El aullido resonó en las montañas y el eco prolongó el penetrante y quejumbroso
sonido haciéndolo casi interminable.
La loba despertó bruscamente y miró alarmada
a su alrededor. Se encontraba al abrigo de unos arbustos agostados; sobre su
cabeza, los rayos plateados de la luna penetraban entre las ramas casi desnudas
de los árboles, que se dibujaban contra el cielo estrellado. La inquietud se
apoderó de la loba. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí? Un recuerdo
pugnaba por salir del recóndito rincón de su mente donde había permanecido
agazapado. Durante unos segundos sostuvo una lucha interior entre el apremio por
disipar la confusión de su mente y el temor instintivo que le inspiraba ese
recuerdo; se sentía impelida a evocarlo, pero en ese momento no quería revivir
lo que quiera que fuese, de modo que lo obligó a permanecer oculto en la bruma
del inconsciente.
Abandonó el refugio
de los matorrales y dejó que el instinto la condujera hacia la linde del bosque
para otear los alrededores. Divisó la primera línea de árboles y redujo la
velocidad para avanzar con cautela, erizado el plateado lomo y las orejas bien
enhiestas, una reacción provocada por algo que flotaba en el ambiente y que la
había puesto en guardia. Se detuvo al borde de la fronda, sin abandonar su
cobertura, y contempló el panorama que se desplegaba ante sus ojos. Las montañas
se alzaban sobre un valle estrecho y alargado que observó desde su posición, a
media ladera, más o menos, de una loma baja. Toda la vegetación, incluso las
plantas perennes, estaba marchita, como si hubiese una larga sequía. Al alzar la
vista al cielo despejado se quedó petrificada. Los puntos luminosos que
titilaban en la oscura bóveda le resultaban totalmente desconocidos. Hasta la
Madre parecía distinta allí…
Olisqueó
el aire al recordar el sonido que la había despertado bruscamente. El lobo que
había emitido el aullido no se hallaba cerca, no le llegaba su efluvio. Estuvo a
punto de utilizar la proyección, expandir la percepción mental para entrar en
contacto con el autor de la llamada, pero de nuevo el instinto la frenó. No
había tenido tiempo de identificar si aquella voz pertenecía a uno de los suyos,
y corría el peligro de que el lobo que merodeaba por aquellas montañas fuera de
“los otros”. Ignoraba la razón, pero se encontraba sola, y era más que probable
que el otro marchara con la manada; si sus sospechas resultaban ser acertadas,
no tendría ninguna posibilidad de salir con bien del encuentro.
De pronto algo
descendió velozmente desde el aire, y la loba saltó a un lado al tiempo que se
agazapaba en una postura defensiva y enseñaba los dientes.
Un lobo de buen
tamaño y aparente fortaleza se “posó” –la loba no habría podido describir de
otro modo la forma en que el recién llegado plantó las patas en el suelo después
del tremendo salto- a un par de metros de ella. Lo estudió recelosa, sin bajar
la guardia. No sólo resultaba extraña su manera de saltar y tocar tierra, como
si no pesara; también el color de su pelaje era peculiar. Advirtió que lo tenía
surcado de cicatrices. Sin poder evitarlo, emitió un sordo gruñido a la par que
enseñaba los dientes.
—Paz, Hermana Loba
—saludó mentalmente el desconocido—. No soy tu enemigo ni quiero hacerte daño
alguno.
A pesar del mensaje
tranquilizador la loba continuó agazapada, bien que dejó de gruñir. El efluvio
del recién llegado no le transmitía ningún tipo de agresividad ni amenaza. Aun
así, el entrenamiento recibido le dictaba que se mantuviera en guardia. Confiar
podía ser uno de los peores errores que cualquier Hijo podía cometer, la clase
de error que se pagaba caro. Experimentó un sobresalto. ¿Entrenamiento? ¿Hijo?
¿De dónde había sacado esas ideas?
—Soy Saltador
continuó el extraño—. Percibí una alteración fugaz en el Sueño, como si un lobo
entrase en él e, inexplicablemente, lo abandonara.
—¿De qué hablas?
¿Qué quieres decir con eso del “Sueño”?
Saltador la observó
atentamente, como calibrando sus preguntas. Después asintió ligeramente, como si
hubiese encontrado la respuesta a un interrogante.
