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RELATOS

"El Juramento de la Sangre"

por Davram Bashere

           En el otro extremo de la llanura de Pelennor, el ejército oscuro de Mordor se puso en movimiento.

         Mientras contemplaba como los orcos se aproximaban, Arandil se cercioró de que su equipo estuviera preparado, y en buenas condiciones. Deslizó un par de veces la hoja de su espada, Aglarmir, en el interior de su funda, y quedó satisfecho al comprobar que lo hacía con suavidad.

         A su izquierda, una voz musical y suave, dijo:

         —Ya se acercan, Elenmoth. –Arandil asintió, mientras tanteaba las cinchas de su escudo, pues no quería que éste se le cayera del brazo en mitad de la lucha por no tener prietas las correas. Elenmoth, tal era el nombre que le daban los elfos, y que significaba Estrella del Crepúsculo. Un nombre que parecía estar hecho a su medida.

         —Así es, mi buen Gelmir. –manifestó el dúnadan, con tono llano, palmeando con suavidad a Dúlin, su ruano—. Así es.

         Gelmir era un elfo de Rivendel, cuyos cabellos dorados y su gracia y altura lo identificaban como miembro de la Casa de Fingolfin. En el hermoso rostro del elfo se dibujó una sonrisa de pesadumbre, pues había advertido la preocupación en la voz de su amigo.

         —No debes preocuparte, dúnadan. Tus hijos ya son mayores, incluso mayores que otros hombres corrientes, y saben cuidarse solos. Pertenecen a una raza fuerte. –dijo el elfo, sonriente, posando su mano derecha sobre el hombro del Edain. Gelmir era uno de los pocos Noldor que aún moraban en la Tierra Media, y de éstos todavía eran menos los que tratarían con tanto respeto y afabilidad a un miembro de una raza distinta.

         Por toda respuesta, Arandil gruñó levemente. Era consciente de que el elfo hablaba con razón, pero aun así...

         Su hijo mayor, Isilnar, contaba ya con sus buenos sesenta años, una edad madura para un hombre pero aún joven para un dunedain. E Isilnar tenía ya dos hijos y una hija; Eldacar, el mayor y que contaba cerca de los treinta años se había quedado en Dol Amroth junto a su hermana Lindorië, su madre y su abuela, pues su esposa estaba a punto de dar a luz. Su otro nieto, Fiondil, si que había acudido a la batalla, y se encontraba entre los guerreros dúnedain junto a su padre, Isilnar, y sus tíos.

         Arandur y Eärnur eran sus hijos gemelos, y tenían casi cincuenta años; aún no se habían desposado, decían que todavía eran jóvenes, y aseguraban que Isilnar ya había perpetuado por ellos el Linaje en todo caso. Alatáriel era su única hija, y también era la luz de sus ojos –como Narwen, su esposa, era la luz de su alma—, una joven tan hermosa y unos cabellos dorados tan fulgurantes que parecía el mismo sol encarnado... Había ocasiones en las que Arandil dudaba que fuera hija suya, que algo tan maravilloso procediera de él en parte, que llevara su sangre.

         Y, finalmente, el benjamín era Menelmacar, nombre elegido por su madre y que era uno de los nombres de la constelación de Orión. Significaba “el Espadachín del Cielo”. Menelmacar contaba con sus buenos treinta años, y ciertamente parecía haber nacido para el arte de la espada.

          Al igual que Arandil, su esposa procedía de Dol Amroth, pero si bien ella pertenecía a los dúnedain oriundos de la ciudad, el padre de Arandil había sido un dúnadan del norte, uno de los desperdigados montaraces; Cuando tenía cuarenta y cinco años, su padre Araphant había desposado a una mujer de Dol Amroth, con sangre élfica corriendo por sus venas, naciendo él a los cinco años del matrimonio. Contaba Arandil casi ciento diez años ahora, y sin embargo, seguía poseyendo la lozanía de la juventud y si se tomaba como ejemplo la edad de su madre –quien contaba ya con una cifra próxima a los doscientos y no aparentaba tener más de treinta en una humana normal—, a buen seguro le restaban aún muchos años de vida... si no la cortaba una espada orca aquel día.

         —Dices bien, Gelmir –repuso él con suavidad. Luego se enderezó bruscamente sobre la silla de montar, y extendió su brazo derecho para exclamar— ¡Prepara tu espada, amigo mío! ¡El enemigo se aproxima!.

         Un canto metálico se propagó por las filas de los jinetes cuando las espadas de elfos, dúnedain y rohirrim abandonaron el abrazo de sus vainas, y Aglarmir, la espada familiar de Arandil, destelló bajo los rayos de la mañana mientras su mano experta aferraba con familiar tacto la empuñadura del arma.

