Cedido por Timun Mas a Los Espejos
de la Rueda
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Vislumbres del Entramado
Prólogo del libro "Encrucijada en el Crepúsculo"
de próxima aparición.
Rodel Ituralde detestaba esperar, aunque sabía muy bien que
ser soldado consistía principalmente en eso: esperar la siguiente batalla, esperar
a que el enemigo se moviera, esperar a que cometiera un error. Observó, tan inmóvil
como los árboles, el bosque helado. El sol se encontraba a medio camino de su
cenit y no proporcionaba calor alguno. El vaho exhalado al respirar se condensaba
y cubría con una blanca capa de escarcha el bigote pulcramente recortado y la
piel de zorro negro que ribeteaba la capucha. Se alegró de llevar el yelmo colgado
en la perilla de la silla. El peto acumulaba el frío y lo irradiaba a través de
la chaqueta y de todas las prendas de lana, seda y lino que llevaba debajo. Hasta
notaba el helor en la silla de Dardo, como si el castrado blanco estuviera hecho
de leche congelada. El yelmo le habría adormecido el cerebro, aturullándolo. El
invierno había llegado tardío, y mucho, a Arad Doman, pero lo había hecho con
ganas. En menos de un mes se había pasado del calor del verano —prolongado de
manera antinatural hasta el otoño— a pleno invierno. Las hojas que habían resistido
la larga sequía estival se habían helado antes de haber cambiado de color, y ahora
brillaban como extrañas esmeraldas cubiertas de hielo al sol matinal. De vez en
cuando, algún caballo de la veintena, más o menos, de mesnaderos que había a su
alrededor pateaba el profundo manto de nieve que llegaba a la altura de la rodilla.
Había sido una larga cabalgata y aún tenían que llegar más lejos, saliera bien
o mal el día. Oscuros nubarrones se des- plazaban por el cielo hacia el norte.
Ituralde no necesita la predicción del tiempo de su Zahorí para saber que la temperatura
caería en picado antes de que llegara la noche. Para entonces tendrían que estar
resguardados. —No es un invierno tan crudo como el de hace dos años, ¿verdad,
milord? —comentó Jaalam. El joven y alto oficial tenía facilidad para leerle los
pensamientos a Ituralde. Su tono de voz era lo bastante alto para que los demás
lo oyeran—. Aun así, supongo que a estas alturas algunos hombres deben de estar
soñando con ponche caliente. No éstos, por supuesto, que son increíblemente abstemios.
Todos beben té, creo. Té frío. Si tuvieran unas cuantas varas de abedul con las
que azotarse estarían desnudándose para tomar baños de nieve. —Tendrán que seguir
con la ropa puesta de momento —repuso Ituralde en tono seco—, pero es posible
que consigan un poco de té frío esta noche, si tienen suerte.
Su comentario provocó algunas risas. Risas quedas. Había elegido
cuidadosamente a esos hombres, y sabían las consecuencias de hacer ruido en un
momento inoportuno. Tampoco a él le habría venido mal una taza de ponche humeante,
o incluso de té, pero hacía mucho tiempo que los mercaderes no llevaban té a Arad
Doman. Hacía mucho que ningún mercader forastero se había aventurado más allá
de la frontera con Saldaea. Para cuando recibía noticias del mundo exterior, eran
tan añejas como el pan de un mes. Eso si no se trataba de un simple rumor, para
empezar. Aunque en realidad tampoco es que importara mucho que lo fuera. Si era
verdad que la Torre Blanca estaba dividida y enfrentada, o si en Caemlyn se estaban
agrupando hombres que encauzaban… Bien, el mundo tendría que arreglárselas sin
Rodel Ituralde hasta que Arad Doman hubiera recuperado la unidad. De momento,
ocuparse de Arad Doman era tarea más que suficiente para cualquier hombre en su
sano juicio. Analizó una vez más las órdenes que había enviado, con uno de los
jinetes más veloces que tenía, a todos los nobles leales al rey. Aunque divididos
por viejas rencillas y resentimientos, al menos seguían teniendo eso en común.
Reunirían sus tropas y marcharían cuando llegaran las órdenes del Lobo; siempre
y cuando siguiera gozando del favor del rey. Incluso se ocultarían en las montañas
y esperarían si se lo ordenaba. Oh, por supuesto que se irritarían y algunos maldecirían
su nombre, pero obedecerían. Sabían que el Lobo ganaba batallas; lo que es más,
sabían que ganaba guerras. Lo llamaban Pequeño Lobo cuando creían que no los oía,
pero no le importaba que resaltaran su baja estatura —en fin, no demasiado— mientras
marcharan cuando y donde dijera él.
A no tardar emprenderían una dura galopada para poner una trampa
que no saltaría hasta dentro de varios meses, con lo que corría un riesgo a largo
plazo. Había muchas formas de que los planes complejos se vinieran abajo, y en
este plan se superponían capas y más capas de estrategias. Todo se vendría abajo
antes de empezar si fracasaba su intento de poner el cebo. O si alguien no hacía
caso a su orden de eludir los correos del rey. Sin embargo, todos sabían sus motivos,
e incluso los más obstinados los compartían aunque muy pocos estaban dispuestos
a hablar abiertamente del tema. Él mismo se había movido como un espectro aventado
por una tormenta desde que había recibido la última orden de Alsalam. Dentro de
la manga, bajo la puntilla que caía sobre el guantelete reforzado con acero, llevaba
doblado el papel. Tenían una última oportunidad, una muy pequeña, de salvar Arad
Doman. Tal vez incluso de salvar a Alsalam de sí mismo antes de que el Consejo
de Mercaderes decidiera sentar a otro en el trono de palacio. Había sido un buen
dirigente durante más de veinte años. Quisiera la Luz que volviera a serlo.
Un fuerte chasquido hizo que la mano de Ituralde fuera hacia
la empuñadura de la espada. Sonó un suave crujido de cuero y metal cuando los
demás aflojaron las trabillas de sus armas. Ningún otro ruido. El bosque estaba
tan silencioso como una tumba. No había sido más que una rama al romperse por
el peso de la nieve. Pasados unos segundos, Ituralde se relajó… todo lo que se
había podido relajar desde que habían llegado las historias del norte sobre la
aparición del Dragón Renacido en el cielo de Falme. Quizás ese hombre era realmente
el Dragón Renacido y quizás había aparecido realmente en el cielo pero, fuera
o no verdad, esas historias habían prendido fuego a Arad Doman. Ituralde estaba
seguro de poder apagar ese fuego si tenía carta blanca, y no era jactancia. Sabía
lo que era capaz de hacer mediante una batalla, una campaña o una guerra. Pero,
desde que el Consejo había decidido que para mayor seguridad del rey lo mejor
era sacarlo clandestinamente de Bandar Eban, a Alsalam parecía habérsele metido
en la cabeza que era la reencarnación de Artur Hawkwing. Su firma y su sello se
habían estampado en montones de órdenes desde entonces, que habían salido a raudales
desde dondequiera que el Consejo lo tuviera escondido. Las componentes de dicho
órgano se negaban en redondo a decir dónde se encontraba, ni siquiera a Ituralde.
Todas las mujeres del Consejo con las que se había encarado se mostraban evasivas
y sus miradas se tornaban inescrutables ante la más mínima mención del rey. Uno
casi podía llegar a creer que ignoraban dónde se hallaba Alsalam. Una idea ridícula,
por supuesto. El Consejo no quitaba ojo al rey.
Ituralde siempre había opinado que las casas mercantiles se
entrometían demasiado, pero ojalá se inmiscuyeran ahora. Lo incomprensible era
que guardaran silencio, ya que un soberano que perjudicaba el comercio no permanecía
mucho en el trono. Él era fiel a sus juramentos y, además, Alsalam era un amigo,
pero las órdenes enviadas por el rey no habrían ocasionado más caos ni escritas
a propósito. Tampoco se podían pasar por alto: Alsalam era el rey. Pero había
mandado a Ituralde que marchara al norte lo más deprisa posible contra una gran
afluencia de Juramentados del Dragón que se estaban reuniendo allí, según la información
de los espías secretos de Alsalam. Entonces, diez días después, sin haber visto
aún a ningún Juramentado del Dragón, llegó una orden de moverse de nuevo hacia
el sur a toda velocidad contra otra reunión que nunca se materializó. Se le había
ordenado que concentrara sus tropas para defender Bandar Eban, cuando un ataque
sobre tres flancos habría podido llevarlo a cabo; o que las dividiera, cuando
un golpe contundente podría haber hecho otro tanto; que hostigara un área que
sabía que los Juramentados del Dragón habían abandonado; y que se alejara de donde
sabía que se encontraban acampados. Peor aún, las órdenes de Alsalam habían ido
directamente a los poderosos nobles que se suponía debían seguir a Ituralde, ya
habían enviado a Machir en una dirección, a Teacal en otra, a Rahman en una tercera.
Como resultado, en cuatro ocasiones se produjeron batallas campales entre unidades
del ejército al topar una contra otra en medio de la noche mientras marchaban
según las órdenes del monarca y esperaban encontrarse con el enemigo. Y mientras
tanto el número de Juramentados del Dragón había aumentado, además de reforzarse
su confianza. Ituralde había obtenido victorias —en Solanje y Maseen, en Lago
Somal y Kandelmar—, y los señores de Katar habían aprendido la lección de no vender
los productos de sus minas y forjas a los enemigos de Arad Doman, pero las órdenes
de Alsalam siempre echaban a perder sus logros.
No obstante, la última orden había sido distinta. Para empezar,
un Hombre Gris había matado a lady Tuva para impedir que el mensaje llegara a
sus manos. Ignoraba por qué la Sombra podía temer esa orden más que cualquiera
de las otras, pero tal hecho era razón de más para moverse con rapidez… antes
de que le llegara una contraorden de Alsalam. Ésta abría muchas posibilidades,
e Ituralde había sopesado todas las que veía. Sin embargo, las buenas empezaban
allí, ese día. Cuando sólo se tienen pocas probabilidad de éxito, hay que agarrarlas
al vuelo y aprovecharlas. El grito estridente de un arrendajo de las nieves se
oyó a lo lejos, seguido de un segundo y de un tercero. Haciendo bocina con las
manos, Ituralde repitió las tres penetrantes llamadas. Unos segundos después,
un castrado pinto de color claro apareció entre los árboles, montado por un jinete
embozado en una capa blanca con rayas negras. Tanto hombre como caballo habrían
sido difíciles de localizar en el nevado bosque si se hubiesen mantenido inmóviles.
El jinete paró al lado de Ituralde. Era un hombre corpulento que portaba una única
espada de hoja corta, y en la silla llevaba atados un arco metido en la funda
y una aljaba.
—Parece que han venido todos, milord —dijo con su característica
voz ronca mientras se retiraba la capucha. Alguien había intentado colgar a Donjel
de joven, aunque la razón se había olvidado con el paso de los años. Lo que quedaba
de su pelo, muy recortado, tenía un color gris acerado. El parche de cuero oscuro
que le cubría la cuenca vacía del ojo derecho era un recuerdo de otro lío juvenil.
No obstante, aunque tuviera sólo un ojo, era el mejor explorador que Ituralde
conocía—. Casi todos, en cualquier caso —continuó—. Han puesto dos círculos concéntricos
de centinelas alrededor del pabellón. Se los ve desde más de un kilómetro de distancia,
pero nadie conseguiría acercarse sin que los que están en el pabellón oigan la
alarma a tiempo de escapar. Que se puedan contar por las huellas, no han traído
más hombres de los que les dijisteis que podían traer. Claro que eso —añadió,
torciendo el gesto— aún os deja en desventaja por bastante diferencia. Ituralde
asintió con la cabeza. Había ofrecido la Cinta Blanca, y los hombres con los que
iba a reunirse la habían aceptado. Eran tres días en los que los hombres prometían
—por la Luz, por sus almas y su esperanza de salvación—, no desenvainar las armas
ni derramar sangre. Sin embargo, la Cinta Blanca no se había utilizado en la guerra
actual, y en los tiempos que corrían había hombres que tenían ideas raras sobre
dónde se encontraba la salvación. Por ejemplo, los que se autodenominaban seguidores
del Dragón. Ituralde tenía fama de jugársela, pero él no corría riesgos innecesarios.
