"La Profecía del Dracolych"
por Davram Bashere
Lialvuen
se sentía cada vez más asfixiada.
No por primera vez, la joven elfa ylvanir giró la cabeza para mirar a
su espalda, hacía la entrada de la caverna que a cada paso se volvía más y más
pequeña. Volviendo su mirada a la negrura que tenía delante, Lialvuen musitó una
plegaria a Ollanthir, el Padre de la Creación y a Dahanù, su hija y Diosa de la
Tierra. Pidió a ambos que apartasen de su corazón el miedo que sentía.
Debería haber venido mi padre y no yo, pensó la elfa, mientras se obligaba a
reanudar la marcha. Lleibranen, su padre, ciertamente no habría sentido temor
ante aquella empresa. Los Ehlol’rhan, los Paladines del Corazón, jamás se
dejaban dominar por el temor; y para convertirse en uno de ellos, la elfa debía
pasar aquella prueba.
A medida que avanzaba la oscuridad de la caverna se iba volviendo más
y más impenetrable, no obstante no encendió la tea que colgaba a su espalda pues
su aguda vista élfica todavía bastaba en aquellas condiciones. Las paredes de
roca eran cada vez más rugosas y la joven debía sortear con más asiduidad las
estalactitas y estalagmitas con las que se iba topando. Llevaba cerca de un
centenar de metros así cuando el techo y los muros acortaron distancias, el aire
era cada vez más denso y la humedad calaba fríamente sobre la piel de Lialvuen.
Entonces, bruscamente, la elfa detuvo sus pasos.
El aire había adquirido de pronto una mácula imposible de no
percibir; rezumaba tanta maldad y su olor a podredumbre era tan punzante, que
Lialvuen sintió un cortante frío creciendo en su interior. Aquel lugar era el
más aterrador al que la joven elfa ylvenir aspirante a paladín había tenido que
enfrentarse en toda su vida. Aquella sería, desde luego, su prueba definitiva.
Allí dentro, en algún lugar de aquel complejo y basto laberinto de
sombrías y húmedas cavernas, moraba una auténtica criatura de lo más oscuro del
Hellhiôn.
Lialvuen inspiró profundamente, muy profundamente. Ahora no le
parecía una misión tan maravillosa como había pensado tres días atrás, cuando
abandonara su hogar en la boscosa ciudad élfica de Ehlier Eyryn’n. Tal vez… Aun
estaba a tiempo de girar sobre sus talones y regresar, y nadie…
¡No! Se gritó a sí misma, enfurecida. Apretó los dientes y sus
labios se torcieron en un gesto de pura determinación mientras obligaba a sus
piernas a avanzar. Los Paladines del Corazón podían sentir miedo pero siempre se
sobreponían a él. En su mente visualizo la alta y estilizada figura de su
progenitor, sus rasgos hermosos y nobles, su mirada firme y valerosa; para
Lialvuen, la imagen del recuerdo de su padre, Lleibranen, fue como una talismán
al que agarrarse; recobró las esperanzas así como el valor.
La elfa estrechó sus rasgados ojos. La visibilidad era ya muy pobre,
pero aún no era conveniente encender la tea. Esperaría y ganaría unos metros que
muy bien podrían resultarle vitales. La fina hoja de su espada apenas produjo
ruido cuando la retiró de la vaina. Con un caminar más lento pero seguro y
cauteloso, Lialvuen continuó.
Su fino sentido auditivo captó un repentino movimiento a la derecha,
tras doblar un segundo recodo de aquel laberinto cavernoso. La mirada de la elfa
escudriñó aquel lado de la gruta, sin embargo, no advirtió nada fuera de lugar.
Sólo sombras sobre sombras más oscuras. Ni siquiera sabía con certeza la
distancia a la que tenía la pared en aquel costado.
De nuevo aquel movimiento fugaz por el rabillo de su ojo derecho,
pero estaba vez en las paredes resonó un siseo. ¡Había algo a su espalda!
Lialvuen se volvió violentamente, justo en el preciso momento en que
una forma voluminosa se arrojaba sobre ella. Levantó su hoja, y por el aullido
dolorido de la criatura debía haber interceptado su ataque. El choque le había
dejado dolorido el brazo, pero la elfa mantuvo su posición defensiva y observó
detenidamente a su atacante.
