla y comprobar su grosor. La deslizó con rapidez en el bolsillo
de su delantal y se dirigió al almacén sin advertir la delgada voluta de humo
que se levantaba del mostrador y el oscuro cerco dejado por la moneda.
***
Nadie se explicaba el súbito
incendio que había arrasado la tienda de Maese Alwin en cuestión de minutos.
Nada pudo salvarse y apenas si hubo tiempo para que el dueño saliese de ella.
Su desdichada mirada iba de
la casa en llamas a su mano abierta, donde agarraba con fuerza una moneda de
oro.
***
El hambre consumía las pocas
fuerzas que le restaban. Llevaba mas de un día sin abandonar la habitación de la
sucia posada y las provisiones con las que había llegado se habían agotado al
fin. Su cuerpo era recorrido por violentos escalofríos y la sola idea de
recurrir al saidin para camuflar su enfermedad, tal y como venía haciendo
hasta entonces, le provocaba un intenso ataque de pánico. Ya no era capaz de
controlarlo. Estaba seguro de que si volvía a invocar el vacío del saidin,
éste le destruiría por completo.
Por un momento se planteo la
idea de salir al salón comunal para pedir que le subiesen comida a la
habitación, pero la desechó con rapidez. No era tan sólo por la mirada suspicaz
del posadero por su figura embozada ni por los rumores que se extenderían por el
pequeño pueblo sobre el desconocido que allí se hospedaba. La desechó por la
sencilla razón de que era incapaz de mover un solo músculo para levantarse del
lecho.
Una vez más cerró los ojos, intentando apartar de sí la nube de confusión y
con súbita alarma, descubrió que era incapaz de abrir los parpados. El miedo
envolvió su mente y pese a su desesperada resistencia, no pudo más que rendirse
a las pesadillas…
Un ruido irresistible atacó
sus sentidos y miles de gritos y caras enloquecidas avanzaron a su encuentro. La
locura venía, como tan a menudo ocurría en los últimos meses, a reclamar una
nueva presa y sabía que esta vez eran pocas sus esperanzas de escapar a tiempo.
Su respiración se convirtió
en un ronco jadeo y un dolor creciente se instaló en su pecho, amenazándolo con
hundirlo en la negrura y acabar con él. Aún así, reunió las pocas fuerzas que
le restaban y apeló al Poder Único para rechazarla. Su calor lo confortó,
apartando de sí los escalofríos de la fiebre; la corrupción lo cubrió como un
pegajoso limo, provocándole intensas arcadas que amenazaban con destrozar los
débiles hilos de su resistencia.
Sin saber que hacía o de que
manera encauzaba el saidin, lanzó una complicada red de pura energía
contra la densa negrura que se acercaba y ésta retrocedió hasta desvanecerse en
los límites del sueño.
A su alrededor se produjo un
cambio. Se encontraba bajo un cielo de amenazadoras formas y jirones de nubes
del color de la sangre seca surcaban su superficie. Estaba de pie en una
habitación de dimensiones tan grandes que sus límites se perdían en la distancia
y oscuras formas recorrían sus confines. Se encontraba perdido en un crepúsculo
de sueños y delirios y algo acechaba en ellos, algo se acercaba…
Una figura se perfiló con
claridad entre las demás y se dirigió lentamente hacia él. Al cabo, se
sorprendió al ver que la forma correspondía a una hermosa mujer, no demasiado
alta pero de indudable belleza. Sus labios mostraban una sonrisa pero en sus
ojos sólo se leía frialdad y desdén, tan intensos que parecían helarlo tan sólo
por posar su mirada en él.
Un estremecimiento lo
atravesó al llegar ella a su altura. Su belleza y evidente poder lo atraían
tanto como lo repelían, pero supo que no podría escapar aunque esa hubiese sido
su intención.
-Te estas muriendo- dijo con
voz clara la mujer mientras lo miraba con desagrado-. Tu ulcerado cuerpo pierde
las fuerzas rápidamente y nada hay que pueda hacer por ti sabia alguna. Ni tan
siquiera las Aes Sedais podrían curarte ahora, si es que te atrevieses a pedir
su ayuda, claro está- comentó mientras por primera vez parecía cruzar por sus
ojos un destello de verdadero humor.
-Si es así, ¿dónde estoy y
por qué me encuentro aquí? ¿Qué puedes sacar tú por decirme algo que ya
conozco?- preguntó con aprensión mientras intentaba buscar una salida.