—Hablo del Sueño
del Lobo. ¿No sabes lo que es? —Ante la respuesta negativa con la cabeza de la
loba, Saltador prosiguió—. Es el lugar donde los lobos esperamos que el
Entramado nos introduzca de nuevo en los giros de La Rueda. Algo parecido a lo
que los dos piernas llaman “cielo”.
—Oh. Los Campos de
Selene.
En esta ocasión
fueron los ojos dorados de Saltador los que denotaron desconcierto. Una vez más,
el lobo asintió al cabo de unos segundos.
—De modo que las
ondulaciones las causaste tú. ¿Recuerdas cómo has llegado aquí? —A Saltador no
le pasó inadvertida la fugaz expresión de pánico que asomó a las pupilas de la
loba. Unas pupilas de color violeta—. No, ya veo que no. Sin embargo no debes
preocuparte. Recobrarás la memoria cuando llegue el momento, no me cabe duda.
Doy por hecho que no reconoces este lugar, y creo que si he percibido tu
llegada, es porque he de ayudarte a llevar a cabo la tarea que has venido a
realizar, allanándote el camino.
»Veo que sigues sin
entenderme. No importa. Sé lo que tengo que hacer, y lo haré. Sea cual sea el
motivo, has aparecido en este mundo, que no es el tuyo. Cuando era joven, los
Mayores de la manada nos relataban hazañas de un remoto pasado que se perdía en
la noche de los tiempos. De grandes batallas libradas al lado de lobos distintos
a nosotros. No, no me refiero a la lucha diaria por la supervivencia ni a esas
absurdas batallas a las que tan aficionados son los dos piernas. Pero lo que
ahora está ocurriendo aquí es distinto, y creo que he entendido las palabras con
las que los Mayores terminaban siempre todos los relatos. “Y así ocurrió, porque
ha de mantenerse el equilibrio de las dos fuerzas que se complementan y que
trascienden el tiempo y el espacio.”
Hubo un destello de
reconocimiento en los ojos de la loba.
—Vaya. Veo que eso
te resulta conocido.
—Sí… —Por un
instante, ella pareció bregar con un recuerdo, pero el momento pasó—. Sí, las
dos fuerzas opuestas que se complementan…
—La Luz y la
Oscuridad, ¿no?
Un estremecimiento
sacudió a la loba. Los “otros”. Los Lobos de las Sombras. Los enemigos acérrimos
de los suyos, los Lobos de la Luz…
—Tu pelaje no es
negro, como el de ellos —dijo finalmente—. Pero tampoco es gris plateado como el
nuestro. ¿Quién eres? —Hizo una pausa antes de hacer la siguiente pregunta—. ¿Qué
eres?
Saltador se echó a
reír. Fue un sonido grato, profundo, que se transmitió mentalmente de él a la
loba.
—Creía que era yo
el que hacía las preguntas. Estás en un mundo que no es el tuyo, ¿recuerdas?
¿Para qué has venido? ¿Quién te envía?
—¿Y tú como sabes
todo eso? —instó a su vez la loba, encrespada no por las preguntas en sí, sino
por lo que removían en su memoria.
El hocico de
Saltador se curvó en lo que semejaba una sonrisa.
—Porque yo estoy ya
en el Sueño del Lobo, los Campos de Selene, como al parecer lo llamáis vosotros,
aunque de vez en cuando entro en contacto con los que seguís fuera de él.
Mientras dormís, claro. Por cierto, ¿cómo te llamas?
La expresión de la
loba se tornó de nuevo desconcertada.
—Vaya, tampoco
recuerdas eso. Bien, no puedes ir por ahí sin un nombre. Veamos, aquí se le da a
cada cual un nombre que haga alusión a una característica particular. Déjame
pensar… —Saltador la observó fijamente, con gesto meditabundo—. Tienes un
curioso dibujo en el pelaje ahí, en la parte inferior del cuello, de un color
más blanco. Casi parece un medallón, en forma de media luna.
—¿Te refieres a la
marca de la Madre, de Selene? –inquirió la loba mientras bajaba la cabeza para
mirarse la parte inferior del cuello—. La tenemos todos los Lobos de la Luz.
Nacemos con ella.
—Será así, pero
aquí, al menos de momento, la única que la luce eres tú, de modo que me parece
muy apropiado el nombre Media Luna, ya que no recuerdas el tuyo.
—¿Y para qué
necesito un nombre? —instó malhumorada.