El truco estaba en saber cuáles se podían correr. Y, a veces, en saber cuáles
había que correr.
Sacó del doblez de la boca de la bota un pequeño paquete envuelto
en seda engrasada y cosida, y se lo tendió a Donjel. —Si no he llegado al vado
de Coron en dos días, lleva esto a mi esposa. El explorador guardó el paquete
debajo de la capa, en algún sitio, se tocó la frente en un saludo, e hizo virar
su caballo hacia el oeste. Había recibido las mismas instrucciones de Ituralde
en ocasiones anteriores, por lo general la víspera de una batalla. Quisiera la
Luz que no fuera ésta la ocasión en la que Tamsin tuviera que abrir ese paquete.
Iría tras él, le había advertido; sería el primer episodio conocido de alguien
vivo persiguiendo a un muerto. —Jaalam —llamó Ituralde—, veamos qué nos aguarda
en el pabellón de caza de lady Osana. —Taconeó a Dardo, y los demás se pusieron
en marcha detrás.
El sol llegó a su cenit y comenzó a descender mientras cabalgaban.
Los oscuros nubarrones del norte se aproximaron, y el frío se hizo más intenso.
No se oía más ruido que el crujido de la nieve helada bajo los cascos de los caballos.
Parecía que el bosque estaba vacío a excepción de ellos. Ituralde no vio a los
centinelas de los que había hablado Donjel. El concepto de ese hombre sobre lo
que se podía localizar desde más de un kilómetro de distancia difería de lo que
opinaría la mayoría. Estarían esperándolo, por supuesto. Y observando para asegurarse
de que no lo seguía un ejército, hubiera o no Cinta Blanca. Seguramente muchos
de ellos tenían razones que consideraban suficientes para acribillarlo con flechas.
Un lord podía prestar la promesa de la Cinta Blanca por sus hombres, pero ¿todos
ellos se sentirían comprometidos? A veces había riesgos que uno debía correr.
Alrededor de media tarde, el así llamado pabellón de caza de
Osana surgió de repente entre los árboles, un conjunto de pálidas torres y cúpulas
esbeltas y puntiagudas que no habría desentonado entre los palacios de la propia
Bandar Eban. Las cacerías de Osana siempre habían sido de hombres o de poder,
sus trofeos numerosos y notables a pesar de su relativa juventud, y las «partidas
de caza» que habían tenido lugar allí habrían hecho que se enarcaran cejas incluso
en la capital. El edificio abandonado tenía señales de haber sido asolado. Las
ventanas rotas semejaban bocas con dientes puntiagudos e irregulares, y en ninguna
de ellas se veía un destello de luz ni movimiento alguno. Con todo, la nieve que
cubría el espacio despejado que rodeaba el pabellón estaba pisoteada por cascos
de caballos. Las puertas de la verja del patio principal, ornamentadas con remates
de latón, se encontraban abiertas, e Ituralde las cruzó sin detenerse ni aflojar
el paso, seguido por sus hombres. Los cascos de los caballos trapalearon en los
adoquines, donde la nieve se había derretido convirtiéndose en una masa fangosa.
No salieron sirvientes a recibirlo, aunque tampoco había esperado que lo hiciera
ninguno. Osana había desaparecido al inicio de los disturbios que ahora sacudían
Arad Doman como un perro sacudiría una rata entre sus dientes, y sus criados se
habían trasladado rápidamente con otros miembros de su casa, aceptando cualquier
puesto en la servidumbre. En la actualidad, quienes no tenían amos se morían de
hambre o se convertían en bandidos. O en Juramentados del Dragón. Ituralde desmontó
al pie de la ancha escalinata de mármol del patio, tendió las riendas de Dardo
a uno de sus mesnaderos, y Jaalam ordenó a los hombres que se refugiaran en cualquier
cobijo que encontraran para ellos y los animales.
Echando ojeadas a las balconadas de mármol y los amplios ventanales
que rodeaban el patio, los hombres se movieron como si esperaran que el bodoque
de una ballesta se les hincara entre los omóplatos. Las puertas del establo se
hallaban ligeramente abiertas pero, a pesar del frío, se repartieron por las esquinas
del patio, acurrucándose con los caballos allí donde podían seguir vigilando en
todas direcciones. Si ocurría lo peor, tal vez unos cuantos podrían escapar. Ituralde
se quitó los guanteletes, los guardó bajo el cinturón y comprobó las puntillas
de los puños mientras remontaba los peldaños con Jaalam. Bajo sus botas crujía
la nieve pisada por otros pies y congelada de nuevo. Se abstuvo de mirar hacia
cualquier otro lado salvo al frente. Tenía que aparentar sentirse extraordinariamente
seguro, como si fuera de todo punto imposible que los acontecimientos se desarrollaran
de un modo distinto del previsto por él. La seguridad en sí mismo era una de las
claves para lograr la victoria. Que la otra parte creyera que uno sentía una gran
seguridad a veces era casi tan bueno como sentirse realmente seguro. Al final
de la escalinata, Jaalam abrió una de las altas puertas talladas tirando de la
argolla dorada. Ituralde se tocó con el dedo el adorno, semejante a un lunar,
para comprobar que seguía en su sitio —tenía las mejillas tan heladas que no notaba
la pequeña estrella negra de terciopelo pegada a la piel— antes de cruzar el umbral
y entrar tan seguro de sí mismo como si se dirigiera a un baile. En el cavernoso
vestíbulo hacía tanto frío como fuera, y el aliento se convertía en tenues nubes
de vapor. Al no estar alumbrado, el amplio espacio parecía encontrarse envuelto
ya en las últimas luces del ocaso. El suelo era un colorido mosaico de cazadores
y animales, y algunas baldosas tenían desportilladuras, como si se hubieran arrastrado
grandes pesos sobre ellas o quizá se los hubiese dejado caer. Aparte de un pedestal
volcado que tal vez había sostenido una vasija o una pequeña estatua en otros
tiempos, el vestíbulo estaba vacío. Lo que no se había llevado la servidumbre
al huir, hacía mucho que se lo habían llevado los bandidos. Los esperaba un hombre
de cabello blanco y rostro más descarnado que cuando Ituralde lo había visto la
última vez. El peto estaba abollado y el pendiente que lucía era un sencillo aro
de oro, pero las puntillas de su atuendo se veían inmaculadas, y la reluciente
luna creciente roja junto al ojo izquierdo no habría desentonado en la corte en
tiempos mejores. —Por la Luz, sed bienvenido bajo la Cinta Blanca, lord Ituralde
—saludó formalmente con una ligera reverencia. —Por la Luz, vengo bajo la Cinta
Blanca, lord Shimron —contestó Ituralde, haciendo a su vez una reverencia. Shimron
había sido uno de los consejeros de más confianza de Alsalam. Al menos, hasta
que se unió a los Juramentados del Dragón. Ahora ocupaba un puesto destacado en
los consejos de éstos—. Mi mesnadero es Jaalam Nishur y del cumplimiento de su
palabra de honor responde la casa Ituralde, al igual que de todos los que han
venido conmigo.No había habido casa Ituralde antes del propio Rodel, pero Shimron
respondió a la inclinación de cabeza de Jaalam, con la mano sobre el corazón.
—Honor se corresponde con honor. ¿Tenéis la amabilidad de seguirme, lord Ituralde?
—dijo mientras se erguía tras la reverencia. De las grandes puertas del salón
de baile sólo quedaban los goznes, aunque a Ituralde le costaba imaginar que unos
ladrones se las hubieran llevado. Su ausencia dejaba un vano de arco ojival lo
bastante ancho para que pasaran diez hombres a la vez. Dentro de la estancia oval,
carente de ventanas, medio centenar de linternas de todo tipo y tamaño ahuyentaban
las sombras, bien que la luz apenas alcanzaba el techo abovedado. Separados a
uno y otro extremo del amplio salón, junto a las paredes pintadas, se encontraban
dos grupos de hombres; y, si la Cinta Blanca los había inducido a prescindir de
los yelmos, los doscientos o más al completo vestían armaduras y, desde luego,
ninguno se había desprendido de su espada. A un lado estaban unos pocos lores
domani tan poderosos como Shimron —Rajabi, Wakeda, Ankaer —, cada cual rodeado
de grupos de lores menores y plebeyos y grupos más reducidos, de dos o tres, en
los cuales no había ningún noble. Los Juramentados del Dragón tenían consejos,
pero no un comandante. Aun así, cada uno de esos hombres era un líder por mérito
propio y algunos contaban con veintenas de seguidores y unos pocos con miles.
Ninguno parecía contento de hallarse allí y uno o dos lanzaban miradas hostiles
al lado opuesto del salón, donde cincuenta o sesenta taraboneses formaban un grupo
compacto desde el que se dirigían asimismo miradas ceñudas. Todos serían Juramentados
del Dragón, pero domani y taraboneses no se tenían mucho aprecio. Ituralde casi
sonrió al ver a los forasteros. No había contado con que apareciesen ni la mitad
de los que había.
—Lord Rodel Ituralde viene bajo la Cinta Blanca. —La voz de
Shimron resonó en la oscura bóveda donde no llegaba la luz de las linternas —.
Que cualquiera que albergue pensamientos violentos busque en su corazón y tenga
en cuenta su alma. —Y con esas palabras finalizaron las formalidades. —¿Por qué
ofrece lord Ituralde la Cinta Blanca? —demandó Wakeda, con una mano apoyada en
el pomo de la espada y la otra empuñada sobre la cadera opuesta. No era un hombre
alto, aunque sí más que Ituralde, pero se mostraba tan altivo como si el trono
fuera suyo. Antaño las mujeres lo habían considerado guapo. Ahora un pañuelo negro,
atado al sesgo, cubría la cuenca vacía de su perdido ojo derecho, y su lunar era
una punta de flecha negra que señalaba hacia la gruesa cicatriz que le surcaba
la mejilla hasta la frente—. ¿Se propone unirse a nosotros? ¿O pretende pedirnos
que nos rindamos? Es de todos conocido que el Lobo, además de audaz, es artero.
Ituralde enlazó las manos a la espalda para evitar tocarse
el rubí que la adornaba la oreja izquierda. También era de todos conocido que
ese gesto suyo denotaba irritación, y a veces lo hacía a propósito, pero ahora
necesita mostrar una actitud sosegada. ¡Aun cuando ese hombre estuviera tocándole
las narices! No. Calma. Los duelos se entablaban en un momento de ira, pero él
había acudido allí para librar otro tipo de contienda que requería calma. Las
palabras podían ser armas más mortíferas que las espadas.
—Todos los aquí presentes saben que tenemos otro enemigo en
el sur —dijo con voz firme—. Los seanchan han engullido Tarabon. Recorrió con
la mirada los semblantes de los taraboneses, que acogieron sus palabras con gestos
impasibles. Nunca había sido capaz de leer los rostros taraboneses. Entre los
grotescos bigotes —que parecían colmillos peludos, ¡peores que los de los saldaeninos!—
y los absurdos velos, era como si llevasen una máscara, y la escasa luz de las
linternas no ayudaba precisamente. Pero los había visto velados con malla, y los
necesitaba.
—Han entrado en tropel en el llano de Almoth y siguen avanzando
hacia el norte —prosiguió. Su intención es obvia: se proponen apoderarse también
de Arad Doman. Se proponen apoderarse de todo el mundo, me temo. —¿Quiere lord
Ituralde saber a quién apoyaremos si esos seanchan nos invaden? —inquirió Wakeda.
—Espero sinceramente que combatáis por Arad Doman, lord Wakeda —repuso suavemente
Ituralde. Wakeda se puso lívido ante el insulto directo, y sus hombres llevaron
las manos a las espadas. —Los refugiados han traído la noticia de que hay Aiel
en el llano ahora —se apresuró a intervenir Shimron, como si temiera que Wakeda
rompiera el compromiso de la Cinta Blanca. Ninguno de los hombres de Wakeda desenvainaría
su arma a menos que él lo hiciera o les ordenara que lo hicieran—. Luchan por
el Dragón Renacido, según los informes. Debe de haberlos enviado él, quizá para
ayudarnos. Nadie ha derrotado nunca a un ejército Aiel, ni siquiera Artur Hawkwing.
