- ¡Allí está! ¡Que no escape!
- gritó el sicario, tenuemente iluminado por la luz de la Luna.
El cielo estaba despejado de nubes. El viento, frío y tan cortante como una
cuchilla helada, se colaba por las rendijas de la escasa ropa de Joadam
penetrando hasta sus huesos y transportando sonidos inquietantes. Podía
percibir claramente en el silencio de la noche el repiqueteo de espadas contra
petos y los resuellos de los esbirros que lo perseguían. El corazón saltaba
desbocado en su pecho amenazando con estallar. Demasiado tiempo huyendo.
Demasiado.
Varias voces distantes respondieron - ¡Nosotros iremos por el otro lado!
Las calles de Aridhol estaban
completamente desiertas. A estas horas no encontraría ayuda. Transcurría el año 995
después del Desmembramiento. Habían pasado casi mil años desde que las Aes
Sedai destruyeron el Mundo. Aridhol, la gloriosa capital de la nación del mismo
nombre, era probablemente una de las mayores ciudades del mundo, con más de
tres millones de habitantes y una sólida economía a escala mundial. Su
construcción, al menos la mayor parte, había sido encargada a los albañiles
Ogier más de seiscientos años atrás. Las calles estaban empedradas
meticulosamente y desembocaban en amplias plazas, todas ellas con monumentos o
fuentes de gran belleza, que ayudaban a transmitir una imagen de prosperidad.
Una prosperidad que no era tal.
En los últimos tiempos las cosas
no iban como debieran. Todos se miraban con la desconfianza plasmada en el
rostro. Lanzaban miradas de reojo, escudriñando todas las esquinas, como si
temieran que una sombra se abalanzara sobre ellos para consumir su alma. El
temor a los seguidores del Oscuro, los llamados Amigos Siniestros, alcanzaba
cotas hasta hacía poco tiempo impensables. Se decía que realizaban terribles
ritos a las afueras de la urbe. Que sacrificaban vidas humanas a seres de
pesadilla a cambio de obtener vida eterna. Corrían rumores sobre siniestros
entes que se desvanecían en las sombras, que recorrían de noche las calles de
la ciudad buscando nuevas víctimas. Nadie quería hablar sobre este tema en voz
alta.
Muchos decían que todo se debía
a las noticias llegadas desde Jaramide y Aramaelle, las tierras fronterizas.
Rumores que hablaban de tenebrosos seres que, amparándose en la noche, atacaban
granjas y pueblos pequeños arrasando todo a su paso para luego desaparecer
misteriosamente. Nadie se atrevía a pronunciar el nombre que estaba en las
mentes de todos: trollocs, los ejércitos del Pastor de la Noche.
La gente se preguntaba qué
medidas estaba tomando el Rey al respecto. Pero su Majestad no se preocupaba en
exceso de las habladurías que circulaban por el pueblo. Las Puertas de la Luz,
que franqueaban el acceso a través de las murallas, permanecían abiertas todo
el día y toda la noche. La Gloriosa Ciudad de Aridhol tenía una reputación
que mantener. Una reputación de seguridad y, sobre todo, de cobijar a los
viajeros. Tal y como rezaban las inscripciones de las puertas de la muralla:
" Bienvenido peregrino a la seguridad de la Gloriosa Ciudad de
Aridhol, bendecida por Luz". Los consejeros del Rey opinaban que era una
imprudencia, en los extraños tiempos que corrían. Las murallas debían
cerrarse. Pero claro, ¿quién iba a contrariar al Monarca?
Por este motivo, la guardia de la
ciudad se encontraba desbordada. No disponían de suficientes efectivos para
patrullar toda la ciudad. Esta era la principal razón por la que todos se
encerraban en sus casas al anochecer. Todos excepto los que consideraban todo
aquello como historias infantiles, y
bravuconeaban mientras se dirigían a su taberna favorita. - ¡Bah! ¡Cuentos de
norteños para asustar a los crédulos!- Todo el mundo vivía pendiente de un
hilo.