—Jovencita… Tienes
un difícil camino ante ti. Sólo intento allanarlo. Las manadas no admiten así
como así a un forastero, y menos si es tan distinto a ellos.
—¿Quieres decir que
los otros lobos aquí son como tú?
Una vez más sonó la
risa de Saltador en la mente de la loba.
—¿Me equivoco al
notar cierto desdén en tu tono? —preguntó él con sorna. Vio que la loba agachaba
la cabeza, avergonzada—. Pues sí, más o menos. Varían los matices, e incluso
existen tonalidades grises, pero entre nuestros lobos no hay un pelaje blanco
plateado como el tuyo. Estás aquí porque el Entramado lo ha dispuesto así, eso
es obvio, pero como, al parecer, no te acuerdas de la razón, tendrás que dejar
que te guíe por este mundo hasta que recobres la memoria… o quieras recordarlo.
¿Estás de acuerdo, Media Luna?
La loba lo
contempló durante largos instantes, hasta que por último accedió con un cabeceo.
—Bien. En primer
lugar, te conduciré hasta la que fue mi manada, que no anda lejos. Me es más
fácil comunicarme con aquellos con los que conviví antes de entrar en el Sueño
del Lobo. Por cierto, no olvides que encontrándote en este nivel de conciencia
que es el Sueño, si te sobreviene la muerte, desaparecerás del Entramado como si
nunca hubieses existido.
—Lo sé. Ocurre lo
mismo en los Campos de Selene.
—Por supuesto. Es
el mismo lugar, aunque le demos nombres distintos. ¿Vamos?
—Espera —le detuvo
cuando Saltador iba a emprender la carrera. El lobo se volvió hacia ella—.
Quería… Bueno, quiero que sepas que agradezco tu ayuda.
Saltador respondió
con un cabeceo. Antes de volverse, sin embargo, pareció recordar algo.
—Se me olvidaba
algo muy importante. Existe un dos piernas al que debes evitar a toda costa.
Entra en el Sueño, y disfruta acabando con los lobos allí. Los otros dos piernas
le llaman Luc. Y también debo advertirte sobre los Hermanos de la Sombra.
Supongo que son el equivalente a los que tú has llamado Lobos de las Sombras.
Están al servicio de Colmillo del Corazón. Mmmm… No sé como le llamaréis
vosotros.
—Supongo que te
refieres al Devorador de Corazones.
—Bien. Pongámonos
en marcha. Te iré informando de lo que debes saber mientras corremos. Algo me
dice que el tiempo apremia, que la Última Cacería está próxima.
Media Luna se
estremeció. No necesitó preguntar a Saltador para saber a qué se refería con ese
nombre. Realmente este lugar extraño para ella atravesaba un momento crítico. Se
aproximaba lo que en su mundo los dos piernas llamaban el Giro de una Era.
* * * *
Corrieron
durante un par de horas, siguiendo el trazado del valle. Saltador le hablaba vez
en cuando para explicarle lo que considera necesario a fin de que a Media Luna
no la cogiera desprevenida nada, tanto en lo referente a la situación de aquel
momento, como respecto a las costumbres de las manadas y las que conocía de los
dos piernas. Se refirió a dos de ellos que, al parecer, poseían muchas de las
cualidades de los lobos y eran capaces de comunicarse con ellos. Se llamaban
Joven Toro y Diente Largo, y según Saltador, podía confiar en ellos. Había más
dos piernas con esas características, pero por lo visto debían de encontrarse en
otros lugares. Una cosa que sorprendió a Media Luna fue que no hubiese en aquel
mundo los equivalentes a los Lobos de la Luz, mientras que sí los había de los
Lobos de las Sombras.
De nuevo,
algo se removió en su mente, y el recuerdo que había intentado no evocar emergió
de pronto, tan imparable como una avalancha de agua que arrastra cuanto
encuentra a su paso. Fue casi un impacto físico que a punto estuvo de sacarla
del Sueño. Se tambaleó y se desplomó en el reseco suelo del valle.
Saltador se
encontró de inmediato a su lado, y empujó con el hocico su cabeza. Media Luna
entreabrió los ojos, y al vislumbrar a Saltador salió de su estupor.
—He recordado para
qué vine —le comunicó mentalmente a su compañero.
—Bien. Sabía que
ocurriría antes o después. —Saltador alzó la vista al cielo y después continuó
hablando—. Podemos descansar un poco y mientras me cuentas lo que has recordado.