         La marea negra se aproximó hacia ellos, gargantas que gritaban obscenas palabras en la oscura lengua orca, cimitarras de aspecto cruel destellando ominosamente bajo el sol, mientras sus portadores las agitaban salvajemente sobre sus cabezas. Como si fuesen un solo jinete, el ejército de la Luz se lanzó hacia delante, los caballos descendiendo veloces por la ladera de la colina.

         —¡Por la Casa de Isildur! –el gritó de Arandil se unió a los gritos de guerra de los rohirrim y a los de sus parientes dúnedain; Dúlin galopaba tan rápido que sus cascos no parecía tocar suelo, y el dúnadan supo que su fiel montura estaba ansiosa por entablar batalla.

         Mientras las fuerzas de las razas aliadas descendía a galope tendido del promontorio, los arqueros entraron en acción; una andanada de millar de flechas surcó el aire y calló cuál lluvia mortífera sobre las filas orcas. Muchos orcos cayeron sobre la tierra de la llanura para no volverse a levantar jamás. Empero, miles quedaban aún vivos.

         El choque entre ambos ejércitos fue terrible y estruendoso. Los gritos de guerra de unos y otros se entremezclaron entre sí, y con el ensordecedor entrechocar de los bien templados aceros.

         Dúlin se abrió pasó entre los primeros orcos a base de dentelladas y coces, en tanto su jinete descargaba a un costado y al otro tajos y tajos; y cada vez que Aglarmir ascendía, su plateada hoja surgía más bañada en la sangre oscura de sus enemigos. Un grito gutural hizo que Arandil hiciera cabriolar a su montura y encarase a su nuevo oponente, un enorme uruk-hai, con una enorme cimitarra aserrada que el ser bestial hacía girar sobre su yelmo en amplios círculos.      

         Las dos armas se encontraron en un poderoso golpe. Saltaron chispas. Hasta el último de los músculos de su brazo derecho se tensó, sacando fuerza de los rincones más escondidos de su ser para contrarrestar la descomunal fuerza de su oponente. El colmilludo y feo rostro del orco estaba contorsionado por la rabia, una saliva viscosa goteándole por las comisuras de los labios.

         Arandil apretó las piernas e inmediatamente su montura retrocedió, para a continuación con una leve presión de su muslo sobre el costado derecho del animal hacer que éste se desplazara en sentido contrario. La hoja de Aglarmir se levantó y avanzó relampagueante hacía delante, enterrándose profundamente en el ancho y desprotegido cuello del orco. La sangre, negra y espesa, manó profusamente mientras el uruk-hai se llevaba sus manos a la garganta, con expresión de sorpresa, intentado contener aquel imparable fluir.

         Olvidando a su moribundo oponente, el dúnadan alzó su mirada. Entonces, con gesto sombrío, hincó sus romas espuelas en las ijadas de Dúlin, espoleándola hacía el mare mágnum que era el corazón de la batalla. Tras un relincho de desafío, el caballo se lanzó como una flecha.

         En su camino, Aglarmir se tiñó numerosas veces de sangre enemiga nuevamente; varios orcos, un peludo y gris huargo, y una docena de los hombres rendían vasallaje y esclava servidumbre a Mordor.

         En un momento de respiro, el dúnadan miró en derredor, buscando con su mirada a lord Imrahil, Príncipe de Dol Amroth, a cuyo lado había acudido al enfrentamiento contra el oscuro ejército del Enemigo. No tardó en hallarle, acompañado de Huirlin de Pinnath Gelin, de Halabard de las Tierras Septentrionales y de Eomer, sobrino del Rey Theoden de Rohan quién se encontraba en algún lugar de esa batalla, y guerrero capaz de cuántos había conocido Arandil; los tres poderosos señores luchaban a la cabeza de una mezcolanza de dúnedain de Dol Amroth, eorlingas y montaraces, quienes se habrían paso a base de sangre y acero entre las filas de Mordor.

         Cuando Arandil buscaba un nuevo enemigo con el que luchar, escuchó un nuevo grito, uno que no había esperado escuchar nunca más.

         —¡Elendil!

         Sus ojos se movieron veloces, y entre la maraña caótica que era el combate pudo a preciar a tres figuras que no había atisbado momentos antes. Un enano armado con un hacha que cercenaba miembros de orcos cada vez que descendía, un elfo de los bosques que parecía bailar entre los orcos mientras éstos caían bajo su largo cuchillo, y un hombre, un dúnadan de oscuros cabellos y claros ojos. Arandil le reconoció al instante, pese a que muchos años habían transcurrido desde que le viera por última vez. Aquel diestro guerrero no era otro que Aragorn, Capitán de los Montaraces, Señor de los Dúnedain del Norte, el Heredero de Isildur..

