|
Enlace del Momento
|
Batallitas: En esta pagina puedes descargarte, previo registro, algunos documentos de excel a modo de juegos, en los que se van dando pistas de canciones, películas y otros muchos temas. Para muy fanáticos del cine y música.
¿Conoces una página web interesante? Añádela a nuestra sección de enlaces.
|
|
|  |
Cedido por Timun Mas en exclusiva a
www.espejosdelarueda.org
"No se permite la
reproducción total o parcial de este fragmento, ni del registro en un sistema
informático, ni la transmisión bajo cualquier forma o a través de cualquier
medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación o por otros
métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright."
Nieve
Prólogo del libro "El Corazón de Invierno"
Tres linternas irradiaban una luz titilante, más que suficiente para alumbrar el
pequeño y austero cuarto con las paredes y el techo pintados en blanco, si bien
Seaine mantenía la mirada prendida en la pesada puerta de madera. Sabía que era
ilógico, un comportamiento estúpido en una Asentada del Ajah Blanco. El tejido
de Saidar que había extendido alrededor del marco de la puerta le llevaba de vez
en cuando el distante rumor de pisadas en el laberinto de corredores de allá
arriba, un rumor que se apagaba casi en el mismo instante de oírse. Era un
tejido sencillo que le había enseñado una amiga en sus lejanos días como
novicia, pero que le advertiría de la presencia de alguien mucho antes de que se
acercara allí. De todos modos, eran contadas las personas que bajaban a tanta
profundidad, al segundo sótano.
Su tejido captó lejanos chirridos de ratas. ¡Luz! ¿Cuánto hacía que había ratas
en Tar Valon, en la propia Torre? ¿Serían algunas de ellas espías del Oscuro? Se
lamió los labios con nerviosismo. En eso la lógica no contaba para nada. Cierto.
Aunque ilógico. Le entraron ganas de echarse a reír. Merced a un gran esfuerzo
consiguió controlarse para no caer en la histeria. Tenía que pensar en otra cosa
que no fuesen ratas. Algo distinto… Un chillido amortiguado sonó en el cuarto, a
su espalda, y se convirtió en un llanto apagado. Intentó hacer oídos sordos.
¡Concentración!
En cierto modo, lo que había llevado a sus compañeras y a ella hasta ese cuarto
era que las cabezas de los Ajahs parecían estar reuniéndose en secreto. Ella
misma había atisbado a Ferane Neheran hablando en voz baja con Jesse Bilal en un
rincón apartado de la biblioteca, y, si bien Jesse no dirigía a las Marrones, sí
ocupaba un puesto muy relevante en su Ajah. Creía que pisaba terreno más firme
respecto a Suana Dragand, de las Amarillas. Eso creía. Pero ¿por qué Ferane
había ido a pasear con Suana por una zona retirada del recinto de la Torre,
ambas envueltas en capas corrientes? Las Asentadas de diferentes Ajahs aún
hablaban abiertamente unas con otras, aunque con frialdad. Las demás habían
visto cosas por el estilo; no mencionaban nombres de sus propios Ajahs,
naturalmente, pero dos habían mencionado a Ferane. Todo aquello era un enigma
perturbador. Actualmente la Torre era un pantano en ebullición; cada Ajah se
llevaba como el perro y el gato con todos los demás y, sin embargo, las cabezas
de éstos se reunían en los rincones. Nadie que no perteneciese a un Ajah sabía
con certeza quién era la que lo dirigía, pero por lo visto ellas sí se conocían
entre sí. ¿Qué se traerían entre manos? ¿Qué? Por desgracia no podía
preguntárselo a Ferane así, sin más; aun en el caso de que Ferane fuese
tolerante con las preguntas de cualquiera, no se habría atrevido. Ahora no.
Por muy concentrada que estuviera, Seaine no podía apartar de su mente aquella
pregunta. Sabía que, si tenía la mirada fija en la puerta y le daba vueltas y
vueltas a incógnitas que no podía resolver, era sólo para no mirar a su espalda.
A la fuente de aquellos sollozos ahogados y gemidos amortiguados.
Como si pensar en esos sonidos la obligase a hacerlo, miró lentamente hacia
atrás, a sus compañeras, y a medida que giraba la cabeza centímetro a
centímetro, su respiración se tornó más irregular. Estaba nevando copiosamente
sobre Tar Valon, pero la atmósfera del cuarto parecía inexplicablemente
calurosa. Se obligó a mirar, a ver.
Con el chal de flecos marrones echado sobre los antebrazos, Saerin se encontraba
de pie, los pies bien plantados y toqueteando la empuñadura de la daga
altaranesa que llevaba metida en el cinturón. Una fría cólera le ensombrecía la
tez olivácea, hasta el punto de que la
cicatriz de su mandíbula resaltaba como una línea pálida. A primera vista,
Pevara parecía más tranquila, pero asía prietamente la falda de bordados rojos
con una mano mientras que en la otra sostenía la lisa y blanca Vara Juratoria
como si fuese un garrote que estuviera dispuesta a utilizar como tal. Quizá lo
estaba realmente; Pevara era mucho más dura de lo que sugería su complexión
regordeta y lo bastante resuelta para que Saerin pareciese apocada en
comparación.
Al otro lado de la Silla del Arrepentimiento, la diminuta Yukiri se ceñía
fuertemente con los brazos; los largos flecos gris plateados de su chal se
sacudían, denotando los temblores de su cuerpo. Yukiri echaba miradas
preocupadas a la mujer que estaba de pie a su lado, Doesine. Ésta, que más
parecía un chico guapo que una hermana Amarilla de considerable renombre, no
mostraba reacción alguna por lo que hacían. De hecho era la que manejaba los
tejidos que se extendían hacia la Silla, y miraba fijamente el ter’angreal,
concentrada en su trabajo con tal intensidad que el sudor le perlaba la frente.
Todas ellas eran Asentadas, incluida la mujer alta que se retorcía en la Silla.
Talene estaba empapada de sudor, con el dorado cabello apelmazado y la ropa
interior tan húmeda que se le pegaba al cuerpo. Sus otras ropas se amontonaban
en un rincón. Sus párpados cerrados aleteaban y la mujer emitía una incesante
sucesión de gemidos, lloriqueos y súplicas masculladas. Seaine sintió revuelto
el estómago, pero fue incapaz de apartar los ojos de ella. Talene era una amiga.
Había sido una amiga.
A despecho de su nombre, el ter’angreal no se parecía en absoluto a una silla;
era simplemente un bloque rectangular que semejaba mármol gris. Nadie sabía de
qué estaba hecho, pero el material era duro como el acero excepto la inclinada
parte superior. La escultural Verde se hundía un poco en esa superficie que, de
algún modo, se amoldaba a su cuerpo por mucho que se retorciese. El tejido de
Doesine entraba por la
única irregularidad de la Silla, un hueco rectangular del tamaño de la palma de
una mano, en un lateral, con diminutas muescas repartidas de manera irregular a
su alrededor. A los delincuentes atrapados en Tar Valon se los conducía allí
abajo para someterlos a la Silla del Arrepentimiento y hacerles experimentar las
consecuencias de sus actos, cuidadosamente seleccionadas. Cuando se los
liberaba, abandonaban invariablemente la isla. En Tar Valon se cometían pocos
delitos. Conteniendo la náusea, Seaine se preguntó si el uso que le daban a la
Silla guardaría alguna relación con el que tenía en la Era de Leyenda.
–¿Qué está… viendo? –La pregunta le salió en un susurro a despecho de sí misma.
Ver no sería lo único que Talene estaría experimentando; para ella, todo
parecería real. Gracias a la Luz que no tenía Guardián, algo inusitado en una
Verde. Había argumentado que una Asentada no lo necesitaba, pero ahora eran
otras las razones que justificaban su proceder.
–La están flagelando a modo unos jodidos trollocs –respondió Doesine con voz
ronca. Un cierto dejo cairhienino había aparecido en su acento, cosa que rara
vez ocurría salvo si se encontraba en tensión–. Cuando haya acabado… verá la
olla de los trollocs con agua hirviendo sobre la lumbre, y a un Myrddraal
observándola fijamente. Sabrá que lo siguiente que le pasará será lo uno o lo
otro. Maldición, si ahora no se desmorona… –Doesine se limpió el sudor de la
frente con gesto irritado e inhaló entrecortadamente–. Y deja de distraerme. Ha
pasado mucho tiempo desde la última vez que hice esto.
–Ya es la tercera intentona –rezongó Yukiri–. ¡Hasta el soldado más duro se
viene abajo al cabo de dos, aunque sólo sea por la propia culpa! ¿Y si es
inocente? ¡Luz, es como robar ovejas a la vista del pastor! –Aunque temblorosa,
se las arreglaba para tener un aire regio, si bien siempre hablaba como lo que
había sido: una pueblerina. Dirigió una mirada iracunda a las demás, un tanto
malograda por la sensación de
náusea que se reflejaba en su semblante–. La ley prohíbe utilizar la Silla con
iniciadas. ¡Nos destituirán a todas como Asentadas! Y, si expulsarnos de la
Antecámara no es suficiente, probablemente nos exilien. ¡Y antes nos flagelarán
con la vara, para mayor escarmiento! ¡Maldita sea, si nos hemos equivocado, nos
podrían neutralizar a todas!
Seaine se estremeció. De eso último escaparían si sus sospechas resultaban ser
ciertas. No; sospechas no. Certezas. ¡Tenían que estar en lo cierto! Pero, aun
así, Yukiri tenía razón en lo demás. La ley de la Torre rara vez tenía en cuenta
situaciones de necesidad o cualquier supuesto fin con más altas miras. Sin
embargo, si lo que creían era verdad, merecería la pena pagar el precio. ¡Oh,
por favor, quisiera la Luz que estuvieran en lo cierto!
–¿Estás ciega o sorda? –espetó Pevara mientras sacudía la Vara Juratoria ante
Yukiri–. Rehusó prestar de nuevo el Juramento de no decir una palabra que no
fuese verdad, y no puede achacarse simplemente al estúpido orgullo del Ajah
Verde una vez que todas lo habíamos hecho ya. ¡Cuando la escudé, intentó
acuchillarme! ¿Acaso eso clama su inocencia? ¿Lo hace? ¡Que ella supiera,
intentábamos simplemente hablar hasta que se nos secara la lengua! ¿Qué razones
tenía para esperar que hubiese algo más?
–Gracias a ambas por exponer lo que es obvio –intervino Saerin en tono seco–.
Demasiado tarde ya para dar marcha atrás, Yukiri, así que mejor será que sigamos
adelante con ello. Y yo que tú, Pevara, no le gritaría a una de las cuatro
mujeres en toda la Torre en las que sé que puedo confiar.
Yukiri enrojeció y se ajustó el chal, mientras que Pevara parecía un tanto
corrida. Un tanto. Todas eran Asentadas, pero no cabía duda de que Saerin había
tomado el mando, y Seaine no estaba segura de lo que pensaba al respecto. Unas
cuantas horas antes, Pevara y ella habían sido dos viejas amigas embarcadas en
una peligrosa búsqueda, dos iguales que
tomaban decisiones juntas; ahora tenían aliadas. Debería sentirse agradecida de
contar con más compañeras. Sin embargo, no estaban en la Antecámara y en ese
asunto no podían acogerse a sus derechos como Asentadas. Ahora lo que contaba
era el orden jerárquico de la Torre, con todas las distinciones sutiles –y no
tan sutiles– de quién estaba dónde respecto a quién. A decir verdad, Saerin
había sido novicia y Aceptada el doble de tiempo que casi todas ellas, pero
cuarenta años como Asentada, mucho más de lo que nadie había ocupado ese cargo,
tenía mucho peso. Seaine tendría suerte si Saerin le pedía opinión, cuanto menos
consejo, antes de tomar una decisión. No obstante, y aun comprendiendo que era
una estupidez, saberlo la molestaba como una espina clavada en el pie.
–Los trollocs la arrastran hacia la olla –dijo de pronto Doesine con voz
chirriante. Un débil quejido escapaba entre los dientes prietos de Talene; la
mujer se sacudía con tal violencia que parecía trepidar–. Yo… No sé si puedo…
Mierda, no sé si soy capaz de…
–Hazla volver a la realidad –ordenó Saerin sin molestarse siquiera en mirar a
nadie para ver qué opinaban–. Deja de enfurruñarte, Yukiri, y estáte preparada.
La Gris le lanzó una mirada feroz, pero cuando Doesine soltó el tejido y los
azules ojos de Talene se abrieron, el brillo del Saidar envolvió a Yukiri, que
sin pronunciar palabra escudó a la mujer tendida en la Silla. Saerin tenía el
mando y todas lo sabían, punto. Sí, una espina muy afilada.
El escudo no era realmente necesario. Talene, con el rostro convertido en una
máscara de terror, temblaba y jadeaba como si hubiese corrido kilómetros y
kilómetros a toda velocidad. Seguía hundida en la suave superficie; pero, ahora
que Doesine no encauzaba en ella, el ter’angreal no se adaptaba a su cuerpo.
Talene miró fijamente el techo, con los ojos desorbitados, y después los cerró
fuertemente, aunque enseguida los volvió a abrir. Fuesen cuales fuesen los
recuerdos que surgían tras sus párpados, no deseaba enfrentarse a ellos.
Salvando en dos zancadas la distancia que la separaba de la Silla, Pevara
presentó la Vara Juratoria a la angustiada mujer.
–Renuncia a todos los juramentos que te atan y presta de nuevo los Tres
Juramentos, Talene –instó duramente.
La Verde se apartó de la Vara como si ésta fuese una serpiente venenosa, y luego
se volvió bruscamente hacia el lado opuesto cuando Saerin se inclinó sobre ella.
–La próxima vez, Talene, es la olla lo que te espera. O las tiernas atenciones
del Myrddraal. –El semblante de Saerin era implacable, pero en comparación su
tono hacía que pareciese suave–. Nada de despertar antes de que ocurra. Y, si
con eso no basta, habrá otra vez, y otra más. Tantas como sea necesario, aunque
tengamos que quedarnos aquí hasta el verano.
Doesine abrió la boca para protestar, pero la cerró con una mueca. Era la única
del grupo que sabía cómo hacer funcionar la Silla, pero su posición era tan baja
como la de Seaine.
Talene seguía mirando fijamente a Saerin. Las lágrimas arrasaron sus grandes
ojos, y la mujer rompió a llorar con sollozos hondos y desconsolados. Cegada por
las lágrimas, extendió la mano y tanteó hasta que Pevara le puso la Vara
Juratoria entre los dedos. A continuación, Pevara abrazó la Fuente y encauzó un
fino flujo de Energía en la Vara. Talene la agarraba con tanta fuerza que los
nudillos se le pusieron blancos, pero aun así no hizo otra cosa que sollozar.
–Me temo que hay que volver a dormirla, Doesine –dijo Saerin mientras se ponía
derecha.
El llanto de Talene se redobló, pero entre sollozo y sollozo farfulló:
–Re… renuncio… a todos los juramentos… que me atan. –No bien acabó de pronunciar
la última palabra, empezó a aullar.