Hemos avanzado muy deprisa. Nunca había corrido con alguien que no estuviese ya
en el Sueño del Lobo que pudiese mantener mi ritmo como lo has hecho tú. —La
miró con renovado interés—. No sólo eres distinta a nosotros en el aspecto
físico. Me da la sensación de que tú y los tuyos sois… algo más. Algo que no
existe aquí.
—Desde luego.
Tenéis a los Hermanos de la Sombra, nuestros Lobos de las Sombras, pero no
tenéis nada que se parezca a nosotros, los Lobos de la Luz, ¿verdad?
—¡Así que se trata
de eso! —exclamó Saltador.
—Más o menos. Allí
ignorábamos la situación de… este lugar. Los Mayores llevaban tiempo percibiendo
alteraciones en la Urdimbre, lo que tú llamas el Entramado, supongo.
—¿Y por eso has
venido? No lo tomes como una ofensa, pero… eres joven. ¿Acaso no había otros con
más experiencia que tú para esta misión?
A pesar de las
palabras conciliadoras de Saltador, resultó obvio que la alusión a su
inexperiencia molestó a Media Luna. No obstante, también se hizo evidente que
controlaba esa reacción, y cuando respondió sus pensamientos se transmitieron
con calma y firmeza.
—Nadie imaginaba
que la situación aquí fuera tan crítica. Es cierto que soy joven e inexperta,
pero pertenezco a la hermandad de los Hijos de Selene, y te aseguro que eso sólo
se consigue tras un entrenamiento largo, riguroso y selectivo. No todos los
escogidos lo consiguen —explicó, no sin cierto orgullo.
»Confieso que esta
misión es la primera que se me ha encomendado. Sólo tenía que observar y
presentar un informe a mi regreso. Algo ocurre en la Urdimbre, porque el paso
entre los mundos nunca había sido traumático, y sin embargo… He sufrido una
pérdida de memoria temporal. Algo tuvo que suceder para que…
De nuevo Media Luna
se tambaleó y a poco no se fue al suelo. Con las patas bien separadas para
sostenerse en pie, empezó a jadear como si hubiese corrido un día entero.
Saltador percibió a través de la comunicación mental la agitación, el pánico y
la desesperación que experimentaba la joven hembra en ese momento.
No fueron
necesarios los pensamientos conscientes de la loba para que Saltador supiera lo
ocurrido en el tránsito por el Entramado y vivirlo como si le hubiese ocurrido a
él…
* * * * *
Varias figuras
oscuras se iban aproximando con el propósito de rodearlo, y no sólo el olfato,
sino un conocimiento arcaico, le alertaba sobre el grave peligro que corría, la
indescriptible maldad que se manifestaba en aquellas criaturas, los “otros”, la
cara opuesta de lo que era su manada, sus oponentes desde el principio de los
tiempos…
Hizo lo único que
podía hacer: huir. Ante todo, tenía que llevar a cabo la misión encomendada, y
más ahora, que merced a lo descubierto era mucho más vital de lo que los Mayores
habían pensado. Se le erizó el lomo al comprender lo que estaba ocurriendo. Si
en el paso de la Urdimbre se habían reunido Lobos de las Sombras de distintos
mundos, sólo podía significar que en el lugar al que se dirigía —o sólo la Madre
sabía en cuantos otros sitios— la Última Cacería debía de estar preparándose, si
es que no era inminente.
Los Lobos de las
Sombras y sus compañeros emprendieron la persecución. A través de la proyección
le llegaba un único y firme pensamiento de sus enemigos: destruir… matar. Corrió
como jamás había corrido, azuzado por la cercanía del cerco que se iba
estrechando. Tenía que escapar. Tenía que salir de allí a toda costa. Tenía que
informar a los Mayores… Sintió el ardiente aliento de un Lobo de las Sombras a
su costado e imaginó las fauces babeantes y los ojos rojos. Notó que le lanzaba
una dentellada, y comprendió que cuando los colmillos del enemigo hicieran presa
en su carne, todo estaría perdido. Un pavor indescriptible se apoderó de él. En
medio de la vertiginosa sucesión de imágenes que anticipaban su terrible
destino, otra imagen acudió a su mente —un bello templo alumbrado por los rayos
de la Madre, Selene— y de pronto se encontró allí, a los pies de un ser de luz
—de una bellísima luz plateada—, que irradiaba paz y amor.