Pese a la casi impenetrable oscuridad reinante, Lialvuen pudo ver lo
que se había arrojado sobre ella. La criatura se movía sobre dos patas y debía
alcanzar aproximadamente los dos metros y medio, pero su encorvada espalda
sugería una altura todavía mayor. Todo su aspecto sugería al de un inmenso oso,
pero sin pelaje; su piel, blanca y lisa, parecía casi transparente y bajo ella
se marcaban las venas y la sangre corriendo por ellas. Tanto sus patas
delanteras como los cuartos traseros terminaban en unas espeluznantes garras,
cada una casi tan grande como la hoja de una espada corta. En su rostro hocicudo
y largo –semejante al de un reptil— chasquearon violentamente sus fuertes
mandíbulas; cada vez que las habría una espesa y humeante saliva rezumaba entre
los dientes y se precipitaba al suelo de la caverna. Un olor fétido e inhumano
inundó las fosas nasales de Lialvuen, provocándole unas ganas terribles de
vomitar.
Los ambarinos ojos de la bestia –un gharauka, un oso-dragón—
rasgados y lenticulares, observaron a la elfa ylvenir llenos de dolor y ansia
asesina, mientras su brazo derecho aferraba el izquierdo -el brazo herido- a la
altura del codo. Lialvuen advirtió que entre las grotescas garras de la criatura
resbalaba un oscuro y espeso líquido.
—Tienesssss Ssssuerte, pequeña y deliciossssa elfa. –los ojos azules
de Lialvuen se abrieron de golpe, sorprendida. Jamás hubiese creído que los
gharauka pudieran hablar. Una lengua bífida asomó por los labios del ser
monstruoso mientras continuaba hablando.— Mi amo dessssea que te lleve a sssu
lado. Sssssi no, ahora ssseríassss mi comida.
El gharauka recalcó sus palabras chasqueando las mandíbulas
varias veces, lo que provocó una nueva tanda de saliva cayendo sobre el suelo.
La elfa mostró en su terso y hermoso rostro una asqueada expresión.
—No sé que hablas, monstruo. Pero ten por seguro que no te acompañaré
a ningún sitio.
Un gruñido gutural resonó en la caverna. Lialvuen apretó con fuerza
la empuñadura de su espada ¡La bestia se reía de ella!
Sin prestar atención a la furiosa expresión pintada en el rostro de
la elfa, el gharauka avanzó pesadamente, pasando a menos de metro y medio
de la guerrera. Lialvuen le observó recelosa, mientras arrugaba la nariz,
asqueada por el nauseabundo olor que emanaba de la criatura.
—Ssssigueme. –fue cuanto dijo la bestia, antes de desaparecer gruta
adelante. Ni la
aguda visión
de Lialvuen pudo verle cuando se fundió con las sombras. No obstante, el sordo y
pesado sonido de sus pisadas al alejarse le indicaron que el gharauka no
la estaba esperando para atacarle por sorpresa.
Lialvuen decidió seguirlo. En realidad, no tenía otra alternativa a
seguir.
Manteniéndose a una prudencial distancia del gharauka –cada vez
que el olor nauseabundo de la bestia se volvía más intenso ella aminoraba la
marcha—, la guerrera ylvenir reanudó su camino.
**
Lialvuen había
perdido ya la cuenta de cuantas veces había girado el camino, por cuantos cruces
de camino habían pasado. Tanto su capa, como la fina camisa y sus pantalones de
cuero ajustado estaban sucios y rotos en muchos sitios; acababa de abandonar un
largo túnel en el que había tenido que arrastrarse prácticamente, y le dolían
los músculos y articulaciones del esfuerzo realizado. Debían estar a mucha
profundidad ya, pues el oxígeno era más bien escaso y el pecho de la elfa subía
y bajaba rápidamente.
—Ya no falta mucho,
elfa. Pronto essstaremosss con mi Amo. –la siseante voz del gharauka
retumbó a un par de metros por delante de ella. Lialvuen sacudió la cabeza,
mientras su respiración se normalizaba; cómo había podido la bestia hacer pasar
por aquel estrecho agujero su voluminoso corpachón, era algo que escapaba a la
lógica.