Seaine dio un brinco de sobresalto y luego tragó saliva con esfuerzo. Sabía por
propia experiencia el dolor que conllevaba retractarse de un único juramento, y
había intentado imaginar el espantoso sufrimiento que sería renunciar a más de
uno a la vez, pero ahora la realidad se mostraba ante ella. Talene gritó hasta
que no le quedó aliento, y después cogió aire y volvió a chillar de tal modo que
Seaine casi esperó que la gente bajase corriendo de la Torre para ver qué
pasaba. La alta Verde se sacudió, agitando brazos y piernas, y luego su cuerpo
se arqueó hasta que sólo los talones y la cabeza tocaron la gris superficie, los
músculos agarrotados y todo el cuerpo contraído por violentos espasmos.
De manera tan repentina como se había iniciado el ataque, Talene se desplomó
flojamente, desmadeja, y yació sollozando como una niña perdida. La Vara
Juratoria escapó de su mano fláccida y rodó por la inclinada superficie gris.
Yukiri murmuró algo que sonó como una ferviente plegaria. Doesine musitaba una y
otra vez, con voz temblorosa, «Luz, Luz, Luz».
Pevara recogió la Vara y cerró los dedos de Talene sobre ella de nuevo. En la
amiga de Seaine no había atisbo de compasión; no en aquel asunto.
–Ahora presta los Tres Juramentos –instó.
Durante un momento pareció que Talene iba a negarse, pero la mujer repitió
lentamente los juramentos que las convertían en Aes Sedai y las mantenían
unidas: no decir una sola palabra que no fuese verdad; no fabricar un arma con
la que un hombre matase a otro; no utilizar jamás el Poder Único como arma,
salvo en defensa de su propia vida o la de su Guardián o la de otra hermana. Al
final, empezó a llorar en silencio, sacudiéndose sin emitir sonido alguno.
Quizás eran los juramentos, mientras se ceñían a ella. Nada más haberlos
prestado se experimentaba una sensación desagradable. Quizá.
Entonces Pevara le dijo el otro juramento que se le exigía. Talene se encogió,
pero pronunció las palabras en un tono de total desesperanza:
–Juro obedeceros a las cinco sin reservas. –Sus ojos miraban al frente con
fijeza, vidriosos, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
–Respóndeme con la verdad –le dijo Saerin–. ¿Eres del Ajah Negro?
–Lo soy. –Las dos palabras sonaron rechinantes, como si Talene tuviese la
garganta oxidada.
La respuesta dejó paralizada a Seaine de un modo que jamás habría imaginado. Al
fin y al cabo, se había lanzado a la caza del Ajah Negro y, a diferencia de
muchas otras hermanas, creía en su existencia. Había puesto las manos en otra
hermana, en una Asentada; había ayudado a conducir a Talene por los desiertos
pasillos del sótano, envuelta en flujos de Aire; había roto una docena de leyes
de la Torre; había cometido graves delitos. Y todo para escuchar una respuesta
de la que casi había estado segura antes de que se hiciese la pregunta. Ahora ya
la había oído. El Ajah Negro existía. Ante ella tenía a una hermana Negra, una
Amiga Siniestra que llevaba el chal. Y el hecho de creerlo resultaba ser una
pálida sombra del hecho de afrontarlo. Apretó las mandíbulas hasta que casi se
le quedaron encajadas, para que los dientes no le castañetearan. Se esforzó por
recobrar el control de sí misma, por pensar de un modo racional. Pero las
pesadillas habían despertado y caminaban por la Torre.
Alguien exhaló con fuerza, soltando de golpe el aire, y Seaine comprendió que no
era la única que se encontraba con su mundo vuelto del revés. Yukiri se sacudió
y después clavó los ojos en Talene, como decidida a mantenerla escudada por pura
fuerza de voluntad si era preciso. Doesine se lamía los labios y se alisaba la
falda de color dorado oscuro con aire vacilante. Sólo Saerin y Pevara parecían
tranquilas.
–Bien –dijo suavemente Saerin. Quizá «débilmente» fuera más apropiado–. Bien. El
Ajah Negro. –Inhaló hondo, y su tono adquirió un timbre enérgico–. Ya no es
necesario el escudo, Yukiri. Talene, no intentarás escapar ni presentar ningún
tipo de resistencia. No tocarás la Fuente sin antes tener permiso de una de
nosotras. Aunque supongo que serán otras quienes se ocupen de esto una vez que
te entreguemos. Yukiri…
El escudo que aislaba a Talene se disipó, pero el brillo del Saidar siguió
envolviendo a Yukiri, como si la mujer no se fiara de la eficacia de la Vara en
una hermana Negra.
–Antes de entregársela a Elaida, Saerin, quiero sacarle todo lo que podamos
–adujo Pevara, fruncido el ceño–. Nombres, lugares, cualquier dato. ¡Todo lo que
sabe!
Unos Amigos Siniestros habían acabado con toda la familia de Pevara, y Seaine
estaba convencida de que la Roja se exiliaría con tal de dar caza,
personalmente, a todas y cada una de las hermanas Negras. Todavía acurrucada en
la Silla, Talene soltó lo que era en parte una risa amarga y en parte un
sollozo.
–Cuando hagáis eso, estaremos todas muertas. ¡Muertas! ¡Elaida es del Ajah
Negro!
–¡Eso es imposible! –barbotó Seaine–. La propia Elaida me dio la orden.
–Tiene que serlo –musitó Doesine–. Talene ha vuelto a prestar los juramentos, ¡y
acaba de pronunciar su nombre!
Yukiri asintió con vehemencia.
–Utilizad la cabeza –gruñó Pevara con un gesto de desdén–. Sabéis tan bien como
yo que si creéis en una mentira podéis decirla como si fuese verdad.
–Y eso sin duda es cierto –manifestó firmemente Saerin–. ¿Qué pruebas tienes,
Talene? ¿Has visto a Elaida en vuestras… reuniones? –Asió con tanta fuerza la
empuñadura del cuchillo que llevaba en el cinturón, que los nudillos se le
pusieron blancos. Saerin había tenido que esforzarse con más empeño que la
mayoría para alcanzar el chal y quedarse en la Torre. Para ella, la Torre era
más que su hogar, más importante que su propia vida. Si Talene daba la respuesta
equivocada, tal vez Elaida no viviese para ser sometida a juicio.
–No celebramos reuniones –masculló hoscamente Talene–. Excepto el Consejo
Supremo, supongo. Pero tiene que serlo. Están enteradas de todos los informes
que recibe, incluso los secretos, hasta la última palabra que se habla con ella.
Conocen todas las decisiones que toma antes de que se anuncien. Días antes, a
veces semanas. ¿Cómo podrían saberlo a menos que se lo cuente ella? –Se sentó
incorporada con esfuerzo e intentó clavar una mirada intensa en cada una de las
mujeres, pero sólo consiguió que pareciera que sus ojos iban de una a otra con
ansiedad–. Tenemos que huir, hemos de encontrar un sitio donde ocultarnos. Os
ayudaré, os contaré todo lo que sé, ¡pero, a menos que huyamos, nos matarán!
Curioso, pensó Seaine, la rapidez con que Talene había pasado a referirse a sus
anteriores compinches como «ellas» e intentaba identificarse con el grupo. No.
Fijarse en esos detalles era una excusa para eludir el verdadero problema, y
hacer tal cosa era una estupidez. ¿Realmente Elaida le había ordenado rastrear
al Ajah Negro? No había mencionado el nombre en ningún momento. ¿Se habría
referido a otra cosa? Elaida había arremetido siempre contra cualquiera que
mencionase el Ajah Negro. Casi todas las hermanas harían lo mismo, pero…
–Elaida ha demostrado que es una necia –manifestó Saerin–, y en más de una
ocasión he lamentado haberle dado mi apoyo, pero no creo que pertenezca al Ajah
Negro; no sin tener más pruebas.
Prietos los labios, Pevara asintió mostrándose de acuerdo. Como Roja que era,
exigiría algo más contundente que una suposición.
–Quizá sea como dices, Saerin –intervino Yukiri–, pero no podemos retener a
Talene mucho más antes de que las Verdes empiecen a preguntarse dónde está. Por
no mencionar a las… las Negras. Más vale que decidamos enseguida qué hacer, o
seguiremos cavando el fondo del pozo cuando descarguen las lluvias.
Talene dirigió a Saerin una débil sonrisa que probablemente tenía intención de
ser obsequiosa, pero se borró ante el ceño de la Asentada Marrón.
–No podemos contarle nada a Elaida antes de que estemos en condiciones de
inutilizar de un golpe a las Negras –adujo finalmente Saerin–. No discutas,
Pevara; sabes que tengo razón. –Pevara alzó las manos y su expresión se tornó
testaruda, pero no abrió la boca–. Si Talene está en lo cierto –continuó Saerin–,
el Negro está al tanto de la misión de Seaine, o lo estará muy pronto, de modo
que tenemos que velar por su seguridad todo lo posible. No resultará una tarea
fácil, siendo sólo cinco. ¡Pero no podemos confiar en ninguna otra hasta estar
seguras de su inocencia! Al menos tenemos a Talene, y ¿quién sabe lo que
descubriremos antes de haberle sacado toda la información que tenga?
Talene intentó adoptar una expresión de estar más que dispuesta a que le sacaran
lo que quisieran, pero nadie le prestaba atención. A Seaine se le había quedado
seca la garganta.
–Puede que no estemos totalmente solas –comentó Pevara de mala gana–. Seaine,
cuéntales tu pequeño ardid con Zerah y sus amigas.
–¿Qué? –Seaine dio un respingo–. Oh. Pevara y yo descubrimos un pequeño nido de
rebeldes aquí, en la Torre –empezó en voz baja–. Diez hermanas enviadas para
sembrar la discordia. –De modo que Saerin iba a asegurarse de que estuviera a
salvo, ¿no? Sin preguntarle siquiera. Ella también era Asentada, y hacía casi
cincuenta años que era Aes Sedai.
¿Qué derecho tenía Saerin o cualquiera para…?–. Pevara y yo hemos empezado a
poner fin a eso. Ya hemos hecho que una de ellas, Zerah Dacan, preste el otro
juramento, el mismo que prestó Talene, y le hemos ordenado que lleve a Bernaile
Gelbarn a mis aposentos esta tarde, sin levantar sus sospechas. –Luz, cualquier
hermana fuera de ese cuarto podía ser una Negra. Cualquiera–. Después
utilizaremos a las dos para atraer a otra, hasta que las hayamos hecho jurar
obediencia a todas. Por supuesto, les haremos la misma pregunta hecha a Zerah,
la misma que le hemos hecho a Talene. –El Ajah Negro podía conocer su nombre ya,
saber que se le había encargado darles caza. ¿Cómo podía mantenerla a salvo
Saerin?–. A las que den la respuesta equivocada se las interrogará, y las que
den la correcta podrán resarcirse en parte de su traición persiguiendo al Negro
bajo nuestra dirección. –Luz, ¿cómo?
Cuando hubo acabado, las otras discutieron el asunto durante un rato, lo que
sólo podía significar que Saerin no tenía claro qué decisión tomar. Yukiri
insistió en entregar inmediatamente a Zerah y a sus cómplices a la ley, si es
que podían hacerlo sin poner al descubierto su propia situación con Talene.
Pevara argumentó a favor de utilizar a las rebeldes, aunque sin demasiado
entusiasmo; la discordia que habían sembrado se centraba en repugnantes
historias concernientes al Ajah Rojo y falsos Dragones. Doesine parecía sugerir
que raptasen a todas las hermanas de la Torre y las obligaran a prestar el
juramento extra, pero las otras tres apenas le prestaban atención.
Seaine no tomó parte en la discusión. Su reacción al aprieto en el que estaban
fue la única posible, pensó. Tambaleándose, fue hacia un rincón y vomitó
ruidosamente.
Elayne intentó no rechinar los dientes. Fuera, otra ventisca azotaba Caemlyn,
oscureciendo el cielo de mediodía de tal manera que hubo que encender todas las
lámparas de las paredes de la sala de estar.
Fuertes ráfagas de aire sacudían los cristales de las ventanas en arco. Los
relámpagos alumbraban el exterior y los truenos retumbaban en lo alto. Una
tormenta de nieve, la peor borrasca de invierno, la más violenta. En la sala no
hacía frío precisamente, pero… Con las manos extendidas delante de los
chisporroteantes leños del ancho hogar de mármol, aún podía sentir el helor
traspasando las alfombras que cubrían el suelo, y también a través de sus
escarpines de grueso terciopelo. El ancho cuello y los puños de piel de zorro
negro que adornaban su vestido rojo y blanco eran bonitos, pero no estaba segura
de que le procurasen mucho más calor que las perlas de las mangas. Rehusar que
el frío la afectase no significaba que no fuese consciente de él.
¿Dónde se habría metido Nynaeve? ¿Y Vandene? Sus pensamientos bramaban como la
tormenta en el exterior.
«¡Ya deberían estar aquí! ¡Luz! Yo deseando ser capaz de aguantar sin dormir, ¡y
ellas tomándoselo con toda la calma del mundo!» No, eso era injusto. Habían
pasado sólo cinco días desde su reclamación formal al Trono del León, y para
ella todo lo demás tenía que quedar en un segundo plano de momento. Nynaeve y
Vandene tenían otras prioridades; otras responsabilidades, a su modo de
entender. Nynaeve estaba muy ocupada con Reanne y las demás componentes del
Círculo de Labores de Punto para encontrar un modo de sacar a las Allegadas de
las tierras controladas por los seanchan antes de que éstos las descubrieran y
les pusieran el collar. Las Allegadas eran expertas en pasar inadvertidas, pero
los seanchan no las dejarían en paz por ser espontáneas, como las Aes Sedai
habían hecho siempre. Aparentemente, Vandene seguía conmocionada por la muerte
de su hermana, apenas comía y no estaba en condiciones de dar consejos de
ninguna clase. Lo de comer apenas, era apropiado, pero descubrir a la asesina de
su hermana la obsesionaba. Se suponía que caminaba por los pasillos sumida en el
dolor a horas intempestivas, si bien en realidad buscaba el rastro de la Amiga
Siniestra
infiltrada entre ellas. Tres días antes, la mera idea habría hecho temblar a
Elayne; ahora, era un peligro más entre muchos otros. Más próximo que la
mayoría, cierto, pero no el único.
Se estaban ocupando de tareas importantes, aprobadas y respaldadas por Egwene,
pero Elayne seguía deseando que se diesen prisa aunque pensar así fuese egoísta
por su parte. Vandene era una excelente consejera, con la ventaja de su larga
experiencia y sus conocimientos, y los años que Nynaeve había pasado tratando
con el Consejo del Pueblo y el Círculo de Mujeres en Campo de Emond habían
desarrollado en ella una gran intuición en asuntos de política, por mucho que la
antigua Zahorí lo negase. «¡Demonios, tengo cientos de problemas, algunos aquí
mismo, en palacio, y las necesito!» Si las cosas salían como quería, Nynaeve
al’Meara se convertiría en la consejera Aes Sedai de la próxima reina de Andor.
Necesitaba toda la ayuda que pudiera tener; ayuda de personas que gozaran de su
confianza.