—Descansa. Estás a
salvo —escuchó en su mente—. Duerme… No te resistas al sueño. Debes cumplir tu
misión. Cuando despiertes, te hallarás en el lugar al que te dirigías. Duerme…
* * * * *
Saltador se sacudió
violentamente y salió de la ensoñación que le había hecho revivir la experiencia
de Media Luna.
—Ahora entiendo que
te resistieras a recordarlo —le dijo a la loba, todavía tembloroso—. ¿Quién era
esa criatura tan bella que te salvo?
—La Madre. Veo que
su memoria se ha perdido en vuestros recuerdos. ¿Qué ocurrió aquí para que los
Lobos de la Luz desaparecieran?
—Lo ignoro. Tampoco
sabíamos que existían los Hermanos de la Sombra hasta hace poco. —Saltador
parecía pensativo—. Creo que deberíamos reemprender la marcha. No falta mucho
hasta donde se encuentra mi antigua manada. Vamos.
Continuaron
desplazándose por el Sueño a una velocidad pasmosa; a no tardar llegaron junto a
un corpulento lobo que parecía estar aguardando y cuya primera reacción, al
reparar en Media Luna, fue ponerse en guardia, pero al ver a Saltador se relajó.
—Oí tu llamada
—comunicó mentalmente a éste, mientras observaba con curiosidad a la loba—
¿Quién es ella?
—Es Media
Luna, una forastera de tierras lejanas. El tejido del Entramado ha reflejado los
problemas que están teniendo lugar aquí, y ha acudido en busca de información
—explicó, sin entrar en detalles que sólo conseguirían confundir a Moteado, el
cual se mostraba ya bastante sorprendido por el aspecto de la hembra.
—Entonces, ¿has escuchado también la noticia que se ha ido transmitiendo de
manada en manada? —inquirió el otro lobo.
—¿A qué noticia te
refieres, Moteado? —preguntó, alertado, Saltador. Si una novedad se difundía a
lo largo y ancho para que todos tuviesen conocimiento de ella, es porque se
trataba de algo muy grave.
—Al parecer, unas
dos piernas que tocan el viento que mueve el sol e invocan fuego tienen
enjaulado al Exterminador de la Sombra, y otros dos piernas que montan cuatro
patas pies duros y viajan con otras de las que invocan fuego van hacia allí.
Nosotros estamos demasiado lejos, pero las manadas que viven por la zona están
alertas por si tienen que intervenir. Joven Toro teme por la vida del
Exterminador de la Sombra, y nuestros Hermanos acudirán en su ayuda si es
preciso.
Se percibía una
intensa rabia en la mente de Moteado, así como una gran impotencia por no poder
hacer nada.
—Enjaulado… Y los
Hermanos de la Sombra acechando en el paso del Entramado… Creo que Colmillo del
Corazón alarga su zarpa sobre el mundo. Todo parece anunciar la Última Cacería.
—Tras meditar un momento, inquirió—. ¿Dónde tienen al Exterminador de la Sombra
esas dos piernas que invocan fuego?
Moteado proyectó
una serie de imágenes que se sucedían velozmente a lo largo de kilómetros y
kilómetros, hasta detenerse en lo alto de un cerro. Desde allí se divisaba un
llano. A corta distancia había un ralo soto y pozos de agua rodeados de piedras
encajadas.
—Se dirigen hacia
allí —indicó—. Los otros dos piernas que van con Joven Toro no se hallan lejos
ya, y hay muchos dos piernas, de los que cruzaron la Gran Barrera siguiendo al
Exterminador de la Sombra. Unos acompañan a Joven Toro, pero otros se acercan a
los agujeros de agua al acecho, como si preparasen una cacería.
Saltador se volvió
hacia Media Luna.
—Hemos de ir allí.
No sé si podremos hacer algo, pero debemos ir —le comunicó.
La loba se limitó a
asentir, y tras despedirse de Moteado con un breve cabeceo, ambos se dirigieron
hacia el este, siguiendo las imágenes mentales que el otro lobo les había
transmitido. No hablaron; los dos sentían el apremio por llegar cuanto antes, y
el negro presentimiento despertado por las noticias les había sumido en sus
propios pensamientos.