Nuevamente el
gharauka se puso en marcha, el sonido de sus pasos resonó en la gruta. Antes
de seguirle, Lialvuen echó la mano libre a su espalda y desenganchó la antorcha
que colgaba allí.
—I’inishda
fh’ar’mh’e. –dijo Lialvuen en adarthean, la Lengua de la Magia de los
elfos. Inmediatamente se produjo un siseante chisporreteo y la antorcha prendió
con una llama viva y azulada, una llama que sólo producía luz, no calor. Al
extender el brazo hacía delante, las sombras huyeron de aquella luz tan nítida.
Esperó unos segundos, el tiempo que tardó en ajustar su visión a aquella nueva
situación. Ahora que veía por donde caminaba, la joven guerrera ylvenir se
sintió más segura y reconfortada.
Estaba al principio
de una larga gruta, que parecía ir ensanchándose a medida que se avanzaba por
ella.
Volvió a ponerse en movimiento bruscamente. La mágica luz que
proporcionaba la tea encendida llegaba lo suficientemente lejos como para poder
ver el encorvado lomo del gharauka desapareciendo hacia el lado derecho
túnel adentro, a una buena distancia de ella. “Estupendo”, pensó, “Ahora
solamente faltaría que me perdiese en este maldito lugar.”
Con aquel apresurado paso trastabilló en más de una ocasión,
recuperando entre gruñidos y maldiciones el equilibrio al momento. A medida que
se aproximaba al lugar donde la bestia había desaparecido, el aire adquirió una
nueva particularidad: un punzante olor a azufre y al mismo tiempo a algo viejo y
muerto. La maldad continuaba siendo palpable; los pelos de la nuca se le
erizaron bajo la gorguera del casco. Al menos, su situación no podía empeorar,
¿no es cierto?
Llegó finalmente al punto de la desaparición, un túnel más pequeño y
que sólo era visible al acercarse. Sin vacilar, Lialvuen lo tomó. La clara luz
de la antorcha iluminó las carmesíes paredes de una gruta estrecha que
descendía; la elfa abrió la boca perpleja, y acto seguido horrorizada, al
reparar en que aquel tinte no era otra cosa que sangre.
Lialvuen se detuvo en seco. Algo crujió bajo el peso de sus botas.
Miró al suelo y descubrió los desmenuzados restos de lo que hasta aquel instante
había sido una calavera. Se le revolvió el estómago, y la bilis ascendió hasta
su boca y tuvo que cerrarla, como si de un cepo se tratase, para no vomitar. La
calavera era estilizada, de huesos largos y ligeros. La calavera de un elfo. Sus
ojos se clavaron velozmente en la espalda del gharauka -cuyos hombros
rozaban con ambas paredes según avanzaba-, y centellearon bajo la luz de la tea.
Asiendo fuertemente la empuñadura de su espada con su diestra, la joven guerrera
elfa emprendió un descenso a paso vivo, eludiendo al tiempo los restos de
aquellos infortunados devorados por el gharauka.
Con cada nuevo paso que daba, el calor, y el olor a azufre,
aumentaba. El interior forrado de la cota de mallas estaba ya empapado de sudor
y se le pegaba incómodamente a la espalda. Varias gotas de sudor le resbalaron
por la mejilla izquierda, nacidas en su frente.
Sin embargo, antes de que lo alcanzase, el monstruo debió alcanzar lo
que debía ser el fin de aquella gruta pues cuando desapareció, su lugar lo ocupó
un intenso y parpadeante fulgor rojizo. Lialvuen no aminoró su marcha, en todo
caso la acrecentó.
Aquel monstruo no se le debía escapar. Moriría por sus crímenes.
El transcurso de los acontecimientos, no obstante, cambió todo, pues
cuando Lialvuen alcanzó el extremo final del estrecho y estremecedor túnel, lo
que apareció ante sus ojos hizo que se detuviera tan bruscamente que perdió el
equilibrio y cayó al suelo. Una roca larga y afilada le causó un pequeño corte
en la palma de la mano, pero ella ni lo notó.
Su mirada estaba clavada, los ojos a punto de salirse de sus cuencas,
en el centro de la inmensa caverna a la que había surgido, y en la figura que
allí se alzaba.
—Bienvenida seáis a mis dominios, Lialvuen de la Casa She'enjar.
