"Ta'veren"
por Kauthon
Rayhast du Guinevere cruzó las
puertas de la ciudad de Amador, acompañado de su compañía a caballo. Su compañía
o lo que quedaba de ella, después de los extraños sucesos en un pequeño pueblo
fuera de Amadicia. Mientras hacían una ronda por las cercanías de la villa de
Jarra, el cielo empezó a mostrar los colores del atardecer y se detuvieron en el
pueblo para recoger víveres para seguir con la vigilancia de la frontera. Al
atravesar el camino principal, se dieron cuenta que debían estar celebrando una
especie de fiesta o verbena local. Todas las casas estaban adornadas con flores,
al igual que unos arcos que estaban dispuestos en círculo en el prado que
marcaba el centro de la aldea. La gente se congregaba alrededor de todos y cada
uno de los arcos con expectación. De vez en cuando, un grupo de los que rodeaban
alguna de las arcadas empezaban a aplaudir y vitorear, lanzando flores a una
pareja. Enseguida se dio cuenta de que lo que celebraban no era una fiesta
popular, sino siete bodas a la vez. Nunca había visto nada semejante. Y tampoco
era normal que la gente no se apartara cuando veían a los Hijos de la Luz.
Aunque la verdad es que apenas parecían verlos, porque los que estaban
celebrando sus bodas miraban a su pareja con ojos brillantes de adoración
-¡incluso había una chica que daba el beso de matrimonio a un hombre que parecía
tres veces mayor que ella!-, y los que no, estaban demasiado ebrios y contentos
para fijarse en ellos. Rayhast y su compañía tuvieron que hacerse paso bajando
de sus caballos para no atropellar a la gente que se cruzaba en su camino
inconscientemente. Su segundo al mando, Terean, observaba el espectáculo con
expresión de fastidio.
-Mi capitán, parece
que no encontraremos mucho que dar de comer a la compañía en este lugar. No sé
si quedara algo que no sea alfalfa para los caballos.
-Entonces nos
conviene buscar esos víveres antes de que estos campesinos acaben con ellos, ¿no
te parece, Terean?
El soldado asintió
con la cabeza y guió acompañado de su capitán a los demás soldados a la primera
posada que vieron. El Salto de Harilin parecía ser bastante grande para tan
pequeño pueblo. La compañía esperó en los porches de la entrada a cargo de los
caballos mientras Rayhast y Terean entraban a por los víveres. La posada
también estaba atestada de gente que bebía y celebraba su boda, la de un amigo o
la de cualquier perfecto desconocido, mientras bailaban al son de una flauta que
un joven tocaba en un rincón. Con bastantes dificultades llegaron a la barra,
donde el posadero, un hombre bastante obeso, con la calva perlada de sudor y con
una permanente sonrisa en los labios, servia jarras de cerveza, acompañado de
una criada de parecida constitución física, que reía las ocurrencias de los
parroquianos mientras llevaba tres jarras de vino en sus manos. El posadero no
parecía verles aunque había pasado cerca de ellos varias veces. Terean, siendo
un joven e impetuoso soldado, se harto de esperar y agarro del hombro al gordo
pero veloz encargado de la posada. Este se volvió sobresaltado y al verlos, una
mueca de preocupación ensombreció su cara por un instante, pero enseguida volvió
a mostrar su sonrisa con una promesa de carcajada en ella y agarro la mano de
Terean amistosamente y la meneo impetuosamente, haciendo castañetear los dientes
del joven capa blanca.
-Bienvenidos seáis,
mis señores, al Salto de Harilin. Soy maese Harod, o simplemente Harod, como
deseéis, elegantes caballeros. Perdonad el escándalo y el barullo, pero mi gente
y yo estamos de celebración, como sin duda podéis ver. ¿Deseáis una habitación,
una comida o simplemente estáis de paso?
Rayhast casi no
podía oírle, debido a la música y al baile que había allí dentro, pero
básicamente se entero de lo que el orondo posadero quería decir.