* * * * *
Sólo hicieron un
breve alto en el camino, al amanecer, para recobrar las fuerzas; más bien, para
descansar la mente. El Sueño no entrañaba para Saltador ni —curiosamente— para
la loba plateada, el riesgo que era para los que aún no habían entrado
definitivamente en él, que podían quedar atrapados allí si permanecían demasiado
tiempo y si volcaban demasiado de su ser en él.
A medida que se
acercaban a su destino, Saltador empezó a utilizar la proyección para entrar en
contacto con las manadas de la zona, preguntando por un dos piernas conocido
como Joven Toro. Respondieron los jefes de muchas, comunicando sus nombres
—Llamarada, Nariz de Liebre, Ciervo Viejo y muchos más—, hasta que por último
les llegó la respuesta de Dos Lunas.
Hablé con él,
hace diez lunas. Le dije a Joven Toro que seguiríamos a las dos piernas que
tienen enjaulado al Exterminador de las Sombras. También respondieron otras
manadas. Hoy vimos a muchos dos piernas. Muchos. Muchos. Le he llamado. Hay
peligro. Hace poco, los dos piernas que rodeaban los pozos han atacado al grupo,
y muchas dos piernas arrojan fuego. Estamos esperando la respuesta de Joven
Toro.
En ese momento,
Saltador escuchó también la llamada de Joven Toro. ¡Venid! Percibió que
los lobos salían de sus escondites y se precipitaban sobre los dos piernas, a la
vez que otros dos piernas se aproximaban corriendo o montados en cuatros patas
de pies duros.
Saltador y Media
Luna corrieron hacia allí sin dejar de percibir las sensaciones de rabia, de
dolor al ser heridos o de satisfacción por acabar con un enemigo que transmitían
los lobos, en medio del caos de una batalla. La loba no habría sabido decir
cuánto había recorrido el sol en el cielo cuando de repente Saltador se frenó y
la hizo detenerse. El efluvio a muerte la llegó de golpe, intenso, abrumador.
Al frente, un
panorama dantesco se desplegaba ante sus ojos. Miles y miles de dos piernas
combatían entre sí con una ferocidad que Media Luna no había visto jamás entre
los de su raza. Hizo intención de correr hacia allí, impulsada por una fuerza
ajena a ella, pero Saltador la detuvo.
—¿Dónde vas?
Estamos en el Sueño, no podemos hacer nada. Ellos ni siquiera nos ven. —Reparó
en la expresión sorprendida de la loba, y entonces lo comprendió—. Tú, vosotros,
sí podéis. Podéis pasar del Sueño al otro lado cuando es necesario. Bien,
sígueme. Al menos intentaré conducirte a un lugar donde no te maten nada más
aparecer.
Los dos lobos
penetraron entre la maraña de cuerpos enzarzados en combate, pasando sobre los
heridos y los cadáveres. Era una pesadilla. Saltador divisó una figura conocida
que se dirigía hacia el centro del tumulto.
—Aquel es Joven
Toro, el del hacha. Iremos hacia él, sígueme.
Media Luna miró
hacia donde apuntaba el hocico de su compañero y reparó en un reducido grupo de
dos patas. En ese momento, tres de ellos se pusieron espalda contra espalda,
acorralados por el enemigo. Uno de ellos le recordó, por sus ropas, a los que en
su mundo llamaban los Peregrinos de la Canción, pero no podía ser. Aquel dos
patas blandía una espada y la manejaba con saña, mientras que los Peregrinos no
tocaban nunca un arma. Otro de ellos era enorme, un tercio mal alto que los dos
patas de más talla, y sus rasgos le trajeron a la cabeza a los Hermanos de los
Árboles. Éste luchaba con una enorme hacha que descargaba con la contundencia
que le otorgaba su tamaño, pero en su rostro se advertía una expresión de pesar.
El tercero era un dos patas muy fornido, pero lo que le llamó la atención fueron
los ojos, de color dorado como los de los lobos de aquí. Oyó gruñir a Saltador,
que había visto a un dos patas con lanza dirigirse por el costado hacia el de
los ojos dorados.
—Lo van a matar, y
no puedo hacer nada —gimió el lobo.
—Observa —advirtió
Media Luna.
De repente su
cuerpo pareció rielar y un instante después cobraba consistencia y saltaba
contra la espalda del dos patas de la lanza, derribándolo. Una dentellada en la
garganta acabó con él. Justo una fracción de segundo antes de que otro de los
dos patas que llevaban la cara tapada descargara su lanza en el costado de la
loba, la figura plateada de ésta rieló de nuevo, y Media Luna volvió a
encontrarse en el Sueño.