–dijo con voz gélida y profunda, el esqueleto de un descomunal dragón. El
corazón de la elfa latía violentamente, tanto que se temió que en cualquier
momento estallase.
¡Un dracolych!. ¡Por los Árboles Imperecederos de Astalliôn, un
Dracolych!
—No temáis, Doncella élfica. No sufriréis daño alguno. –la profunda
voz, que parecía provenir de la sima más honda, resonó de nuevo en las altas
pares de la caverna; Lialvuen sintió un escalofrío recorriéndole la espina
dorsal. Inconscientemente, la joven guerrera elfa ylvenir había recuperado la
espada caída y su afilada punta apuntaba hacia la esquelética cabeza del ser de
ultratumba.
¿Qué no iba a sufrir daño alguno? De haber podido habría reído. Los
elfos adoraban y veneraban la Vida como algo sagrado, algo que debía ser
respetado en todas sus formas; por eso aborrecían tanto el uso de la Magia
Oscura, y dentro de ella la Nigromancia era algo realmente abominable, algo que
había que eliminar. Confiar en aquella monstruosidad... Si, ciertamente era una
buena broma.
—Silencio, criatura infernal. –espetó la elfa, terminando de ponerse
en pie y enarbolando su acero.
—¡Realmente, eres toda una She'enjar! –rió el dracolych. Lialvuen
arrugó el ceño, desconcertada pero no abandonó su posición defensiva.
—Hablas cómo si conocieres mi Casa.
A la elfa le pareció ver que las descarnadas mandíbulas del dragón
no-muerto se curvaban en una tétrica sonrisa.
—Cierto, joven elfa. Hace ya varios siglos de aquello, aunque no es
ciertamente ese el asunto por el que he ordenado al gharauka que te
trajera ante mí.
Lialvuen soltó un bufido.
—¿Asunto? ¿Para matarme a gusto tu mismo, ser despreciable?
–manifestó fríamente. Luego miró al gharauka, clavando sus ojos en la
bestia como si le hubiese lanzado un par de dagas.- ¿O sólo me torturaras para
que finalmente tu lacayo me devore?
De nuevo la risa divertida del dracolych resonó en la caverna.
—Encantadora, realmente encantadora. –el dracolych se movió, y estiró
su largo cuello huesudo. La cabeza de la monstruosidad quedó a menos de dos
metros de la de Lialvuen quien pudo sentir en su rostro el pútrido aliento de
aquella criatura impía.
"No, pequeña elfa. Nada te ocurrirá. Estás aquí para cumplir una
promesa hecha por tu padre cientos de años atrás.
Durante unos largos segundos, reinó el silencio. El Dracolych y la
joven novicia Ehlol’rhan se miraban fijamente.
-¿Una promesa de mi padre?. –cuando habló, la incredulidad se reflejó
en las palabras de la guerra ylvenir.— ¿Qué tipo de promesa?
Pese a todo su recelo, nada podía haber preparado a la joven elfa
para las palabras que escuchó al dracolych.
—Terminar con está falsa vida que me mantiene y me esclaviza.
¡Sagrada Dahanù! Lialvuen apenas podía salir de su asombro. Ella
había venido a destruir un mal, a pasar una prueba que determinaría si era o no
merecedora de ser una Ehlol'rhan, y ahora ese "mal" le pedía amablemente
que acabase con él.
—¿Por qué debo creerte? –inquirió, aunque su voz sonó menos firme que
antes pues ahora en su cabeza los pensamientos bullían en un mar de dudas.
—La decisión es tuya, Lialvuen She'enjar. Decidas lo que decidas,
abandonarás esta montaña viva e ilesa. –repuso el monstruo. Durante un largo
tiempo, la elfa meditó lo que había oído. Entonces, se irguió y bajó la espada.
—Di lo que tengas que decir. –manifestó, pensando que nada tenía que
perder si escuchaba.
La cabeza del dracolych asintió y se retiró, elevándose hasta alcanzar la
longitud máxima del cuello.
—Hace siglos fui atacado por un dominador de las Artes Oscuras.
–comenzó a relatar el antaño vivo y poderoso wyrm.— Nuestro combate fue largo,
duro y sangriento. Jamás me había topado con un mortal que poseyese tanto poder.
