Algunos personajes y datos del presente
relato están cogidos de la saga de Jordan, y su uso es sin fines de plagio.
Todos los derechos sobre los mismos, así como su creación pertenecen
exclusivamente al autor de La Rueda del Tiempo.
Este es un relato fuera de la línea de
La Rueda del Tiempo, es una de las muchas posibilidades que da de sí en su
eterno girar, llamadlo un universo paralelo... o tal vez no...
La noche ya estaba cerrada en el bosque de Braem, y la
luz de la menguante luna bañaba todo de un pálido color plateado, tiñendo las
copas de los árboles y arrullando el canto de las aves nocturnas. Apenas había
movimiento, el frío era muy intenso y los depredadores invernaban o se ocultaban
en la espesura. La nieve cubría el suelo de un espeso manto blanco otorgando al
paisaje una agradable sensación de estabilidad y consonancia.
Unos ojos fríos y calculadores, escrutaban la oscuridad
en busca de posibles enemigos sin reparar en la hermosa vista que le ofrecía la
naturaleza en su más puro estado. No era lo más destacable de este rostro
mortalmente hermoso. El cabello, negro como las más oscura noche, caía en
cascadas sobre unos hombros perfectamente encuadrados. Las manos, suaves y
delicadas como la más fina porcelana, sostenían un anillo de oro engarzado con
finas piedras, símbolo perdido de una era ya olvidada.
La intensa helada no parecía afectarla lo más mínimo. La
capucha la tenía echada sobre los hombros y la negra túnica que cubría su
delgado cuerpo era de una finísima tela poco adecuada para las frías
temperaturas. Pero no todo era serenidad en ella. Las rodillas comenzaban a
flaquearle por la intensa caminata, y su cara estaba surcada de pequeños
arañazos producidos por el paso entre los árboles. Llevaba mucho tiempo huyendo,
los días se hacían interminables y la noche no ofrecía consuelo alguno. A veces
se quedaba despierta hasta que el sol empezaba a salir por el horizonte,
temerosa de hundirse en un sueño del que no despertara nunca. Los suaves labios
los tenían agrietados por la falta del agua, un bien escaso y a menudo peligroso
de conseguir. A pesar de todo, su faz mantenía una expresión de firme serenidad
que tanto la caracterizaba desde pequeña.
Se encontraba a las afueras de la silenciosa arboleda. A
punto de hacer una breve parada, unos puntos luminosos en alguna parte del este,
atrajeron su atención. Frunció levemente el ceño al comprobar que se trataba de
un pequeño poblado. No tenía conocimiento de que hubiera ninguno por la zona,
aunque probablemente se trataba de uno de esos pequeños sitios olvidados que no
figuraban en ningún sitio. Demasiado exhausta para hacer especulaciones, empezó
un suave trotecillo. La idea de una cama caliente y la posibilidad de hablar con
otros seres vivos después de varias semanas de soledad, se impuso a su sentido
común de que algo no andaba bien.
Paró en seco, junto a un viejo cartel desvencijado y
mohoso que se mecía suavemente al compás del viento: “Meridbne alya noster eit
felonseq evelirn oser lerinwed. Bienvenido viajero. Descansa y encuentra refugio
bajo las estrellas”. Tradujo rápidamente una lengua que muy pocos podían
pronunciar y que ya nadie hablaba.
Un sentimiento de temor comenzó a corroerle el corazón a
medida que se aproximaba a las primeras luces. Había un silencio demasiado
espeso, casi palpable. No tardó mucho en descubrir el primer cadáver, a unos
cuantos pasos del cartel de bienvenida. La sangre se le heló en las venas y la
respiración se hizo más entrecortada. Sin poder contener el sollozo que surgió
de su garganta, cayó de rodillas junto al menudo cuerpo de un niño de no más de
seis años. Presentaba rasgos de violencia en varias zonas de los brazos y
piernas y una herida le atravesaba el pecho. Las lágrimas le desbordaron
mientras con suma delicadeza cerraba unos ojos que acababan de empezar a ver el
mundo.
-Perdóname, Luz, ojalá no hubiera llegado tarde. No
tenías que ser tú, no así...- acunó suavemente al pequeño mientras musitaba las
desgarradoras palabras.
A la mañana siguiente, un pájaro contemplaba con
curiosidad la escena que de desarrollaba a los pies del árbol sobre el que
reposaba. Varias decenas de tumbas rodeaban la zona, todas ellas con un una
estaca de madera en la cabecera. No había nombres, tan sólo una frase que se
repetía por igual en todas ellas: “Esperaba el amanecer y el silencio se adueñó
de su alma”. En el centro del improvisado cementerio, se encontraba una tumba
más pequeña que las demás, con una rosa amarilla encima. En su interior yacía
una luz que se apagó antes de tiempo.