—¿Cómo lo has
hecho? —inquirió, asombrado, Saltador.
—Es cuestión de
mucha práctica y entrenamiento, nada más. ¿Cómo crees que aparecen de repente
vuestros Hermanos de la Sombra? Sigamos. Tu amigo dos patas ha recibido ayuda de
otros compañeros. Creo que, aparte de las heridas recibidas, no le ocurrirá nada
malo.
Ahora era Media
Luna la que avanzaba a la cabeza, con la atención fija en la rala arboleda que
había un poco más adelante. En ese momento se produjo un tremendo estampido
allí, y la loba apretó el paso, temerosa de lo que podía haber ocurrido, pero
sin saber el motivo que la impulsaba a continuar. Dejó de sentir a Saltador a su
lado, pero apartó a un lado aquel pensamiento. Debía llegar a la arboleda.
Cuando se
encontraba cerca de su objetivo, empezaron a aparecer, como salidos del aire,
unos dos patas vestidos de negro que al poco se pusieron a arrojar rayos y
fuego, como hacían algunas de las hembras dos patas. Apretó más aun el paso;
sentía que el tiempo se le acababa, que si no corría iba a llegar tarde… para lo
que quiera que fuese.
Entró en la
arboleda unos segundos antes de que la cubriera una especie de barrera
transparente. Estaba creada con Fuerza, el poder que utilizaban los dos patas
tocados por el don. Media Luna frenó y miró en derredor. A su derecha divisó un
pozo, y cerca de él a una joven dos patas que sostenía rodeando con el brazo a
otro, éste con el pelo rojizo y unos ojos de color gris azulado que le
recordaban la luz de Selene en ciertas noches señaladas; Media Luna percibió una
gran Fuerza en él. Se preguntó si sería El Que Vuelve con el Fin de las Eras, el
que los lobos de aquí llamaban el Exterminador de Oscuro. Se aproximó cautelosa.
El instinto la advertía de un peligro inminente.
Sucedió muy
deprisa, como todo si ocurriera a la vez. La joven dos patas volvió la cabeza y,
a saber cómo, vio a Media Luna. Sus ojos oscuros se quedaron prendidos en los
violeta de la loba; se abrieron estupefactos. Al mismo tiempo, uno de los dos
patas con chaqueta negra sacó disimuladamente una daga y se dirigió hacia El Que
Vuelve con el Fin de las Eras. Media Luna reaccionó de inmediato; ¿por qué
utilizar un arma de metal cuando podía manejar la Fuerza? Aquello apestaba a
traición. La joven de ojos oscuros también lo vio y una expresión de pánico se
reflejó en su rostro. El Que Vuelve con el Fin de las Eras estaba concentrado en
unas mujeres que utilizaban la Fuerza y no se había percatado de nada. La joven
dos patas volvió la vista hacia Media Luna y en las oscuras pupilas se reflejó
una súplica. La loba entendió, porque también ella se había dado cuenta de las
intenciones del dos patas de negro. Sin pensarlo, pasó del Sueño al otro lado y
saltó sobre él.
Afortunadamente lo
pilló por sorpresa. Media Luna sabía que tenía pocas posibilidades contra
cualquiera que dominara la Fuerza, así que en el momento que cayó al suelo
encima él, hizo presa de su cuello, por la nuca, y apretó con todas sus fuerzas,
resistiendo la tentación de soltarlo. Apestaba a maldad, a la esencia del
Devorador de Corazones. Sintió un gran alivio al oír chascar los huesos del
cuello y notar que el enemigo se quedaba fláccido. Se retiró, asqueada y
temblorosa, percibiendo la alarma en su mente de que tenía que regresar al Sueño
de inmediato o podía morir allí sin haber transmitido a los Mayores lo que
ocurría. Tuvo tiempo de mirar una vez más a la joven dos piernas y en sus
oscuros ojos vio agradecimiento. Pasó de nuevo al Sueño. La sensación de peligro
que la había impulsado a ir allí había desaparecido ya. Miró a su alrededor,
buscando a Saltador.