Serenando el gesto, se volvió de espaldas al crepitante fuego. Trece sillones de
respaldo alto, de talla sencilla aunque realizada con pericia, formaban una
herradura delante de la chimenea. Paradójicamente, el lugar de honor, donde la
reina se sentaría si recibía allí, era el más alejado del calor del hogar. O del
supuesto calor; porque, aunque la espalda empezó a calentársele inmediatamente,
también el frío se dejó sentir enseguida por delante. Fuera, la nieva caía, el
trueno retumbaba y el relámpago relumbraba. Igual que dentro de su cabeza.
Calma. Una dirigente necesitaba tener tanta calma como una Aes Sedai.
–Hay que recurrir a los mercenarios –dijo, sin poder evitar que en su voz sonase
una nota de pesar.
Los mesnaderos de sus heredades empezarían a llegar en el transcurso de un mes,
en cuanto se enteraran de que seguía viva, pero ya habría entrado la primavera
para cuando se hubiese reunido un número de hombres significativo, y los que
Birgitte estaba reclutando necesitarían medio año o más para ser capaces de
cabalgar y empuñar una espada al mismo tiempo.
–Y a Cazadores del Cuerno, si es que hay alguno que quiera firmar y jurar
lealtad –añadió. Había muchos, tanto de los unos como de los otros, atrapados en
Caemlyn por culpa del mal tiempo. Demasiados, a juicio de la mayoría de la
gente, jaraneando, armando camorra y molestando a las mujeres que no querían
tener nada que ver con sus atenciones. Al menos los tendría ocupados en algo
provechoso, en poner fin a problemas en lugar de ocasionarlos. Ojalá no pensara
que aún intentaba convencerse a sí misma de eso–. Será costoso, pero las arcas
cubrirán el gasto. –Al menos durante un tiempo. No estaría de más empezar a
recibir pronto ingresos de sus heredades.
Maravilla de maravillas, las dos mujeres que se encontraban de pie ante ella
reaccionaron de un modo muy parecido.
Dyelin soltó un gruñido irritado. En el alto cuello de su vestido verde llevaba
prendido un alfiler de plata, grande y redondo –labrado con el Búho y el Roble,
emblema de la casa Taravin–, la única joya que lucía. Una exhibición de orgullo
–quizá demasiado– por su casa; la Cabeza Insigne de la casa Taravin era una
mujer absolutamente orgullosa. Hebras grises le surcaban el cabello dorado y
unas finas arrugas se marcaban en el rabillo de sus ojos, pero su rostro era
firme y su mirada penetrante. Tenía una mente agudísima, como el filo de una
navaja de afeitar. O quizá de una espada. Era una mujer franca, o eso parecía,
que no se guardaba sus opiniones.
–Los mercenarios conocen bien su trabajo –dijo, displicente–, pero son difíciles
de controlar, Elayne. Cuando necesitas el toque ligero de una pluma, es probable
que sean como un martillo, y cuando necesitas un martillo seguramente están en
cualquier otra parte, y robando por si fuera poco. Son leales al oro, y sólo
hasta que el oro dure. Eso, si no traicionan antes por más oro. A buen seguro
que en esta ocasión lady Birgitte estará de acuerdo conmigo.
Cruzada de brazos y con los pies bien plantados, Birgitte torció
el gesto, como hacía siempre cuando alguien utilizaba su nuevo título. Elayne le
había concedido un predio tan pronto como llegaron a Caemlyn, donde podía
registrarse a su nombre. En privado, Birgitte rezongaba constantemente por ello,
y por el otro cambio que había sufrido su vida. Los pantalones azul celeste
tenían el mismo corte que los que llevaba habitualmente, anchos y ajustados a
los tobillos, pero la chaqueta corta, de color rojo, tenía cuello alto y puños
blancos, ribeteados con trencilla dorada. Era lady Birgitte Trahelion y capitán
general de la Guardia Real, y podía rezongar y quejarse todo lo que quisiera,
siempre y cuando lo hiciera en privado.
–Lo estoy –gruñó de mala gana, y lanzó una mirada, no tan de soslayo, a Dyelin.
El vínculo de Guardián le transmitió a Elayne lo que había estado percibiendo
durante toda la mañana: frustración, irritación, determinación. Sin embargo,
parte de aquello podría ser un reflejo de sí misma. Desde la vinculación, la una
era el reflejo de la otra en un modo realmente sorprendente, tanto en lo
emocional como en otras cosas. ¡Vaya, pero si hasta sus maldiciones habían
cambiado para ser más acordes con las de la otra mujer!
La renuencia de Birgitte a aceptar la segunda alternativa en discusión era
obviamente casi tan grande como su renuencia a manifestar su acuerdo con Dyelin.
–Los malditos Cazadores no son mucho mejor, Elayne –masculló–. Prestan el
juramento como Cazadores del Cuerno para vivir aventuras y tener un lugar en la
historia si es posible, no para sentar cabeza y hacer respetar la ley. La mitad
son unos mojigatos altaneros que miran con arrogancia a todo el mundo, y el
resto no se conforma con correr los riesgos que sean necesarios, sino que los va
buscando. Y con que sólo surja un rumor sobre el Cuerno de Valere, tendrás
suerte si únicamente dos de cada tres desaparecen de la noche a la mañana.
Dyelin esbozó una ligera sonrisa, como si le hubiese ganado una baza. El aceite
y el agua no estaban a la altura de esas dos; tanto la una como la otra se
entendían bien con casi todos los demás, pero por alguna razón podían ponerse a
discutir sobre el color del carbón. Podían y lo hacían.
–Además, Cazadores y mercenarios, casi todos son forasteros. Y eso no sentará
muy bien ni a las clases altas ni a las bajas. Nada bien. Sólo nos faltaba
iniciar una rebelión.
Resplandeció un relámpago que iluminó fugazmente los cristales de las ventanas,
y el retumbo de un trueno particularmente alto subrayó sus palabras. En el
transcurso de un milenio, siete reinas de Andor habían sido derrocadas por una
rebelión, y las dos que habían sobrevivido probablemente desearon no haberlo
hecho.
Elayne reprimió un suspiro. En una de las mesitas auxiliares taraceadas,
colocadas a lo largo de las paredes, había una pesada bandeja de plata labrada
en la que habían dispuesto unas copas y una jarra de vino caliente con especias.
Vino templado, a estas alturas. Encauzó brevemente Fuego, y un fino hilillo de
vapor se alzó de la jarra. Recalentar el vino daba a las especias un sabor
ligeramente amargo, pero valía la pena con tal de sentir en las manos el calor
de la copa de plata. Sólo merced a un gran esfuerzo resistió la tentación de
caldear el aire de la sala con el Poder, y soltó la Fuente; en cualquier caso,
la temperatura no habría durado mucho a menos que mantuviese los tejidos. Había
superado su renuencia a interrumpir el contacto con el Poder cada vez que
utilizaba el Saidar –bueno, hasta cierto punto–, pero últimamente el deseo de
absorber más se volvía más intenso cada vez. Todas las hermanas tenían que
enfrentarse a ese peligroso deseo. Con un gesto invitó a las otras a servirse la
bebida en sus propias copas.
–Conocéis bien la situación –les dijo–. Sólo un necio no la consideraría
apurada, y ninguna de vosotras es necia. –La Guardia Real era un mero vestigio
de su pasada gloria, reducida a un puñado de
hombres aceptables y el doble de camorristas y matones, más apropiados para
echar de las tabernas a los borrachos o para que los echaran a ellos. Y, con la
marcha de los saldaeninos y los Aiel, los actos delictivos estaban cundiendo con
la pujanza de la hierba en primavera. Cualquiera habría imaginado que el frío y
la nieve habrían sofocado su desarrollo, pero cada día traía nuevos robos,
incendios provocados y cosas peores. La situación iba empeorando de día en día–.
A este paso, tendremos disturbios en cuestión de semanas. Tal vez antes. Si soy
incapaz de mantener el orden en la propia Caemlyn, la gente se volverá contra
mí. –Si no podía mantener el orden en la capital, sería tanto como anunciar que
no estaba capacitada para gobernar–. No me gusta recurrir a ellos, pero hay que
hacerlo, y se hará. –Las otras dos mujeres abrieron la boca para seguir
discutiendo, pero Elayne no les dio la oportunidad–. Y se hará –repitió, firme
la voz.
La larga trenza de Birgitte se meció cuando la mujer sacudió la cabeza, mas a
través del vínculo se transmitió una aceptación a regañadientes. Tenía un
extraño concepto de la relación de ambas como Aes Sedai y Guardián, pero había
aprendido a reconocer cuando Elayne no admitiría que la presionara. Lo había
aprendido a su manera, claro. Estaba lo del predio y lo del título. Y lo de
dirigir la Guardia Real. Y otros cuantos asuntillos.
Dyelin inclinó ligerísimamente la cabeza, y quizá dobló un tanto las rodillas;
podría haberse interpretado como una reverencia, pero su expresión era pétrea.
No estaba de más recordar que muchos de los que no querían a Elayne Trakand en
el Trono del Sol sí querían en él a Dyelin Taravin. La mujer le había prestado
todo su apoyo hasta ese momento, pero había pasado muy poco tiempo, se
encontraban en los primeros compases de la lucha por el trono, y una vocecilla
insistente no dejaba de susurrar en la mente de Elayne. ¿Estaría Dyelin
esperando simplemente a que lo hiciera rematadamente mal antes de intervenir
para «salvar» a Andor? Alguien lo bastante prudente, lo bastante taimado, podría
seguir esa táctica y quizás incluso tener éxito.
Elayne alzó la mano para frotarse la sien, pero rectificó e hizo como si se
arreglase el cabello. Cuánto recelo, qué poca confianza. El Juego de las Casas
había infectado Andor desde que ella lo había abandonado para ir a Tar Valon.
Agradecía los meses que había pasado entre Aes Sedai por más razones que la de
aprender a manejar el Poder. Para la mayoría de las hermanas el Da’es Daemar era
un elemento tan esencial en sus vidas como respirar y comer. También agradecía
las enseñanzas de Thom. Sin lo uno y lo otro seguramente no habría sobrevivido
tanto tiempo tras su regreso. Quisiera la Luz que Thom estuviese a salvo, que
él, Mat y los otros hubiesen escapado de los seanchan y se encontraran de camino
a Caemlyn. Desde que se había marchado de Ebou Dar había rezado a diario para
que fuese así, pero esa breve oración era para lo único que tenía tiempo
actualmente.
Tomó asiento en el centro del arco, en el sillón de la reina, e intentó
parecerlo, recta la espalda, la mano libre apoyada levemente en el brazo del
sillón. «Parecer una reina no es suficiente –le había dicho a menudo su madre–,
pero una mente lúcida, un conocimiento sólido de los asuntos y un corazón
valeroso no dejarán de dar fruto si la gente no te ve como reina.» Birgitte la
observaba con intensidad, casi con recelo. ¡A veces el vínculo era en verdad un
inconveniente! Dyelin se llevó la copa de vino a los labios.
Elayne respiró profundamente. Había enfocado este asunto desde todas las
perspectivas que conocía, y no veía otro modo de abordarlo.
–Birgitte, para la primavera quiero que la Guardia Real sea un ejército que
iguale a los que puedan reunir diez casas juntas, sean cuales sean, en un campo
de batalla. –Seguramente no podría conseguirse, mas el simple hecho de
intentarlo significaba conservar a los mercenarios que firmasen ahora y buscar
más, incorporar a cualquier hombre que mostrase la más mínima inclinación. ¡Luz,
qué enredo tan horroroso!
Dyelin se atragantó y los ojos se le desorbitaron; una rociada del oscuro vino
salió de entre sus labios. Todavía tosiendo, sacó un pañuelo de puntillas de la
manga y se enjugó la barbilla.
Una oleada de pánico surgió impetuosa a través del vínculo.
–¡Oh, así me abrase, Elayne, no dirás en serio que…! –exclamó Birgitte–. ¡Soy
arquera, no un general! Es lo único que he sido siempre, ¿no lo entiendes? ¡Sólo
hice lo que tenía que hacer, obligada por las circunstancias! De todos modos, ya
no soy ella. ¡Sólo soy yo, y…! –No acabó la frase al comprender que había dicho
más de la cuenta. Y no era la primera vez. Su rostro enrojeció, y Dyelin la miró
con curiosidad.
Habían hecho correr la voz de que Birgitte era de Kandor, donde las mujeres
llevaban ropas parecidas a las suyas, pero aun así saltaba a la vista que Dyelin
sospechaba que era mentira. Y cada vez que Birgitte tenía un lapsus, más cerca
estaba de revelar su secreto. Elayne le asestó una mirada que prometía un
rapapolvo cuando estuviesen solas.
Nunca habría imaginado que Birgitte pudiera ponerse más colorada, pero se
equivocaba. La vergüenza ahogó todas las otras sensaciones que le llegaban a
través del vínculo, y fluyó hacia Elayne hasta que ésta sintió enrojecer su
propia cara. Rápidamente adoptó una expresión severa, confiando en que su
sonrojo se achacara a cualquier otra cosa excepto a un intenso deseo de que se
la tragara la tierra por la humillación de Birgitte. ¡La reacción refleja del
vínculo podía ser más que un simple inconveniente!
Dyelin no distrajo su atención en Birgitte más que un momento. Volvió a guardar
el pañuelo en su sitio, dejó la copa en la bandeja con cuidado y se puso en
jarras. Ahora su expresión era tormentosa.
–La Guardia Real ha sido siempre el núcleo del ejército de Andor, Elayne, pero
esto… ¡Por la Luz bendita, es una locura! ¡Podría dar lugar a que todo el mundo
se volviera contra ti, desde el río Erinin hasta las Montañas de la Niebla!
Elayne se concentró en la calma. Si se equivocaba, Andor se convertiría en otro
Cairhien, otro país inmerso en un baño de sangre y sumido en el caos. Y ella
moriría, desde luego, un precio que no bastaría para resarcir el daño causado.
Sin embargo, no intentarlo quedaba descartado y, en cualquier caso, las
consecuencias para Andor serían las mismas que con el fracaso. Calma, serenidad
fría, imperturbable, férrea. Una reina no podía exteriorizar miedo, aun cuando
estuviera asustada. Especialmente si lo estaba. Su madre había dicho siempre que
había que evitar explicar las decisiones todo lo posible; cuanto más
explicaciones se daban, más y más eran necesarias, hasta que llegaba el momento
en que no había tiempo para nada más. Por su parte, Gareth Bryne era de la
opinión de que uno debía explicarse si era posible, que la gente lo hacía mejor
si sabía el porqué además del qué. Hoy seguiría el consejo de Gareth Bryne. Eran
muchas las victorias conseguidas por seguir su parecer.