         —¡Padre!

         El grito sacó a Arandil de su ensimismamiento. Un cuerpo voluminoso se arrojó sobre su espalda y lo tiró del caballo. Aunque la hombrera y la cota de malla acolchada amortiguaron parte del impacto, el dúnadan apretó los dientes cuando una punzante oleada de dolor sacudió su costado derecho. Lanzando un grito, giró sobre sí al tiempo que apartaba el cuerpo tendido sobre él. Entonces, al verlo, sus manos se detuvieron. Eärnur era quien le había derribado. Eärnur, su hijo de rubios cabellos y su carácter siempre alegre, yacía ahora sobre él, con el asta negra de una flecha orca asomando del centro de su espalda.

         —¡Noooooo...! –el angustiado grito brotó de lo más hondo de su ser, llenó de un dolor que sólo otra persona que hubiese padecido una pérdida semejante lo comprendería. Para él el tiempo dejó de fluir — Aí..! Eärnur... etye melda hinya!

         Arandil tomó el rostro de su hijo entres sus manos, y con la diestra le apartó los apelmazados mechones dorados que le caían sobre la faz, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Eärnur sonrió a su padre.

         —Namàrië atarinya... –musitó, entonces los azules ojos se le vidriaron y murió. Su espíritu, libre de las ataduras mortales, se marchó. Con dolor en sus movimientos, Arandil se desprendió el broche que sujetaba su capa y con ella cubrió el cuerpo inerte de su hijo.

         —Adiós, hijo mío. –musitó Arandil en la Lengua de los Hombres, mientras las lágrimas le humedecían la barba. Y luego, en la lengua de los Elfos, añadió:

         —Nai Eru etye varyvar tennoio.

         Para el guerrero dúnadan había sido como si el resto del mundo dejase de existir. Bruscamente, fue de nuevo consciente del estrépito infernal que le rodeaba; del canto del acero, de los gritos de guerra. Con los ojos enrojecidos, y repentinamente secos, Arandil se levantó mientras tomaba su espada. Agarró fuertemente la empuñadura, tanto que los nudillos se le pusieron blancos. De nuevo en sus manos, Aglarmir –la espada de sus Antepasados, la espada que portara el mismísimo Arvedui, ültimo Rey de Arthedain, descendiente de Valandil hijo de Isildur— pareció cobrar vida, pues pese a las manchas de sangre que ocultaban partes de la hoja, el resto relució con destellos plateados como si reflejase los rayos del sol.

         Dúlin, su montura, se acercó a él y le propinó un suave golpecito en el hombro con el morro. Pero el dúnadan no le prestó atención. Un hombre del Este se acercó demasiado, sin embargo, tuvo la mala suerte de hacerlo por el lado del caballo y Dúlin le golpeó con sus cuartos traseros en pleno pecho. El poderoso golpe no sólo abolló la débil protección de su cota de malla sino que le quebró seis costillas superiores y le reventó el corazón. Antes de que el cuerpo tocase el suelo metros más atrás, el desafortunado hombre del Este ya estaba muerto.

         Arandil salió de su estado de shock entonces.

         —¡Por la Casa de Isildur! –bramó y se arrojó hacia el primer enemigo que captó su atención. Un uruk negro de las Montañas Nubladas se derrumbó sobre la tierra, con la cabeza a medio separar del cuerpo. Poco después cayó otro orco, y otro, y otro. Arandil luchaba poseído por un puro frenesí de sangre, y gritaba cada vez que asestaba una estocada, un tajo. Varios hombres del Este huyeron de él, y también un par de orcos, en busca de enemigos menos peligrosos. Él corrió tras ellos, en absoluto saciada su sed de sangre y venganza.

         Pasaron cinco minutos, y el guerrero había matado ya a más enemigos de los que podía contar. No obstante, esto no significaba que Arandil hubiera salido indemne de todos sus enfrentamientos; varias estocadas de acero orco habían atravesado su pesada cota de malla en diversas zonas de los costados, tenía un profundo corte en el muslo derecho y en ambos brazos presentaba una docena de pequeños cortes. En realidad era ligeramente consciente de la sangre que aún salía por dichas heridas pero poco le importaba esto. Lucharía hasta desfallecer.