Agotada por el esfuerzo físico, se derrumbó en el suelo,
aunque el sonido del suave fluir del agua en un arroyo cercano, la sacó de sus
oscuros pensamientos.
Levantándose como pudo, se acercó hacia el punto del cual
proveía el esperanzador sonido. Se aproximó al diminuto riachuelo e introdujo
ambas manos, bebiendo hasta quedar saciada. Notando el agarrotamiento de los
músculos y el cansancio del cuerpo y del alma, se recostó contra el tronco de un
árbol para recuperar energías. No tenía intención de dormirse, demasiado
peligroso... pero el agotamiento físico de los últimos días pudo con ella e
inició un intranquilo duermevela. Los sueños volvieron otra vez, como lo hacían
cada noche desde hacía meses. Quiso gritar, sacudirse de encima los angustiosos
momentos, pero le fue imposible. Todo comenzó de nuevo...
Estaba de nuevo en casa, una pequeña granja situada a un
par de kilómetros de Dos Ríos. Era pleno verano, el sol derramaba generoso sus
cálidos rayos a través de los cristales e iluminaba claramente la pequeña
estancia en la que se encontraba. Era un lugar sencillo, realizado en fuerte
madera de pino y con escasa decoración. Los muebles, hechos también de bruñida
madera, eran corrientes, pensados para la comodidad, no para el lujo. Su padre
se hallaba inclinado sobre unos papeles en la mesa que ocupaba el centro de la
estancia. Tenía un gesto cansado y sus manos estaban cubiertas de hinchazones
por el arduo esfuerzo realizado a lo largo del día. Su cabello, al igual que el
de su hija era de un intenso color negro, suavemente ondulado en las puntas. La
nariz, un tanto respingona, le otorgaba un aire de misterio. Si bien no podía
considerarse atractivo, sus ojos de un profundo azul y llenos de sentimiento, le
convertían en el centro de las miradas de las mujeres solteras o viudas de la
zona.
-Debriah, cariño, es hora de metas a los caballos en el
establo, el sol se pondrá en breve y se asustan con facilidad- la cálida voz de
su padre era un bálsamo para sus oídos.
Se veía asentir levemente mientras se levanta con desgana
de la cómoda silla en la que se hallaba. Su padre la retenía suavemente por el
antebrazo, y le revolvía el pelo con dulzura. A pesar de que ya tenía cumplidos
los veinte, este tierno gesto lo admitía sin réplica, y sonreía como una niña
pequeña.
-Padre, siento mucho lo sucedido ayer, no era mi
intención ofenderte- se puso colorada al pronunciar estas palabras. El día
anterior escapó varias horas de casa para visitar a un buen muchacho que había
conocido en la Fiesta de las Luces. Supuestamente se encontraba en el pueblo
visitando a unos amigos, pero su padre, conociendo bien a su apreciada hija,
descubrió la mentira. A pesar de todo se lo había tomado con buen humor y al
final del día acabaron riendo a carcajada limpia recordando los tiempos en que
él había hecho lo mismo.
-Vamos, estrella, qué sería de un padre si su hija no lo
hiciera enfadar de vez en cuando- emitió una sonrisa a la par que la empujaba en
dirección a la puerta. Rara vez usaba su nombre, este apelativo cariñoso les
hacía sentirse de algún modo más unidos desde la muerte de su madre, unos
cuantos años atrás. Con un cabeceo para dar por concluido el tema, se dispuso a
salir. Se paró en seco, un par de pasos por detrás de la mesa central al notar
cierta pesadez en el ambiente. Algo iba mal, lo sentía, algo se avecinaba... La
puerta de la entrada estalló hecha añicos por alguna fuerza invisible. Su padre
se incorporó rápidamente y se puso como escudo entre su cuerpo y el posible
enemigo.
-Meridoth, al fin te localizo- una mujer entró lentamente
en la sala. Vestía una capa oscura y la acompañaban dos hombres de pétreos
semblantes. Detrás de su progenitor, ahogó una exclamación al vislumbrar el
anillo de la gran serpiente en su mano. ¡Aes Sedai! ¿Qué podían querer?. Tar
Valon nunca se había interesado por esa zona, tan sólo hacían breves visitas
para reclutar nuevas novicias para la Torre. Notó que su padre le deslizaba algo
en el dedo corazón, parecía un anillo, aunque apenas pudo tantearlo.