¿Recordáis la Nieve Sangrienta, lord Ituralde, cuando éramos más jóvenes? Creo
que convendréis conmigo en que no los derrotamos, digan lo que digan los historiadores,
y no puedo creer que los seanchan cuenten con tantos efectivos como teníamos nosotros
entonces. Yo he oído que los seanchan se desplazan hacia el sur, alejándose de
la frontera. No, sospecho que la siguiente noticia que nos llegue será que se
están retirando del llano, no que avanzan hacia nosotros. —Como comandante de
campo no era malo, pero siempre había sido pedante.
Ituralde sonrió. Las noticias llegaban del sur más deprisa
que desde ninguna otra parte, pero había temido que tendría que sacar el tema
de los Aiel a colación, y entonces quizá habrían pensado que intentaba engañarlos.
Aiel en el llano de Almoth; era algo que a él mismo le costaba creer. No comentó
que, si se enviaba Aiel para ayudar a los Conjurados del Dragón, lo más lógico
era que hubiesen aparecido en la propia Arad Doman. —Yo también he preguntado
a los refugiados, y me hablaron de asaltantes Aiel, no de ejércitos. Sea lo que
sea lo que estén haciendo los Aiel en el llano, puede que haya frenado el avance
seanchan, pero no los ha hecho retroceder. Sus bestias voladoras han empezado
a explorar a este lado de la frontera. Eso no suena a retirada.
Con un floreo, sacó el papel doblado de la manga y lo sostuvo
en alto para que todos vieran la Mano y la Espada impresa en la cera verde azulada.
Como venía haciendo últimamente, había utilizado una cuchilla caliente para separar
el sello real por un lado, dejándolo intacto, para así poder mostrárselo sin romper
a los escépticos. Había habido muchos de ésos cuando se enteraban de algunas de
las órdenes de Alsalam. —Tengo orden del rey Alsalam de reunir a todos los hombres
que pueda, dondequiera que pueda encontrarlos, y atacar con toda la contundencia
posible a los seanchan. —Respiró hondo. Aquí corría otro riesgo, y Alsalam podía
hacer que le cortaran la cabeza en el tajo a menos que los dados le fueran favorables—.
Ofrezco una tregua. Me comprometo en nombre del rey a no hacer ningún movimiento
hostil contra vosotros mientras los seanchan sean una amenaza para Arad Doman,
si a vuestra vez os comprometéis a lo mismo y lucháis a mi lado contra ellos hasta
que se los haya rechazado.
La respuesta fue un silencio pasmado. Rajabi, con su cuello
de toro, se había quedado de una pieza. Wakeda se mordisqueaba el labio como una
muchachita asustada. —¿Se los puede rechazar, lord Ituralde? —masculló lord Shimron
—. Me enfrenté a sus… Aes Sedai encadenadas en el llano de Almoth, como vos. Las
botas rechinaron en el suelo cuando los hombres rebulleron, apoyando el peso ora
en un pie, ora en otro. A ninguno le gustaba pensar que estaba indefenso ante
un enemigo, pero bastantes habían estado con Ituralde y Shimron en los primeros
compases de ese enfrentamiento para saber cómo era ese enemigo. —Se los puede
rechazar, lord Shimron —contestó Ituralde—, aun con sus… pequeñas sorpresas. —Un
modo extraño de calificar a la tierra estallando bajo los pies, y a exploradores
que montaban lo que parecían Engendros de la Sombra, pero no sólo tenía que aparentar
seguridad: también debía actuar y hablar en consecuencia. Además, cuando se sabe
lo que el enemigo puede hacer, uno se adapta. Eso había sido una parte esencial
en el arte de la guerra antes de que apareciesen los seanchan. La oscuridad reducía
las ventajas de los seanchan, al igual que las tormentas, y una Zahorí siempre
podía pronosticar cuándo se avecinaba una—. Un hombre sensato deja de mordisquear
cuando llega al hueso —siguió—; pero, hasta ahora, los seanchan han cortado la
carne en lonchas finas antes de llevársela a la boca. Me propongo echarles un
pernil duro para que muerdan. Lo que es más, tengo un plan para que muerdan tan
rápido que se rompan los dientes en el hueso antes de que hayan arrancado un bocado
de carne. Bien. Yo he dado mi palabra. ¿Lo haréis vosotros? Le costó mucho no
contener la respiración. Todos los hombres parecían absortos en sí mismos. Podía
verlos rumiando. El Lobo tenía un plan. Los seanchan habían encadenado Aes Sedai
y volaban en bestias y sólo la Luz sabía qué más. Pero el Lobo tenía un plan.
Los seanchan. El Lobo.
—Si hay un hombre capaz de derrotarlos, sois vos, lord Ituralde
— dijo finalmente Shimron—. Yo doy mi palabra. —¡Y yo! —gritó Rajabi—. ¡Los rechazaremos
y los haremos volver a través del océano hasta allí de donde proceden! Cosa sorprendente,
Wakeda bramó su aceptación con igual entusiasmo, y entonces estalló un estruendo
de voces clamando que suscribían el compromiso con el rey, que aplastarían a los
seanchan, e incluso hubo algunos que proclamaron que seguirían al Lobo a la Fosa
de la Perdición. Todo muy gratificante, pero Ituralde había ido allí para algo
más. —Si lo que esperáis es que luchemos por Arad Doman —se alzó una voz por encima
de las demás—, ¡entonces pedídnoslo! Los hombres que se habían comprometido dando
su palabra bajaron el tono a unos murmullos furiosos y empezaron a mascullar maldiciones
entre dientes.
Ituralde ocultó su satisfacción tras una expresión afable y
se volvió hacia el que había hablado, en el lado opuesto del salón. El tarabonés
era un hombre enjuto, con una nariz aguileña que hacía que el velo pareciera una
tienda de campaña. Con todo, sus ojos eran duros y perspicaces. Algunos taraboneses
habían fruncido el entrecejo, como si les molestara que hubiese hablado; de modo
que, al parecer, tampoco tenían un líder, como ocurría con los domani. Mas lo
importante era que hubiese hablado. Ituralde había esperado obtener la respuesta
de los juramentos prestados, pero no eran necesarios para su plan. Los de los
taraboneses sí. Al menos, con ellos se centuplicaban las posibilidades de que
funcionara. Hizo una cortés inclinación de cabeza al hombre. —Os ofrezco la oportunidad
de luchar por Tarabon, mi estimado señor. Los Aiel están ocasionando cierta confusión
en el llano; los refugiados lo han comentado. Decidme, ¿podría una pequeña compañía
de vuestros hombres, alrededor de un centenar, cruzar el llano aprovechando ese
desorden y entrar en Tarabon, si sus armaduras llevaran franjas como las que lucen
los que combaten por los seanchan? Cualquiera habría pensado que era imposible
que el rostro del tarabonés se tornara más tenso, pero lo hizo, y entonces les
llegó el turno a los hombres que estaban en ese lado del salón de maldecir entre
dientes y mascullar en tono furioso. Habían llegado suficientes noticias al norte
para estar al corriente de que había un nuevo rey y una nueva Panarch puestos
en los tronos por los seanchan y que habían jurado lealtad a una emperatriz del
otro lado del Océano Aricio. Era lógico que no les gustase que les recordaran
cuántos de sus compatriotas luchaban por esa emperatriz. La mayoría de los «seanchan»
presentes en el llano de Almoth eran taraboneses. —¿Y qué podría hacer una pequeña
compañía? —gruñó el hombre enjuto. —Muy poco —contestó Ituralde—. Pero ¿y si hubiera
cincuenta compañías así? ¿O un centenar? —Estos taraboneses podrían tener, en
conjunto, ese número de hombres—. ¿Y si todas atacasen el mismo día, por todo
el territorio de Tarabon? Yo mismo cabalgaría con ellos, así como todos aquellos
de mis hombres a los que se les pudiera proporcionar una armadura tarabonesa.
Así sabríais que esto no es simplemente una estrategia para quitaros de en medio.
A su espalda, los domani empezaron a protestar en voz alta.
Wakeda —¡quién lo hubiera dicho!— el que más. Estaba bien lo del plan del Lobo,
pero lo querían a él al mando. La mayoría de los taraboneses se pusieron a discutir
entre ellos sobre si tantos hombres podrían cruzar el llano sin ser detectados,
aunque lo hicieran en grupos tan reducidos, sobre de qué iban a servir esas pequeñas
compañías, sobre si estaban dispuestos a llevar armaduras marcadas con las franjas
seanchan. Los taraboneses discutían con tanta facilidad como los saldaeninos y
con igual acaloramiento. El hombre de nariz aguileña no. Sostuvo firmemente la
mirada de Ituralde, y después hizo un ligero gesto de asentimiento con la cabeza.
Resultaba difícil de asegurar con ese espeso bigote, pero a Ituralde le pareció
que sonreía.
La tensión que mantenía tirantes sus hombros desapareció. El
tipo no habría accedido mientras los demás discutían si no tuviera más autoridad
de lo que sugerían las apariencias. Los otros irían, estaba convencido. Cabalgarían
hacia el sur con él hasta el corazón de lo que los seanchan consideraban suyo,
y les darían en plena cara. Los taraboneses querrían quedarse después, naturalmente,
y seguir con la lucha en su propia patria. Era lo menos que podía esperar. Lo
cual los dejaría, a él y a los pocos miles de hombres que pudiera llevar consigo,
en la posición de ser perseguidos y acosados de vuelta al norte, a todo lo ancho
del llano de Almoth. Perseguidos y acosados con ferocidad, si la Luz quería. Devolvió
la sonrisa al tarabonés, si es que había sido una sonrisa. Con un poco de suerte,
los enfurecidos generales no advertirían hacia dónde los conducía hasta que no
fuera demasiado tarde. Y si lo advertían… Bueno, tenía otro plan en reserva.
Elmon Valda se ciñó más la capa mientras caminaba por la nieve
entre los árboles. Frío y regular, el viento susurraba entre las ramas cargadas
de nieve, un engañoso sonido quedo en la húmeda luz grisácea. Atravesaba la gruesa
lana blanca como si fuese gasa y lo helaba hasta la médula. El campamento que
se extendía a su alrededor por el bosque se hallaba sumido en un profundo silencio.
El ejercicio proporcionaba un poco de calor, pero en la actual situación los hombres
se acurrucaban juntos a menos que se los empujara a moverse. Se frenó de golpe
y encogió la nariz al percibir un hedor repentino, una peste de veinte montones
de estiércol plagados de gusanos, tan repulsiva que provocaría arcadas. Pero en
lugar de ello su gesto se tornó ceñudo. El campamento carecía de la precisión
que le gustaba. Las tiendas se alzaban agrupadas al azar, allí donde las ramas
crecían más densas, y con los caballos atados cerca en vez de estacados en hilera,
como era debido. Era la clase de dejadez que conducía a la suciedad. Si no se
los vigilaba, los hombres enterraban el estiércol de caballo bajo unas cuantas
paladas de tierra para acabar antes, y excavaban las letrinas donde no tuvieran
que caminar mucho bajo el frío. Cualquiera de sus oficiales que permitiera tal
cosa dejaría de ser oficial y aprendería directamente a utilizar una pala.
Recorría con la mirada el campamento para dar con la fuente
de la pestilencia cuando de repente el hedor desapareció. No es que el viento
cambiara; el olor se desvaneció, simplemente. El sobresalto sólo le duró un instante,
y siguió caminando con el ceño aún más pronunciado. La peste había llegado de
algún sitio. Descubriría a quienesquiera que hubiesen pensado que la disciplina
se había relajado y les daría un castigo ejemplar. La disciplina debía ser estricta,
ahora más que nunca.