-Mi compañía y yo
estamos de paso, y me preguntaba si tendréis algo de comer para que podamos
llevarnos y que podamos seguir nuestro camino. ¿Podréis abastecerme a mí y a mis
treinta soldados?
Maese Harod mostró
una cara de impotencia al oír la petición del capitán Du Guinevere.
-Lo lamento mucho,
noble caballero de la Luz, pero las provisiones son escasas debido a los
festejos. Podría aprovisionaros a vos y a vuestro compañero, pero treinta
hombres... es demasiado.
Rayhast permaneció
impasible, mientras Terean mostraba otra vez su cara de fastidio, mezclada con
una chispa de enfado en los ojos.
-Esta bien, maese
Harod. ¿No hay nadie en el pueblo que pueda vendernos lo que necesitamos?
-Me temo que no,
buen señor. Aunque si a vuestros hombres no les importa acampar en el patio
trasero de mi posada, podréis esperar a mañana a un pedido que aguardo desde
hace unos días, y que llegara por la tarde desde la ciudad de Remen. Habrá
bastante para vos y vuestros hombres señor. Y por supuesto la mejor habitación
de mi humilde posada, señor.
-No es necesario,
solo los víveres. Acampare con mi compañía en vuestro patio. Gracias.
El posadero sonrió
afectuosa y estúpidamente y rápidamente volvió a servir jarras de vino especiado
y más platos de pollos asados. El capitán y su segundo, dejaron la posada entre
empujones y aplastados sus pies por los borrachos que bailaban sin ningún
sentido al son de la música del flautista que tocaba en un rincón. Sin saber
porqué, Rayhast miro de reojo al joven músico. El capitán de los capas blancas
cruzó su mirada con la suya, y sintió una extraña sensación de atracción hacia
aquel muchacho. De pronto, noto un pequeño mareo, y instantáneamente, le pareció
como si le pasara algo al aire caliente y viciado de la posada. Parecía como
si... como si se doblara en torno a él. Percibió que empezaba a faltarle el
oxigeno y, forzadamente separó la vista del muchacho y atravesó la puerta de la
posada a trompicones, a punto de caer en el barro de la calle.
Terean le sujeto
agarrándole del brazo.
-¿Os encontráis bien
mi señor? Me parece que estáis cansado del viaje. Tal vez seria mejor que
durmierais en la posada.
Rayhast du Guinevere
se irguió con algo de esfuerzo y miro a Terean, con una dura expresión en los
ojos. ¿Quién era este mocoso para decirle lo que tenia que hacer? Esto era
debido al blando entrenamiento que hacia años que se daba en algunos cuarteles
de Amador. Rápidamente, el capitán abofeteó con el dorso de la mano a su
soldado. Terean se tambaleo debido a la fuerza del golpe, y un arañazo producido
por el anillo del capitán empezó a producir un reguero de sangre. Algunos
campesinos les miraron sorprendidos, pero no les dedicaron mas que eso.
-¿Crees que puedes
decirme lo que tengo que hacer, soldado? Limítate a obedecer sin discutir, y
llegaras lejos. De lo contrario, puede que te mande al maldito Yermo de Aiel a
robar la jodida espada de Laman.
Terean no replico
con una palabra o un grito, pero su mirada casi habría podido atravesarle. Sin
decir palabra, empezó a organizar el campamento. Entonces Rayhast se dio cuenta
de que era la primera vez que golpeaba a un soldado. Y también era la primera
vez que un soldado, además este precisamente, le miraba con otros sentimientos
que no fuesen reverencia y respeto. Y entonces se pregunto porque le había
golpeado.
Decidió no darles
mas vueltas al asunto y acompañó a sus hombres al campamento. El patio no era
gran cosa, pero ya estaban acostumbrados a acampar en el campo, así que allí no
habría mucha diferencia. Se estableció la guardia de esa noche y mientras los
Hijos descansaban, las risas y la fiesta duraron hasta altas horas de la noche.