Mientras trataba de poner
distancia entre sus perseguidores, Joadam cerró los dedos en torno a la espada
que pendía de su lado izquierdo en un acto reflejo, como para comprobar si
continuaba donde debía. Haberla utilizado contra aquellos que lo acosaban habría
sido un grave error, lo superaban diez a uno. Sin embargo... - ¡No! ¡Se
prometió a sí mismo no volver a hacer nada parecido! - No puedo usarlo, no
debo usarlo... - masculló mientras corría aturdidamente por las laberínticas
calles. Tenía que ocultarse, los nervios sumados a la poca comida ingerida en
los últimos días estaban pasando factura.
No podía seguir corriendo. Parecía
que sus pulmones fueran a reventar y sus piernas apenas podían sostener la
endiablada carrera. - ¡Gracias a la Luz! - Pensó. Pocos metros más
adelante, recortándose entre dos edificios como una puerta a la salvación, se
distinguía un callejón vagamente alumbrado por la mortecina luz de la Luna. Se
ocultó como pudo en un amplio portal de lo que probablemente era la puerta
trasera de la casa de algún mercader. Permaneció quieto, agazapado como
una rata y rezando al Creador para que permitiera que se zafara de aquélla
pesadilla. Los sonidos de persecución pasaron de largo y lentamente se
desvanecieron en las silenciosas calles de la zona vieja, casi como un mal sueño.
Casi.
Joadam de la casa
Meresin, hijo
de Jared, Cabeza Insigne de la casa Meresin. Al menos lo había sido hasta hace
dos noches.
- ¡Maldita sea la Luz por
siempre por no permitirme compartir su destino!- Exclamó - Y malditos mis
perseguidores, ¡así se los lleve la Sombra! ¿Por qué no me dejan en Paz?- La
respuesta era muy clara pero sencillamente no podía, no quería admitirla. Lo
buscaban a él...
***
Aquella fatídica noche volvía
a caballo de una velada en la ciudad en una de las tabernas de plebeyos que
tanto gustaba frecuentar. Había sido una divertida fiesta, tal vez había
bebido en exceso, pero no importaba demasiado. Era una cálida noche de
primavera y se podía percibir el olor de los árboles en flor de la campiña. A
sus veinte años y a pesar del oscuro secreto que guardaba, la vida le sonreía,
las mujeres le sonreían. No era muy alto, pero sus cabellos de color rubio
oscuro y sus rasgos nobles le conferían un atractivo que gustaba mucho a las
chicas. A pesar de estar prometido con Aliera de la Casa Nasare, no le importaba
tontear con algunas de las muchachas que trabajaban en las tabernas. - ¿Qué
había de malo en divertirse un poco? - pensaba alegremente.
Inhaló un poco más del
perfumado aire primaveral sonriendo y absorto en sus cavilaciones. A medida que
se aproximaba a la casa de su familia, pudo advertir un resplandor que iluminaba
el cielo nocturno con tonalidades rojizas, a la par que una columna de humo
negro se elevaba sinuosamente hacia el cielo desde algún punto indeterminado
cercano a las tierras de su familia. Un mal presentimiento se apoderó él.
Taconeó los flancos de su caballo, Manshima y lo puso a galope.
Al aproximarse al lugar donde
hubiera debido estar la casa, sólo halló un motón de ruinas humeantes con
algunos focos aún ardiendo entre los calcinados restos. Se bajó de un salto de
la montura y corrió hacia la casa llamando a gritos a su familia.
Entonces los vio. En su estupor, no había acertado a distinguir en la
oscuridad, vagamente iluminada por los restos de llamas y la luz de la luna,
varios bultos tendidos en el suelo, colocados en fila en medio del camino. Corrió
hacia ellos para presenciar lo que su corazón ya sabía pero su mente se negaba
a aceptar.
- ¡No!
- exclamó. Toda su familia había sido degollada cruelmente. Sus rostros
cenicientos, paralizados en una mueca de terror y los ojos abiertos pero
velados por la muerte. Derrotado por la pena cayó de rodillas a su lado. No podía
quitarse de la cabeza las risas de sus hermanas menores. Esas dulces risas que
ya nunca más sonarían en sus oídos.
Un
repentino siseo, surgido del mismísimo fondo de la tumba, le provocó un
escalofrío. Se volvió escudriñando la zona para buscar el origen de aquel
sonido siniestro.