–Tengo tres rivales declarados. –Y quizás otro sin declarar. Se obligó a buscar
los ojos de Dyelin. No con ira; sólo las miradas encontrándose. O quizá Dyelin
la tomase como iracunda a causa de las mandíbulas prietas y la rojez de las
mejillas. Pues que así fuera–. Por sí misma, Arymilla es insignificante, pero
Masin ha unido la casa Caeren a la suya, y, tanto si es sensato como si no, su
apoyo significa que hay que tenerla en cuenta. Naean y Elenia están
encarcelados; sus mesnaderos no. La gente de Naean podría titubear y discutir
hasta que encuentre un líder, pero Jarid es Cabeza Insigne de Sarand, y se
arriesgará para sustentar las ambiciones de su esposa. La casa Baryn y la casa
Anshar coquetean con ambos; lo mejor que puedo esperar es que una se decante por
Sarand y la otra por Arawn. Diecinueve casas andoreñas son lo bastante fuertes
para que las menores sigan sus directrices. Seis están en mi contra, y dos a mi
favor. –Seis hasta el momento, ¡y quisiera la Luz que pudiese contar con dos! No
iba a mencionar las tres grandes casas que se habían declarado a favor de Dyelin;
al menos Egwene las tenía inmovilizadas en Murandy por ahora.
Señaló un sillón junto al que ocupaba, y Dyelin tomó asiento en él y se arregló
cuidadosamente los pliegues de la falda. Las nubes tormentosas habían
desaparecido en el rostro de la mujer. Estudió a Elayne sin dar el menor indicio
sobre sus preguntas ni sus conclusiones.
–Sé todo eso tan bien como tú, Elayne, pero Luan y Ellorien unirán sus casas
contigo, así como Abelle, estoy segura. –También puso cuidado en que su tono
fuera comedido, pero fue adquiriendo vehemencia a medida que hablaba–. Entonces,
otras casas entrarán también en razón. Siempre y cuando no las asustes y las
hagas cambiar de idea. Luz, Elayne, ésta no es otra Sucesión. Una Trakand sucede
a otra Trakand, no a otra casa. ¡Ni siquiera una Sucesión ha llegado alguna vez
a una guerra abierta! Convierte la Guardia Real en un ejército, y lo arriesgarás
todo.
Elayne echó la cabeza hacia atrás, pero su risa no era una manifestación de
alborozo, sino que encajaba perfectamente con el retumbo del trueno.
–Lo arriesgué todo el día que regresé, Dyelin. Dices que Norwelyn y Traemane se
unirán a mí, y quizá Pendar. Estupendo. Entonces tengo cinco para enfrentarme a
seis. No creo que otras casas «entren en razón», según tus palabras. Si
cualquiera de ellas da el paso antes de que esté tan claro como el agua que la
Corona de la Rosa es mía, entonces lo hará en mi contra, no a mi favor.
Con suerte, esos lores y ladis esquivarían asociarse con los compinches de
Gaebril, pero no le gustaba depender de la suerte. Ella no era Mat Cauthon. Luz,
la mayoría de la gente estaba convencida de que Rand había matado a su madre y
muy pocos creían que «lord Gaebril» había sido uno de los Renegados. ¡Enmendar
el mal ocasionado por Rahvin en Andor podía llevarle toda la vida aun en el caso
de que llegara a vivir tanto como las Allegadas! Algunas casas no se decantarían
a su favor a causa de los ultrajes perpetrados por Gaebril en nombre de Morgase,
y otras porque Rand había manifestado su intención de «darle» el trono. Amaba a
ese hombre con todo su ser, pero ¡así se abrasara por haber dicho públicamente
tal cosa! Aunque hubiese sido ese comentario lo que había refrenado a Dyelin.
¡Hasta el granjero más pequeño de Andor empuñaría su guadaña para quitar a una
marioneta del Trono del León!
–Quiero evitar que los andoreños se maten unos a otros si es posible, Dyelin,
pero ni que esto sea una Sucesión ni que no, Jarid está dispuesto a luchar, a
pesar de que Elenia esté prisionera. Naean también está dispuesto a luchar. –Lo
mejor sería traer cuanto antes a Caemlyn a esas dos mujeres; existían muchas
probabilidades de que pudiesen enviar mensajes y órdenes desde Aringill–. Y la
propia Arymilla está dispuesta, con los hombres de Masin respaldándola. Para
ellos, esto es una Sucesión, y el único modo de pararlos para que no luchen es
ser tan fuerte que no se atrevan a hacerlo. Si Birgitte es capaz de convertir la
Guardia Real en un ejército para la primavera, mejor que mejor; porque, si no
tengo un ejército antes de ese fecha, necesitaré uno. Y, si eso no te parece
suficiente, recuerda a los seanchan. No se contentarán con Tanchico y Ebou Dar;
lo quieren todo. No les permitiré que se apoderen de Andor, Dyelin, como no se
lo permitiré a Arymilla.
El trueno retumbó sobre sus cabezas. Girándose un poco para mirar a Birgitte,
Dyelin se humedeció los labios. Sus dedos toquetearon la falda en un gesto
inconsciente. Había pocas cosas que la asustaran, pero las historias sobre los
seanchan lo habían hecho. Pero lo que murmuró, como si hablase consigo misma,
fue:
–Había confiado en evitar una guerra civil declarada.
¡Y eso podría no significar nada o significar mucho! Tal vez un pequeño sondeo
esclarecería si era lo uno o lo otro.
–Gawyn –dijo de repente Birgitte. Su expresión era mucho más animada, al igual
que las emociones que fluían a través del vínculo. El alivio sobresalía con
mucho–. Cuando llegue, tomará el mando. Será tu Primer Príncipe de la Espada.
–¡Por los pechos de una madre lactante! –barbotó Elayne, y un relámpago alumbró
las ventanas, dando énfasis a sus palabras. ¿Por qué tenía que cambiar de tema
precisamente ahora?
Dyelin dio un respingo, y de nuevo se sonrojaron las mejillas de Elayne. A
juzgar por la boca abierta de la otra mujer, sabía exactamente lo ordinaria que
era esa imprecación. Resultó extrañamente embarazoso; no debería tener
importancia que Dyelin hubiese sido amiga de su madre. En un gesto automático
bebió un buen trago de vino, y casi sufrió una arcada por el amargor de la
bebida. Borró rápidamente de su mente la imagen de Lini amenazándola con lavarle
la boca con jabón, y se recordó que era una mujer adulta, una que se proponía
ganar un trono. Dudaba que su madre se hubiese sentido como una necia tan a
menudo.
–Sí, lo hará, Birgitte –continuó, ya más tranquila–. Cuando llegue.
Tres correos iban camino de Tar Valon. Aun cuando ninguno de ellos consiguiera
pasar la información sin que Elaida la interceptara, Gawyn acabaría por
enterarse de que había presentado su reclamación al trono, e iría a Caemlyn.
Necesitaba desesperadamente a su hermano. No se hacía ilusiones respecto a sus
propias dotes como general, y Birgitte tenía tanto miedo de no estar a la altura
de la leyenda sobre ella que a veces parecía tener miedo hasta de intentarlo.
Enfrentarse a un ejército, sí; dirigir un ejército, ¡ni pensarlo!
Birgitte era muy consciente de la maraña que era su propia mente. Justo en ese
instante su expresión era impertérrita, pero por dentro rebosaba rabia y
vergüenza, y la primera se imponía más y más por momentos. Con un atisbo de
irritación, Elayne abrió la boca para continuar con el asunto de la guerra civil
mencionada por Dyelin, antes de que empezara a reflejarse en ella la ira de
Birgitte.
Sin embargo, antes de que hubiese pronunciado una palabra, las altas puertas
rojas se abrieron. Su esperanza de que fuesen Nynaeve o Vandene se borró de un
plumazo con la entrada de dos mujeres de los Marinos, descalzas a pesar del
tiempo desapacible.
Una oleada de perfume almizcleño las precedía, y por sí mismas constituían una
espectáculo de brillante seda brocada, dagas enjoyadas y collares de oro y
marfil. Y otro tipo de alhajas. El liso y negro cabello, con aladares blancos,
casi ocultaba los diez aros pequeños y gruesos que adornaban las orejas de
Renaile din Calon, pero la arrogancia en sus oscuros ojos era tan evidente como
la dorada cadena con medallones que unía una de las orejas con el anillo de la
nariz. Su semblante mostraba un gesto inflexible y, a despecho del grácil
contoneo en sus andares, la mujer parecía dispuesta a caminar a través de una
pared. Casi un palmo más baja que su compañera y de tez más oscura que el
carbón, Zaida din Parede lucía sobre su mejilla izquierda un cincuenta por
ciento más de medallones dorados que Renaile, y su actitud no denotaba
arrogancia sino autoridad, una certeza absoluta de que se la obedecería. Las
canas salpicaban su negro cabello ensortijado, pero aun así era deslumbrante,
una de esas mujeres que se volvían más bellas con la edad.
Dyelin se encogió al verlas e hizo intención de llevarse la mano a la nariz
instintivamente, si bien reprimió el gesto. Era una reacción muy habitual en la
gente que no estaba acostumbrada a los Atha’an Miere. Elayne torció el gesto, y
no precisamente por los anillos de la nariz. Hasta se planteó el pronunciar otra
maldición aún más… cáustica. A excepción de los Renegados, no sabía de ninguna
otra persona a la que tuviera menos deseos de ver en ese momento que a esas dos
mujeres. ¡Se suponía que Reene debía procurar que aquello no ocurriera!
–Disculpadme –dijo mientras se levantaba despacio–, pero estoy muy ocupada
ahora. Asuntos de estado, ya sabéis, o de otro modo os recibiría
como vuestro rango merece.
Los Marinos eran muy estrictos en la ceremonia y las normas, al menos en cuanto
a su propio sistema. Seguramente habían conseguido pasar a la señora Harfor
limitándose a no decirle que querían ver a Elayne, pero era más que probable que
se dieran por ofendidas si las recibía sentada antes de que la corona fuera de
ella. Y, así la Luz las cegara a las dos, ella no podía permitirse el lujo de
ofenderlas. Birgitte apareció a su lado e hizo una reverencia formal antes de
cogerle la copa. Siempre se mostraba cautelosa en presencia de las mujeres de
los Marinos; también había hablado más de la cuenta delante de ellas.
–Os veré más tarde, en el transcurso del día –acabó Elayne, que añadió–. Si la
Luz quiere.
También eran fanáticos del intercambio de frases solemnes, y ésa demostraba
cortesía y dejaba abierta una salida. Renaile no se paró hasta encontrarse
delante de Elayne, y demasiado cerca. Su mano tatuada gesticuló bruscamente
dándole permiso para sentarse. ¡Permiso!
–Has estado evitándome. –Su voz era profunda para una mujer, y sonaba tan fría
como la nieve que caía sobre el tejado–. Recuerda que soy la Detectora de
Vientos de Nesta din Reas Dos Lunas, Señora de los Barcos de los Atha’an Miere.
Todavía tienes que cumplir el resto del acuerdo que hiciste en nombre de tu
Torre Blanca.
Las mujeres de los Marinos estaban enteradas de la división de la Torre –a estas
alturas, lo sabía hasta el último mono–, pero Elayne no había considerado
oportuno incrementar sus problemas haciendo público de qué lado estaba. Todavía
no.
–¡Hablarás conmigo, ahora! –terminó Renaile con un timbre imperioso, y al diablo
con la ceremonia y las normas.
–Creo que es a mí a quien ha estado evitando, no a ti, Detectora de Vientos. –En
contraste con Renaile, Zaida hablaba como si sólo estuviesen manteniendo una
charla. En lugar de cruzar la sala a grandes
zancadas, deambuló sin prisa por la estancia, deteniéndose para tocar un jarrón
alto de fina porcelana verde, y luego poniéndose de puntillas para atisbar a
través de un caleidoscopio de cuatro tubos que había encima de un pedestal.
Cuando miró hacia Elayne y Renaile, un brillo divertido surgió en sus negros
ojos–. Al fin y al cabo, el acuerdo fue con Nesta din Reas, en representación de
los barcos. –Además de Señora de las Olas del clan Catelar, Zaida era embajadora
de la Señora de los Barcos. Ante Rand, no ante Andor, pero su acreditación la
autorizaba a hablar y a alcanzar compromisos en nombre de la propia Nesta.
Cambiando de un tubo cincelado en oro a otro, siguió de puntillas para atisbar
de nuevo por el ocular–. Prometiste a los Atha’an Miere veinte maestras, Elayne.
Hasta ahora, nos has facilitado sólo una.
Su entrada había sido tan repentina, tan histriónica, que Elayne se sorprendió
al ver a Merilille volverse hacia la sala después de cerrar las puertas. Más
baja aún que Zaida, la hermana Gris lucía un elegante vestido de paño azul
oscuro, ribeteado con piel gris y el corpiño adornado con pequeñas piedras de la
luna; sin embargo, poco más de dos semanas de impartir sus enseñanzas a las
Detectoras de Vientos habían originado cambios. La mayoría de éstas eran mujeres
poderosas, sedientas de conocimientos, más que dispuestas a exprimir a Merilille
como un racimo de uvas en el lagar, exigiendo hasta la última gota de zumo.
Antaño, Elayne había tenido a la Gris por una persona dueña de sí misma y a la
que no sorprendía nada, pero ahora Merilille tenía los ojos muy abiertos
constantemente, los labios siempre un tanto separados, como si acabara de
llevarse una sorpresa tal que la hubiera dejado aturdida y esperase otro
sobresalto en cualquier momento. Enlazó las manos sobre la cintura y esperó
junto a la puerta, al parecer aliviada de no ser el centro de atención.
Emitiendo un sonido gutural y desaprobador, Dyelin se puso de pie y asestó una
mirada ceñuda a Zaida y a Renaile.
–Tened cuidado con el modo en que habláis –gruñó–. Ahora estáis en Andor, no en
uno de vuestros barcos, ¡y Elayne Trakand será reina de Andor! Vuestro acuerdo
se cumplirá a su debido tiempo. En estos momentos tenemos asuntos más
importantes de los que ocuparnos.
–Por la Luz que no hay ninguno más importante –replicó a su vez Renaile mientras
se volvía hacia ella–. ¿Decís que el acuerdo se cumplirá? Así que salís como
garante. Bien, pues sabed que también habrá sitio para colgaros por los tobillos
en los aparejos si…
Zaida chasqueó los dedos. Eso fue todo, pero un temblor sacudió a Renaile, que
asió una de las cajitas de perfume doradas que colgaban de uno de sus collares,
se la llevó a la nariz e inhaló profundamente. Sería la Detectora de Vientos de
la Señora de los Barcos, una mujer con gran autoridad y poder entre los Atha’an
Miere, pero ante Zaida… no era más que una Detectora de Vientos. Lo que crispaba
en exceso su orgullo. Elayne estaba convencida de que tenía que haber un modo de
utilizar aquello para quitárselas de encima, pero todavía no había dado con
ello. Oh, sí, para bien o para mal, ahora llevaba el Da’es Daemar metido en la
sangre.
Pasó junto a Renaile, que hervía de rabia en silencio, como si pasara junto a
una columna, un mueble cualquiera de la sala, pero no en dirección a Zaida. Si
en la habitación había alguien que estaba en su derecho de actuar de un modo
despreocupado, era ella. No podía permitirse el lujo de dar ni la más mínima
ventaja a Zaida, o la Señora de la Olas tendría su cabellera para que la
utilizaran los fabricantes de pelucas. Se paró delante de la chimenea y extendió
las manos frente al fuego de nuevo.