* * * * *
Horas después, los
dos lobos deambulaban por la falda del cerro, abriendo la mente para comunicarse
con los otros lobos. Percibieron la presencia de algunos —muy pocos— que se
alejaban del lugar proyectando una única idea Sangre. Matanza. También
les llegó la voz de otros lobos que no habían acudido a la llamada y que
hablaban con desdén a los que lo habían hecho, por mezclarse en asuntos de los
dos piernas. Media Luna estaba convencida de que aquella actitud era otra de las
consecuencias de la falta de Lobos de la Luz en ese mundo. En el suyo, los lobos
eran conscientes del peligro que representaba la pérdida del equilibrio en las
dos fuerzas opuestas, que todas las criaturas debían luchar para mantenerlo, que
les concernía a todos.
Rodearon
cautelosos la falda de un cerro, evitando a los dos piernas que iban de aquí
para allí, cabizbajos y agotados. El llano estaba cubierto de cadáveres. La
batalla había terminado tras un despliegue de Fuerza inmenso, destructor, por
parte de los dos patas vestidos de negro. Sin poder evitarlo, Media Luna emitió
un aullido lastimero. Tanta muerte. Tanta.
—No percibo la
presencia de los Hermanos de la Sombra, y tampoco veo cadáveres de ellos —dijo
Saltador, casi como si hubiese esperado lo contrario.
—Eso no significa
nada. —Los pensamientos de la loba le llegaron con una firmeza, una resolución,
que Saltador no había percibido hasta ese instante en ella—. Se nota la mano del
Devorador de Corazones en lo ocurrido. Lo huelo. Son muchos sus servidores,
aunque esta vez no haya utilizado a los Lobos de las Sombras.
—Los que se
burlaban de las manadas que habían luchado dijeron que aunque ellos no hubiesen
combatido los dos piernas habrían liberado al Exterminador de la Sombra, pero
deseo creer que la muerte de tantos Hermanos no ha sido en balde.
—Sin duda no lo ha
sido, Saltador. Nosotros no sabemos si alguna de las vidas que han salvado será
imprescindible cuando llegue el momento de la Última Cacería, pero la Urdimbre
se teje conforme el Eterno Círculo gira según su voluntad. No pierdas la
esperanza.
—Te vas —adivinó
Saltador.
—Sí. Tengo una
información vital que he de transmitir. He de regresar para que el Consejo de
Mayores decida cómo afrontar esto. Es demasiado importante para no tomar parte
en ello. Estoy segura de que la decisión será que si aquí hay Lobos de las
Sombras que participarán en la Última Cacería, es justo que también haya Lobos
de la Luz. El equilibrio debe mantenerse.
»No entiendo por
qué no los hay en vuestro mundo, pero entre los que estáis en el Sueño debería
existir una manada así, como ocurre en los Campos, donde nos preparamos los
Hijos de Selene.
—Sería hermoso, sí.
La manada de los Hijos de la Luna. Pero ¿quién nos enseñaría?
—Sólo soy una joven
loba recién incorporada a la hermandad, pero presiento que tras la Última
Cacería, si la Madre quiere, habrá Hijos que se quedarán aquí para guiaros y
ayudaros a recordar lo que fuisteis cuando entrabais en el Sueño. —Media Luna
volvió la vista hacia el oeste, teñido por los últimos matices rojizos del
ocaso—. He de partir sin más demora.
—¿Cómo
evitarás a los Hermanos de la Sombra y a sus compañeros? —preguntó, preocupado
él.
—Buscaré
en el Sueño el Templo de Selene para evitarlos en el paso de la Urdimbre, y
despertar en los Campos. Que la Luz y la Madre velen por ti, Saltador, hasta que
volvamos a vernos.
—Y por ti…
—Saltador no acabó la frase y miró con curiosidad a la loba—. Recordaste quién
eras y la misión que tenías. Sin duda también habrás recordado tu nombre, pero
no me lo has dicho.
—Me llamo Selen’drelle
—respondió ella, fruncido el hocico en lo que parecía una sonrisa—. Adiós,
hermano Saltador.
—Hasta pronto,
hermana Selen’drelle…
La figura de la loba rieló en el aire y se desvaneció como la
niebla bajo la cálida caricia del sol. Saltador lanzó un aullido largo y
prolongado que rebosaba esperanza. En la Última Cacería, los lobos no se
encontrarían solos.
Quiero dar las gracias a
Loial, que acabó de aclararme algunas ideas para este relato con el cuento que
narró un día en #Manetheren.
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda© 2002
Volver a la página de Relatos