-
Alguien importante desea verte, humano - Explicó la voz - El Gran Señor
de la Oscuridad ha oído hablar de ti y de tus... florecientes habilidades.
Aquella
voz, si es que se podía denominar así a aquel sonido ultraterreno, provenía
de un hombre encapuchado que se encontraba a unos pasos, semioculto entre las
sombras que proyectaban los árboles. Desde su posición no conseguía
distinguir su rostro, pero sus palabras bastaron. Una floreciente rabia, que subía
desde la boca del estómago como un ácido corrosivo, le proporcionó las energías
que necesitaba. Cegado por las lágrimas, se incorporó de un salto
encarándose con su oponente y desenvainó su espada. - ¡Malditos asesinos,
pagaréis con vuestra miserable vida! - bramó.
-
Estúpido humano, nunca podrías equipararte conmigo en combate - se burló el
hombre. - Tira tu arma y ríndete. El Gran Señor quiere proponerte un trato. El
hombre encapuchado levantó ligeramente la cabeza para que la tenue luz de la
Luna, reforzada con los restos del incendio, iluminara su pálido rostro. En ese
momento el miedo atenazó el estómago de Joadam como si lo estuvieran
retorciendo con un hierro candente. En el lugar donde debería haber habido un
par de ojos sólo había piel lisa. Los finos labios de la criatura se entreabrían
esbozando una mueca cruel y maligna. -¡Un Myrdraal! - Consiguió
articular.
El miedo paralizaba todos sus
miembros como una gruesa capa de escarcha. La piel le hormigueaba. Experimentó
un fuerte mareo acompañado de una terrible fiebre que corroía las entrañas,
igual que las otras veces, igual que ahora... Tenía que soltarlo, que echarlo
fuera, tenía que... El Myrdraal desenvainó su arma seguramente presintiendo lo
que se avecinaba. No fue lo bastante rápido. Se consumió en una brillante
llamarada con un grito de dolor, de rabia infinita. Los hombres que hasta
entonces habían estado ocultos en las sombras colindantes, esperando que el
Myrdraal redujera al joven noble, huyeron aterrorizados. Nadie podía hacer
frente a eso.
Una vez más la maldición a que estaba sometido desde su nacimiento se hacía
notar. Una maldición que acababa de salvarle la vida. Era un hombre que
podía encauzar el Poder Único. Un hombre condenado a enloquecer y morir
de una terrible enfermedad. Un cuento para asustar a los niños hecho realidad.
Su familia había guardado el secreto pero las habladurías eran inevitables.
Habían pagado por ello. Primero
había llevado la vergüenza a la Casa Meresin. Ahora había atraído la
desgracia sobre todos sus seres queridos y sobre sí mismo. Alguien lo buscaba.
Alguien cuya identidad estaba clara, lo bastante al menos para que no quisiera
saber más sobre ello. Debía irse cuanto antes. Eso es lo que hubiera querido
su familia. Dirigió una última mirada a los cadáveres, a modo de despedida.
Ya nada podía hacer por ellos. Debía irse, sus enemigos podrían volver con
refuerzos. Se volvió, embargado por la pena y por el sentimiento de culpa,
hacia el lugar donde había dejado a su montura.
- Si no me hubiera ido esta
noche... - se reprochó - ¡Si no hubiera nacido, esto no habría pasado! ¿Por
qué yo?¿Por qué? - Exclamaba mientras se internaba en la noche a lomos de Manshima.”.
***
¡Debéis encontrarlo! - bramó
una voz - ¡No puedo entender cómo un muchacho imberbe ha podido escapar! Quien
así hablaba se encontraba envuelto en sombras. Pero no eran sombras normales,
pues se movían con vida propia y culebreaban en torno al ser que furibundo
gritaba a sus siervos.
Estos,
varios hombres y mujeres, todos embozados en negras capas y arrodillados, no se
atrevían siquiera a responder por miedo a suscitar la ira de su amo. Se
encontraban en una espaciosa sala, pobremente iluminada, que emulaba a las
conocidas salas de audiencia de los castillos. La única diferencia con estas
era que no había ventanas.
- ¡Lo quiero vivo!.
¡Erandar!