-Nos encontramos en el
Tel´aran´rhiod, el Mundo de los Sueños-respondió mientras hacía un leve
gesto con la mano que abarcaba la sala-. Lo que aquí sucede es real y los sueños
pueden cumplirse…al igual que las pesadillas.
Confuso, vio como un gran
espejo aparecía frente así de la nada y su reflejo mostraba con cruel claridad a
un hombre con las facciones y el cuerpo totalmente arrasados por la enfermedad.
-Hemos estado observándote
desde que descubriste tu capacidad de encauzar, tus intentos de pasar
desapercibido y las acciones que has llevado a cabo con el Poder-continúo
diciendo mientras daba unos pocos pasos en su dirección, haciendo que él
tropezase en su precipitación por alejarse de ella.
-No…no, eso no es cierto…yo
nunca he podido encauzar, debéis estar en un error…
-¿Acaso la costumbre de
mentir está tan arraigada en ti que no puedes ver cuando te encuentras
acorralado? ¡No oses intentarlo conmigo! ¿Qué si no ha dejado en tu cuerpo las
marcas de la corrupción que inundan el saidin? Tu mente se encuentra tan
devorada como tu cuerpo. La locura lleva meses siendo tu fiel compañera aunque
no hayas sido realmente consciente de ello.
La furia desapareció poco a
poco del rostro de la mujer, volviendo a mostrar una frialdad extrema y ninguna
emoción se plasmó en sus ojos mientras continuó hablando.
-Nada has conseguido durante
estos tres años. Tu familia te dio la espalda tan pronto como sospechó lo que te
ocurría. Tus intentos de ayudar a los demás por medio del Poder han sido un
completo desastre y has causado tantas muertes como vidas has salvado al tener
que protegerte de los que te acusaban de ser un Amigo Siniestro. Has huido como
un débil conejo al encontrarte frente a una simple Aes Sedai, a la cual podrías
haber derrotado con un gesto de tu mano. ¿Deseas en verdad que dé mas pruebas de
que te conozco y sé que has hecho estos años?
-No-Dijo estremecido de
pronto al recordar tantos y variados episodios de su vida-. ¿Qué es lo que
quieres de mí entonces?
-Mas bien la pregunta es,
¿qué es lo que puedo ofrecerte?
-¿Que qué podéis ofrecerme?
-Piénsalo bien. Una vida en
el anonimato sólo te ha traído pobreza, dolor y enfermedad. Estás en tu lecho de
muerte en una sucia posada y el reflejo que ves en este espejo no es más que
una burda caricatura de lo que podrías haber llegado a ser de tener el valor
suficiente para buscar la fama y el poder. Eso puede ser cambiado. Te ofrezco
otra oportunidad, la última oportunidad que tienes de cambiar esto.
El asombro inundó sus
facciones cuando un rostro completamente sano le devolvió la mirada desde el
espejo. Sus manos, que se había llevado a la cara, estaban también curadas y la
fiebre que lo abrasaba desde hacía días había desaparecido.
-Pero,¡habíais dicho que ni
siquiera las Aes Sedais podían curarme!
-Cierto, pero yo no soy una
de ellas y mi poder proviene de una fuente mucho más poderosa. Esta curación es
tan sólo una ilusión, pero puede ser real si juras servirme. Si juras servir por
tu alma al Gran Señor de la Oscuridad.
-¡Sois una Renegada!
El dolor recorrió su cuerpo
sin previo aviso y se instalo en su cabeza. El mundo amenazaba con estallar en
mil pedazos y su mente empezaba a disgregarse cuando por fin el castigo terminó.
Se encontraba arrodillado en el suelo y las manos temblaban al sostener a duras
penas su peso.
-Soy Graendal, una de los
Elegidos. La oferta que te he hecho es más de lo que puedes desear y el precio
exigido es ciertamente pequeño. Puedes elegir el destino que quieras pero sería
una estupidez aceptar la muerte y esperar que la Rueda del Tiempo sea benévola
contigo. Es probable que acabes destruido en uno de sus múltiples giros. Eso, o
puedes jurar lealtad y aspirar a convertirte en uno de los nuevos Señores del
Espanto. Debes decidirte pronto.
El silencio se volvió tan
pesado como una montaña y las palabras que pronunció a continuación resonaron
como el tañido de muerte de unas campanas.
-Yo, Mazrim Taim , juro
renunciar a la Luz y entregar mi alma al Gran Señor de La Oscuridad para toda la
eternidad.
El mundo estallo a su
alrededor.
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Los Espejos de la Rueda© 2002
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