–Nesta din Reas confiaba en que cumpliríamos el acuerdo, o jamás lo habría
ratificado –dijo con calma–. Habéis recuperado el Cuenco de los Vientos, pero
reunir otras diecinueve hermanas para que vayan con vosotras requiere tiempo. Sé
que te preocupan los barcos que estaban en
Ebou Dar cuando llegaron los seanchan. Haz que Renaile abra un acceso a Tear.
Allí hay cientos de naves Atha’an Miere. –Todas las noticias así lo indicaban–.
Podréis enteraros de lo que saben y reuniros con los vuestros. Os necesitarán,
contra los seanchan. –Y así se libraría de ellas–. Enviaremos a las otras
hermanas tan pronto como sea posible.
Merilille no se movió de la puerta, pero su cara adquirió el tinte verdoso del
pánico ante la posibilidad de encontrarse sola entre los Marinos.
Zaida dejó de mirar a través del caleidoscopio y observó a Elayne de soslayo.
Una sonrisa asomó a sus turgentes labios.
–Tengo que quedarme aquí, al menos hasta que hable con Rand al’Thor. Si es que
viene algún día. –La sonrisa se tornó tensa un instante antes de florecer de
nuevo; Rand lo iba a pasar mal con ella–. Y de momento Renaile y sus compañeras
seguirán conmigo. Un puñado más o menos de Detectoras de Vientos no supondrá una
gran diferencia contra esos seanchan, y aquí, si la Luz quiere, pueden aprender
cosas que serán útiles.
Renaile resopló con desdén, justo lo bastante alto para que se la oyese. Zaida
frunció el ceño fugazmente y empezó a toquetear el visor que estaba a la altura
de su cabeza.
–Hay cinco Aes Sedai aquí, en tu palacio, contándote a ti –continuó con aire
pensativo–. Quizás alguna de vosotras podría unirse a las enseñanzas.
Como si la idea acabara de ocurrírsele. ¡Y, si así fuera, Elayne podría levantar
a las dos Atha’an Miere con una mano!
–Oh, sí, sería maravilloso –exclamó Merilille al tiempo que adelantaba un paso.
Entonces miró a Renaile y su entusiasmo se esfumó a la par que un fuerte sonrojo
le coloreaba las pálidas mejillas. Enlazando de nuevo las manos, asumió un aire
humilde que la envolvió como si fuese una segunda piel. Birgitte sacudió la
cabeza con sorpresa. Dyelin miraba
de hito en hito a la Aes Sedai como si no la conociese.
–Quizá pueda arreglarse algo, si es la voluntad de la Luz –contestó con cautela
Elayne. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no frotarse las sienes. Ojalá
pudiese achacar el dolor de cabeza al incesante tronar. Nynaeve se pondría hecha
una furia si le sugería que enseñara a las Atha’an Miere, y Vandene ni siquiera
lo tomaría en cuenta, pero Careane y Sareitha quizá se avendrían a hacerlo–.
Pero sólo durante unas horas al día, comprenderéis. Cuando tengan tiempo.
Evitó mirar a Merilille. Hasta Careane y Sareitha podrían rebelarse a que las
pasaran por la prensa de vino. Zaida se tocó los labios con los dedos de la mano
derecha.
–Queda acordado con la Luz por testigo.
Elayne parpadeó. Eso no auguraba nada bueno; al parecer, para la Señora de las
Olas acababan de hacer otro trato. Su limitada experiencia en cuanto a negociar
con los Atha’an Miere era que uno tenía suerte si salía de ello sin perder hasta
la ropa interior. Bien, pues esta vez las cosas iban a ser diferentes. Por
ejemplo, ¿qué ganaban a cambio las hermanas? Tenía que haber un toma y daca para
que hubiese un trato. Zaida sonrió como si supiese lo que Elayne estaba pensando
y parecía divertida. El hecho que se abriese una de las puertas otra vez fue
casi un alivio, ya que le daba una excusa para apartarse de la mujer de los
Marinos.
Reene Harfor entró en la sala con aire deferente pero sin servilismo, y su
reverencia fue comedida, apropiada para la Cabeza Insigne de una casa poderosa a
su reina. Claro que cualquier Cabeza Insigne que se preciara de tal sabía de
sobra que debía tratar con respeto a la doncella primera. La mujer llevaba
recogido el canoso cabello en un moño alto, como una corona, y lucía una gonela
escarlata sobre el vestido rojo y blanco, con la cabeza del León Blanco de Andor
reposando sobre el generoso seno. Reene no tenía voz ni voto respecto
a quién ocuparía el trono, pero se había puesto el uniforme completo de su cargo
el día que Elayne llegó, como si la reina ya estuviese en palacio. La expresión
de su cara redonda se endureció momentáneamente al ver a las Atha’an Miere, que
la habían evitado para colarse allí, pero ésa fue la única señal de atención que
les prestó. De momento. Iban a averiguar el precio que acarreaba incurrir en la
animosidad de la doncella primera.
–Mazrim Taim ha venido por fin, milady. –Reene se las arregló para que aquello
sonara muy parecido a «mi reina»–. ¿Le digo que espere?
«¡Ya iba siendo hora!», rezongó Elayne para sus adentros. ¡Lo había mandado
llamar hacía dos días!
–Sí, señora Harfor. Ofrecedle vino. El tercero mejor, creo. Informadle que lo
recibiré tan pronto como…
Taim entró en la sala como si el palacio le perteneciese. Elayne no necesitó que
le dijeran que era él. Unos dragones azules y rojos se enroscaban en torno a las
mangas de la negra chaqueta, desde los puños hasta los codos, a imitación de los
dragones grabados en los brazos de Rand. Aunque sospechaba que al hombre no le
haría gracia esa observación. Era alto, casi tanto como Rand, con nariz aguileña
y ojos oscuros como un mal presagio, un hombre de fuerte constitución que se
movía con algo de la mortífera gracia de un Guardián, pero las sombras parecían
seguirlo, como si la mitad de las lámparas de la sala se hubiesen apagado; no
eran sombras reales, sino más bien un aire de violencia inminente que parecía lo
bastante palpable para absorber la luz.
Otros dos hombres con chaquetas negras lo seguían de cerca, un tipo calvo, con
barba larga y canosa y ojos azules de expresión lasciva, y un hombre más joven,
delgado como una serpiente y de cabello oscuro, con la sonrisa arrogante que los
jóvenes adoptan a menudo antes de que la vida les haya dado unas cuantas
lecciones. Ambos lucían el alfiler de
plata en forma de espada y el esmaltado en rojo, con forma de dragón, prendidos
en los picos del cuello alto de la chaqueta. Ninguno de los tres llevaba espada
al cinto, sin embargo; no las necesitaban. De repente la sala pareció más
pequeña, como si se encontrara abarrotada.
Instintivamente, Elayne abrazó el Saidar y se abrió para coligarse. Merilille
entró en el círculo con facilidad; cosa sorprendente, también lo hizo Renaile.
Una rápida ojeada a la Detectora de Vientos disminuyó su sorpresa. Con la cara
cenicienta, Renaile asía con tanta fuerza la daga metida en el fajín que Elayne
pudo sentir el dolor de sus nudillos a través del vínculo. La mujer llevaba
suficiente tiempo en Caemlyn para saber muy bien lo que era un Asha’man.
Los hombres supieron que alguien había abrazado el Saidar, por supuesto, aunque
no pudiesen ver el brillo que rodeaba a las tres mujeres. El tipo calvo se puso
en tensión, y el joven delgado apretó los puños. Las miraron con enfado. Sin
duda también habían asido el Saidin. Elayne empezó a lamentar haberse dejado
llevar por el instinto, pero ahora no pensaba soltar la Fuente. Taim irradiaba
peligro del mismo modo que un fuego irradia calor. Elayne absorbió profundamente
a través de la coligación, hasta ese punto en que la abrumadora sensación de
vida se tornaba punzante, una especie de molestos pinchazos de advertencia.
Incluso eso resultaba… gozoso. Con tanto Saidar dentro de ella podría arrasar el
palacio, pero se preguntó si sería suficiente para igualar a Taim y los otros
dos. Deseó con todo su ser tener uno de los tres angreal que habían encontrado
en Ebou Dar, ahora guardados a buen recaudo con el resto de las cosas del alijo,
hasta que tuviese tiempo para ponerse a estudiarlas de nuevo.
Taim sacudió la cabeza con desdén y un atisbo de sonrisa asomó a sus labios.
–¿Para qué tenéis los ojos? –Su voz sonaba sosegada, pero dura y
burlona–. Hay dos Aes Sedai aquí. ¿Tenéis miedo de dos Aes Sedai? Además, no
querréis asustar a la futura reina de Andor, ¿verdad?
Sus compañeros se relajaron visiblemente y después intentaron emular su actitud
de dominio innato.
Reene no sabía nada de Saidar ni de Saidin; se había vuelto hacia los hombres,
ceñuda, tan pronto como entraron. Ni que fuesen Asha’man ni que no, esperaba que
la gente se comportase debidamente. Masculló algo entre dientes, aunque no lo
bastante bajo, y se oyeron las palabras «ratas furtivas».
La doncella primera enrojeció cuando se dio cuenta de que todos los presentes la
habían escuchado, y Elayne tuvo la oportunidad de ver a Reene Harfor aturullada.
Lo que significaba que la mujer se puso muy erguida y anunció, con una gracia y
una dignidad que habrían sido la envidia de cualquier dirigente:
–Perdonadme, milady Elayne, pero me han informado que hay ratas en los
almacenes. Muy inusitado, en esta época del año, y son muchas. Si me disculpáis,
he de asegurarme de que mis órdenes para los exterminadores de plagas y los
cebos envenenados se están llevando a cabo.
–Quedaos –le dijo fríamente Elayne. Con calma–. El asunto de esos bichos podrá
solucionarse a su debido tiempo. –Dos Aes Sedai. Taim no se había dado cuenta de
que Renaile podía encauzar, y había puesto énfasis en que eran dos. ¿Ser tres
representaría alguna ventaja? ¿O harían falta más? Obviamente, los Asha’man
conocían alguna ventaja para las mujeres en círculos de menos de trece. De modo
que se presentaban ante ella sin siquiera un simple «con vuestro permiso»,
¿verdad?–. Podrás acompañar fuera a estos buenos hombres cuando acabe con el
asunto que tengo con ellos.
Los compañeros de Taim se pusieron ceñudos al oír que los llamaba «buenos
hombres», pero el propio Mazrim se limitó a insinuar otra de
aquellas sonrisillas. Era lo bastante agudo para saber que pensaba en él cuando
habló de «bichos». ¡Luz! Quizá Rand había necesitado a ese hombre antaño, pero
¿por qué lo mantenía a su lado ahora, y además en una posición de tanta
autoridad? Bien, su autoridad no contaba para nada allí.
Sin prisa, volvió a tomar asiento y empleó unos instantes en arreglarse los
vuelos de la falda. Los hombres tendrían que rodear el sillón para situarse
delante de ella como peticionarios, o en caso contrario hablarle de lado
mientras ella rehusara mirarlos. Durante un momento se planteó el pasar la
dirección del pequeño círculo. Sin duda los Asha’man centrarían su atención en
ella. Pero Renaile seguía desencajada, dividida entre la rabia y el miedo;
podría atacarlos tan pronto como tuviera la coligación en su poder. Merilille
estaba algo asustada, un miedo controlado por poco y entremezclado con una
intensa sensación de… erizamiento, que encajaba con sus ojos muy abiertos y sus
labios separados; sólo la Luz sabía lo que podría hacer ella teniendo la
coligación.
Dyelin se desplazó hasta ponerse al lado del sillón de Elayne, como para
protegerla de los Asha’man. Fuera lo que fuese lo que la Cabeza Insigne de la
casa Taravin sintiera por dentro, su semblante se mostraba severo, sin asomo de
miedo. Las otras mujeres no habían perdido tiempo en prepararse lo mejor
posible. Zaida permanecía muy quieta junto al caleidoscopio, procurando parecer
diminuta e inofensiva, pero tenía las manos a la espalda y la daga había
desaparecido de su fajín. Birgitte se hallaba al lado de la chimenea, con la
mano izquierda reposando en la jamba, aparentemente tranquila, pero la vaina de
su cuchillo se encontraba vacía; y, por el modo en que su otra mano descansaba a
su costado, estaba lista para lanzar el arma en un movimiento de abajo arriba.
El vínculo transmitía… concentración. La flecha encajada en la cuerda, la cuerda
tensa contra la mejilla, presta para disparar.
Elayne no hizo el menor esfuerzo en inclinarse para mirar a los hombres por
detrás de Dyelin.
–Primero habéis sido demasiado tardo en obedecer mi llamada, maese Taim, y
después os presentáis de un modo excesivamente repentino. –Luz, ¿estaría asiendo
el Saidin? Había métodos de interferir en el encauzamiento de un hombre que no
distaban mucho de escudarlo, pero era una habilidad difícil, arriesgada, y ella
sabía poco más que la teoría.
El hombre rodeó el sillón hasta situarse delante de Elayne, a varios pasos de
distancia, pero no parecía un peticionario. Mazrim Taim sabía quién era, conocía
su valía, aunque obviamente la situaba más alta que el cielo. Los destellos de
los relámpagos a través de las ventanas arrojaron luces extrañas sobre su
rostro. Mucha gente se sentiría intimidada por él, incluso sin aquella llamativa
chaqueta ni su infame nombre. Ella no. ¡No! Taim se frotó la mejilla con gesto
pensativo.
–Tengo entendido que habéis quitado los estandartes del Dragón en todo Caemlyn,
señora Elayne. –¡Había jocosidad en su voz profunda, si bien no en sus ojos!
Dyelin siseó con rabia ante el desaire a Elayne, pero ésta hizo caso omiso–. He
oído que los saldaeninos se han retirado al campamento de la Legión del Dragón,
y que muy pronto los Aiel también estarán en campamentos fuera de la ciudad.
¿Qué dirá él cuando se entere? –No cabía duda alguna sobre a quién se refería–.
Y después de que os ha enviado un regalo. Desde el sur. Haré que os lo traigan
después.
–Estableceré una alianza entre Andor y el Dragón Renacido a su debido tiempo
–repuso Elayne con frialdad–, pero Andor no es una provincia conquistada, ni por
él ni por ningún otro. –Se obligó a dejar las manos relajadas sobre los brazos
del sillón. Luz, persuadir a los Aiel y a los saldaeninos de que abandonaran la
ciudad había sido el mayor logro hasta el momento. Y, a pesar del
recrudecimiento de la criminalidad en la ciudad, había sido necesario–. En
cualquier caso,
maese Taim, no sois quién para pedirme cuentas. Si Rand tiene objeciones que
hacer, ¡lo resolveré con él!
Taim enarcó una ceja, y aquella extraña curvatura en sus labios reapareció un
poco más marcada que antes.
«Maldita sea –pensó Elayne, indignada–. ¡No debería haber utilizado el nombre de
Rand!» ¡Resultaba obvio que el hombre creía saber exactamente cómo resolvería el
tema de la ira del puñetero Dragón Renacido! Y lo peor era que, si podía ponerle
la zancadilla para tenderlo en una cama, lo haría. No para eso, no para tratar
ese asunto con él, sino porque lo deseaba. ¿Qué regalo le habría enviado?