- llamó la voz. - ¡Tráemelo! ¡Vivo! - ordenó. ¡Sirvo y obedezco, Gran Señor!
- respondió una voz. ¡Ya conocéis el precio del fracaso! ¡Pero por lo visto
necesitáis un recordatorio! Inmediatamente a continuación de sus palabras, la
sala de llenó de gritos desgarradores. Todos los arrodillados se retorcían por
el suelo en una agonía indescriptible. Tras lo que pareció una eternidad, el
proceso, tal como había comenzado, terminó. Los terribles gritos de dolor
fueron sustituidos por leves gemidos y sollozos. Todos los hombres y mujeres yacían
en el suelo aún presa de convulsiones y con las caras perladas de sudor.
- Pi... Piedad, G... Gran Señor, daremos con el muchacho - habló Erandar
con un hilillo de voz. Cuando levantó la vista no había nadie en el otro extremo
de la sala.
***
Joadam despertó sobresaltado y comprobó
que se había quedado dormido en el maldito callejón. El agotamiento le había
vencido y no era de extrañar. Dos días. Dos largos días de persecución,
escapando por casualidad y sin encontrar dónde ocultarse. Sin montura, pues
durante su huida, Manshima, su caballo, había tropezado rompiéndose una
pata y tuvo que sacrificarlo.
Fueron
días de correr por el bosque intentando alcanzar la ciudad por rutas poco
frecuentadas, sin comer apenas y ocultándose, ya que sus perseguidores podían
aparecer en cualquier momento. No podía fiarse de nadie, de nadie. Tenía que
llegar a palacio. Por mucho que le desagradara la idea, tenía que hablar con la
consejera del Rey. Tenía que encontrar a Asheana Sedai, ella sabría qué
hacer. Sí, ella lo sabría.
Aún era noche cerrada y no
podía presentarse a las puertas del castillo, así, sin más. Tenía que buscar
una posada, a esta hora todavía habría alguna abierta donde pudiera descansar
y esconderse. Salió lentamente del callejón, mirando a un lado y a otro,
intentando que sus botas de montar no hicieran demasiado ruido contra el
pavimento de la calle.
-¡Ya sabía yo que si me escondía por aquí tarde o
temprano aparecerías muchacho! - tronó una voz a la vez que un hombre salía
de la protección de un portal cercano. - Deberías agradecer la oportunidad que
se te ofrece- continuó. - De todas maneras, Ba'alzemon, el Gran Señor del
Oscuridad quiere verte, y vendrás lo quieras o no.
- ¡Nunca! - respondió Joadam
a la par que desenvainaba su espada. -¿Lo oyes? ¡Nunca! ¡Ya os lo he dicho! -
el timbre de locura en su voz era patente e hizo dudar momentáneamente al
sicario.
- Esta bien, chico, tú lo has
querido - respondió mientras desenvainaba su arma, una enorme espada que al
parecer llevaba colgada a la espalda. - Si no es por las buenas, será por las
malas.
El entrechocar de las espadas
resonaba en los oídos de Joadam como un canto fúnebre. En sus condiciones
no podía competir con ese tipo, que además era buen espadachín. Sólo había
dos salidas, o iba a parar a manos de Ba'alzemon o bien...
El proceso comenzó una vez más...
La extraña sensación de frío y calor en su cuerpo. Sus huesos helados, como
si estuvieran a punto de quebrarse. En su mente una voz - ¡no lo hagas, no lo
hagas! Después de tanto tiempo, ya era capaz de distinguir cuando encauzaba el
Poder Único. Pudo sentir como entraba a raudales como una catarata de luz y
calor que fluía hacia él... No era capaz de concentrarse plenamente en la
lucha, por lo que su adversario le propinó un mandoble en un brazo que apunto
estuvo de sesgarlo. La sangre manó a borbotones y manchó el empedrado suelo.
Pero la luz lo era todo, no había dolor, sólo calor, calor, calor...
El Amigo Siniestro estalló en
llamas tan violentas que Joadam, desde la insensibilidad que le proporcionaba el
Poder sintió como se chamuscaba su pelo y parte de la cara. El calor y la luz
siguieron penetrando en su cuerpo con terrible furia, no podía parar, no quería...