Por la mañana
siguiente, para que a la compañía no se mantuviera ociosa, el capitán Rayhast du
Guinevere ordeno instrucción mientras llegaban los víveres. Aunque a este ritmo
tendrían que darse prisa en llegar, ya que la fiesta había empezado otra vez con
las primeras luces, y con unas cuatro o cinco horas de descanso. Rayhast
esperaba sentado en la barra tranquilamente con un vaso de vino especiado y
caliente. Hacía rato que había desayunado y charlaba amigablemente con maese
Harod.
-¿Y en realidad
todas estas bodas no estaban concertadas? Es imposible que a la gente le dé por
casarse así como así.
-Pues sí, caballero.
Si a vos os parece raro a mí también. Hasta la viuda Megoran ha vuelto a
casarse, después de prometer que no iba a hacerlo después de la muerte de su
tercer marido. Y el inconsciente de Mindon le ha dicho que si, sin ni siquiera
esperar a pensarlo un momento, y eso que la viuda Megoran casi podría ser su
madre. Esto parece casi una epidemia matrimonial.
-¿Y hoy no hay
música? Ayer esto parecía mas animado con ese muchacho que tocaba la flauta.
-Pues es algo muy
extraño, mi señor. El joven músico me ha dejado plantado, si puede decirse así.
Vaya, pero si se despertó en plena noche, en medio de una pesadilla y se largo
como alma que persigue el Oscuro. Iba diciendo cosas muy raras, como que...
De repente, Terean,
irrumpió entre la gente de la posada y se dirigió hacia el capitán.
-Mi capitán, creo
que tendría que venir a ver esto. Julean, Brador, y Malto dicen que quieren
hablar con usted. Dicen que renuncian, que quieren irse.
El tono de voz del
soldado demostraba el estupor con que pronunciaba estas palabras, aunque su
rostro era una mascara pétrea. Rayhast recibió con sorpresa esta noticia, y
después de la sorpresa vino la furia.
-¿Qué dices? ¿Pero
porque? Te abran dado alguna razón.
-No, mi capitán.
Solo que quieren hablar con usted.
-¿Tiene usted una
habitación donde pueda interrogarlos- pregunto el capitán volviéndose hacia el
posadero.
-Pues si señor,
tenemos un viejo almacén en la parte trasera, por esa puerta de ahí, y luego
tiene otra que comunica con el patio donde esta sus hombres. No se usa para
nada, pero hay un par de sillas y una mesa. ¿Servirá eso, señor?
-Tendrá que servir.
Terean, yo voy a ese almacén. Tu tráeme a esos dos jodidos descerebrados. Y
luego sigue con la instrucción con los demás.
Rayhast se dirigió a
la puerta trasera, mientras Terean salía por la principal. El viejo almacén,
parecía que todavía estaba en buenas condiciones, a pesar de gruesa capa de
polvo que había en el suelo. Cogió una silla, la puso detrás de la mesa y se
sentó en ella mientras esperaba a sus hombres.
Sonaron dos golpes
en la puerta, y Terean paso de inmediato seguido de tres Hijos de la Luz. La
mirada de furia contenida de Terean contrastaba con la de los soldados que le
seguían. Su semblante era de absoluta tranquilidad, aunque con resolución.
Rayhast los miro uno a uno. Julean era el mas alto de los tres, con la cabeza
casi al cero y una extrema delgadez. Brador era algo mas bajo, pero contrastaba
con Julean por su gran musculatura y sus anchos hombros. Malto era pequeño y no
muy fuerte, pero su rapidez de muñecas e inteligencia le harían ganar la espada
con la marca de la garza en menos de tres meses. Terean se marcho al patio al
cargo de los demás soldados.
-Bueno, parece que
habéis tenido la genial idea de desertar. ¿Podéis explicarme a que se debe esta
tontería?