Mis garras y mi aliento de fuego tocaron repetidas veces su carne pero el Mago
se resistía a morir, o siquiera a retirarse. Tras largos minutos de lucha, logré
apresarlo entre mis garras, pero cuando me disponía a devorarlo aprovechó su
oportunidad y conjuró una andanada de flechas mágicas. Sólo una bastó para
atravesar mis fauces abiertas y alcanzar mi cerebro.
"Si, ahí debió haber acabado todo, pero no fue así. Aquel Mago
desconocido era un Nigromante y yo me convertí en su más novedoso juguete.
Devolvió la vida a mi cuerpo muerto y lo ató a su control por medio de numerosos
y complejos hechizos.
“Durante años, largas décadas, Erziliak de Cerr’Mildarhnn me utilizó
cómo su más mortífera arma. Obligado por sus conjuros de servidumbre, pueblos,
villas y algunas urbes cayeron bajo mi gélido aliento... Y yo no pude hacer nada
para evitarlo. Pero años después Erziliak el Oscuro murió al fin, por la mano de
su propio hijo, Maldherak.
“A través del vínculo maldito que nos unía, pude sentir el momento en
que su vida se veía truncada, y me regocijé. El paso de los años a contribuido a
que aquellos hechizos que me habían atado a su férrea voluntad se tornasen cada
vez más y más débiles. Ahora ha llegado el momento de poner fin a algo que nunca
debió suceder. Por eso estás tú aquí, Lialvuen.
Las últimas palabras de la historia del dracolych resonaron durante
un momento por toda la caverna. Pese a todo, nadie dio nada después de que todo
volviera a estar en silencio.
—¿Y cómo llevaría a cabo la promesa de mi padre?. -señaló Lialvuen,
frunciendo el entrecejo, tras un largo rato de meditación.
El dracolych movió su cuerpo descomunal y reveló una montaña de
incontables riquezas situada a su espalda.
—En mi Tesoro se halla una antigua espada élfica, de nombre
Thaluen'rhi. Lo único que debes hacer es tomarla y hundirla en mi pecho.
—¿Y ya está? –inquirió ella, incrédula. ¿Acaso aquel monstruo sin
espíritu estaba intentando confundirla?
El dracolych pareció dudar, como si no supiera si pronunciar las
siguientes palabras fuera una buena idea.
—No, existe algo más. La razón por la cuál tu padre no acabó conmigo
él mismo. -el tono de su voz pareció tornarse más cavernosa si aún era posible.-
Thaluen'rhi no es una espada cualquiera. Sólo puede ser empuñada por una
persona cuya alma reluzca por su pureza y su valor, un alma libre de toda
mácula.
Lialvuen asintió, como si hubiera esperado aquella respuesta; sin
embargo...
—Bien. -dijo ella, enfundando su propia espada y dirigiéndose hacia
la montaña dorada.- Probemos.
No necesitó buscar mucho aquella espada. Cierto que había en aquel
amontonamiento de oro y joyas numerosas espadas y otras clases de armas, pero
había una que destacaba especialmente. Lialvuen se acercó a ella y la observó
detenidamente antes de cogerla. Su empuñadura era larga, la elfa pensó que podía
cogerse tanto a una como a dos manos, y estaba forrada con un extraño cuero
carmesí. La guarda, a parte de ser compleja a base de láminas cruzadas unas con
otras, poseía tres gemas engarzadas; una esmeralda tallada en su centro,
flanqueada por dos zafiros semejantes a dos gotas de agua. En el pomo, éste en
forma de una flor abierta, asomaba un rubí. Finalmente, en la parte plana de la
traslúcida hoja se habían cincelado tres runas, legibles perfectamente entre una
maraña de hojas: Justicia. Valor. Templanza.
Lialvuen sintió la boca seca. Aquella espada era la obra más
maravillosa que jamás hubiera visto. Con reverencia en sus gestos, la joven
guerrera estiró sus manos y empuñó a Thaluen'rhi y tiró de ella. La
espada salió suavemente del montón de monedas y joyas, y la elfa sintió como una
corriente cálida ascendía primero por sus manos y luego por sus brazos,
llenándola con una sensación tan maravillosa como indescriptible; por primera
vez, Lialvuen se sintió bien, se sintió como si hubiese encontrado a sí misma.