La ira le endureció la voz. Ira por el tono de Taim. Ira porque Rand llevase
tanto tiempo lejos. Ira contra sí misma, por ponerse colorada y pensar en
regalos. ¡En regalos!
–Habéis levantado un muro de seis kilómetros acotando territorio de Andor.
–continuó, airada. ¡Luz, era una superficie la mitad de grande que la Ciudad
Interior! ¿Cuántos de esos hombres podía albergar? La mera idea hizo que se le
pusiera carne de gallina–. ¿Con permiso de quién, maese Taim? No me digáis que
del Dragón Renacido. Él no tiene derecho a dar permiso para nada en Andor. –Dyelin
rebulló a su lado. Ningún derecho, pero suficiente fuerza podía dárselo. Elayne
mantuvo la atención en Taim–. Habéis negado a la Guardia Real la entrada a
vuestro… recinto. –Tampoco lo habían intentado antes de que ella llegase–. La
ley de Andor es vigente en todo el país, maese Taim. La justicia será la misma
para nobles o granjeros… o Asha’man. No diré que forzaré la entrada allí. –Él
empezó a sonreír de nuevo, o casi–. No me rebajaría a eso. Pero, a menos que se
le permita entrar a la Guardia Real, os prometo que tampoco pasará ni una sola
patata a través de vuestras puertas. Sé que podéis Viajar. Pues bien, que
vuestros Asha’man empleen los días Viajando para comprar vituallas.
La sonrisilla desapareció para dar paso a una leve mueca; sus pies
se movieron ligeramente. Pero la irritación del hombre sólo duró un instante.
–La comida es un problema menor –dijo suavemente mientras extendía las manos–.
Como decís, mis hombres pueden Viajar. A cualquier lugar que les ordene. Dudo
que pudieseis impedirme comprar lo que quisiera incluso a quince kilómetros de
Caemlyn, pero no me quitaría el sueño si pudieseis hacerlo. Con todo, estoy
conforme con permitir visitas cuando quiera que lo solicitéis. Visitas
controladas, con escolta en todo momento. La preparación es dura en la Torre
Negra. Mueren hombres casi a diario. No querría que ocurriese un accidente.
Estaba irritantemente acertado respecto hasta qué distancia de Caemlyn llegaba
su mandato. Pero no era más que eso: irritante. Sin embargo, sus comentarios
sobre que los hombres Viajaran a cualquier parte que él ordenara y sobre un
posible «accidente», ¿eran amenazas veladas? A buen seguro que no. Una oleada de
rabia la asaltó al darse cuenta de que su seguridad de que no la amenazaría era
a causa de Rand. No pensaba esconderse detrás de Rand al’Thor. ¿Visitas
«controladas»? ¿Cuando lo «solicitase»? ¡Debería reducir a cenizas a ese hombre
allí mismo!
De pronto fue consciente de lo que le llegaba a través del vínculo con Birgitte:
ira, un reflejo de la suya unida a la de la propia Birgitte, reflejándose de
Birgitte a ella, rebotando de ella a Birgitte, nutriéndose de sí misma,
acrecentándose. La mano con la que Birgitte sostenía el cuchillo temblaba con el
deseo de arrojarlo. ¿Y ella? ¡La furia la colmaba! Una pizca más y soltaría el
Saidar. O arremetería con él.
No sin esfuerzo, se obligó a ahogar la cólera y sustituirla por algo parecido a
la calma. Una semejanza apenas esbozada, todavía en ebullición. Elayne tragó
saliva y bregó para mantener la voz impasible.
–Los soldados de la Guardia Real harán una visita diaria, maese Taim. –Y no
sabía cómo iba a conseguir tal cosa con el tiempo que
hacía–. Puede que vaya yo en persona, con unas cuantas hermanas. –Si la idea de
tener Aes Sedai dentro de su Torre Negra molestaba a Taim, el hombre no lo puso
de manifiesto. Luz, su intención era imponer la autoridad de Andor, no provocar
a ese hombre. Llevó a cabo con presteza un ejercicio de novicia, el río
contenido por las márgenes, buscando la calma. Le funcionó… un poco. Ahora sólo
deseaba arrojarle todas las copas de vino–. Accederé a vuestra petición de
llevar escolta, pero no se ocultará nada. No admitiré delitos tapados por
vuestros secretos. ¿Me he explicado con suficiente claridad?
La reverencia de Taim fue burlona –¡burlona!– pero cuando habló había tirantez
en su voz.
–Os entiendo perfectamente. Sin embargo, entendedme a mí. Mis hombres no son
granjeros que agachan la cabeza cuando pasáis. Presionad demasiado a un Asha’man
y quizá descubráis cuán fuerte es exactamente vuestra ley.
Elayne abrió la boca para contestar cuán fuerte era exactamente la ley en Andor.
–Es la hora, Elayne Trakand –dijo una voz de mujer desde la puerta.
–¡Rayos y centellas! –rezongó Dyelin–. ¿Es que todo el mundo va a entrar aquí
sin llamar?
Elayne había reconocido la nueva voz. Había estado esperando esa llamada sin
saber cuándo tendría lugar, pero consciente de que había que obedecerla al
instante. Se puso de pie, deseando para sus adentros disponer de un poco más de
tiempo para dejar muy claras las cosas a Taim. El hombre observó con el
entrecejo fruncido a la mujer que acababa de entrar y luego a Elayne; era obvio
que no sabía qué pensar de aquello. Bien. Que se cociera en su propia salsa
hasta que ella tuviese tiempo para aclararle qué derechos especiales tenían los
Asha’man en Andor.
Nadere era tal alta como cualquiera de los dos hombres que se encontraban junto
a la puerta, con una constitución lo más parecida a
corpulenta que había visto en cualquier Aiel. Sus verdes ojos examinaron a los
dos hombres un momento antes de desestimarlos como alguien sin importancia. Los
Asha’man no impresionaban a las Sabias. En realidad, pocas cosas las
impresionaban. Mientras se ajustaba el oscuro chal sobre los hombros, en medio
del tintineo de los brazaletes, se adelantó hasta detenerse delante de Elayne,
dándole la espalda a Taim. A pesar del frío, sólo llevaba el chal encima de la
fina blusa blanca aunque, curiosamente, portaba una capa de gruesa lana doblada
sobre un brazo.
–Debes venir ahora –le dijo a Elayne–, sin demora.
Las cejas de Taim se arquearon de forma pronunciada; sin duda no estaba
acostumbrado a que se hiciese caso omiso de él tan inequívoca y absolutamente.
–¡Luz bendita! –exclamó Dyelin mientras se frotaba la frente–. No sé de qué se
trata, Nadere, pero tendrá que esperar hasta que…
Elayne le puso la mano en el brazo.
–No, no lo sabes, Dyelin, y de ningún modo puede esperar. Daré permiso para que
se retiren todos e iré contigo, Nadere.
La Sabia movió la cabeza con gesto desaprobador.
–Una criatura que está a punto de nacer no puede perder tiempo diciendo a la
gente que se marche. –Sacudió la gruesa capa–. Traje esto para proteger tu piel
del frío. Quizá debería dejarlo y decirle a Aviendha que tu recato es mayor que
tu deseo de tener una hermana.
Dyelin dio un respingo al comprender de repente. El vínculo de Guardián se
estremeció con la indignación de Birgitte.
Sólo había una alternativa. En realidad, no tenía elección. Elayne dejó que se
disolviese la coligación con las otras dos mujeres y a continuación soltó el
Saidar. No obstante, el brillo siguió rodeando a Renaile y a Merilille.
–¿Quieres ayudarme con los botones, Dyelin?
Elayne se sintió orgullosa de lo firme que sonaba su voz. Había
estado esperando aquello. «¡Sólo que no con tantos testigos!», pensó con cierto
desmayo. Le dio la espalda a Taim –¡al menos no tendría que verlo mientras la
observara!– y empezó a desabrochar los diminutos botones de las mangas.
–Dyelin, por favor. ¡Dyelin!
Al cabo de un momento, la noble se movió como una sonámbula y empezó a soltar
los botones de la espalda mientras mascullaba entre dientes en tono
conmocionado. Uno de los Asha’man que aguardaban junto a la puerta soltó una
risita burlona.
–¡Media vuelta! –espetó Taim, y el golpe de botas sonó cerca de la puerta.
Elayne ignoraba si él se había vuelto también –estaba segura de que podía sentir
sus ojos sobre ella– pero de repente Birgitte se encontró a su lado, así como
Merilille y Reene, y Zaida e incluso Renaile, pegadas hombro con hombro, ceñudas
mientras formaban un muro entre ella y los hombres. No un muro muy adecuado, ya
que ninguna de las presentes era tan alta como ella, y Zaida y Merilille sólo le
llegaban al hombro.
«Concentración –se exhortó–. Estoy serena. Estoy tranquila. Estoy… ¡Me estoy
quedando en cueros en una habitación llena de gente, eso es lo que estoy
haciendo!» Se desvistió tan deprisa como le fue posible, dejando caer el vestido
y la ropa interior al suelo, soltando los escarpines y las medias encima del
montón de ropa. La piel se le puso de gallina por el frío; hacer caso omiso de
la baja temperatura significaba simplemente que no tiritaba. Y no creía que el
ardor de sus mejillas tuviese nada que ver con eso.
–¡Qué locura! –rezongó Dyelin en voz baja mientras recogía la ropa con
brusquedad–. ¡Qué disparate!
–¿Qué pasa? ¿De qué se trata todo esto? –susurró Birgitte–. ¿Puedo acompañarte?
–Debo ir sola –contestó Elayne, también en un susurro–. ¡Y no
discutas!
No es que Birgitte hubiese dado señales externas de que pensara hacerlo, pero
con lo que transmitía el vínculo sobraba todo lo demás. Elayne se quitó los aros
de oro de las orejas y se los tendió a Birgitte; vaciló un poco antes de hacer
lo mismo con el anillo de la Gran Serpiente. Las Sabias habían dicho que debía
ir igual que un bebé llegaba a su nacimiento. Le habían dado muchísimas
instrucciones; la primera, que no le contase a nadie lo que iba a pasar. A decir
verdad, a ella le gustaría saberlo. Pero un bebé nacía sin tener conocimiento
previo de lo que iba a ocurrir. Los rezongos de Birgitte empezaron a sonar como
los de Dyelin.
Nadere se adelantó con la capa, pero se limitó a sostenerla, y Elayne tuvo que
cogerla y envolverse en ella a toda prisa. Todavía estaba segura de sentir los
ojos de Taim. Sujetó la prenda para mantenerla bien cerrada; aunque el instinto
la empujaba a salir corriendo de la sala, adoptó una postura erguida y se giró
con lentitud. No pensaba escabullirse cubierta de vergüenza.
Los hombres que habían ido con Taim estaban firmes, de cara a las puertas, y el
propio Mazrim contemplaba la chimenea, cruzado de brazos; entonces, sentir la
mirada del hombre había sido imaginación suya. A excepción de Nadere, las otras
mujeres la observaban con mayor o menor grado de curiosidad, consternación y
conmoción. Nadere parecía simplemente impaciente. Elayne intentó adoptar su tono
más regio.
–Señora Harfor, ofreced vino a maese Taim y a sus hombres antes de que se vayan.
–Bueno, por lo menos la voz no le temblaba–. Dyelin, por favor atiende a la
Señora de la Olas y a la Detectora de Vientos, y prueba a ver si puedes disipar
sus temores. Birgitte, espero que me presentes tu plan para el reclutamiento
esta noche.
Las mujeres a las que nombró parpadearon asombradas y luego asintieron en
silencio. Entonces Elayne salió de la sala, seguida de
Nadere, deseando para sus adentros haberlo hecho mejor. Lo último que escuchó
antes de que la puerta se cerrara a sus espaldas fue la voz de Zaida.
–Extrañas costumbres, las que tenéis los confinados en tierra.
En el corredor intentó ir más deprisa, aunque no resultaba fácil al tener que
caminar y sujetar cerrada la capa al mismo tiempo. Las baldosas rojas y blancas
estaban muchísimo más frías que las alfombras de la sala. Unos cuantos criados,
cálidamente envueltos en uniformes de buena lana, se quedaron mirándola de hito
en hito al verla y después reanudaron rápidamente sus tareas. Las llamas de las
lámparas de pie titilaban; siempre había corrientes en los pasillos. De vez en
cuando, el aire se movía con bastante fuerza para hacer que un tapiz se meciese
perezosamente.
–Eso fue a propósito, ¿verdad? –le dijo a Nadere, sin preguntar realmente–.
Cuando fuera que me llamaseis, teníais que aseguraros de que hubiese mucha gente
para mirarme. Para cercioraros de que adoptar a Aviendha como hermana era lo
bastante importante para mí. –Le habían dicho que debía ser más importante que
cualquier otra cosa–. ¿Qué le habéis hecho a ella?
A veces Aviendha parecía tener muy poco pudor; a menudo iba y venía por sus
aposentos desnuda, con despreocupación, sin darse cuenta siquiera cuando
entraban sirvientes. Obligarla a desnudarse rodeada de un montón de gente no
habría probado nada.
–Eso tiene que ser ella quien te lo cuente, si quiere –respondió con
suficiencia Nadere–. Eres muy perspicaz, ya que te has dado cuenta. Muchas no lo
pillan. –Su generoso busto se alzó en un gruñido que podría ser una risa–. Esos
hombres, volviéndose de espaldas, y esas mujeres, protegiéndote. Lo habría
impedido si el hombre de la chaqueta bordada no hubiese dejado de echar ojeadas
por encima del hombro para admirar tus caderas. Y si tu sofoco no hubiese
demostrado que sabías que lo estaba haciendo.
Elayne dio un traspié y tropezó. La capa se abrió, dejando escapar el poco calor
corporal que se había acumulado debajo antes de que pudiera cerrarla de nuevo.
–¡Ese asqueroso puerco! –gruñó– ¡Le…! ¡Le…! –Maldición, ¿qué podía hacer?
¿Contárselo a Rand? ¿Dejar que se encargara él de Taim? ¡Jamás!
Nadere la miró socarronamente.
–A la mayoría de los hombres les gusta contemplar el trasero de una mujer. Deja
de preocuparte por ellos y empieza a pensar en la mujer que quieres por hermana.
Sonrojándose de nuevo, Elayne se centró en Aviendha. Hacerlo no contribuyó a
calmar su nerviosismo. Había cosas específicas en las que le habían dicho que
pensara antes de la ceremonia, y algunas la intranquilizaban.
Nadere mantuvo el paso marcado por Elayne, que llevó mucho cuidado para que las
piernas no asomaran por la abertura de la capa –había servidumbre por todas
partes–, de modo que tardaron un rato en llegar a la habitación donde se habían
reunido las Sabias, más de una docena, vestidas con sus amplias faldas, blusas
blancas y oscuros chales, engalanadas con collares y brazaletes de oro y plata,
piedras preciosas y marfil, y sujetos los largos cabellos con pañuelos doblados.
Se habían retirados todos los muebles y alfombras, dejando desnudas las blancas
baldosas, y no había fuego encendido en el hogar. Allí, muy en el interior del
palacio, sin ventanas, el retumbo de los truenos apenas se escuchaba.
