Aún sentía un leve escozor en los labios cuando entraba
en la tienda. Recordó la incipiente barba de dos días de Joel y sonrió
traviesa a la oscuridad, como un niño que esconde un secreto. Mientras dejaba
resbalar la ropa en la que antes habían estado posadas sus manos y se metía
dentro del lecho, vestida con el recuerdo de su aroma y de su voz, también
sonreía. Sonrió hasta que vislumbró en la penumbra una familiar sombra
alargada, recostada contra una de la paredes más cercanas y una nube de dudas
se cernió sobre su frente. ¿Realmente iba a abandonar a su actual esposo, a su
lanza, por este muchacho?
Rememoró entonces de nuevo ese beso, el primero que él
había dado nunca, ese beso ansioso, como del sediento que encuentra agua fresca
después de un largo día de marcha bajo el sol, y supo que iba a renunciar a lo
que tanto le había costado conseguir, a su condición de doncella lancera.
Que raro resultaba aceptar que iba a olvidar tan fácilmente
a todas las penalidades, todos los sacrificios que había tenido que hacer para
conseguir la lanza. Había arriesgado su vida para huir de esa maldición que
pesa sobre la mayoría de las mujeres consistente en no vivir las vidas que
desean, renunciar a su esencia y a sus deseos para servir a los hombres, y ahora
iba a dejarlo todo por ese chiquillo de ojos grises. La aiel de pelo negro no
podía aceptarlo...
Hubo un tiempo en el que la joven Rosewyn no había
sostenido jamás una lanza entre sus manos, en el que sol jamás se había
posado más de unos segundos en su cobriza y
exquisita piel. Un tiempo, doce años atrás, en el que Rose era una
joven bailarina en la corte de Arad Doman.
El padre de Rosewyn era un estudioso dentro de palacio, uno
de los consejeros del rey, que se pasaba todo el día leyendo y narrando
historias de pueblos lejanos, naciones con otras costumbres, otra política, con
gente diferente que afrontaban la vida de otra manera. Ella adoraba escucharle,
sobre todo cuando hablaba de los Aiel, ese pueblo casi legendario, bravo y
peligroso, que vivía en el Yermo. Cuando su padre murió y su familia decidió
casarla con el hijo de un noble al que ella apenas conocía y que le resultaba
del todo indiferente, la hermosa bailarina domani de 16 años decidió huir de
Bandar Eban y de su destino. Huir en pos
del espejismo de unas feroces mujeres que vivían y luchaban sin necesitar a los
hombres.
Durante meses huyó hacia el este, decidida a encontrar a
las Aiel, o a morir en el intento. Durmiendo en posadas a cambio de hacer pequeños
trabajos y acogiéndose a la hospitalidad de los campesinos. Al principio
avanzaba sola, escondiéndose, por miedo a encontrarse con los rastreadores que
probablemente habrían salido en su búsqueda. Pero pronto aprendió a buscar la
compañía de otros viajeros para protegerse de los ataques de ladrones y
maleantes.
Durante unas semanas acompañó a un juglar, pero se detenía
demasiado tiempo en los pueblos, y su avanzar era demasiado errático. También
viajó varios meses acompañando a un buhonero, un buen hombre que se sentía
algo sólo y que intentaba convencerla continuamente de la locura que iba a
cometer adentrándose en una tierra inhóspita llena de salvajes. En la última
parte de su periplo se unió a una caravana de gitanos, donde redescubrió la
alegría de bailar para uno mismo.
Fue con los gitanos con quienes cruzó ese macizo montañoso
conocido como la Columna Vertebral del Mundo y se adentró en el agostado
paisaje del Yermo. Y a su lado vio por primera vez a los aiel. Había pasado
alrededor de un año y medio desde que abandonara
Arad Doman. Cuando les habló, les dijo que se quería quedar con ellos, vio el
desprecio y la incredulidad en sus ojos.
Obtuvo su oportunidad cuando una doncella lancera que podría
ser su madre, acompañada de una sabia llamada Aliss que podría haber sido su
abuela, la llevaron a parte y escucharon su historia, oyeron atentamente todas
las penalidades y los sacrificios que había consagrado a la meta de
encontrarlas y convertirse en una de ellas. Ambas la permitieron acompañarles
no sin antes avisarla de que todo lo pasado parecería un viaje de placer
comparado con lo que la esperaba antes de ser aceptada. No exageraron ni un ápice.
Ella se sabía fuerte para ser una mujer, bajo su aparente
fragilidad se escondían los músculos de una bailarina, pero nada le costó
tanto como adaptarse al ritmo de los Aiel, infatigables caminantes desde
generaciones atrás. Llegó a creer que moriría de cansancio. En sus aventuras
siempre se había imaginado doblegando briosos corceles de batalla y no
arrastrando los pies por el polvo.
Aún recordaba el día en que se sorprendió soportando sin
excesivos problemas el ritmo de sus futuras hermanas, que la sonrieron alentándola,
y a ella, considerando en su inconsciencia que había dado un gran paso en su
aceptación se le había ocurrido bromear “"Siempre me han gustado los
caballos, te llevan y te traen encantados. ¿Por qué renunciar a ellos? ¿Porqué
cansarse por gusto?". "Nunca serás una aiel”"dijo una de las doncellas
secamente "podrás correr como nosotras, podrás manejar la lanza con cierta
soltura, pero jamás serás de las nuestras".