Lentamente, se volvió hacía el dracolych. El enorme wyrm no muerto
estaba apoyado sobre su lecho, con el largo cuello estirado y la cabeza sobre el
suelo.
—Ahora ven y cumple con la promesa.
La joven elfa asintió y avanzó, alzando la espada. El ataque llegó
de improviso.
El gharauka se arrojó sobre ella desde el lado derecho,
pillándola por sorpresa. Sólo gracias a sus muchos años de entrenamiento,
Lialvuen salvó su vida. La elfa levantó la espada justo a tiempo de bloquear la
zarpa que se precipitaba sobre su cabeza y desviarla a un lado. Acto seguido
ella misma se desplazó rápidamente hacia el lado contrario, poniendo la
suficiente distancia entre ella y el gharauka.
¡El Dracolych la había traicionado! Lialvuen se recriminó en silencio
el haber sido tan estúpida, por haber creído en las palabras bienintencionadas
de la criatura no-muerta.
Enarbolando la espada hasta que sus ojos grisáceos quedaron a la
altura de la elaborada cruceta, la elfa cargó.
—¡Yl’hara meün’te, ehlolfhai She’enjar!— el gritó de guerra de
su Casa resonó con fuerza en los muros de la caverna.
Las poderosas mandíbulas del gharauka se abrieron y de su
garganta surgió un potente rugido, el desafiante reflejo al grito de guerra de
la elfa. Lialvuen descargó su golpe, pero la hoja apenas rozó el pecho de la
bestia cuando ésta eludió el ataque con una velocidad sorprendente, una
velocidad que nada tenía que envidiar de la de los elfos.
El contragolpe del gharauka llegó desde abajo. Las largas y
terribles garras de la bestia surgieron por debajo de la protección de la elfa,
y fueron esta vez los reflejos los que de nuevo salvaron su vida. Había estado a
punto de ser abierta en canal, como un vulgar cerdo.
Mientras retrocedía de un potente salto, Lialvuen tanteo su pechera
con la mano libre. El sobreveste que había cubierto su cota de malla colgaba
ahora hecho largos jirones. Tanteo también los anillos de la liviana armadura y
maldijo al sentir que dos estaban rotos. Al parecer, incluso el mejor acero
élfico era insuficiente protección frente a las afiladas y letales zarpas de un
gharauka.
—Ssseráss una sabrosa comida, elfa. –rió la bestia. Entonces,
chasqueando sus poderosas mandíbulas, saltó hacia la joven guerrera ylvanir.
Sin embargo, Lialvuen no tuvo tiempo de reaccionar. Algo grande y
pesado zumbó por encima de su cabeza y una ola de aire la desequilibró y la hizo
caer de rodillas. Perpleja, pudo ver como el gharauka era golpeado en
pleno salto por la esquelética cola del dracolych. El voluminoso cuerpo de la
bestia se estrelló contra uno de los muros de la caverna, y en ella resonaron
los crujidos de muchos huesos. La boca de la elfa se torció, asqueada por aquel
espantoso sonido. Con un deslizar rasposo, el inerte cuerpo del oso-dragón cayó
al suelo. Lialvuen le volvió rápidamente la espalda, conteniendo las ganas de
vomitar, mientras bajo el corpachón del monstruo se formaba un pequeño estanque
de oscura sangre, cuyo nauseabundo hedor llegó al fino olfato de la elfa .
—Ahora, cumple con la promesa.
La profunda y cavernosa voz del dracolych la hizo volver a la
realidad. Los ojos rasgados de la elfa se clavaron en el wyrm.
—El ataque del gharauka no fue cosa mía. –manifestó éste antes
de que ella abriese la boca, como si hubiese leído lo que pensaba la elfa.— El
oso-dragón siempre estuvo aquí conmigo, supongo que Erziliak lo dejo como mi
vigilante, pues aún no se fiaba de mí. La muerte del mago oscuro debería haberlo
de su control, pero al parecer no fue así. El gharauka debía estar
compelido por algún hechizo a protegerme de cualquier amenaza. –el dracolych
hizo una ligera pausa antes de añadir.— Piensa, Lialvuen She’enjar, que si
deseara tu muerte lo habría hecho yo mismo.