         Delante, a un par de metros, un orco desjarretó los cuartos delanteros de un caballo. Su jinete, un pelirrojo rohirrim voló por encima de la grupa de su montura y cayó pesadamente de espaldas. Aturdido, el Jinete no vio el orco se le aproximaba y alzaba su gran hacha de combate, dispuesto a descargarla sobre su casco. Arandil llegó antes de que el golpe fatal fuera descargado, y la hoja del dúnadan se clavó en el pecho del uruk.

         —¡Por Eru, Jinete! ¡Ponte en pie y desenvaina tu acero pues se nos echan encima más enemigos!

         Tambaleante, el rohirrim logró incorporarse. Con pasó renqueante se colocó hombro con hombro junto a Arandil y desenvainó su espada, de larga hoja y curva.

         —Gracias, Montaraz. –varios orientales se acercaban gritando a ellos. El Jinete esbozó una sonrisa que nada tenía de divertida.— Recibámosles como se merecen.

         Y gritando “¡Por la Marca!”, se lanzó hacia sus oponentes. Arandil le siguió un instante después.

         El combate se sucedió de un modo trepidante. Dos a uno superaban los enemigos a los dos compañeros de batalla pero combatían con tal bravura que nadie hubiera afirmado que estaban en desventaja. Pero su término fue triste, pues el rohirrim cayó sin vida sobre la tierra no sin antes matar a su último oponente, y el propio Arandil no salió indemne.  Un arma enemiga le había causado un profundo corte en el muslo izquierdo, así que cuando se movió lo hizo con paso renqueante.

         Cada vez eran más los cuerpos que se amontonaban sobre el suelo del campo de Pelennor y cada vez era más la sangre que se derramaba sobre él. La sangre de hombres justos, valientes y orgullosos, junto a la sangre de los sirvientes del Enemigo. Los gritos de guerra se entremezclaban de tal modo con los gritos de muerte que no se sabía cuando empezaban unos y terminaban los otros.

         De nuevo, Arandil tuvo a la vista a su señor Aragorn y a sus dos compañeros desiguales, el grácil elfo de rubia cabellera y el enano que resultaba terrible con su gran hacha de batalla. A su paso, el trío no dejaba más que un rastro de enemigos muertos; Haradrim, Aurigas y uruk negros. Arandil se quedó quieto, observando con asombro y reverencia. ¡La Espada Quebrada, aquella que se rompió bajo el cuerpo de Elendil en la última batalla contra Sauron, había sido forjada de nuevo! Arandil sintió un flujo de esperanza en su interior, pues tal visión no podía ser más que un buen presagio. Y se habría quedado allí, como hechizado observando como Aragorn hijo de Arathorn, el más grande de los Hijos de los Reyes de los Hombres, bailaba una danza mortal con Anduril en su sus manos de no ser por que su destino había de cumplirse.

         De repente, como aparecidos de la nada, surgieron un grupo de Corsarios de Umbar. Arandil apretó las mandíbulas y su gesto se ensombreció al verlos. Los Corsarios eran descendientes de aquellos dúnedain traidores que huyeron tras la Guerra de Parientes de Gondor, y salvó los Númenoreanos Negros, no había otros a los que el pueblo de Arandil odiara más.

         Los Corsarios se dividieron en dos grupos, uno fue hacia Aragorn, pues le habían reconocido, mientras que el segundo atacó al elfo y al enano. En cuestión de unos pocos latidos de corazón, se formó una brecha entre ambos. Arandil aferró fuertemente la empuñadura de su espada y comenzó a desplazarse casi a la carrera. El dolor de la herida del muslo se volvió lacerante y absoluto, empero Arandil continuó sin rebajar el ritmo. La vida de su Señor dependía de ello. 

         Aragorn había acabado con la vida de cuatro Corsarios cuando él llegó y abatió a un quinto.  Aún quedaban otra media docena de aquellos enemigos. El Capitán de los Montaraces le dedicó una mirada rápida y en sus ojos asomó el reconocimiento.

         —Bienhallado seas, Pariente. –dijo Aragorn, medio sonriente, mientras Arandil se colocaba espalda contra espalda. Los Corsarios comenzaron a rodearles.— Aunque temo que tu momentánea ayuda sólo retrase el inexorable fin de ambos.

         —Entonces, cobrémosles un alto precio por nuestra sangre. ¡Qué en Umbar se tema durante siglos el nombre de los Hijos de Elendil!

         Aragorn rió alto, pues las palabras de su pariente también habían enardecido su espíritu.

         —¡Elendil! –gritó Aragorn, y su espada decapitó a uno de sus enemigos, pillándole por sorpresa.

         —¡Por la Casa de Andunië! –coreó Arandil, al tiempo, y se lanzó al ataque. Aglarmir cercenó un brazo y traspasó un corazón.