Fue todo un mazazo, pero era cierto, peor aún que
adaptarse a la dureza de la vida en el yermo, aprender determinadas habilidades
o manejar la lanza, era entender el modo de pensar de este pueblo. Pero estaba
decidida a ser aiel. Siendo ya una doncella, Rose llegó a detestar su pelo
negro, su baja estatura y su piel cobriza que la hacía destacar allá por donde
fuera. Soñaba con ser alta y dorada como sus hermanas de lanza.
Todo compensó cuando realmente fue acogida en el seno de
su clan. La camaradería, la libertad, y la emoción de la lucha cuerpo a
cuerpo. Aún recordaba vivamente, con un estremecimiento de excitación, la
primera vez que bailó para su nuevo pueblo. Si se esforzaba aún podía sentir
la mano sobre el hombro que la despertó, y el susurro: "ven, vamos a danzar
bailarina, tu primera danza con nosotras".
Habían pasado diez años y era aiel, nadie lo ponía en
duda, apenas recordaba a la jovencita que huyó o las costumbres de las tierras
húmedas. Durante una década había ignorado a los hombres y había dormido
junto a su lanza y vivido al lado de las otras doncellas. Feliz. Hasta que había
irrumpido en su vida este muchacho, tan joven como lo era ella cuando consiguió
pisar por vez primera el suelo pedregoso del Yermo.
En su vida había habido otros hombres. Los aiel eran
apuestos y apasionados, y una de las primeras cosas que aprendió es que las
doncellas no renuncian a disfrutar de su compañía. Pero no habría abandonado
la lanza por ninguno, ni siquiera se lo había planteado.
Rose apretó los párpados y dibujó en su mente el rostro
de Joel, con sus rizos rojos, su amplia sonrisa y sus honestos ojos grises.
Acompañada por esa mirada brumosa, la mujer cayó en un profundo sueño.
Pocas horas después abrió los ojos lentamente y se
desperezó. Mientras se lavaba y se vestía, al tiempo que deslizaba sus pies
desnudos en las flexibles botas, observaba la lanza. En ningún momento su
mirada se apartó de esa pieza de madera y metal. Se acercó en unos pocos
pasos, la aferró y salió de la tienda con la determinación plasmada en su
semblante.
La aurora asomaba tímidamente en el horizonte. Poca gente
estaba en pie en el septiar, aún era demasiado pronto, pero distinguió
claramente una figura larga y desgarbada sentada a lo lejos, en una elevación
del terreno. La figura se levantó de un salto y fijó los ojos, anhelantes, en
ella. Rose giró la cabeza para no verle, no quería ver el rostro de Joel, ya
sabía de sobra lo que se encontraría: un hombre expectante y preocupado,
"y
enamorado" pensó para si.
Apretó el paso hacía la tienda de Aliss, la sabia era una
de sus mejores amigas. "Aliss" llamó quedamente. "Pasa bailarina, te
estaba esperando". La anciana ya estaba despierta, sentada en el suelo frente
a dos tazas de té humeantes. "¿Qué has decidido al fin?". Rose miró
sonriendo a la mujer, nunca se había andado por las ramas. "He pensado qué
tal vez querrías aceptar un intercambio. Yo ya no necesito esto, y sé que la
mayor de tus nietas está esperando con ansia cumplir los años necesarios para
desposarse con la lanza".
Cuando Rose salió de nuevo al exterior llevaba una larga
falda y las manos vacías. Se dirigió directamente al lugar donde Joel seguía
esperándola de pie. Rose se percató de cómo al verla se le iluminó el
rostro. "¿Darás sombra a mi vida mujer?" preguntó con voz baja y profunda
cuando llegó a su lado. "¿La darás tú a la mía chiquillo?" respondió
ella alzando la cabeza para mirar
directamente los ojos de pedernal del alto soldado de piedra. Lo siguiente que
supo es que había unas manos aferrando su cintura y unos labios sobre los
suyos, que reían.
Cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, se pasó la
lengua por los labios y acarició el rostro del joven, "pero antes tendremos
que hacer algo con esa cara soldado" sonrió. Joel se pasó la mano por la
incipiente barba, se le veía feliz, "¿y tú que me darás a cambio
doncella?". Un brillo pícaro asomó a los ojos de la mujer, "tengo guardado
en mi tienda el vestido que solía llevar cuando bailaba ante el rey en Bandar
Eban. Quizás haya llegado el momento de volver a ser una mujer domani".
AGRADECIMIENTOS:
A Ashaman, porque gracias a ti gaidin he vuelto a escribir relatos de fantasía
épica después de tanto tiempo. A Ishamael, que además de hacerme un
huequecillo en su web, me ha hecho recuperar la sana costumbre de escribir
relatos cortos. Y a ambos, gracias por las noches en las que os habéis dejado
martirizar por esta seanchan, y por las que os quedan por sufrir en mi
compañía.
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda© 2002
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