Julean se adelantó y
puso su espada en la mesa.
-Lo siento, mi
capitán. Es necesario que vuelva con mi familia. Ya he dejado sola a mi hermana
Delia demasiado tiempo, por no contar a sus hijos. Desde que he llegado a este
pueblo, me he puesto a pensar y tengo la sensación de que me necesitan.
-Maldita sea,
Julean. Todos tenemos familia, pero esta no es la manera. Cuando volvamos a
Amador, comunicaras tu decisión y esperaras a que se te de el debido permiso- y
mirando hacia los tres, añadió-. Y esto que digo va también para vosotros dos.
Brador se quito la
funda de la espada y la dejo sobre la mesa junto a la de Julean, mientras Malto
no hacía ademán alguno de moverse.
-Yo también deseo
volver con mi familia. Mi padre es un anciano que casi no podía llevar los
trabajos de nuestra granja cuando me fui. Y sintiéndolo mucho, no puedo esperar
a que me den el permiso en Amador. Siento que mi padre me necesita, y si voy
antes a la capital, perderé mucho tiempo y cuando llegue será tarde. Lo sé. No
me pregunte por qué lo sé, es una extraña sensación, pero que se ha convertido
en una necesidad imperiosa.
El capitán du
Guinevere veía aumentada su confusión a cada instante. En todo el tiempo que
tenía a Brador bajo su mando, jamás le había oído pronunciar mas de cuatro o
cinco palabras seguidas. Paso a mirar directamente a Malto.
-¿Y tu que? ¿Vas a
desafiarme o hay otra razón para que no entregues tu espada?
Malto movió los pies
con nerviosismo, mientras su mirada vagaba por la habitación. De pronto, clavo
sus negros ojos en los de su capitán.
-No intentaría nunca
desafiarle, mi capitán. Puede que sea bueno pero aun no tengo su categoría-
respondió mientras miraba de reojo la espada con la marca de la garza de
Rayhast-. La razón de que no entregue mi arma es porque creo que tal vez la
necesite. Me voy en busca del Cuerno de Valere sin perder tiempo. Los demás
cazadores están partiendo ya y no debo dejarles mucha ventaja. Al llegar a este
pueblo y ver todas estas bodas, he sentido la necesidad de lograr algo grande
antes de morir.
Rayhast mostró una
cara de sorpresa. ¿El Cuerno de Valere? Una cosa era la familia, pero apuntarse
a la Gran Cacería era de locos. La necesidad de ver a una esposa o a un amado
padre podía llegar de pronto y hacer vacilar a un soldado, pero algo como lo del
Cuerno era para estar pensándolo durante días.
-Pues no os iréis,
maldita sea vuestra vida. Permaneceréis en régimen de arresto y en Amador
hablareis con mi directo superior. Y como parecéis haber olvidado, habéis
presentado juramento para con los Hijos de la Luz de por vida, así que no se que
pensáis hacer o decir para que se os permita hacer lo que pedís. Y mientras
tanto, permaneceréis en una tienda aislados y vigilados- se levantó y abrió la
puerta del patio-. ¡Terean!
Su segundo acudió y
se llevó a los tres, con sus armas. Y cuando iba a volver a la posada a seguir
esperando la llegada de los víveres, miro hacia el improvisado campamento.
Faltaba gente. Busco con la mirada y vio que los soldados de guardia no estaban
donde deberían estar. ¿Pero que pasaba hoy con sus hombres?
-¡Terean! ¿Dónde
están los soldados de guardia?
Terean volvía ahora
de aislar a los tres soldados y cayo en la cuenta de lo que decía su capitán.
-¡Maldita sea,
señor! Vos habéis visto que me he ido un momento para poner bajo vigilancia a
esos tres. No me he separado antes ni un segundo.
-Pues entonces no
estarán muy lejos. Voy a buscarlos yo mismo, tu quédate aquí, y procura que no
pase nada más. ¿Entendido?