Los ojos de Elayne fueron de inmediato hacia Aviendha, que se encontraba al otro
lado de la habitación. Desnuda. Sonrió a Elayne con nerviosismo. ¡Nerviosa! ¡Aviendha!
Elayne se despojó rápidamente de la capa y le devolvió la sonrisa. También ella
con nerviosismo, comprendió. Aviendha soltó una queda risa y, al cabo de un
momento, Elayne hizo otro tanto. ¡Luz, qué frío hacía! ¡Y el suelo estaba
helado!
No conocía a la mayoría de las Sabias que había en el cuarto, pero uno de los
rostros atrajo de inmediato su atención. El cabello prematuramente blanco de
Amys, combinado con los rasgos propios de una mujer que aún no había entrado en
la madurez, le daban cierta semejanza al aspecto de una Aes Sedai. Debía de
haber Viajado desde Cairhien. Egwene había estado enseñando a las caminantes de
sueños para corresponder a sus enseñanzas sobre el Tel’aran’rhiod. Y para saldar
una deuda, afirmaba, aunque nunca aclaró qué deuda era.
–Esperaba que Melaine estuviese aquí –dijo Elayne. Le gustaba la esposa de Bael,
una mujer afectuosa y generosa. No como otras dos que reconoció en la
habitación, la huesuda Tamela, con su cara angulosa, y Viendre, un águila
hermosa de ojos azules. Ambas eran más fuertes en el Poder que ella, más que
cualquier hermana que conocía, a excepción de Nynaeve. Se suponía que tal cosa
no tenía importancia entre las Aiel, pero a Elayne no se le ocurría otro motivo
para que adoptasen un aire despectivo y altanero cada vez que la veían.
Había supuesto que Amys tendría el mando –siempre lo hacía, al parecer–, pero
fue una mujer baja, llamada Monaelle, con el cabello rubio con toques rojizos,
la que se adelantó. En realidad no era baja, pero aun así era la única en el
cuarto a la que Elayne superaba en estatura. Y también la más débil en el poder,
apenas lo suficiente, si hubiese ido a Tar Valon, para haberse ganado el chal.
Quizá tal cosa no contaba realmente entre las Aiel.
–Si Melaine estuviese aquí –dijo Monaelle en tono enérgico pero no
desagradable–, los bebés que lleva en su vientre formarían parte del vínculo
entre tú y Aviendha si los flujos los rozaban. Si es que sobrevivían, claro; los
nonatos no son lo bastante fuertes para esto. La cuestión es ¿lo sois vosotras?
–Gesticuló con las manos, señalando dos lugares en el suelo, no lejos de ella–.
Venid aquí las dos, al centro de la habitación.
Por primera vez, Elayne comprendió que el Saidar iba a ser parte de aquello.
Había pensado que sería sólo una ceremonia, un intercambio de compromisos, tal
vez prestar juramentos. ¿Qué iba a pasar? No importaba, salvo que… Se dirigió
despacio hacia Monaelle.
–Mi Guardián… Nuestro vínculo… ¿Esto la… afectará?
Aviendha, que había fruncido el entrecejo al advertir su vacilación, dirigió una
mirada sobresaltada a Monaelle. Obviamente, aquello era algo en lo que no había
pensado. La Sabia sacudió la cabeza.
–Los flujos no pueden tocar a nadie fuera de esta habitación. Es posible que
sienta algo de lo que compartáis las dos, debido al vínculo que os une, pero
sólo un poco.
Aviendha soltó un suspiro de alivio, coreado por otro de Elayne.
–Bien –continuó Monaelle–. Hay que seguir unos procedimientos. Venid. No somos
jefes de clan discutiendo compromisos de agua entre copa y copa de oosquai.
Riendo, haciendo lo que parecían chistes sobre jefes de clan y el fuerte licor
Aiel, las otras mujeres formaron un círculo alrededor de Aviendha y Elayne.
Monaelle se sentó grácilmente en el suelo, cruzada de piernas, a dos pasos de
las jóvenes desnudas. Las risas cesaron cuando su tono se tornó ceremonioso.
–Nos hemos reunido porque dos mujeres desean ser primeras hermanas.
Comprobaremos si son lo bastante fuertes y, si lo son, las ayudaremos. ¿Se
encuentran sus madres presentes?
Elayne dio un respingo, pero al momento Viendre se situaba detrás de ella.
–Yo actúo como la madre de Elayne Trakand, que no puede estar aquí. –Con las
manos en los hombros de Elayne, Viendre la empujó hacia adelante y hacia abajo
hasta que la joven se encontró de rodillas en las frías baldosas, delante de
Aviendha, y a continuación se arrodilló ella–. Ofrezco a mi hija para su prueba.
Tamela apareció detrás de Aviendha y la empujó hacia abajo hasta que las
rodillas de ésta tocaron las baldosas, casi pegadas a las de Elayne, y luego se
arrodilló detrás.
–Yo actúo como la madre de Aviendha, que no puede estar aquí. Ofrezco a mi hija
para su prueba.
En otro momento Elayne habría soltado una risita. Ninguna de las dos mujeres
parecía tener media docena de años más que Aviendha y ella. En otro momento. No
en ése. Las Sabias que se habían quedado de pie mostraban un gesto solemne. Las
observaban a Aviendha y a ella como si las sopesaran y no estuviesen seguras de
que darían la talla.
–¿Quién sufrirá los dolores del parto por ellas? –preguntó Monaelle, y Amys se
adelantó.
Otras dos la siguieron, una pelirroja llamada Shyanda, a la que Elayne había
visto con Melaine, y una mujer canosa a la que no conocía. Ayudaron a desnudarse
a Amys. Orgullosa en su desnudez, Amys se volvió hacia Monaelle y se palmeó el
terso y duro vientre.
–Yo he dado a luz. He dado de mamar –dijo, rodeando con las manos unos pechos
que no parecían haber hecho tal cosa–. Me ofrezco.
Tras el circunspecto gesto de aceptación de Monaelle, Amys se puso de rodillas a
dos pasos, al otro lado de Elayne y Aviendha, y se sentó sobre los talones.
Shyanda y la canosa Sabia se arrodillaron flanqueándola, y de repente el brillo
del Poder rodeó a todas las mujeres de la habitación, salvo a Elayne, Aviendha y
Amys.
Elayne respiró profundamente y vio que Aviendha hacía lo mismo. De vez en
cuando, un brazalete tintineaba contra otro entre las Sabias, el único sonido en
el cuarto aparte de las respiraciones y el débil y lejano trueno. Fue casi un
sobresalto cuando Monaelle habló.
–Las dos haréis lo que se os ordene. Si flaqueáis o tenéis dudas, vuestra
devoción no es lo bastante fuerte. Os mandaré salir y ése será el final de esto,
para siempre. Haré preguntas, y responderéis con sinceridad. Si rehusáis
contestar, se os mandará salir. Si alguna de las presentes cree que mentís, se
os mandará salir. Y podéis marcharos en cualquier momento que queráis, desde
luego. Lo cual pondrá fin a esto de manera definitiva. Aquí no hay segundas
oportunidades. Bien. ¿Cuál crees que es la mejor cualidad de la mujer que
quieres como hermana primera?
Elayne casi esperaba esa pregunta. Era una de las cosas en las que le dijeron
que pensara. Elegir una virtud entre tantas no había sido fácil, aunque ya tenía
preparada la respuesta. Cuando habló, flujos de Saidar se tejieron
repentinamente entre Aviendha y ella, y de su boca no salió sonido alguno, ni de
la de Aviendha. Sin pensarlo, una parte de su mente memorizó la forma de los
tejidos; incluso en ese momento, intentar aprender era una parte de sí misma,
tanto como el color de sus ojos. Los tejidos desaparecieron cuando cerró los
labios.
Aviendha se siente muy segura de sí misma, muy orgullosa. No le importa lo que
nadie piense que debería hacer o ser; es quien ella quiere ser, oyó Elayne decir
a su propia voz, a la par que las palabras de Aviendha se hacían audibles de
repente, al mismo tiempo. Incluso cuando Elayne está tan asustada que se le
queda seca la boca, su espíritu no se doblega. Es la persona más valiente que
conozco.
Elayne miró de hito en hito a su amiga. ¿Aviendha creía que era valiente? Luz,
no era cobarde, pero ¿valiente? Curiosamente, Aviendha la miraba intensamente a
ella, con incredulidad.
–La valentía es un pozo –le susurró Viendre al oído–, profundo en algunas
personas, somero en otras. Profundos o someros, los pozos acaban secándose,
aunque vuelvan a llenarse después. Afrontarás lo que no eres capaz de afrontar,
las piernas te temblarán como si fuesen gelatina, y tu cacareado coraje te
dejará tirada en el polvo, sollozando. Llegará el día.
Lo dijo como si quisiese estar allí para verlo. Elayne asintió con
un seco cabeceo. Sabía todo sobre temblarle las piernas como si fuesen gelatina;
se enfrentaba a ello a diario, al parecer.
Tamela hablaba al oído de Aviendha en un tono casi tan satisfecho como el de
Viendre:
–El ji’e’toh te ata como bandas de acero. Por el ji, actúas exactamente como se
espera de ti, hasta lo más mínimo. Por el toh, si es preciso te rebajas y te
arrastras sobre el vientre. Porque te importa, y mucho, lo que todo el mundo
piensa de ti.
Elayne casi soltó una exclamación ahogada. Eso era cruel. E injusto. Sabía algo
del ji’e’toh, pero Aviendha no era así. Sin embargo, Aviendha estaba asintiendo,
igual que había hecho ella antes. Una aceptación impaciente de lo que ya sabía.
–Buenas características que apreciar en una hermana primera –dijo Monaelle, que
dejó resbalar el chal hasta los codos–, pero ¿qué es lo peor que ves en ella?
Elayne rebulló sobre las heladas rodillas y se lamió los labios antes de hablar.
Había temido esto. No era sólo la advertencia de Monaelle; Aviendha había dicho
que debían decir la verdad. Tenían que hacerlo, pues si no ¿qué valor tenía la
unión de hermanas? De nuevo los tejidos retuvieron cautivas sus palabras hasta
que desaparecieron.
Aviendha… dijo de repente la voz de Elayne, vacilante. Cree… Cree que la
violencia es siempre la respuesta. A veces no piensa más allá de su cuchillo. ¡A
veces es como un muchachito que nunca se hará mayor!
Elayne sabe que… empezó la voz de Aviendha, que tragó saliva y continuó de
corrido. Sabe que es hermosa, sabe el poder que eso le da sobre los hombres. A
veces va con la mitad del busto al aire, a la vista de todos, y sonríe para
conseguir que los hombres hagan lo que quiere.
Elayne se quedó boquiabierta. ¿Aviendha pensaba eso de ella? ¡La hacía parecer
una lagarta! Aviendha la miró ceñuda y empezó a abrir la
boca, pero Tamela le apretó de nuevo los hombros y empezó a hablarle.
-¿Crees que los hombres no contemplan tu cara con aprobación? -Había un timbre
incisivo en la voz de la Sabia, y «firme» sería el término más comedido para
describir su rostro-. ¿Acaso no miran tus pechos en la tienda de vapor? ¿No
admiran tus caderas? Eres hermosa, y lo sabes. ¡Niégalo, y te negarás a ti
misma! Te han complacido las miradas de los hombres, y les han sonreído. ¿De
verdad no sonreirás a un hombre para dar más peso a tus argumentos, o no tocarás
su brazo para distraerle de la debilidad de tus razonamientos? Lo harás, y no
serás menos por ello.
Las mejillas de Aviendha se tiñeron de rojo, pero Elayne tenía que escuchar lo
que Viendre le decía a ella. E intentar no ponerse colorada.
-Hay violencia en ti. Niégalo, y te negarás a ti misma. ¿Acaso nunca has montado
en cólera y has arremetido? ¿Es que nunca has derramado la sangre de alguien?
¿Nunca has deseado hacerlo? ¿Sin plantearte otra posibilidad? ¿Sin pensarlo
siquiera? Mientras respires, eso formará parte de ti.
Elayne recordó a Taim, y otros casos similares, y su rostro se puso rojo como la
grana.
En esta ocasión, fue algo más que una respuesta.
-Tus brazos se debilitarán -le decía Tamela a Aviendha-. Tus piernas perderán su
velocidad. Una persona joven podrá quitarte el cuchillo de la mano. ¿De qué te
valdrán entonces destreza o ferocidad? El corazón y la mente son las verdaderas
armas. Mas ¿acaso aprendiste a utilizar la lanza en un día, cuando eras
Doncella? Si no aguzas corazón y mente ahora, te harás vieja y los niños te
ofuscarán el entendimiento. Los jefes de clan te sentarán en un rincón para que
juegues a las cunitas, y cuando hables, lo único que oirán todos será el viento.
Tenlo en cuenta mientras estás a tiempo.
-La belleza desaparece -continuó Viendre al oído de Elayne-. El paso de los años
hará que tus pechos se descuelguen, que tus carnes pierdan firmeza, que tu piel
se torne seca y arrugada como el cuero. Hombres que sonreían al ver tu cara te
hablarán como si fueses otro hombre. Tal vez tu esposo te vea siempre como la
primera vez que puso los ojos en ti, pero ningún otro hombre soñará contigo.
¿Dejarás por ello de ser tú? Tu cuerpo es sólo una envoltura. Tu carne se
marchitará, pero tú eres tu corazón y tu mente, y esos no cambiarán salvo para
hacerse más fuertes.
Elayne sacudió la cabeza, pero no en un gesto de negación. En realidad no. Sin
embargo, nunca había pensado en envejecer. Sobre todo desde que había ido a la
Torre. El paso de los años dejaban una huella muy leve incluso en las Aes Sedai
de mucha edad. Mas, ¿y si llegaba a vivir tanto como las Asentadas? Eso
significaría renunciar a ser Aes Sedai, por supuesto, pero ¿y si lo hacía? Las
Allegadas tardaban mucho tiempo en tener arrugas, pero las tenían. ¿Qué estaría
pensando Aviendha? La Aiel estaba allí de rodillas, con aire¼ huraño.
-¿Qué te parece más infantil en la mujer que quieres como hermana primera?
-preguntó Monaelle.
Eso era más fácil, menos peliagudo. Elayne sonrió incluso mientras hablaba.
Aviendha le devolvió la sonrisa, desaparecida ya la expresión hosca. Una vez
más, los tejidos tomaron sus palabras y las liberaron a la par, las voces con un
dejo de risa.
Aviendha no me deja que le enseñe a nadar. Lo he intentado. No le tiene miedo a
nada, excepto meterse en más cantidad de agua de la que cabe en una bañera.
Elayne zampa golosinas a dos manos, como una niña que ha escapado a la
vigilancia de su madre. Si sigue así, se pondrá gorda como un cerdo antes de que
se haga mayor.
Elayne dio un respingo. ¿Zampar? ¿Zampar? Probaba un poco de vez es cuando, eso
era todo. Sólo de vez en cuando. ¿Gorda? ¿Por qué
Aviendha la miraba iracunda? Negarse a meterse en el agua donde cubría por
encima de la rodilla era infantil.
Monaelle se tapó la boca con la mano para toser levemente, pero a Elayne le
pareció que lo que ocultaba era una sonrisa. Algunas de la Sabias que estaban de
pie se echaron a reír sin tapujos. ¿Por la tontería de Aviendha o por su¼
golosinería?