Al borde del amplio calvero volvió a detenerse. La capa de
nieve presentaba un aspecto liso, intacto, a pesar de que al campamento, encubierto
por los árboles, se extendía todo en derredor del espacio abierto. Sin abandonar
la cobertura de la fronda, escudriñó el cielo. Unas nubes grises lo surcaban raudas
y ocultaban el sol de mediodía. Un fugaz movimiento hizo que contuviera la respiración
antes de que cayera en la cuenta de que sólo era un pájaro, un bulto pequeño y
marrón que, receloso de los halcones, volaba bajo. Soltó una carcajada preñada
de resentimiento. Había pasado poco más de un mes desde que los malditos seanchan
habían engullido de un solo bocado Amador y la Fortaleza de la Luz, pero él había
aprendido a desarrollar instintos nuevos. Los hombres listos aprendían, mientras
que los necios…
Ailron había sido un necio, infatuado con viejos cuentos de
gloria embellecidos y mejorados con el paso del tiempo y la nueva esperanza de
obtener verdadero poder para su corona. Se negó a ver la realidad que tenía ante
sus ojos, y el resultado había sido el Desastre de Ailron. Valda había oído denominarlo
la Batalla de Jeramel, pero sólo por algunos del escaso puñado de nobles que habían
logrado escapar, aturdidos como bueyes entontecidos por un golpe en la nuca, pero
aun así intentando de forma mecánica restar importancia a los acontecimientos.
Se preguntó cómo lo habría llamado Ailron cuando las brujas domadas seanchan empezaron
a hacer guiñapos sanguinolentos de sus ordenadas filas. Todavía lo veía en su
mente, la tierra convirtiéndose en surtidores de fuego. Lo seguía viendo en sus
sueños. Bien, Ailron había muerto, sesgada su vida cuando intentaba huir del campo
de batalla, y su cabeza expuesta en una lanza tarabonesa. Una muerte apropiada
para un necio. Él, por el contrario, tenía más de nueve mil Hijos agrupados. Un
hombre con visión de las cosas podía sacar mucho partido en tiempos como los que
corrían actualmente.
Al otro extremo del claro, justo tras la línea de árboles,
se alzaba una tosca choza con los huecos entre las piedras rellenos con matojos
de hierba marrón que antaño había pertenecido a un cisquero y que consistía en
una única habitación. Todo indicaba que el hombre había abandonado el lugar hacía
tiempo; el techo de paja estaba medio hundido y lo que quiera que hubiese cubierto
las estrechas ventanas había desaparecido hacía mucho, reemplazado ahora por oscuras
mantas. Había dos guardias apostados junto a la puerta mal encajada, unos tipos
corpulentos con el emblema del cayado de pastor, color rojo sangre, detrás del
Sol Llameante en sus capas. Se ceñían el cuerpo con los brazos y pateaban el suelo
para combatir el frío. Ninguno de los dos habría empuñado la espada a tiempo de
que les sirviera de algo si Valda hubiese sido un enemigo. A los interrogadores
les gustaba trabajar bajo techo.
Observaron su llegada con rostros pétreos e hicieron un desganado
saludo. Para ellos, quien no lucía el cayado de pastor no merecía más, aunque
fuera el capitán general de los Hijos. Uno abrió la boca como si fuera a preguntarle
el motivo de su visita, pero Valda pasó entre ellos y abrió la tosca puerta. Al
menos no intentaron detenerlo. De haberlo hecho, los habría matado a los dos.
Al oírlo entrar, Asunawa alzó la vista de la torcida mesa donde
leía detenidamente un pequeño libro. Una de sus huesudas manos se cerraba en torno
a una taza de peltre de la que emanaba un aroma a especias. La silla de respaldo
de travesaños, la única pieza de mobiliario en la estancia aparte de la mesa,
parecía desvencijada, pero alguien la había reforzado con ligaduras de cuero sin
curtir. Valda apretó los labios para no sonreír con sorna. El Inquisidor Supremo
de la Mano de la Luz exigía un techo de verdad, no una tienda, aunque fuera de
paja y requiriera algunos remiendos, así como vino caliente con especias, cuando
nadie había probado vino de ninguna clase desde hacía una semana. Hasta las lumbres
de cocinar se habían prohibido desde antes del Desastre para evitar que el humo
delatara su posición. A pesar de que la mayoría de los Hijos despreciaban a los
interrogadores, mostraban por Asunawa una extraña estima, como si el cabello gris
y el descarnado rostro de mártir lo convirtieran en el paradigma de todos los
ideales de los Hijos de la Luz. Para Valda había sido una sorpresa cuando se enteró;
dudaba de que el propio Asunawa lo supiera. En cualquier caso, había suficientes
interrogadores para ocasionar problemas. Nada que no pudiera manejar, pero era
mejor evitar ese tipo de conflictos. De momento. —Es casi la hora —dijo mientras
cerraba la puerta tras él—. ¿Estáis preparado? Asunawa no hizo intención de levantarse
ni de coger la blanca capa doblada sobre la mesa, a su lado. En ésa no estaba
el Sol Llameante, sólo el cayado rojo sangre. Por el contrario, cruzó las manos
sobre el libro, tapando las páginas. A Valda le pareció que era El camino de la
Luz, de Mantelar. Extraña lectura para el Inquisidor Supremo, más adecuada para
los nuevos reclutas; se enseñaba a leer a los que no sabían para que pudieran
estudiar las palabras de Mantelar.
—Me ha llegado información sobre la presencia de un ejército
andoreño en Murandy, hijo mío. Quizá muy en el interior del país. —Murandy está
muy lejos de aquí —comentó Valda, como si no hubiera reconocido un viejo tema
de debate que empezaba de nuevo. Un debate que Asunawa parecía olvidar a menudo
que tenía perdido ya. Mas ¿qué hacían unos andoreños en Murandy? Si es que había
algo de cierto en los informes; muchos no eran más que fantasías de viajeros envueltas
en mentiras. Andor. El mero nombre era como una espina clavada en el recuerdo
de Valda. Morgase estaba muerta, o bien era la sierva de algún seanchan. Los seanchan
no sentían el menor respeto por títulos que no fueran los suyos. Muerta o sierva,
se encontraba fuera de su alcance y, lo que era mucho más importante, sus planes
para Andor se habían venido abajo. Galadedrid había pasado de ser una palanca
útil a ser un joven oficial más, y uno que era en exceso popular entre los soldados
rasos. Los buenos oficiales nunca gozaban de popularidad. Pero Valda era un hombre
pragmático. El pasado era pasado. Los planes para Andor habían sido sustituidos
por otros. —No tan lejos si nos dirigimos hacia el este atravesando Altara por
el norte, hijo mío. Los seanchan no pueden haberse desplegado muy lejos de Ebou
Dar todavía.
Valda extendió las manos para aprovechar el menguado calor
que irradiaba el fuego del hogar y suspiró. Se habían extendido como una plaga
en Tarabon y allí, en Amadicia. ¿Por qué pensaba ese hombre que Altara era diferente?
—¿Olvidáis las brujas que hay en Altara? ¿He de recordaros que con un ejército
propio? A menos que se encuentren ya en Murandy, a estas alturas. —A esa información,
la de las brujas en plena marcha, sí le daba crédito. A despecho de sí mismo,
levantó la voz—. ¡Quizás ese supuesto ejército andoreño del que os han hablado
es el de las brujas! ¡Entregaron Caemlyn a al’Thor, no lo olvidéis! ¡E Illian,
y la mitad del este! ¿Creéis de verdad que las brujas están divididas? ¿Lo creéis?
— Respiró lenta y profundamente para tranquilizarse.
O intentarlo. Cada una de las historias procedentes del este
era peor que la anterior. Una ráfaga de aire entró por la chimenea y aventó chispas
en la habitación, lo que hizo retroceder al tiempo que soltaba una maldición.
¡Condenada casucha de campesino! ¡Hasta la chimenea estaba mal construida! Asunawa
cerró el libro bruscamente entre sus palmas. Sus manos estaban unidas como si
rezara, pero sus hundidos ojos parecieron repentinamente más ardientes que las
ascuas del fuego. —¡Creo que se debe destruir a las brujas! ¡Eso es lo que creo!
—Me conformaría con saber cómo las doman los seanchan. —Con suficientes brujas
domadas podría expulsar a al’Thor de Andor, de Illian y de cualquier otro lugar
en el que se hubiese instalando como la propia Sombra. ¡Superaría al propio Hawkwing!
—Hay que destruirlas —reiteró tozudamente Asunawa. —¿Y a nosotros con ellas? —demandó
Valda.
Sonó una llamada en la puerta y en respuesta al seco «adelante»
de Asunawa uno de los guardias apareció en el umbral, firme, y saludó golpeando
con el puño en el peto. —Milord Inquisidor Supremo, el Consejo de Ungidos está
aquí — anunció con respeto. Valda esperó. ¿Seguiría el viejo necio porfiando sobre
lo mismo mientras los diez capitanes supervivientes esperaban fuera, montados
y listos para partir? Lo hecho, hecho estaba. Lo que hubo de hacerse. —Si con
ello cae la Torre Blanca me doy por satisfecho —respondió finalmente Asunawa—.
Por ahora. Asistiré a esa reunión. —Entonces también me doy por satisfecho. —Valda
sonrió fríamente —. Veré de procurar la caída de todas brujas juntas. —Desde luego
que lo procuraría—. Os sugiero que mandéis preparar vuestro caballo. Tenemos un
largo trecho que recorrer antes de que caiga la noche. —Que Asunawa lo viera o
no con él era otra cuestión. Gabrelle disfrutaba de los paseos a caballo por el
bosque nevado con Logain y Toveine. Él siempre iba delante, dejándolas que lo
siguieran a su paso en una semblanza de intimidad, siempre y cuando no se quedaran
demasiado atrás. Sin embargo, las dos Aes Sedai rara vez hablaban más de lo absolutamente
necesario, ni siquiera cuando estaban realmente solas. Distaban mucho de ser amigas.
De hecho, a menudo Gabrelle deseaba que Toveine pidiera quedarse cuando Logain
les proponía una de esas salidas. Habría sido muy agradable estar realmente sola.
Sosteniendo las riendas con una mano y sujetando con la otra
la capa forrada con piel de zorro, se permitió sentir el frío, sólo un poco y
únicamente para notar la sensación vigorizante que conllevaba. La capa de nieve
no era profunda, pero el frío matinal era intenso. Nubarrones grises anunciaban
más nieve, y pronto. En lo alto volaba un ave de grandes alas. Quizás un águila;
las aves no eran su punto fuerte. Las plantas y los minerales permanecían quietos
mientras se los estudiaba, al igual que pasaba con libros y manuscritos, si bien
estos últimos podían deshacerse entre los dedos si eran muy viejos. De todos modos,
apenas distinguía al ave a tanta altura, pero un águila encajaba con el paisaje.
Todo en derredor era terreno boscoso, y entre los árboles que estaban más separados
crecían densos matorrales.
Grandes robles y altísimos pinos y abetos habían matado casi
todo el sotobosque, aunque aquí y allí los densos restos marrones de una resistente
enredadera, esperando la aún distante primavera, se aferraban a un peñasco o a
un bajo saliente de piedra gris. Retuvo cuidadosamente en su memoria, como un
ejercicio de novicia, aquel paisaje frío y solitario. Sin nadie más a la vista
excepto sus dos compañeros casi podía imaginar que se encontraba en cualquier
otro lugar que no fuera la Torre Negra. Ahora ese nombre espantoso acudía con
facilidad a su mente. Algo tan real como la Torre Blanca, y que ya no era «la
así llamada» para cualquiera que posara la vista en los grandes edificios de piedra
de los barracones, donde se albergaban cientos de hombres en fase de entrenamiento,
y el pueblo que había crecido a su alrededor. Llevaba viviendo en aquel pueblo
casi dos semanas, y aún había partes de la Torre Negra que no había visto. Su
recinto ocupaba kilómetros, rodeado por los inicios de un muro de piedra negra.
Con todo, casi podía olvidarlo allí, en el bosque.
Casi. Salvo por el manojo de sensaciones y emociones —la esencia
de Logain Ablar— que siempre estaba presente en algún rincón de su mente cual
una constante conciencia de cautela controlada, de músculos siempre a punto de
tensarse. Un lobo al acecho podría sentirse así, o quizás un león. La cabeza del
hombre no dejaba de moverse; incluso allí vigilaba los alrededores como si esperara
un ataque. Nunca había tenido Guardián —para las Marrones eran una extravagancia
inútil; un criado podía hacer todo lo que precisaba—, y era una sensación extraña
formar parte de un vínculo, pero más aún lo era encontrarse en el lado equivocado,
por decirlo de algún modo. Peor que en el lado equivocado: ese vínculo le exigía
obedecer y estaba plagado de prohibiciones. Así que, en realidad, no era igual
que el vínculo con un Guardián. Las hermanas no obligaban a los Guardianes a obedecer.