         Las dos antiguas hojas, Andúril, antaño Narsil de Elendil, y Aglarmir de Arvedui, se tiñeron con la sangre de los atávicos enemigos de los descendientes de Númenor.

         Por el rabillo del ojo captó Arandil un movimiento furtivo. Acabó con celeridad con el último Corsario y se volvió para encarar a su nuevo adversario. El Haradrim, situado algo menos de cinco metros, alzó la lanza que portaba. La lanza salió disparada. Pero el mortal proyectil no iba destinado a él, sino que voló directamente hacia la espalda del Heredero de Isildur.

         Arandil no fue consciente de gritar el nombre de su pariente, ni de correr la distancia que lo separaba de él.

         La lanza encontró blanco, aunque no el objetivo pretendido por su dueño. La larga punta de la lanza atravesó la cota de mallas, rompió costillas, segó carne y músculos y surgió por la espalda limpiamente, empalando a Arandil de parte a parte. El guerrero salió disparado y aterrizó de espaldas sobre el suelo. No gritó.  Intentó incorporarse pero había dejado de tener control sobre su cuerpo y sus movimientos.

         Débilmente, escuchó el ruido de unos pasos aproximándose. Alguien se arrodilló a su lado. Se le había desenfocado la vista, así que entrecerró los ojos y su alrededor se tornó nítido. Sobre él se inclinaba Aragorn.

         —Aranya…—los labios de Arandil parecían reacios a moverse. Lo que dijo entonces fue tan solo un susurro, pero Aragorn lo escuchó.— tirnenye i Vanda!

         —Así es mi Pariente. –musitó Aragorn, pero Arandil no le oyó pues ya había muerto. Sus ojos vidriosos miraban fijamente al cielo. Gran pesadumbre apresó el corazón del Heredero de Isildur, pues otro gran descendiente de Isildur, aunque no por línea directa como él mismo, había muerto bajo la mano del Enemigo. Era grande la deuda de sangre que Mordor debía pagar a la Casa de Elendil.

         Aragorn extendió una mano y con gesto afectuoso cerró los párpados de un guerrero, de un noble dúnadan, que había cumplido con su deber hasta la tumba.

         —Nai isil ar i eleni etye siluvar tennoio, onóronya.

 

         Muchos grandes hombres cayeron aquel día. Theóden de Rohan, Huirlin de Pinneth Gelin, Halabard de las Tierras Septentrionales, pero de entre todos ellos, la pérdida de Arandil de Dol Amroth y sus hijos fue la que más pena causó a Aragorn Heredero de Isildur.

 

         Después de la Guerra del Anillo, después de qué el Anillo Único fuera destruido y Aragorn fuera coronado Rey, hizo construir en Dol Amroth un mausoleo, y en el rezaba ésta inscripción:

 

Cómo príncipes desterrados vivieron,

como héroes serán recordados, pues

gran servicio prestaron a su Pueblo.

Arandil Elenmoth y sus hijos

Isilnar, Arandur, Eärnur y Menelmacar,



Príncipes de la Casa de Elendil

 

         Sólo Fiondil hijo de Isilnar hijo de Arandil retornó vivo a su casa, y lo hizo con una mano amputada. Y su hermano Eldacar asumió la Cabeza de la Casa, y como pariente próximo al Rey y príncipe por sangre ocupó su puesto en el Consejo del Rey, y su más secreto protector pues aún su Casa contemplaba el Juramento.

         Y así fue durante el resto de los siglos.

 

 

Nota: El Juramento al que se refiere Arandil en el relato es al que tomó el hermano de Aranarth ante su padre, Arvedui de Arthedain, y Aranarth antes de marchar hacia Dol Amroth con su familia, y varios de sus seguidores.

          El Juramento compelía a él y a todos sus descendientes en línea directa a proteger la línea heredera al trono de su hermano Aranarth. Arandil Elenmoth era descendiente directo de ese príncipe de Arthedain, y por tanto por sus venas también corría la sangre de los Reyes de Arthedain y de Arnor, hasta Elendil el Alto.

 

Nota2: Traducciones del élfico.

         Aí…! Eärnur… etye melda hinya!à Oh…! Eärnur…tú mi amado hijo!

         Námarië atarinyaàAdiós padre mío.

         Nai Eru etye varyvar tennoioàQué Eru te proteja por siempre

         Aranya…tirnenye i Vanda!àMi Rey… cumplí el Juramento!

         Nai isil ar i eleni etye siluvar tennoio, onóronyaàQué la Luna y las Estrellas te iluminen por siempre, Pariente mío.



PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.

Los Espejos de la Rueda© 2003

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