Rayhast empezaba a
perder el control. Este día había empezado mal y no tenía visos de arreglarse.
Fue hacia el lugar donde debería haber estado la guardia, y descubrió las
huellas de las botas de los Hijos de la Luz. Siguiendo el rastro vio que se
dirigían a la calle principal, donde la fiesta continuaba. Al doblar una
esquina, vio a tres de los Hijos que avanzaban adelantados. Iban agarrados cada
uno a una chica, cantando al son de la música que sonaba por todas partes. Las
chicas no estaban tan conformes con llevar colgados a un Capa Blanca del brazo.
Una intento soltarse, pero el abrazo del soldado curtido tras años de
entrenamiento, era muy fuerte, y la retuvo contra si. Nadie decía nada, pero la
gente los miraba con la cara enrojecida y los ojos brillantes por la ira. Y tal
vez habría seguido así, si una de las chicas no se hubiese soltado en un
descuido. El Capa Blanca intentó agarrarla de nuevo, pero esta corrió hasta
abrazarse a una mujer mayor, que se interpuso entre los dos en ademán
protector. El soldado miró con furia a las dos mujeres, y sin ningún
miramiento, pego una bofetada a la que le cortaba el paso, que cayó al suelo
aturdida. Los otros Hijos de la Luz reían sin pudor. En ese momento, Rayhast
llegó hasta ellos.
-¿Qué os pasa hoy a
todos? Tu, Huan, ¿cómo te atreves a dejar tu puesto de guardia y andar buscando
pelea con mujeres la mitad de pequeñas que tu?
-Maldita sea, mi
capitán. Solo quería divertirme un rato-dijo mientras miraba de modo altanero a
Rayhast-. Además no es de su incumbencia, así que váyase si no quiere que...
El primer golpe fue
en la nariz, y los siguientes golpearon en rápida sucesión y varias veces el
estomago, el pecho, barbilla y diversas partes del cuerpo. Huan cayó
inconsciente al suelo. Había sido demasiado para el, y se abandonó a la cólera.
Miró a los otros dos soldados con ojos que ya no brillaban, pero eran un manto
opaco donde se adivinaba una gran fuerza y autoridad, al mismo tiempo que la ira
se reflejaba en sus nudillos apretados, blancos por la presion. Los hijos de la
luz soltaron a las otras chicas y recogieron el cuerpo de su compañero para
llevarselo a rastras al campamento. No era necesario dar ninguna orden. La
mirada había bastado.
Rayhast notó que iba
recuperando la calma y se volvió hacia la mujer que todavía permanecía en el
suelo. La cogió del brazo y la ayudó a levantarse.
-Mi señora, no hay
disculpas para justificar en modo alguno lo que ha pasado. Me avergüenzo de mi
orden. Espero que estéis bien. Os aseguro que esos patanes serán encarcelados a
su vuelta a Amador.
La anciana, que
todavía estaba algo mareada por el golpe, se dio cuenta que las disculpas eran
honestas, así que le dejo marchar y fue acompañada dentro de una posada por
varias personas que habían observado los hechos.
A la vuelta al
campamento, Rayhast puso también a estos tres bajo vigilancia. En total eran
treinta soldados. Los tres desertores y los tres de la guardia, dejaban con
veinticuatro a la compañía, ya que los detenidos no podían hacer ningún
servicio.
Terean escuchaba
sorprendido el incidente de Huan. Pero la sorpresa fue mayor para el capitán,
cuando este le dijo que uno de los soldados había desertado. Según una nota se
había ido al llano de Almoth a buscar al Dragón Renacido. Había dejado sus ropas
blancas, robado un caballo y partido al galope.
-No puedo mas,
Terean. ¿Qué maldita cosa pasa en este pueblo? Parece que hay una especie de
epidemia de locura, y que esta afecta a mis hombres. Necesito pensar. Mientras
ordena que preparen la comida y que dos hombres sigan al desertor ahora mismo.