Bueno, no con frecuencia. Y las hermanas no vinculaban hombres a la fuerza desde
hacía siglos. Con todo, le proporcionaba un tema fascinante para el estudio. Había
trabajado en interpretar lo que sentía. A veces casi podía leerle la mente a Logain.
Otras era como avanzar a tientas por el pozo de una mina sin llevar linterna.
Supuso que también intentaría estudiar la situación si tuviera extendido el cuello
en el tajo del verdugo. Lo que, en un sentido muy real, era lo que le pasaba.
Él podía sentirlas tan bien como a la inversa. No debía olvidar eso. Puede que
algunos Asha’man pensaran que las Aes Sedai se habían resignado a la cautividad,
pero sólo un necio creería que cincuenta y una hermanas vinculadas a la fuerza
aceptarían la situación en su totalidad, y Logain no era necio. Además, sabía
que las habían enviado para destruir la Torre Negra.
Empero, si llegaba a sospechar que aún intentaban encontrar
el modo de poner fin a la amenaza de cientos de hombres capaces de encauzar… ¡Luz,
obligadas como estaban por el vínculo, una simple orden podía pararlas en seco!
«No harás nada que perjudique a la Torre Negra. » No entendía por qué esa orden
no se había dado, aunque sólo fuera por precaución. Tenían que lograrlo. Si fracasaban,
el mundo estaba condenado.
Logain se giró en la silla, una figura imponente de anchos
hombros embutida en una chaqueta de corte perfecto, negra como boca de lobo, sin
una sola pincelada de color a excepción de la Espada de plata y el Dragón esmaltado
prendidos en los picos del cuello alto. Llevaba echada hacia atrás la negra capa,
como negándose a permitir que el frío lo tocara. Quizás era así; esos hombres
parecían creer que tenían que luchar contra todo, todo el tiempo. Logain le sonrió
—¿tranquilizadoramente? — y Gabrelle parpadeó. ¿Había transmitido demasiada ansiedad
a través del vínculo? Era una danza tan delicada tratar de controlar las emociones,
ofrecer justo las reacciones correctas... Era casi como pasar la prueba para obtener
el chal, donde cada tejido tenía que hacerse exactamente de cierto modo, sin la
menor vacilación, a despecho de cualquier tipo de distracción, sólo que esta prueba
seguía y seguía y seguía.
El hombre volvió su atención hacia Toveine, y Gabrelle soltó
un suave suspiro. Entonces, no había sido más que una sonrisa. Un gesto amistoso.
A menudo se mostraba agradable. Habría resultado simpático si hubiera sido cualquier
otra cosa salvo lo que era. Toveine le devolvió la sonrisa y Gabrelle tuvo que
hacer un esfuerzo para no sacudir la cabeza con sorpresa, y no por primera vez.
Se caló un poco más la capucha, como para resguardarse del frío, a fin de ocultar
la cara a la par que le dejaba campo de visión para atisbar en derredor, y observó
subrepticiamente a la hermana Roja.
Todo cuanto sabía de la otra mujer indicaba que guardaba sus
odios a ras de superficie, si es que lo hacía, y Toveine detestaba a los hombres
que encauzaban tan profundamente como cualquier Roja que Gabrelle conocía. Cualquier
Roja despreciaría a Logain Ablar tras las manifestaciones que había hecho de que
el Ajah Rojo lo había empujado a convertirse en un falso Dragón. Aunque ya no
hablaba de ello, el daño estaba hecho. Había hermanas cautivas que miraban a las
Rojas como si creyeran que ellas, al menos, habían caído en una trampa de la que
eran responsables. Y, sin embargo, ¡Tovaine le sonreía casi como una muchachita
boba! Gabrelle se mordisqueó el labio inferior en un gesto perplejo. Sí, Desandre
y Lemai les habían ordenado a todas que procuraran mantener una relación cordial
con los Asha’man que tenían sus vínculos —los hombres debían confiarse antes de
que ellas pudiesen hacer algo útil—; pero, aunque Tovaine había admitido que tenía
que ser así, se encrespaba sin tapujos a cada orden de cualquiera de las dos hermanas.
Había detestado tener que cederles el mando y quizá se habría negado a hacerlo
si la propia Lemai no hubiera pertenecido igualmente al Rojo. También odiaba el
hecho de que nadie reconociera su autoridad tras haberlas conducido a la cautividad.
Y, sin embargo, había sido entonces cuando empezó a sonreír a Logain. Y, bien
pensado, ¿cómo podía Logain, estando unido con ella a través del vínculo, interpretar
esa sonrisa de otro modo que no fuera un engaño? Gabrelle también había hurgado
ese núcleo en ocasiones sin llegar ni remotamente a desatarlo. Él sabía muchas
cosas sobre Toveine, aunque habría bastado con saber cuál era su Ajah. Aun así,
Gabrelle percibía tan poca desconfianza en el hombre cuando miraba a la hermana
Roja como cuando la miraba a ella. Eso no significaba que Logain no denotara recelo;
desconfiaba de todo el mundo, aparentemente. Pero mostraba menos recelo de cualquier
hermana que de algunos Asha’man. Tampoco eso tenía sentido.
«No es necio —se recordó—. Entonces, ¿por qué? Y también ¿por
qué la actitud de Tovaine? ¿Qué estará maquinando?» De repente la Roja le dedicó
a ella esa sonrisa aparentemente afectuosa y habló como si Gabrelle hubiese hecho
una de sus preguntas en voz alta. —Estando tú cerca, es casi como si yo no existiera.
Lo has hecho tu prisionero, hermana. Cogida por sorpresa, Gabrelle se sonrojó
a despecho de sí misma. Toveine nunca conversaba, y decir que desaprobaba la situación
de Gabrelle con Logain era más que quedarse corto. Seducirlo le había parecido
el modo más obvio de aproximarse a él lo suficiente para descubrir sus planes,
sus puntos débiles… Después de todo, aunque fuera un Asha’man, ella era Aes Sedai
desde mucho antes de que él naciera, y estaba lejos de ser inocente en lo relativo
a los hombres. Logain se había sorprendido tanto cuando se dio cuenta de lo que
ella hacía que a Gabrelle casi le pareció que el inocente era él. Qué tonta. Hacer
de domani resultó que escondía muchas sorpresas y algunas trampas, la peor de
todas una que jamás podría revelar a nadie. Algo que, sin embargo, mucho se temía
que Toveine sabía, al menos en parte. Pero, entonces, cualquier hermana que hubiera
seguido su ejemplo también debía de saberlo. Ninguna había hablado del problema
ni creía que lo hiciera, por supuesto. Logain podría enmascarar el vínculo —de
un modo burdo que, a su juicio, le permitía aún encontrarlo por mucho que ocultara
sus emociones— pero a veces, cuando compartían la almohada, el hombre dejaba caer
la máscara. Como mínimo, los resultados eran… devastadores. Entonces no había
calmada mesura, no había frío estudio. Ni tampoco asomo de raciocinio. Se apresuró
a invocar de nuevo la imagen del paisaje nevado y enfocó su mente en ella. Árboles,
peñascos y blanca y lisa nieve. Lisa y fría nieve.
Logain no giró la cabeza para mirarla ni dio señal alguna de
haber percibido nada, pero el vínculo le revelaba que era consciente de su momentánea
pérdida de control. ¡El hombre rebosaba presunción! ¡Y satisfacción! Contuvo la
rabia a duras penas. Pero él esperaría que se pusiera furiosa, ¡así lo fulminara
la Luz! Tenía que saber lo que sentía por él. ¡No obstante al tipo debió de parecerle
divertido a más no poder que ella se dejara invadir por la ira, a juzgar por su
desbordante regocijo! ¡Y ni siquiera intentó disimularlo!
Gabrelle advirtió que Toveine esbozaba una sonrisilla satisfecha, pero sólo dispuso
de un momento para preguntarse por qué. Habían pasado la mañana solos, pero entonces
apareció otro jinete entre los árboles, un hombre de negro, sin capa, que hizo
virar su caballo en su dirección cuando los vio y clavó los talones en los flancos
del animal para que apretara el paso a pesar de la nieve. Logain, en una actitud
que era la personificación de la calma, frenó al caballo para esperar, pero Gabrelle
se puso en tensión cuando detuvo su montura junto a la de él. Las sensaciones
transmitidas por el vínculo habían cambiado. Ahora eran las de un lobo agazapado
y listo para atacar en cualquier momento. Habría esperado ver sus manos en la
empuñadura de la espada, en lugar de reposando sobre la perilla de la silla.
El recién llegado era casi tan alto como Logain, con el rubio
y ondulado cabello cayéndole sobre los anchos hombros, y exhibía una sonrisa encantadora.
Gabrelle sospechaba que el tipo sabía que resultaba encantadora; era demasiado
guapo para no saberlo, mucho más que Logain, a quien las fraguas de la vida le
habían endurecido y aguzado el semblante. El del joven seguía siendo suave. Con
todo, la Espada y el Dragón adornaban el cuello de su chaqueta. Observó a las
dos hermanas con un brillo en los azules ojos. —¿Te acuestas con las dos, Logain?
—preguntó con su voz de timbre grave—. La llenita tiene una mirada fría, pero
la otra parece bastante ardiente. Toveine soltó un siseo furioso, y Gabrelle apretó
los dientes. No había puesto especial empeño en ocultar lo que hacía —no era una
cairhienina para esconder en la intimidad lo que le avergonzaba en público— pero
eso no implicaba que se gastaran bromas al respecto. ¡Peor aún, el tipo hablaba
como si fueran mozas de taberna ligeras de cascos! —No quiero volver a oírte decir
eso, Mishraile —advirtió Logain en tono quedo. Gabrelle se dio cuenta de que el
vínculo había cambiado de nuevo. Ahora era frío; tanto como para que la nieve
pareciese cálida en comparación. Como para que una tumba pareciese cálida. Había
oído antes ese nombre, Atal Mishraile, y había percibido desconfianza en Logain
al pronunciarlo —mucha más de la que mostraba por Toveine o por ella—, pero ahora
era una sensación de ansias de matar. Casi le entraron ganas de reír. El hombre
la tenía prisionera ¿y estaba dispuesto a actuar con violencia por defender su
reputación? Sí, por una parte le daban ganas de echarse a reír, pero al mismo
tiempo tomó nota del detalle. Hasta la más mínima información podía serle útil.
El chico no dio señales de haber oído la amenaza. Su sonrisa no se alteró un ápice.
—El M’Hael dice que puedes ir si quieres. No entiendo por qué deseas ocuparte
del reclutamiento. —Alguien tiene que hacerlo —respondió Logain con aire indiferente.
Gabrelle intercambió una mirada de desconcierto con Toveine.
¿Por qué quería Logain ocuparse del reclutamiento? Habían visto grupos de Asha’man
regresando de esa tarea, y siempre llegaban cansados de Viajar largas distancias
y además sucios e irritables. Al parecer, los hombres que anunciaban al Dragón
a bombo y platillo no siempre tenían una buena acogida, incluso antes de que la
gente supiera lo que buscaban realmente. ¿Y por qué Toveine y ella no sabían nada
del asunto hasta ese momento? Gabrelle habría jurado que Logain le contaba todo
cuando yacían juntos. —Hay Dedicados y soldados de sobra para hacer ese tipo de
trabajo. —Mishraile se encogió de hombros—. Claro que también entiendo que te
aburra ocuparte todo el tiempo del entrenamiento. Me refiero a enseñar a unos
necios a moverse a hurtadillas por el bosque y a escalar riscos como si no encauzaran
ni pizca. Hasta un pueblucho de mala muerte debe de parecer más interesante. —Su
sonrisa cambió a otra de suficiencia, desdeñosa y en absoluto encantadora —. Quizá
si se lo pides al M’Hael, te dejará unirte a sus clases en el palacio. Entonces
no te aburrirías, desde luego. El semblante de Logain no cambió de expresión,
pero Gabrelle percibió un ramalazo de ira a través del vínculo. Había oído algunos
chismes sobre las clases privadas de Mazrim Taim, pero lo único que sabían realmente
las hermanas era que Logain y sus compinches no confiaban en Taim ni en ninguno
de los que asistían a esas clases, y que al parecer Taim tampoco se fiaba de Logain.