-Te has escabullido muy bien, a pesar de que a estas
alturas deberías estar loco o muerto
-Aléjate. Tus gaidines y tú no me dais ningún miedo.. –
la mujer soltó una risa burlona a la vez que fijaba sus fríos ojos en el hombre
que se osaba a desafiarla. A partir de ahí todo se volvió muy confuso. Algo la
golpeó en la cabeza aturdiéndola unos minutos. Cuando despejó la vista, mesa y
sillas estaban destrozadas por toda la sala. Su padre seguía delante de ella
mientras se sujetaba un brazo del que manaba sangre profusamente.
-Estrella, sé la luz que ilumine mis pasos-. El aire
pareció vibrar y un rayo de plateada luz vertical hendió el aire a sus espaldas.
Con los ojos desorbitados por el miedo, se dispuso a enfrentarse a la mujer,
pero un fuerte brazo la empujó al interior del acceso. Antes de desaparecer en
la nada, vio el fuego que se prendía en torno a las cuatro personas de lugar.
Empezó a chillar con desesperación, pero sus manos ya no golpeaban la madera del
suelo, sino un tupido manto verde... Despertó bañada en un frío sudor. Miró a su
alrededor confundida, sin saber muy bien donde se hallaba. Se reprendió a sí
misma por esa pérdida innecesaria de tiempo. Recogiendo sus escasas pertenecías
,se puso en camino hacia su destino, el único en el cual podría sobrevivir del
peligro que la amenazaba, tal vez para introducirse en otro mayor. Soltó una
risa amarga mientras se preparaba para ir hacia las Colinas Negras.
**********
Los días se sucedieron rápidamente. El agua era cada vez
más escasa y la comida no era mucho más abundante. La capa estaba roída en
varios sitios y la túnica desgarrada por las noches pasadas al raso sobre el
duro suelo. Al vigésimo día de intensa caminata, llegó a su destino. Las piernas
empezaron a temblarle de manera incontrolada, negándose a obedecerla. Con gran
fuerza de voluntad, se acercó poco a poco a la falda de la inmensa cordillera.
Las Colinas Negras se habían ganado el nombre a pulso. Un perpetuo manto de
oscuridad envolvía las cumbres de las montañas y una densa niebla cubría valles
y laderas, por lo que era imposible vislumbrar ninguna forma o ser vivo a dos
metros de distancia.
Con un suspiro de resignación, fue acercándose poco a
poco a la primera de las montañas. No sabía exactamente qué era lo que buscaba,
pero algo en su interior le decía que su destino estaba vinculado a ese sitio.
La noche estaba próxima, por lo que ojeó rápidamente la zona en busca del algún
sitio que le proporcionara algo de refugio. Vislumbró una pequeña cueva a unos
pocos pasos de donde se halla, un par de metros por encima del suelo.
Amarrándose como pudo a la rugosa superficie, se encaramó a la pequeña entrada,
por la que tuvo que pasar agachada. El sitio no era muy grande, apenas unos
cinco metros de ancho por diez largos, por lo que no era probable que ningún
animal lo habitara. Acomodándose como pudo, se dispuso a descansar un par de
horas antes de reemprender la marcha. Pero antes de que tuviera tiempo de cerrar
los ojos, un leve movimiento a su espalda, tal vez el crujido de alguna rama
rota, la hizo levantarse de un salto para enfrentarse al nuevo peligro que la
amenazaba.
Detrás de ella apareció un trolloc, una de esas criaturas
que había oído mencionar en cuentos pero que nunca pensó que pudieran existir.
Al parecer se escondía detrás de un manto de hiedra que daba paso a otra cavidad
y que había pasado por alto en su primera inspección. En su mano sostenía un
garrote rematado en puntas de acero que podía perforar cualquier piel, en
especial la humana. Cansada ya de tanto luchar, adoptó una postura de aparente
docilidad mientras preparaba su ataque.
La habían ingresado en la Torre Blanca durante algunos
años cuando usó el Poder de forma espontánea, y su potencial era de los mayores
que había habido en los últimos tiempos, por lo que rápidamente alcanzó el grado
de Aceptada. Pero el agobio de la Torre pudo con ella y había huido con su padre
a esa pequeña granja perdida, donde llevaban ocultos varios años. Llena de rabia
contenida, observó cómo la semibestia se acercaba a ella. Cuando estaba a un par
de pasos, se abrió al Saidar y encauzó. Cayó hacia atrás por el impacto que
produjo la onda de Poder Único. Al incorporarse observó horroriza los restos
humeantes de la bestia esparcidos alrededor suyo.