Monaelle recobró su aire solemne mientras arreglaba la falda extendida sobre el
suelo, pero cuando habló aún había un atisbo de regocijo en su voz.
-¿Qué es lo que más envidias de la mujer que quieres como hermana primera?
Quizás Elayne habría dado un rodeo a la respuesta a despecho de la exigencia de
contestar con sinceridad. La verdad había surgido en su mente tan pronto como le
dijeron que pensara en esto, pero había encontrado algo menos importante, menos
embarazoso para ambas, que habría colado. Quizá. Pero estaba lo de que sonreía a
los hombres y que enseñaba el busto. A lo mejor ella sonreía, ¡pero Aviendha
pasaba delante de sirvientes abochornados sin llevar nada encima y dando la
impresión de que ni siquiera los veía! De modo que zampaba golosinas, ¿verdad? Y
que iba a ponerse gorda, ¿no? Manifestó la amarga verdad mientras los tejidos
tomaban sus palabras y la boca de Aviendha se movía en un silencio huraño, hasta
que por fin lo que habían dicho se liberó.
Aviendha ha yacido en los brazos del hombre al que amo. Yo nunca lo he hecho;
puede que nunca lo haga, ¡y querría llorar cuando lo pienso!
Elayne tiene el amor de Rand. El corazón me duele de desear que
él me quiera a mí, pero no sé si llegará a amarme nunca.
Elayne miró intensamente el rostro indescifrable de Aviendha. ¿Que tenía celos
de ella por causa de Rand? ¿Cuando ese hombre la evitaba
como si tuviese la sarna? No tuvo tiempo para pensar nada más.
-Dale una bofetada lo más fuerte que puedas -instruyó Tamela a Aviendha mientras
apartaba sus manos de los hombros de la joven.
Viendre apretó ligeramente los de Elayne.
-No te defiendas -advirtió.
¡De eso no habían dicho nada! Aviendha jamás le¼
Parpadeando, Elayne se incorporó de las heladas baldosas. Se tocó la mejilla con
sumo cuidado e hizo un gesto de dolor. Iba a tener la marca de la palma de la
mano en la cara el resto del día. Esa mujer no tenía por qué haber golpeado tan
fuerte.
Todas esperaron hasta que volvió a ponerse de rodillas, y entonces Viendre se
acercó a su oído.
-Dale una bofetada lo más fuerte que puedas.
Bueno, pues ella no iba a soltarle un bofetón a Aviendha. Ella no iba a¼ Una
tremenda bofetada tiró a Aviendha al suelo y la hizo deslizarse por las baldosas
casi hasta donde se encontraba Monaelle. A Elayne le dolía la palma de la mano
casi tanto como la mejilla.
Aviendha se incorporó a medias, sacudió la cabeza, y después volvió a su
posición anterior; a gatas.
-Golpéala con la otra mano -dijo Tamela.
Esta vez, Elayne se deslizó sobre las heladas baldosas hasta pararse contra las
rodillas de Amys; la cabeza le zumbaba, y le ardían ambas mejillas. Y cuando se
situó de nuevo de rodillas delante de Aviendha, cuando Viendre le dijo que
golpeara, puso toda la fuerza de su cuerpo en la bofetada, hasta el punto de que
casi se cayó encima de Aviendha cuando ésta se fue al suelo.
-Ahora podéis marcharos -dijo Monaelle.
Los ojos de Elayne se volvieron rápidamente hacia la Sabia. Aviendha, a medio
recobrar la postura de rodillas, se quedó petrificada.
-Si queréis -añadió Monaelle-. Los hombres lo hacen generalmente
al llegar a este punto, si no antes. También lo hacen muchas mujeres. Pero si
seguís queriéndoos la una a la otra lo bastante para continuar, entonces
abrazaros.
Elayne se echó en los brazos de Aviendha, que a su vez se había lanzado hacia
ella, y a poco no se fue de espaldas al suelo. Se estrecharon con fuerza. Elayne
sintió que las lágrimas desbordaban sus ojos, y se dio cuenta de que Aviendha
también lloraba.
-Lo siento -susurró fervientemente Elayne-. Lo siento mucho, Aviendha.
-Perdóname -contestó en otro susurro la Aiel-. Perdóname.
Monaelle se había puesto de pie y estaba junto a ellas ahora.
-Sentiréis cólera contra la otra en más ocasiones, os diréis palabras muy duras,
pero siempre recordaréis que ya os habéis abofeteado. Y sin más motivo que os
dijeran que lo hicieseis. Lo pasado, pasado. Perdonad esos golpes por todos los
que podrías desear dar. Tenéis toh la una con la otra, un toh que no podéis
saldar ni intentaréis saldarlo, porque cualquier mujer siempre está en deuda con
su hermana primera. Volveréis a nacer.
La percepción del Saidar en el cuarto estaba cambiando, pero Elayne no habría
tenido ocasión de ver cómo ni aun en el caso de que se le hubiese ocurrido la
idea. La luz menguó como si se hubiesen apagado las lámparas. La sensación del
abrazo de Aviendha menguó. El sonido menguó. Lo último que oyó fue la voz de
Monaelle.
-Volveréis a nacer.
Todo desapareció. Ella desapareció. Dejó de existir.
Una especie de conciencia. No pensaba en sí misma como tal, no pensaba en nada,
pero era consciente. Del sonido. Un líquido rumoroso todo en derredor. Borboteos
y retumbos sordos. Y un ruido amortiguado, rítmico. Eso por encima de todo. Pu-pum.
Pu-pum. No conocía la satisfacción, pero estaba satisfecha. Pu-pum.
Tiempo. No conocía el tiempo, pero transcurrieron Eras. Había un sonido dentro
de ella, un sonido que era ella. Pu-pum. El mismo sonido, el mismo ritmo que el
otro. Pu-pum. Y procedente de otro sitio, cerca. Pu-pum. Otra. Pu-pum. El mismo
sonido, el mismo latido, como el suyo. Otra no. Eran la misma; eran una. Pu-pum.
La eternidad transcurrió al ritmo de esa cadencia, todo el tiempo habido desde
el principio, siempre. Tocó a la otra que era ella misma. Podía sentir. Pu-pum.
Se movía, ella y la otra que era ella misma, retorciendose una en la otra, los
miembros enredándose, retirándose pero siempre regresando una a la otra. Pu-pum.
A veces había luz en la oscuridad; tenue más allá de la percepción, pero intensa
para quien sólo conocía oscuridad. Pu-pum. Abrió los ojos y miró los de la otra
que era ella misma, y volvió a cerrarlos, satisfecha. Pu-pum.
Cambio; repentino, conmocionante para quien jamás había conocido cambios.
Presión. Pu-pum-pu-pum. Aquel reconfortante latido era más rápido. Presión
espasmódica. Otra vez. Otra vez. Cada vez más fuerte. ¡Pu-pum-pu-pum! ¡Pu-pum-pu-pum!
De pronto, la otra que era ella misma¼ desapareció. Estaba sola. No conocía el
miedo, pero estaba asustada, y sola. ¡Pu-pum-pu-pum! ¡Presión! ¡Más fuerte que
cualquiera antes! La apretaba, la aplastaba. Si hubiese sabido cómo gritar, si
hubiese sabido lo que era un grito, habría chillado.
Y entonces la luz, cegadora, rebosante de formas en movimiento, arremolinadas.
Tenía peso; nunca había sentido peso. Un dolor cortante en lo que sentía como su
centro. Algo le hizo cosquillas en el pie. Algo le hizo cosquillas en la
espalda. Al principio no se dio cuenta de que aquel plañido salía de ella. Pateó
débilmente, agitando miembros que no sabía cómo mover. Fue levantada en el aire,
y dejada sobre algo suave pero más firme que nada de lo que había sentido hasta
entonces, excepto
los recuerdos de la otra que era ella misma, la otra que había desaparecido. Pu-pum.
Pu-pum. El sonido. El mismo sonido, el mismo latido. La soledad, no
identificada, imperaba, pero también había satisfacción.
La memoria empezó a volver, lentamente. Alzó la cabeza, apoyada en un pecho, y
contempló el rostro de Amys. Sí, Amys. Empapada en sudor y con aire de
agotamiento, pero sonriente. Y ella era Elayne; sí, Elayne Trakand. Pero había
en ella algo más ahora. No como el vínculo del Guardián, pero sí parecido en
cierto modo. Más leve, pero más grandioso. Despacio, sobre un cuello que se
bamboleaba inestable, giró la cabeza para mirar a la otra mitad que era ella
misma, recostada sobre el otro pecho de Amys. Vio a Aviendha, el cabello
apelmazado, el rostro y el cuerpo brillantes por el sudor¼ sonriendo gozosa.
Riendo, llorando, se abrazaron con fuerza y siguieron así como si nunca fueran a
soltarse.
-Ésta es mi hija Aviendha -dijo Amys-, y ésta es mi hija Elayne, nacidas el
mismo día, a la misma hora. Ojalá se protejan, se apoyen y se amen siempre. -Rió
queda, cansada, cariñosamente-. Y ahora, por favor, ¿quiere alguien traernos
ropas antes de que mis nuevas hijas y yo no muramos de frío?
En ese momento a Elayne no le importaba si se moría de frío. Se aferró a
Aviendha riendo y llorando. Había encontrado a su hermana. ¡Luz, había
encontrado a su hermana!
Toveine Gazal se despertó con el ruido de un quedo bullir, de otras mujeres
moviéndose de aquí para allí, algunas hablando en voz baja. Tendida en el duro y
estrecho catre, suspiró con lástima. Lo de sus manos cerradas en torno al cuello
de Elaida sólo había sido un sueño agradable. La realidad era aquel diminuto
habitáculo de paredes de lona. Había dormido mal, y se sentía débil, aturdida.
También había dormido más de la cuenta; no tendría tiempo para desayunar. Retiró
las mantas
de mala gana. El edificio había sido un pequeño almacén de algún tipo, con
gruesas paredes y pesadas vigas en el techo bajo, pero no tenía chimenea. Su
aliento se condensó, y el aire gélido de la mañana traspasó su ropa interior
antes de haber puesto los pies en las toscas planchas de madera del suelo. Aun
en el caso de que se hubiese planteado quedarse acostada en ese lugar, tenía
órdenes que cumplir. El asqueroso vínculo de Logain hacía imposible la
desobediencia, por mucho y muy a menudo que deseara desobedecer.
Siempre intentaba pensar en él como en Ablar, simplemente, o, en el peor de los
casos, en maese Ablar, pero siempre era Logain lo que le venía a la mente. El
nombre que él había hecho infame. Logain, el falso Dragón que había destrozado
los ejércitos de su tierra natal, Ghealdan. Logain, que se había abierto paso a
sangre y fuego a través de los contados altaraneses y murandianos con valor
suficiente para intentar detenerlo, hasta que llegó a amenazar a la propia
Lugard. Logain, al que se había amansado y que, a saber cómo, podía encauzar
otra vez, el que se había atrevido a implantar su maldito tejido de Saidin en
Toveine Gazal. ¡Seguro que lamentaba no haberle ordenado que dejara de pensar!
Podía sentir al hombre en el fondo de su mente. Siempre estaba allí.
Por un instante, apretó los párpados con fuerza. ¡Luz! La granja de la señora
Espigo le había parecido la Fosa de la Perdición, años de exilio y de
penitencia, sin salida, excepto lo inconcebible: convertirse en una renegada
perseguida. Apenas había pasado media semana desde su captura, pero ahora sabía
a qué atenerse. Esto sí que era la Fosa de la Perdición. Y no había salida.
Furiosa, sacudió la cabeza y se quitó con los dedos los brillantes reguerillos
húmedos de las mejillas. ¡No! Escaparía, de algún modo, aunque sólo fuese el
tiempo suficiente para poner de verdad sus manos en el cuello de Elaida. De
algún modo.
Aparte del catre, sólo había otros tres muebles, pero aun así apenas dejaban
espacio libre para moverse. Rompió el hielo del aguamanil
que había sobre el lavabo con la hebilla de su cinturón, llenó la palangana
blanca descascarillada, y encauzó para calentar el agua hasta que soltó vapor.
Estaba permitido encauzar para eso. Y para nada más. Como medida de precaución
se limpió y aclaró los dientes con sal y soda, y después se puso una muda y
medias limpias que guardaba en el pequeño arcón de madera, situado a los pies
del catre. El anillo lo dejó en el arcón, metido debajo de todo lo demás, dentro
de una bolsita de terciopelo. Otra orden. Todas sus cosas estaban allí, excepto
la escribanía portátil. Con suerte, se había perdido cuando la prendieron. Sus
vestidos colgaban de una percha, la última pieza de mobiliario de su habitación.
Eligiendo uno sin mirar realmente, se lo puso de manera automática y utilizó el
peine y el cepillo para arreglarse el cabello.
El movimiento del cepillo de mango de marfil se ralentizó cuando la mujer se vio
realmente en el espejo barato e irregular del lavabo. Con la respiración
agitada, soltó el cepillo al lado del peine a juego. El vestido que había
escogido era de paño grueso y bien tejido, sin adornos, de un color rojo tan
oscuro que casi parecía negro. Negro, como la chaqueta de un Asha’man. Su imagen
distorsionada le devolvía la mirada, con los labios torcidos en una mueca.
Cambiarse sería una especie de rendición. Con aire resuelto, cogió la capa gris,
forrada con piel de marta, de la percha.
Cuando apartó a un lado la lona de la entrada, alrededor de veinte hermanas
ocupaban ya el pasillo central flanqueado con habitaciones de lona. Aquí y allí,
unas pocas hablaban en murmullos, pero las demás evitaban los ojos de sus
compañeras, aunque perteneciesen al mismo Ajah. El miedo estaba presente, pero
era una vergüenza que se reflejase en la mayoría de las caras. Akoure, una
fornida Gris, se miraba fijamente la mano en la que normalmente lucía su anillo.
Desandre, una esbelta Amarilla, tenía escondida la mano del anillo en el hueco
de la axila del otro brazo.
Las quedas conversaciones cesaron cuando Toveine apareció. Varias mujeres la
miraron hostilmente, sin tapujos. ¡Incluidas Jenare y Lemai, de su propio Ajah!
Desandre recobró la compostura lo suficiente para volverse de espaldas
fríamente. En el espacio de dos días, cincuenta y una Aes Sedai habían caído
prisioneras de los monstruos de chaquetas negras, y cincuenta culpaban de ello a
Toveine Gazal como si Elaida a’Roihan no hubiese tenido nada que ver con el
desastre. De no ser por la intervención de Logain, se habrían cobrado venganza
en su primera noche allí. No le agradecía que hubiese parado la paliza y que
obligara a Carniele a Curarle los verdugones causados por cinturones y los
cardenales dejados por puños y pies. Habría preferido que la mataran a golpes
antes que estar en deuda con él.
Se echó la capa sobre los hombros y caminó orgullosamente pasillo adelante hasta
salir al pálido sol matinal, tan acorde con su ánimo decaído. A su espalda,
alguien gritó unas palabras acres antes de que la puerta las acallara al
cerrarse. Se s
|
| |