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RELATOS DE LA RUEDA DEL TIEMPO

"El Martillo"

por Paitar

             Saludos amigos/as. Bienvenidos al inicio de otro nuevo relato que constará de varias entregas. Espero que la disfrutéis. Bienvenidos a la Conquista de Seanchan.

 

           Cinco años. Cinco largos años habían transcurrido desde su llegada a aquellas nuevas tierras, desde que abandonara la tierra de su padre.

         Cinco años de batallas sin tregua, de esfuerzo y de dolor.

         Luthair se recostó sobre el mullido y alto respaldo de su butaca, cerró los párpados y se permitió un descanso, un momentáneo respiro en el que dejó vagar su mente por antiguos recuerdos.

         Allí estaba su padre, un hombre de alta estatura, de anchos hombros y fuerte complexión, a su lado cuando era aún un niño. Rememoró sus ojos, de un azul acerado observándole rebosantes de orgullo mientras él montaba por primera vez un caballo, el regalo que le había hecho su madre por su cumpleaños.

         Su madre. La tristeza inundó su corazón al pensar en su madre, Tamika Paendrag Mondwin, muerta hacía ya diez años. ¿Y que tal estaría su padre? Artur Hawkwing, el Rey Supremo era ya un hombre anciano cuando su hijo se embarcó al mando de aquella misión. ¿Seguiría todavía vivo, aguardando noticias suyas?

         No por primera vez Luthair pensó a enviar uno de sus barcos más veloces, con materiales y productos de aquella nueva tierra llamada Seanchan, y también varias cartas en la que contar a su padre todo aquello que había visto y vivido en aquellos cinco años.

         Pero no podía. Prescindir de un barco sería prescindir de un número de sus soldados, que aunque fuese al mínimo, continuaba siéndole necesario. Para gran dolor de su corazón, las noticias de su empresa no llegarían a su tierra natal antes de la muerte de su amado padre y señor.

         Un ligera corriente de aire entró en la habitación y tan repentinamente como había surgido se desvaneció. Escuchó el suave roce de unas botas al caminar sobre el suelo alfombrado de la amplia tienda.

         —Puedes dejar mi cena encima del arcón, Tyrian.  Tienes el resto de la tarde y la noche libre. –Tyrian era un muchacho nativo de Seanchan, de unos doce años. Luthair lo había encontrado en un pueblo arrasado, el único superviviente de una horrible masacre. El muchacho resultaba siempre un recordatorio del caos que reinaba en aquella nueva tierra. Un recordatorio muy útil, pues allí uno debía estar constantemente alerta, dispuesto a defender su vida.

         Los pasos se detuvieron. Luthair se extrañó al no oírle decir nada, pero cuando un intenso olor a perfume de lavanda inundó su nariz, sus ojos se abrieron de golpe. Su mano diestra ya buscaba un arma cuando se levantó de un salto y giró sobre sus talones.

         —¿Quién sois? –inquirió ceñudo, mientras observaba a la mujer ataviada con un vestido azul y capa negra que se erguía ante la puerta de la tienda. La mujer ladeo la cabeza y sus largos y sueltos cabellos le cayeron por encima del hombro derecho.

         —Mi nombre es Deain. –la voz de la mujer era suave. Pero algo en su tono hizo que Luthair se mantuviera en guardia. La mujer parecía demasiado tranquila y segura, contando con que tenía en frente a un hombre de fuerte complexión armado con una espada de hoja ancha.— Y estoy aquí para ayudaros, príncipe extranjero. Para hacer un trato… si es que así lo queréis.

         —¿Qué clase de trato me ofrecéis? –preguntó Luthair tras un momento de silencio. No relajó su guardia, sin embargo.

         Aun con la poca iluminación que reinaba en el interior de la tienda, fue visible la sonrisa que apareció en el suave y bonito rostro de la mujer. Unas mejillas demasiado tersas. Demasiado… ¡Luz! El estómago se le revolvió y sintió una punzada de temor al darse cuenta de que aquella mujer era una Aes Sedai.

         En su tierra natal, había crecido educado en que aquellas mujeres, esgrimidoras del Poder Único, no eran de fiar y si muy peligrosas. Su padre, Artur Hawking, había sentido un profundo desagrado por las mujeres de Tar Valon, un desagrado que transmitió a su hijo. Sin embargo, desde su llegada a Seanchan, el desagrado de Luthair por las Aes Sedai se había vuelto en algo más profundo, una aversión todavía más profunda que un simple desagrado o antipatía.

         Seanchan estaba dividida por una multitud de pequeños reinos, gobernados por Aes Sedai, cuyas fronteras nunca estaban definidas, donde los asesinatos, las masacres y los robos eran el pan de cada día. Y de todo aquello eran culpables las Aes Sedai.

         —Fuera de mi tienda. –siseó, olvidado ya el trato que le había ofrecido ella. Dio un paso hacia delante.— Las de vuestras clase no son bienvenidas, bruja. Márchate antes de que lamente mi decisión, o morirás.

         Luthair sabía que su expresión debía ser tormentosa, pero la Aes Sedai no se movió. Su rostro permaneció inmutable, sereno como un estanque de aguas tranquilas. Con aquella sonrisa enigmática bailando en sus, ligeramente llenos, labios.

         —¿Y si os ofreciera la posibilidad de conquistar Seanchan más rápidamente? ¿Seguiríais entonces deseando que desapareciera?  

         ¿Una manera de conquistar aquella tierra de locura? “No le prestes oídos”, dijo una voz en su interior, con tono apremiante. “Es una Aes Sedai, y las Aes Sedai nunca son de fiar.” Y aún así…

         —Hablad, Deain. Os escucho… de momento.— manifestó bajando el brazo de la espada. La mujer asintió y caminó hasta una de las sillas que había rodeando la mesa, donde se acomodó. Luthair apretó las mandíbulas para no espetarle por su desfachatez. Él también tomó asiento y colocó la espada sobre sus muslos, pues recelaba todavía. Ninguna Aes Sedai era de fiar.      

PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.

Los Espejos de la Rueda© 2002

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