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RELATOS DE LA RUEDA DEL TIEMPO

"La Toma de la Ciudadela"

por _Rand_

            

Empezaba a anochecer. Desde los tejados de la ciudad portuaria de Tear se contemplaba un hermoso panorama que abarcaba toda la ciudad, así como sus alrededores, y un buen trozo de mar. Dhayn se encontraba en uno de estos tejados, así como algunos de sus compañeros Aiel, pero ni él ni el resto de Sovin Nai (o “Mano Cuchillo”, la asociación guerrera a la que pertenecía) que lo acompañaban parecían percibir la imponente visión que se les brindaba. En su lugar, empezaban a preparar sus armas para la batalla mientras observaban la que sin duda era la fortaleza más difícil de tomar de todo el mundo, la Ciudadela de Tear. Mientras se aseguraba de que su arco de hueso estuviera bien abrochado a su espalda, Dhayn se puso a repasar las instrucciones para la batalla, así como los hechos que le habían llevado allí. Muchos otros Aiel se habían quedado en la Tierra de los Tres Pliegues, o el Yermo, como lo denominaban los habitantes de las tierras húmedas a los que se disponía a atacar. Dhayn era muy amigo de Rhuarc, líder del clan Taardad, el suyo, y aunque no pertenecían a la misma asociación guerrera (Rhuarc era un Soldado de Piedra), no había dudado en pedir a Dhayn que le acompañara, pues si los Aiel de por sí eran excelentes guerreros, Dhayn era excepcionalmente bueno entre ellos. Así pues, no tuvo más remedio que seguir a Rhuarc a la batalla, y ahora esperaba pacientemente a que el sol se terminara de poner, para iniciar el asalto. Estaban bien coordinados. Muchos compañeros suyos entrarían a través del foso, mientras que él sería uno de los que debían escalar las altísimas murallas y atacar desde arriba. Perdido en tales elucubraciones, no se dio cuenta de que era la hora convenida hasta que vio a sus hermanos de lanza levantarse, velarse la cara y empezar a correr.

 

-Es la hora de la danza de las lanzas- le dijo un compañero que pasaba corriendo a su lado. Se levantó el velo él también (un Aiel nunca mata con la cara descubierta), y fue en pos de los demás Sovin Nai. Al llegar al edificio más cercano a las murallas, dio un salto sin dudar y alcanzó la pétrea barrera que tenía que escalar.

Una vez dentro de la ciudadela, Dhayn agarró sus lanzas y se echó a correr para llegar lo antes posible a la batalla, pues no quería que le quitaran ningún enemigo. Nada más entrar en la primera sala -no sabría decir para qué se usaba- se topó con lo último que hubiera esperado encontrar allí. ¡Trollocs! Su sorpresa casi le causó la muerte, pues los engendros del Marchitador de las Hojas simplemente veían otro humano más (gran error), pero reaccionó a tiempo de desviar con una lanza el hacha que iba a empotrarse directamente en su cabeza, y al mismo tiempo clavó otra de las lanzas en el pecho de aquel ser con cuernos de cabra. No dio tiempo a los demás a reaccionar. Antes de que ninguno de los trollocs se diera cuenta, aquello se convirtió en una auténtica masacre, con Aiel lanzando golpes por doquier, con una perfección en los movimientos que haría que cualquiera que no fuera Aiel entendiera por qué lo llamaban la “Danza de las Lanzas”. Dhayn se encaró con otro trolloc, éste con una espada inmensa, que fue a descargar contra su cabeza. Dhayn la esquivó sin excesivo esfuerzo, y desenvainando su cuchillo de hueso, apuñaló al trolloc en la nuca, volviendo a envainar y buscando nuevos oponentes antes de que el último cayera al suelo. Al ver que no quedaban más enemigos, salió de la sala con esa velocidad que caracterizaba a los Aiel. Se decía que podían correr durante horas a la velocidad de un caballo sin cansarse, y al verles allí, nadie dudaría de tal afirmación. Dhayn y sus compañeros de lanza empezaron a descender por las escaleras interiores, que llevaban al patio de la ciudadela. Allí encontraron a uno de los suyos acosado por un Myrddraal, un ser sin ojos, que mataba si hacía un corte con su espada.