Por desgracia, lo que las hermanas habían conseguido averiguar sobre esas clases
era muy limitado; ninguna de ellas estaba vinculada a un hombre de la facción
de Taim. Algunas pensaban que la desconfianza se debía a que ambos hombres habían
afirmado ser el Dragón Renacido, o incluso que era señal de la demencia que acechaba.
Gabrelle no había detectado evidencia alguna de locura en Logain, y estaba tan
atenta a captar cualquier síntoma de ello como lo estaba a cualquier indicio de
que el hombre fuera a encauzar. Si seguía vinculada a él cuando perdiera la razón
también podría afectarla a ella. No obstante, había que sacar provecho de lo que
quiera que hubiese causado la brecha existente entre los Asha’man. La sonrisa
de Mishrail se borró simplemente con la mirada que Logain le dirigió. —Que disfrutes
con tus puebluchos —dijo finalmente a la par que hacía dar media vuelta a su caballo.
El brusco taconazo hizo que el animal saliera disparado mientras él agregaba en
voz alta—: La gloria nos aguarda a algunos, Logain. —Es posible que no disfrute
mucho tiempo de su dragón —rezongó Logain, sin quitar ojo al otro hombre mientras
se alejaba a galope—. Habla más de la cuenta. Gabrelle no creía que se refiriera
a su comentario sobre Toveine y ella, pero ¿qué más podía ser? ¿Y por qué de repente
estaba preocupado? Lo disimulaba muy bien, sobre todo teniendo en cuenta el vínculo,
pero lo estaba. ¡Luz, a veces parecía que saber lo que bullía en la cabeza del
hombre confundía aún más las cosas! Inesperadamente, Logain volvió la vista hacia
las dos con gesto escrutador. Un nuevo hilo de preocupación se deslizó por el
vínculo. ¿Hacia ellas? ¿O —una idea extraña— por ellas? —Me temo que habremos
de interrumpir el paseo —dijo al cabo de un momento—. Tengo que ocuparme de ciertos
preparativos. No puso su cabalgadura a galope, pero sí marcó un paso más rápido
de vuelta al pueblo que cuando habían salido de él. Iba concentrado en algo, absorto
en sus cavilaciones, supuso Gabrelle. El vínculo zumbaba prácticamente. Debía
de cabalgar por mero instinto. No habían recorrido mucho trecho cuando Toveine
acercó su caballo al de Gabrelle. Se inclinó en la silla para clavar en la otra
mujer una intensa mirada a la par que echaba ojeadas rápidas a Logain, como si
temiera que el hombre se volviera y las sorprendiera hablando. Nunca parecía prestar
atención a lo que le transmitía el vínculo. El esfuerzo dividido en ambas cosas
la hacía bambolearse en la silla, con el peligro de sufrir una caída.
—Tenemos que ir con él —susurró la Roja—. Cueste lo que cueste,
tienes que conseguirlo. —Al ver que Gabrelle enarcaba las cejas, Toveine tuvo
al menos el detalle de sonrojarse, pero no por ello dejó de insistir—. No podemos
permitirnos el lujo de que nos deje atrás —se apresuró a añadir—. Ese hombre no
renunció a sus ambiciones cuando vino aquí. Sea cual sea la vileza que planea,
no podemos hacer nada si no estamos con él cuando intente llevarla a cabo. —Puedo
ver lo que tengo delante de las narices —replicó secamente Gabrelle, y sintió
alivio cuando Toveine se limitó a asentir con la cabeza y guardó silencio. Gabrelle
apenas conseguía controlar el temor que empezaba a invadirla. ¿Es que Tovaine
nunca pensaba en lo que debía de percibir a través del vínculo? Algo que siempre
había estado presente en la conexión con Logain —la determinación— ahora se percibía
tan punzante y acerada como un cuchillo. Creía que esta vez sabía lo que significaba,
y saberlo le dejaba la boca seca. Ignoraba contra quién, pero estaba convencida
de que Logain Ablar cabalgaba a la guerra.
Yukiri descendía lentamente por uno de los amplios corredores
que penetraban en la Torre Blanca describiendo una espiral; se sentía tan irascible
como un gato hambriento. Casi era incapaz de escuchar lo que le decía la hermana
que caminaba a su lado. La luz de la mañana aún era escasa, amortiguada por la
densa nevada que caía sobre Tar Valon, y en los pisos intermedios de la Torre
hacía tanto frío como un invierno en las Tierras Fronterizas. Bueno, quizá no
tanto, admitió al cabo de un momento. Hacía años que no viajaba tan al norte,
y la memoria ampliaba lo que no reducía. Tal era la razón de que los datos escritos
fueran tan importantes. Salvo cuando uno no se atrevía a poner nada por escrito.
Con todo, el frío era intenso. A pesar del ingenio y la destreza de los constructores,
el calor de las grandes calderas del sótano nunca llegaba a esa altura. Las corrientes
hacían titilar las llamas de las lámparas de pie doradas, y algunas ráfagas eran
tan fuertes como para agitar los pesados tapices jalonados a lo largo de las blancas
paredes y que mostraban flores primaverales, bosques, aves y animales exóticos,
alternando con escenas de los triunfos de la Torre que jamás se exhibirían en
las zonas públicas de abajo. Sus propios aposentos, con las chimeneas encendidas,
habrían resultado mucho más acogedores en otros tiempos.
Las noticias del mundo exterior bullían en su cabeza a despecho
de sus esfuerzos por evitarlo. O más bien, con mayor frecuencia, la falta de noticias.
Lo que informaban los agentes de Altara y Arad Doman era todo confusión, y los
pocos reportes que volvían a filtrarse de Tarabon resultaban alarmantes. Los rumores
situaban a los dirigentes de las Tierras Fronterizas en cualquier punto entre
la Llaga y Amadicia, pasando por Andor, y en el Yermo de Aiel; el único hecho
confirmado era que ninguno se encontraba donde se suponía que debían estar: vigilando
la Frontera de la Llaga. Los Aiel se hallaban por todos lados y finalmente fuera
del control de al’Thor, al parecer, si es que alguna vez habían estado bajo su
control. Las últimas nuevas de Murandy la hicieron desear rechinar los dientes
y llorar a la vez, mientras que en Cairhien… Hermanas por todo el Palacio del
Sol, algunas sospechosas de ser rebeldes y ninguna de ser leal, y seguían sin
llegar noticias de Coiren y su embajada desde que habían salido de la ciudad,
aunque ya deberían haber regresado a Tar Valon hacía tiempo. Y, por si eso fuera
poco, el propio al’Thor había desaparecido otra vez como una pompa de jabón. ¿Sería
verdad lo que se contaba de que había medio destruido el Palacio del Sol? ¡Luz,
ese hombre no podía volverse loco aún! ¿O tal vez la estúpida oferta de Elaida
de «protección» lo había asustado y se había escondido? ¿Lo habría asustado algo?
Él sí la asustaba. Y también al resto de la Antecámara, por mucho que quisieran
aparentar que no le daban importancia.
La única verdad era que cualquiera de esas cosas tenía tan
poca importancia como una gota en una tromba de agua. Saberlo no mejoraba su estado
de ánimo lo más mínimo. Preocuparse por estar enganchada en un macizo de rosas,
aun cuando las espinas pudieran acabar por producir la muerte, era un lujo si
una tenía la punta de un cuchillo pegada a las costillas. —Cada vez que ha salido
de la Torre en los últimos diez años ha sido para ocuparse de sus propios asuntos,
de modo que no hay informes recientes que comprobar —murmuró su compañera—. Es
difícil descubrir dónde ha estado exactamente y mantener la… discreción—. Con
el cabello rubio oscuro sujeto con peinetas de marfil, Meidani era alta y lo bastante
esbelta para que pareciera descompensada por el busto, un efecto que resaltaban
más aún el ajustado corpiño con bordados en plata vieja y la postura inclinada
con la que caminaba para acercar la boca al oído de Yukiri. Llevaba el chal echado
por las muñecas, de manera que los largos flecos grises arrastraban por las baldosas.
—Ponte derecha —gruñó quedamente Yukiri—. No tengo los oídos taponados. La otra
mujer se irguió bruscamente a la par que un tenue rubor le teñía las mejillas.
Recogió el chal en los antebrazos y medio giró la cabeza para mirar a Leonin,
su Guardián, que las seguía a una discreta distancia. Si ellas apenas oían el
débil tintineo de las campanillas de plata sujetas a las negras trenzas del hombre,
éste no podía escuchar nada de lo que hablaran en un tono moderado. Leonin sólo
sabía lo imprescindible —muy poco, de hecho, excepto que su Aes Sedai quería ciertas
cosas de él; eso era suficiente para un buen Guardián—, y podría causar problemas
si sabía demasiado, pero tampoco era necesario que susurraran. Cuando la gente
veía susurrar a alguien, quería descubrir qué secreto guardaba.
Sin embargo, la otra Gris no era la causa de la irritación
de Yukiri como no lo era el mundo exterior, aunque la mujer fuese una corneja
con plumas de cisne. Bueno, no la causa principal. Muy desagradable, una rebelde
fingiendo lealtad. Pero se alegraba de que Saerin y Pevara la hubiesen convencido
de no entregar a Meidani y sus hermanas cornejas a la ley de la Torre. Ahora tenían
cortadas las alas y resultaban útiles. Por ello podrían obtener cierto grado de
clemencia cuando se enfrentaran a la justicia. Claro que, cuando saliera a la
luz el juramento que había cortado las alas a Meidani, la propia Yukiri podría
encontrarse pidiendo clemencia. Fueran o no rebeldes, lo que las otras y ella
habían hecho con Meidani y sus cómplices era un delito tan punible como el asesinato.
O la traición. Un juramento de obediencia personal —prestado sobre la propia Vara
Juratoria, y prestado bajo coacción— se acercaba mucho a la Compulsión, que estaba
claramente prohibida, ya que no realmente determinada. Aun así, a veces una tenía
que tiznar el enlucido para que salieran los avispones con el humo, y el Ajah
Negro era un nido de avispones con aguijones venenosos. La ley se cumpliría en
su momento —sin ley no había nada—, pero lo que a ella tenía que preocuparle era
si sobreviviría a la tarea de destapar el avispero, más que el castigo que le
impusiera la ley. Los cadáveres no tienen que preocuparse por los castigos.
Indicó con un gesto seco a Meidani que continuara, pero no
bien la otra mujer había abierto la boca cuando tres Marrones giraron en una esquina
desde otro pasillo, justo delante de ellas, haciendo alarde de sus chales como
si fuesen Verdes. Yukiri conocía por encima a Marris Cerroespino y a Doraise Mesianos,
del modo que las Asentadas conocían a hermanas de otros Ajahs que pasaban largos
periodos en la Torre, que era lo mismo que decir lo suficiente para identificar
rostros con nombres y poco más. Afables y absortas en sus estudios era como las
habría descrito de habérsele insistido en que diera su opinión. Elin Warrel hacía
tan poco que había sido ascendida al chal que todavía hacía reverencias de manera
instintiva. No obstante, en lugar de dedicar una reverencia a una Asentada, las
tres miraron a Yukiri y a Meidani como mirarían unos gatos a unos perros desconocidos.
O puede que a la inversa. Ni el menor asomo de afabilidad en esas miradas. —¿Puedo
preguntarte sobre un punto de la ley arafelina, Asentada? —inquirió Meidani con
tanta soltura como si aquello fuera realmente lo que había tenido intención de
decir desde el principio. Yukiri asintió, y Meidani empezó a parlotear sobre derechos
de pesca en ríos o lagos, una elección muy poco inspirada. Un magistrado podría
pedir a una Aes Sedai que atendiera a un caso de derechos de pesca, pero sólo
para reafirmar su propia opinión si estaba involucrada gente poderosa y le preocupara
una apelación al trono. Un único Guardián seguía a las Marrones —Yukiri no recordaba
si era de Marris o de Doraise—, un tipo de constitución robusta, de rostro redondo
y expresión dura, con el oscuro cabello anudado en lo alto de la cabeza, que miró
a Leonin y las espadas que llevaba a la espalda con una desconfianza sin duda
transmitida por su Aes Sedai. Las dos mayores pasaron corredor arriba con la cabeza
levantada, mientras la recién ascendida las seguía ansiosamente para no quedarse
atrás. El Guardián caminaba tras ellas irradiando la actitud de un hombre en campo
enemigo.