Absorto en la gloria del Poder, no se percató de que un nuevo adversario,
seguido de un nutrido grupo de hombres armados, avanzaba hacia él.
- Impresionante,
realmente impresionante - alabó el desconocido. Una negra melena enmarcaba los angulosos
rasgos de su cara. Sus ojos, de un inquietante color azul claro, transmitían
autoridad, poder y tal vez algo más. Era alto, muy alto, pero a su vez
extremadamente delgado, lo que le daba un extraño aspecto. Vestía una chaqueta
de terciopelo de azul oscuro y una capa del mismo color.
- Soy Erandar, ya sabes quién
me envía - continuó. - Ya que esos inútiles no han logrado apresarte
vengo a proponerte un trato. Inca la rodilla, sirve al Gran Señor de la
Oscuridad y te salvarás. Es más, el Poder que ahora esgrimes es una ínfima
parte de tu potencial que, una vez desarrollado, sería de gran utilidad para la
guerra que se avecina. - explicó extasiado. - Además, serás salvado de la
locura que el uso del Saidin conlleva, pues la pátina del Gran Señor está
impronta en él. ¡Únete a nosotros, sólo los Señores del Espanto estamos por
debajo de Ba'alzemon! Ni siquiera esas brujas de Tar Valon, con sus
insignificantes poderes pueden hacernos frente. ¡Cuando la guerra termine,
dominaremos el mundo!
- ¡Nunca!
¿Me oyes? - gritó Joadam al borde de la desesperación. - ¡Estoy harto de
repetirlo! ¡Estoy harto de huir! ¡No huiré más! -espetó a su oponente. El
Poder se llevaba su vida y lo consumía por dentro. Ya nada importaba.
- Sea,
pues. - replicó tranquilamente Erandar. - Entonces, te destruiré...
Una bola de fuego surgió de sus manos a la vez que hablaba.
El
proyectil se desvió antes de tocar a Joadam y chocó contra una pared cercana
provocando un tremendo estallido. En ese mismo momento el suelo comenzó a
temblar con violencia y algunos edificios cercanos comenzaron a resquebrajarse.
El Poder entraba con tal ímpetu en Joadam que su cuerpo comenzó a emitir un
brillante fulgor, arrastrando los últimos vestigios de cordura. Su cabeza se
inclinó hacia atrás a la vez que unas roncas carcajadas surgían de su boca.
Los brazos extendidos hacia el cielo mientras sus manos se contraían
convulsivamente como arañando el aire. Erandar no podía dar crédito a lo que
veía. ¿Cómo era posible? ¿Cómo había sido tan estúpido para subestimar a
aquél... ? Ese fue su último pensamiento. Una docena de relámpagos cayeron
salvajemente sobre su cuerpo y los de sus esbirros provocando una lluvia de
piedras, polvo y grava.
Cuando se asentaron los restos,
en el lugar que ocupaban Erandar y los Amigos Siniestros, sólo quedaba un
profundo cráter y algunos despojos humeantes. El Saidin abandonó a Joadam, que
se desplomó en el suelo. La falta de sangre ocasionada por sus heridas,
sumada a los efectos de la descomunal cantidad de Poder Único encauzado,
hacían rápidamente su trabajo. Los atroces dolores que sufría
amenazaban con privarle de la conciencia, lo que en su estado, sería una
bendición.
Sonidos de una multitud de pasos
consiguieron llegar hasta Joadam a través de las brumas que lo arropaban. - La
guardia de la ciudad - pensó. - Luz... Mi familia... He vengado a la Casa
Meresin - logró articular entre violentas toses y esputos sanguinolentos.
Alguien se inclinó hacia él - Tranquilo, muchacho, te vas a poner bien- dijo
una voz. - Mentís muy mal, señor - respondió Joadam. - Padre, Madre, Selana,
Idrien, ya voy... La oscuridad lo envolvió como un suave manto, alejándole de
las penurias del mundo...
AGRADECIMIENTOS:
A Silvara y a Ninemoons por su inestimable ayuda en la perpetración de este
relato.
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PERMISO EXPRESO DEL AUTOR.
Los Espejos de la Rueda© 2002
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