De nuevo, el aire pareció cargarse a su alrededor, y
sabiendo lo que vendría después, corrió hacia la salida. Pero no fue lo
suficientemente rápida. Unos flujos de Aire la inmovilizaron en el sitio y un
escudo la privó del contacto con la Fuente. Apareció una mujer, no la misma que
la de la noche fatídica, pero sus rasgos intemporales la delataban como Aes
Sedai.
-¡Maldita sea! ¿Qué queréis de mí? Jamás regresaré a ese
nido de víboras!- gritó llena de odio.
La hermosa Aes Sedai la miró con cara divertida mientras
contemplaba sus vanos esfuerzos por librarse de las invisibles ataduras que la
sujetaban.
-¿Llevarte a la Torre Blanca?-emitió una risa cruel. No,
pequeña, abandoné ese sitio por algo mucho más grande todavía. Confía en mí, no
voy a matarte como le pasó a tu padre esa noche.
Debriah la observó ahora con curiosidad. Estaba claro que
no podía mentir, los Tres Juramentos se lo impedían ,sin embargo se mantuvo
alerta.
-¿Cuál es tu nombre?- exigió saber. Pareces saber mucho
de mí, pero no tengo porqué fiarme de nadie de tu categoría- prácticamente
escupió las palabras-.La mujer sonrió complacida. ¡Complacida! ¿De qué?.
-He dejado de usar mi verdadero nombre, pero puedes
llamarme Mesaana-. Se quedó helada al oír ese nombre. ¡Uno de los Rengados!
Aquellos Aes Sedai, tanto varones como mujeres que se habían pasado a las filas
del Oscuro a cambio de la inmortalidad. Como leyendo sus pensamientos, Mesaana
se acercó lentamente hasta situarse enfrente suya. Alzó su cara con la mano
hasta enfocar sus ojos directamente, de manera que no podía rehuir su mirada.
-Eres fuerte en el Poder, mucho, lástima que no acabaras
tu entrenamiento en la Torre Blanca. Sin embargo, nuestro Gran Señor considera
que eres una pieza demasiado importante como para tener en cuenta esas pequeñas
vicisitudes. Te ofrezco la oportunidad de vengarte de aquellas que destrozaron
tu vida, tal vez no ahora, pero algún día podrás. En caso de que te niegues,
supongo que tendré que matarte.
Debriah observó con cara de sorpresa a la mujer de fríos
ojos que se encontraba delante de ella. Le estaba ofreciendo la oportunidad de
convertirse en uno de los suyos, de alcanzar un poder inigualable... no le
quedaba nada, todo se lo habían arrebatado aquella noche. Asintió suavemente.
Notó cómo las invisibles ataduras se soltaban y desentumeció los músculos
agarrotados.
-Bueno, ahora debo darte un nombre. Ya sabes que nunca
conservamos los nuestros... ¿Qué te parece Sefraen? Es un buen nombre... soltó
una risa que no tenía nada de divertida. Sefraen... “Hija de las Estrellas”,
bienvenida al grupo de los Elegidos... El aire pareció vibrar a su alrededor y
una luz de plateada luz vertical hendió el vacío. Señalándole la abertura, ambas
se introdujeron por ella. A sus espaldas, sólo quedó el silencio de la cueva y
los humeantes restos del trolloc.
En los anales de la historia, sólo figuran los nombres de
los Renegados que se consideraban más fuertes, aquellos varones y mujeres Aes
Sedai que se pasaron al bando del Oscuro a cambio de la promesa de inmortalidad.
Pero hubo muchos otros como Sefraen que fueron reclutados y entrenados, mujeres
y hombres que no habían alcanzado el nivel de Aes Sedai pero que eran
extremadamente fuertes en el manejo del Poder. Elegidos que permanecieron
ocultos en las sombras durante milenios, esperando su momento, saboreando su
venganza...
Dedico este pequeño relato a todas aquellas personas del
canal que en algún momento han estado allí para apoyarme cuando las necesitaba o
me han echado la bronca cuando lo merecía. Porque de algún modo
tod@s os habéis involucrado en la vida de esta Aes Sedai tan peculiar
(varios gaidines, ya sabéis :D). Para que esta amistad dure mucho tiempo. Seguid
siendo como sois J
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Los Espejos de la Rueda© 2002
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