En la actualidad, la hostilidad era demasiado habitual. Los
muros invisibles entre los Ajahs, antaño apenas lo bastante gruesos para ocultar
los misterios de cada Ajah, se habían convertido en murallas de piedra con fosos;
abismos profundos y anchos. Las hermanas nunca salían solas de la sección de sus
Ajahs, a menudo llevaban a sus Guardianes incluso a la biblioteca y a los comedores,
y siempre lucían sus chales como si, de no hacerlo, alguien pudiera equivocar
su Ajah. La propia Yukiri lucía el mejor que tenía, bordado con hilos de plata
y oro y la orla de flecos tan largos que le llegaba a los tobillos, así que suponía
que también ella alardeaba un poco de Ajah. Y últimamente había empezado a considerar
que doce años sin Guardián eran bastantes. Una idea horrible, una vez que localizó
su origen. Ninguna hermana debería necesitar un Guardián dentro de la Torre Blanca.
No por primera vez le vino a la cabeza la idea de que alguien
tenía que mediar entre los Ajahs, y cuanto antes, o las rebeldes entrarían por
la puerta principal dando saltos, atrevidas como ladrones, y vaciarían la casa
mientras las demás se peleaban por quién se quedaba con el peltre de la tía abuela
Sumi. Pero el único extremo del hilo que veía para empezar a resolver la riña
era que Meidani y sus amigas admitiesen públicamente que las rebeldes las habían
enviado a la Torre para difundir rumores —¡historias que aún insistían en que
eran ciertas!— sobre que el Ajah Rojo había creado a Logain como un falso Dragón.
¿Sería verdad? ¿Sin que Pevara lo supiera? Era imposible imaginar que a una Asentada,
especialmente Pevara, se la hubiese podido engañar así. En cualquier caso, a estas
alturas muchas otras cosas se habían acumulado sobre esa pequeña parte de todo
el enredo, tantas que ésa poco podía importar por sí misma. Además, echaría a
perder la ayuda de diez de las catorce mujeres de las que sabía a ciencia cierta
que no pertenecían al Ajah Negro —por no mencionar que probablemente saldría a
la luz lo que las demás estaban haciendo— antes de que se hubiera calmado la tormenta
que desataría ese asunto.
Sufrió un escalofrío que nada tenía que ver con las corrientes
del corredor. Ella o cualquier otra que revelara la verdad moriría antes de que
la tormenta acabara, ya fuera por un supuesto accidente o en la cama. O simplemente
desaparecería, abandonando aparentemente la Torre, y nunca más se la volvería
a ver. De eso estaba segura. Cualquier evidencia se enterraría tan profundamente
que ni un ejército con palas la extraería jamás. Incluso los rumores podían cubrirse
con una capa de enlucido. Ya había ocurrido antes. El mundo y la mayoría de las
hermanas aún creían que Tamra Ospenya había muerto en su lecho. Ella misma lo
había creído. Debían tener al Ajah Negro empaquetado y atado todo lo posible antes
de arriesgarse a actuar abiertamente. Meidani continuó con su informe una vez
que las Marrones estuvieron a una distancia segura, pero volvió a guardar silencio
unos instantes después cuando, justo delante de ellas, una mano grande y velluda
apartó repentinamente un tapiz desde atrás. Una corriente helada salió por el
vano que ocultaba el tapiz de llamativas aves de colores de las Tierras Anegadas,
y un tipo corpulento, con una gruesa chaqueta de trabajo de color marrón, entró
de espalda al corredor tirando de una carretilla cargada a tope con leña de nogal
que otro criado, también vestido con una tosca chaqueta, empujaba por el otro
extremo. Trabajadores corrientes; ninguno lucía la Llama Blanca en el pecho.
Al ver a dos Aes Sedai, los hombres dejaron caer apresuradamente
el tapiz, empujaron afanosamente la carretilla contra la pared a la par que intentaban
hacer reverencias, y estuvieron a punto de volcar la carga, lo que los obligó
a agarrar frenéticamente la carretilla ladeada mientras seguían inclinándose sin
parar. Sin duda habían esperado acabar su trabajo sin topar con ninguna hermana.
Yukiri siempre había sentido lástima por la gente que tenía que subir leña y agua
y todo lo demás por las rampas de la servidumbre desde la planta baja, pero pasó
junto a los dos hombres con el ceño fruncido.
Las conversaciones mantenidas mientras se caminaba no llegaban
a oídos no deseados, y los corredores en las zonas comunes le habían parecido
un buen sitio para hablar en privado con Meidani. Mucho mejor que sus propios
aposentos, donde cualquier salvaguarda contra cualquiera que escuchara a escondidas
sólo serviría para anunciar a todo el mundo en el sector del Ajah Gris que estaba
discutiendo algo secreto, y, lo que era mucho peor, con quién. En la actualidad
sólo había unas doscientas hermanas en la Torre, un número que el gran edificio
podía engullir y dar la impresión de encontrarse desierto; y, puesto que todo
el mundo mantenía las distancias, las zonas comunes deberían haberse encontrado
vacías. Es lo que había pensado.
Había contado con los criados uniformados yendo de aquí para
allí apresuradamente para comprobar los pabilos de las lámparas y los niveles
del aceite, y a los trabajadores corrientes que no pertenecían a la servidumbre
acarreando cestos de mimbre con la Luz sabía qué. Siempre se los encontraba atareados
a primeras horas del día, preparando la Torre para la jornada, pero hacían reverencias
precipitadas y enseguida se escabullían para alejarse de una hermana. A una distancia
desde la que no podían oír. Los criados de la Torre sabían cómo actuar con tacto,
principalmente porque a cualquier sirviente al que sorprendiera escuchando a escondidas
a una hermana se lo ponía de patitas en la calle. Teniendo en cuenta el ambiente
que había en la Torre, los sirvientes se mostraban especialmente raudos a fin
de evitar escuchar por casualidad lo que no debían.
Lo que no se le había ocurrido pensar era que tantas hermanas
hubiesen elegido salir de sus aposentos, en grupos de dos o tres, a pesar de la
temprana hora y del frío: las Rojas procurando mirar fijamente a cualquiera que
encontraran excepto otras Rojas; las Verdes y las Amarillas compitiendo por la
corona de la altanería; y las Marrones haciendo lo posible para superarlas a ambas.
Unas cuantas Blancas, todas salvo una sin Guardián, trataban de mantener un aire
de desapasionado razonamiento aunque las sobresaltaran hasta sus propios pasos.
Un pequeño grupo se perdía de vista y no habían pasado más que unos minutos cuando
aparecía otro, de modo que Meidani había empleado tanto tiempo en chacharear sobre
puntos de la ley como en darle su informe. Lo peor de todo era que en dos ocasiones
unas Grises habían sonreído con lo que parecía una expresión de alivio al ver
a otras de su Ajah, y se habrían unido a ellas si Yukiri no hubiese sacudido la
cabeza. Cosa que la enfureció muchísimo, porque así quedaba claro para todo el
mundo que tenía una razón especial para estar a solas con Meidani. Aun en el caso
de que el Ajah Negro no lo advirtiera, eran muchas las hermanas que espiaban a
otros Ajahs hoy en día; y, a despecho de los Tres Juramentos, las cosas que contaban
iban creciendo a medida que se transmitían. Con Elaida intentando meter en vereda
a los Ajahs a la fuerza bruta, esas historias tenían como resultado castigos demasiado
a menudo, y en el mejor de los casos lo que podía hacerse era fingir que tales
castigos se los había impuesto una a sí misma por motivos propios. Yukiri ya había
sufrido uno de esos castigos y no le apetecía en absoluto perder días fregando
suelos otra vez, sobre todo ahora, cuando tenía en su plato más de lo que podía
comer. ¡Y optar por la alternativa, que era una visita privada a Silviana, no
era mejor aun cuando haciéndolo ahorrase tiempo! Elaida parecía más feroz que
nunca desde que había empezado a llamar a Silviana para sus supuestos castigos
privados. Toda la Torre aún bullía a costa de eso.
Por mucho que odiara admitirlo, todas esas cosas la hacían
ir con cuidado en la forma en que miraba a las hermanas que veía. Si se sostenía
demasiado la mirada, podía parecer que se estaba espiando. Si se apartaba la vista
demasiado rápido, una parecía sospechosa, con el mismo resultado. Aun así, le
costó un gran esfuerzo evitar observar con atención a un par de Amarillas que
avanzaban por un corredor transversal como reinas por su palacio.
Ya que Atuan Larisett no tenía Guardián, el atezado y robusto
Guardián que las seguía a cierta distancia debía de ser de Pritalle Nerbaijan,
una mujer de ojos verdes que se había librado en gran parte de la nariz saldaenina.
Yukiri sabía muy poco sobre Pritalle, pero indagaría más tras haberla visto conversando
privadamente con Atuan. La tarabonesa, con el vestido gris de cuello alto y cuchilladas
amarillas y el chal de seda, era muy atractiva. Su oscuro cabello, recogido en
finas trenzas rematadas con cuentas de colores que le llegaban a la cintura, enmarcaba
un rostro que resultaba perfecto sin ser hermoso. Incluso era bastante modesta
considerando que era una Amarilla. Sin embargo, era la mujer que Meidani y las
otras intentaban investigar sin que las descubriera; la mujer cuyo nombre temían
pronunciar en voz alta salvo tras una fuerte salvaguardia. Atuan Larisett era
una de las tres únicas hermanas Negras que Talene conocía. Se organizaban en grupos
que llamaban «núcleos» formados por tres mujeres, y cada una conocía a otra más
de un núcleo distinto que sus dos compañeras no conocían. Atuan era esa «otra
más» que conocía Talene, de modo que había esperanza de que pudiera conducirlas
a otras dos.
Justo antes de que la pareja se perdiera de vista tras una
esquina, Atuan alzó la vista al sector más alto del corredor espiral. Su mirada
sólo pasó fugazmente sobre Yukiri, pero fue suficiente para que a ésta se le subiera
el corazón a la garganta. Siguió caminando, manteniendo un gesto sosegado merced
a un esfuerzo, y se arriesgó a echar una rápida ojeada cuando llegaron a una esquina.
Atuan y Pritalle ya habían recorrido un trecho de corredor, de camino hacia el
anillo exterior. El Guardián se interponía entre las dos mujeres y el campo de
visión de Yukiri, pero tampoco miraba hacia atrás. Pritalle negaba con la cabeza.
¿A algo que decía Atuan? Estaban demasiado lejos para que Yukiri escuchara algo
salvo el débil taconeo del atezado Guardián al caminar. Sólo había sido una mirada
de pasada. Por supuesto que sí. Apresuró el paso para quitarse de la vista si
alguna de ellas miraba hacia atrás y soltó la respiración que ni siquiera se había
dado cuenta de estar conteniendo. Meidani hizo otro tanto, y sus hombros se hundieron.
«Extraño, cómo nos afecta», pensó Yukiri, que irguió los hombros.
Cuando se habían enterado de que Talene era una Amiga Siniestra, la mujer estaba
escudada y prisionera. «Y aun así nos causaba tanto miedo que nos dejaba seca
la boca», admitió para sus adentros. Bueno, lo que hicieron para obligarla a hablar
también les había dejado seca la boca por el miedo, pero descubrir la verdad hizo
que las lenguas parecieran estropajo. Ahora tenían atada a Talene más firmemente
que a Meidani, aún más vigilada aunque pareciera que caminaba libremente —cómo
mantener prisionera a una Asentada sin que alguien se diera cuenta era algo a
lo que ni siquiera Saerin había sabido encontrar solución — y Talene se mostraba
patéticamente ansiosa de proporcionar hasta la menor información que sabía o incluso
sospechaba, con la esperanza de salvar la vida, si bien tampoco tenía otra opción.