Rayhast se fue a
comer a la posada a una habitación privada. Mientras saboreaba la carne de pollo
asada, le vino a la mente la imagen del joven músico de la posada. Ahora que se
había acordado de él, no podía quitarse la imagen de la cabeza. Por lo visto se
había ido de manera imprevista, como si la compañía de los Hijos le hubiera
asustado. ¿Sería un Amigo Siniestro? Al contrario que otros soldados y capitanes
de la Orden, el no era de los que pensaba que cualquiera que no se apartara de
su camino era un servidor del Oscuro, pero ese joven le había resultado
sospechoso. ¿Pero cual seria la relación, en caso de existir?
Recapacitando sobre
el informe que tendría que hacer de vuelta a Amador, le llegaron unos sonidos
por encima de la fiesta. Eran unos gritos de alarma, que precedieron a la
interrupción de la música, y unos alaridos de terror. Con el plato apenas
probado, Rayhast se dijo que ya nada le podía sorprender. Salió decidido a
cortar lo que fuera que pasase de raíz. Abrió la puerta de su habitación y bajo
corriendo las escaleras hacia el salón de la posada. Terean se dirigía hacia él
con intención de contarle lo sucedido.
-¡Señor, Huan se ha
vuelto loco, señor! ¡Ha empezado a prender fuego al Salto!
-¡Maldita sea! Voy a
acabar con esto.
Abrió la puerta de
la posada y se encontró con una escena dantesca. Huan con una antorcha, gritando
y riendo de manera que parecía un loco salido de la cárcel. Con él iban otros
dos soldados, los mismos que estaban con él durante el altercado de la mañana.
Huan iba con la espada envainada, pero los otros dos habían sacado el acero y lo
empuñaban enfrentándose al resto de la guardia. Uno de los Hijos estaba en el
suelo, y aunque no parecía grave, tenia una fea herida en la cabeza.
La risa de Huan
estaba taladrándole los oídos. Rayhast du Guinevere saco su espada con la marca
de la Garza y se dirigió a Huan.
-¡Malditas puñetas
retorcidas! ¿Qué crees que estas haciendo, Huan? ¡Para ya, o te parare yo!
Huan se volvió y su
mirada inquietó incluso al capitán. Sus ojos estaban inyectados en sangre, y su
sonrisa era demencial. Se había vuelto loco. Al ver al capitán Rayhast,
desenfundo su espada y ataco con un mandoble destinado a partirle en dos de
arriba abajo. Golpe de pedernal. El capitán de los Hijos de la Luz se
defendió fácilmente y contraataco. La hoja en la brisa. El jabalí baja
corriendo la montaña. La sangre apareció rápidamente en el costado de Huan;
aun así, respondio con Partir la seda. Rayhast du Guinevere esquivo la
espada del soldado y acabo con él. El colibrí besa la madreselva. Huan
cayo al suelo cuan largo era, y un espeso charco de sangre oscura empezó a
formarse debajo de el.
Cuando el capitán
envainó la espada, los lugareños ya habían apagado el fuego y el resto de
soldados habían reducido y apresado a los otros dos soldados. Ordeno que los
llevaran de nuevo al campamento y que se prepararan para partir hacia Amador.
Tenia que dar parte a sus superiores y volver con los miembros de la Mano de la
Luz, para que se hicieran cargo de ese pueblo. Era casi seguro que habría Amigos
Siniestros. Hasta era posible que hubiera brujas de Tar Valon rondando; si no,
no había otra explicación para que una compañía se derrumbara así como así en un
par de días.
Recordaba todo esto
cuando cruzo las puertas de la capital de Amadicia. Y sobre todo, recordaba a un
joven músico de pelo rojizo y ojos grises...
Agradecimientos: A Robert Jordan
por idear y escribir la Rueda del Tiempo y a toda la comunidad de los Espejos de
la Rueda, por ser simplemente como son. Gracias a todos.
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda© 2002
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