La elfa ylvanir se relajó. Lo que decía el wyrm no muerto poseía
lógica... Aunque todo lo demás que rodeaba aquella situación pareciera salido de
un sueño sin sentido.
El dracolych asintió al ver que ella aceptaba sus palabras. A
continuación, el inmenso leviatán giró un poco su cuerpo, de tal manera que su
pecho quedó expuesto. Lialvuen, tras una vacilante instante, se acercó hasta
allí y alzó a Thaluen'rhi, aferrando la larga empuñadura de la espada con
ambas manos.
—Que Dahanù acoja tu alma torturada. –-dijo la elfa. La espada
descendió de golpe y su hoja traslúcida se enterró en el ancho pecho del
dracolych.
No bien la hubo clavado en el cuerpo corrupto del dragón, la hoja de
la espada zumbó ruidosamente, y comenzó a brillar cada vez más intensamente,
hasta que era tal su intensidad que Lialvuen quedó cegada por el resplandor. El
calor que ascendía por la espada y sus brazos era ahora mucho más vivo.
Una voz resonó en los oídos de la elfa, ¿o fue en el interior de su
cabeza?. No habría podido asegurarlo por mucho que lo hubiera intentado. Pero lo
cierto es que fue así.
La voz era la del dracolych, pero a Lialvuen le costó un rato darse
cuenta de aquel detalle, pues aunque seguía siendo una voz profunda ya no
parecía de ultratumba, sino cristalina casi. Se dijo que aquella debió haber
sido la voz del wyrm antes de que el mago oscuro lo matara y le esclavizara a
una servidumbre más allá de la muerte.
Así recitó el dracolych la Profecía, el augurio que Lialvuen
recordaría durante toda su vida.
Sed felices, como siempre lo habéis sido
Pero manteneos alerta, pues Aquel que no se Puede Nombrar
Comienza a despertar de su eterno sueño.
Disfrutad del tiempo que resta!
Pues cuando el Innombrable se alce de su lecho
La
Guerra nos alcanzará a todos.
Cuidaos del Oeste, pues allí comenzará todo.
Cuidad el Norte, pues allí nacerá la Esperanza.
—Gracias, Lialvuen de She'enjar. Gracias.... –las palabras del wyrm
parecieron desvanecerse en el aire, como volutas de humo disipadas por una
ligera corriente de aire.
Esto fue lo último que oyó antes de perder el sentido.
Semanas más tarde, la joven elfa abrió los ojos y se encontró a su
lecho, su hogar entre los frondosos árboles de Ehlier Eyryn'n. Sus parientes la
felicitaron y sus padres se mostraron tremendamente orgullosos de verla de
regreso, sana y salva, de su prueba.
Salvo su padre, ninguno sabía lo que había padecido y ella no se vio
con fuerzas ni ganas para contarlo.
Se llevó cierta desilusión al descubrir que Thaluen´rhi, la
espada élfica, no la habían encontrado junto a ella. Sin embargo, la decepción
se desvaneció pronto. Recordaba todas y cada una de las palabras de la Profecía,
y pensó que tal vez, Thaluen’rhi simplemente había sido un instrumento en
la liberación del dracolych, pero que su verdadero propósito aún no había
llegado. Por alguna razón, supo que el día que fuese necesaria aquella arma
aparecería en escena. La espada poseía un Destino, y los destinos no deben
forzarse. Lo que estuviera por suceder, ya sucedería en el momento señalado.
Un mes después de su encuentro con el dracolych, Lialvuen fue
nombrada Ehlol'rahn bajo las ramas del Árbol Milenario del Bosque, a las
puertas del Templo de Ollanthir.
Al finalizar la ceremonia, tres palabras surgieron en su mente; tres
palabras que recordaría siempre en su inmortal vida.
... Justicia. Valor
y Templanza
Este relato narra los hechos anteriores a la Gran Guerra que sacudió
Loré en la Era Antigua, cuando el mundo era distinto, al igual que sus moradores
lo eran. La Gran Guerra sacudió el mundo tres mil años antes de los hechos
narrados en la novela, “el Dolor de la Tierra”. Este relato, aconteció algo más
de quinientos años antes de la Gran Guerra, antes de que la Estrella de la
Cólera (Dalriden Tsan) surcara los cielos de Loré, anunciando el despertar del
Innombrable.
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda©
2003
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