-Baila conmigo, Fado- dijo alguien a su derecha-.

-Baila conmigo, ser de cuencas vacías- dijo Dhayn a su vez.

Sus palabras consiguieron lo que esperaban, y el Myrddraal dejó la presa que ya daba por segura para concentrarse en estos nuevos adversarios. Los Aiel rodearon al Myrddraal, y se mantuvieron a la expectativa, haciendo resonar sus lanzas contra las adargas, girando a su alrededor y entonando un cántico guerrero. El engendro de la Oscuridad embistió directamente contra la Doncella Lancera situada a la izquierda de Dhayn, y éste aprovechó para arrojar una de sus lanzas contra el costado del fantasmal ser. El Fado exhaló un extraño quejido, y alejándose hacia las sombras, desapareció. Los Aiel no se preocuparon en ayudar a su compañero herido. Todos eran Algai’d’siswai (luchadores de la lanza), y la muerte formaba parte de sus vidas. Mientras corrían, llegaron a una gran sala, en la que se notaba algo distinto en el aire. Un vistazo general no reveló nada, pero al mirar Dhayn hacia arriba, no pudo menos que maravillarse. Allí estaba, flotando en el aire, Callandor, la legendaria espada que según las profecías empuñaría el Dragón Renacido. Y cuando esto sucediera, se decía que la Ciudadela, que nunca habías sido tomada, caería. Mientras se volvía a poner en marcha, oyó que el fragor de la batalla se acercaba a donde ellos se encontraban, y vio más Aiel luchando codo con codo con hombres de las tierras húmedas contra las ingentes hordas de trollocs que parecían haber aparecido de la nada. De repente, un muchacho, apenas lo bastante mayor para tener barba, se dirigió directo hacia la “Espada que no es una Espada”, y el aire pareció plegarse pues, al alzar su mano, agarró la espada situada unos metros sobre él. Algo debía estar mal. ¿Quién era ese chiquillo y dónde estaba el Dragón? De repente apareció una mujer con un chal azul cubriéndole los hombros, la mano derecha aferrando firmemente una especie de estatuilla. Enfrente suyo apareció un hombre con claros rasgos de poder: ricas vestiduras, bien afeitado...  Y un semblante que habría hecho huir al más veterano y aguerrido soldado. Pero no dio tiempo para ello. Antes de que nadie reaccionara a su presencia, la mujer extendió un dedo hacia el hombre, y de él surgió un rayo de fuego (si puede existir tal cosa) que hizo desaparecer literalmente al hombre.

El muchacho que había cogido la espada miraba embobado, cuando de repente, se abrió un “agujero” en el aire y lo atravesó sin pensar, desapareciendo con la misma rapidez con que había llegado. Entonces, los trollocs comenzaron a invadir la sala, en un número muy superior al que podían hacer frente los defensores. Los guardias de la ciudadela reaccionaron en contra de lo que es lo normal en ellos: atacaron con más fuerza aún. Los Aiel, que no temían a la muerte, empezaron a entonar otro de sus cánticos, que se confundía con los gritos de “¡La Ciudadela Resiste!” que lanzaban los Defensores. Tanto éstos como los Aiel caían demasiado rápido, y cuando todo parecía perdido, aparecieron unos rayos desde todas las puertas que acabaron con todos los trollocs, dejando a todos los humanos indemnes.

 

Más tarde, Dhayn se enteró de que los rayos habían sido obra de Rand al’Thor, el Dragón Renacido, aquel chiquillo que había cogido la espada, y también de que aquella extraña mujer era Moraine, una Aes Sedai y su tutora, que había acabado con uno de los Renegados, los mejores siervos del Marchitador de las Hojas. Finalmente, las profecías se cumplieron, el Dragón Renacido reapareció y la ciudadela de Tear, que jamás había caído, cayó.

PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.

Los Espejos de la Rueda© 2002

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