Alguien de quien difícilmente podía tenerse miedo. En cuanto al resto… Pevara
había intentado defender que Talene debía equivocarse sobre Galina Casban, y se
encolerizó durante todo un día cuando finalmente se convenció de que su hermana
Roja era realmente Negra. Todavía hablaba de estrangular a Galina con sus propias
manos. La propia Yukiri había sentido una fría indiferencia cuando se nombró a
Temaile Kinderode. Si había Amigas Siniestras en la Torre, lo lógico era que algunas
fueran Grises, aunque quizás el hecho de que Temaile le cayera mal la ayudó a
tomárselo así. Siguió sin alterarse cuando sumó dos y dos y comprendió que Temaile
había partido de la Torre justo cuando tres hermanas habían sido asesinadas. Eso
proporcionó más nombres de mujeres de las que sospechar, otras hermanas que también
habían salido entonces, pero Galina y Temaile y las demás estaban fuera de la
Torre, fuera de alcance de momento, y sólo esas dos eran Amigas Siniestras con
seguridad.
Atuan, de quien no cabía duda que era del Ajah Negro, se movía
a capricho por la Torre, sin control y libre de los Tres Juramentos. Y, hasta
que Doesine pudiera arreglar las cosas para interrogarla en secreto —un asunto
difícil, incluso para una Asentada del Ajah de Atuan, puesto que tenía que ser
secreto para todo el mundo—, lo único que podían hacer era vigilar. Una vigilancia
a distancia, cautelosamente discreta. Era como vivir con una víbora roja sin saber
cuándo se iba a topar uno con ella cara a cara, sin saber cuándo podría picar.
Era como vivir en un nido de víboras rojas y ver sólo a una de ellas. De repente
Yukiri cayó en la cuenta de que el amplio corredor curvado se encontraba desierto
hasta donde alcanzaba la vista al frente, y al echar una ojeada hacia atrás sólo
vio a Leonin. Era como si la Torre estuviese vacía salvo por ellos tres. No se
movía nada, excepto las llamas titilantes de las lámparas de pie. Silencio. —Perdona,
Asentada —dijo Meidani con un leve respingo—. Verla tan de repente me sorprendió.
¿Por dónde iba? Ah, sí. Creo que Celestine y Annharid están intentado descubrir
quiénes son sus amigas íntimas en el Amarillo. —Celestine y Annharid eran cómplices
de Meidani en la conspiración, ambas Amarillas. Había dos de cada Ajah salvo del
Rojo, por supuesto, lo que había resultado muy útil—. Me temo que eso no va a
servir de mucho. Tiene un amplio círculo de amistades, o lo tenía antes de… la
situación actual entre los Ajahs. —En su voz sonó un leve dejo de satisfacción,
a pesar del sosegado semblante; seguía siendo una rebelde, a despecho de juramento
añadido—. Investigarlas a todas será difícil, si no imposible. —Olvídate de ella
un momento. —Yukiri hubo de hacer un esfuerzo para no estirar el cuello y mirar
en todas direcciones. Un tapiz con grandes flores blancas se meció ligeramente,
y la Asentada enmudeció hasta estar segura de que era una corriente de aire y
no otro criado que saliera de la rampa de la servidumbre. Nunca lograba recordar
dónde estaban ubicadas esas salidas. El nuevo tema que quería tratar era tan peligroso,
a su modo, como hablar de Atuan—. Anoche recordé que fuiste novicia con Elaida,
y amigas íntimas, según recuerdo. Sería una buena idea renovar esa amistad.
—Eso fue hace unos cuantos años —repuso la otra mujer con tirantez
mientras se colocaba el chal por los hombros y se arrebujaba como si hubiese sentido
frío de repente—. Elaida la rompió, muy correctamente, cuando ascendió a Aceptada.
Podrían haberla acusado de favoritismo si hubiese estado yo en una clase que le
hubieran encomendado impartir. —Mejor para ti no haber sido una favorita —adujo
secamente Yukiri. La fiereza actual de Elaida tenía precedente. Antes de que partiera
para Andor años atrás, había presionado con tal dureza a quienes favorecía que
las hermanas habían tenido que intervenir más de una vez. Siuan Sanche había sido
una de ellas —extraño, ahora que lo pensaba — aunque Siuan nunca había necesitado
que la rescataran de niveles requeridos en tareas que no podía alcanzar. Extraño
y triste. —Aun así, harás todo lo posible para renovar esa amistad —añadió. Meidani
caminó dos docenas de pasos corredor adelante mientras abría y cerraba la boca,
se ajustaba y reajustaba el chal, movía los hombros como si quisiera librarse
de un tábano y miraba a todos lados,salvo a Yukiri. ¿Cómo había podido esa mujer
actuar como Gris alguna vez teniendo tan poco autocontrol? —Lo intenté —dijo finalmente
con un hilo de voz y todavía eludiendo los ojos de Yukiri—. Varias veces. La Guardiana,
Alviarin, siempre me dio largas: la Amyrlin estaba ocupada; tenía citas; necesitaba
descansar. Siempre había alguna excusa. Creo que Elaida no quiere reanudar una
amistad que dejó hace más de treinta años. Así que las rebeldes también habían
recordado esa amistad. ¿Cómo habrían pensado aprovecharla? Para espiar, seguramente.
Tendría que descubrir el modo en que Meidani debía transmitir lo que averiguase.
En cualquier caso, las rebeldes habían proporcionado la herramienta, y ella la
utilizaría. —Alviarin no te estorbará. Se marchó ayer de la Torre, o quizás anteayer.
Nadie lo sabe con seguridad. Pero las doncellas dicen que se llevó ropa de muda,
de modo que no es probable que regrese en unos cuantos días, como poco. —¿Dónde
habrá ido con este tiempo? —Meidani frunció el entrecejo —. Ha estado nevando
desde ayer por la mañana, y ya amenazaba antes. Yukiri se paró y usó las dos manos
para girar a la otra mujer de cara a ella. —Lo único que te concierne, Meidani,
es que se ha ido —manifestó firmemente. ¿Dónde habría ido Alviarin con ese tiempo?—.
Tienes vía libre para llegar a Elaida y la aprovecharás. Y estarás pendiente por
si alguien lee los papeles de Elaida. Asegúrate de que nadie te pilla vigilando.
—Talene había dicho que el Ajah Negro sabía todo lo que salía del estudio de la
Amyrlin antes de que se anunciara, así que necesitaban tener a alguien cerca de
Elaida si querían averiguar cómo ocurría tal cosa. Por supuesto, Alviarin veía
todo antes de que Elaida lo firmara, y había asumido más autoridad que ninguna
otra Guardiana de que se tenía memoria, pero eso no era razón para acusarla de
Amiga Siniestra. Ni para lo contrario. Se estaba investigando su pasado también
—. Vigila asimismo a Alviarin todo lo posible, pero lo importante son los papeles
de Elaida. Meidani suspiró y asintió con la cabeza de mala gana. Tenía que obedecer,
pero sabía el peligro añadido que corría si resultaba que Alviarin era un Amiga
Siniestra. Con todo, la propia Elaida podía pertenecer al Ajah Negro, dijeran
lo que dijeran Saerin y Pevara. Una Amiga Siniestra de Sede Amyrlin. Ésa sí que
era una idea para encoger el corazón de cualquiera. —¡Yukiri! —llamó una voz de
mujer desde una zona del corredor de más arriba.
Una Asentada de la Antecámara de la Torre no brincaba como
una cabra sobresaltada al oír su nombre, pero Yukiri lo hizo. De no haber estado
agarrando a Meidani, se habría caído; y, aun así, las dos mujeres se tambalearon
como granjeros borrachos en un baile de la cosecha. Tras recuperarse, Yukiri se
arregló el chal y adoptó un gesto ceñudo que no se borró cuando vio quién caminaba
apresuradamente hacia ella. Se suponía que Seaine debía permanecer en sus aposentos,
rodeada de tantas hermanas Blancas como le fuera posible cuando no estuviera con
Yukiri o alguna de las otras Asentadas que sabían lo de Talene y el Ajah Negro,
pero allí estaba, bajando a toda prisa por el corredor acompañada sólo por Bernaile
Gelbarn, una fornida tarabonesa que también era otra de las grajillas de Meidani.
Leonin se apartó y dedicó una reverencia formal a Seaine, con las puntas de los
dedos sobre el corazón. Meidani y Bernaile cometieron la estupidez de intercambiar
una sonrisa. Eran amigas, pero deberían darse cuenta de que una nunca sabía quién
podría estar observando. Yukiri no estaba de humor para sonrisas. —¿Tomando el
aire, Seaine? —dijo secamente—. A Saerin no le hará gracia cuando se lo cuente.
Ni pizca. Y a mí tampoco, Seaine. Meidani dejó escapar un ahogado sonido gutural,
y la cabeza de Bernaile se agitó, de manera que las cuentas de las múltiples trencillas
tintinearon al chocar entre sí. Las dos se pusieron a contemplar un tapiz que
supuestamente representaba la humillación de la reina Rhiannon, y, a pesar del
gesto sosegado de sus semblantes, resultaba obvio que habrían querido encontrarse
en cualquier otro lugar. A sus ojos, las Asentadas debían ser iguales. Y lo eran.
Normalmente. En cierto modo. Leonin no había podido escuchar una palabra de lo
dicho, pero, por supuesto, percibía el estado de ánimo de Meidani y se retiró
un paso más. Sin dejar de vigilar el corredor, ni que decir tiene. Un buen hombre.
Un hombre prudente y listo. Seaine había percibido lo suficiente para mostrarse
avergonzada. En un gesto inconsciente, se alisó el vestido cubierto de bordados
blancos en el repulgo y el corpiño, pero casi de inmediato sus manos se cerraron
sobre el chal y sus cejas se fruncieron en un gesto obstinado. Seaine había sido
tozuda desde el primer día que había pasado en la Torre. Era hija de un fabricante
de muebles de Lugard, al que convenció para que comprara dos pasajes para su madre
y para ella. Pasaje para dos río arriba, pero sólo uno de regreso corriente abajo.
Tozuda y segura de sí misma. Y con frecuencia tan ajena al mundo exterior como
cualquier Marrón. Las Blancas solían ser así, todo lógica y ningún discernimiento.
—No hace falta que me esconda del Ajah Negro, Yukiri —dijo. Yukiri dio un respingo.
Esa mujer era una necia por nombrar al Ajah Negro en un espacio abierto. El corredor
seguía desierto en ambas direcciones hasta donde la curva del trazado permitía
ver, pero la falta de precaución daba pie a un mayor descuido. También ella podía
ser obstinada cuando hacía falta, pero al menos demostraba tener más cerebro que
un ganso para discernir cuándo y dónde. Abrió la boca para decirle cuatro verdades,
pero la otra mujer se le adelantó. —Saerin me dijo que podía venir en tu busca.
—Los labios de Seaine se apretaron y la sangre tiñó sus mejillas por haber tenido
que pedir permiso o por haber tenido que preguntar. Era comprensible que la molestara
su situación, desde luego. Pero no aceptarlo era una estupidez por su parte—.
Necesito hablar contigo en privado, Yukiri. Sobre el segundo misterio. Por un
instante Yukiri se quedó tan desconcertada como parecían estarlo Meidani y Bernaile.
Podían fingir que no escuchaban, pero eso no les cerraba los oídos. ¿Segundo misterio?
¿A qué se refería Seaine? A no ser que… ¿Hablaría de eso que las había conducido
a la caza del Ajah Negro? Preguntarse por qué las cabezas de los Ajahs se reunían
en secreto había dejado de ser urgente comparado con hallar Amigas Siniestras
entre las hermanas. —De acuerdo, Seaine —respondió con más calma de la que sentía
—. Meidani, ve con Leonin corredor abajo justo hasta donde nos veáis a Seaine
y a mí en la curva. Vigila por si alguien se acerca por ese lado. Bernaile, haz
lo mismo corredor arriba. —Echaron a andar antes de que acabara de hablar, y,
tan pronto como se encontraron lo bastante lejos para que no las oyeran, se volvió
hacia Seaine—. ¿Y bien? Con gran sorpresa de Yukiri, el brillo del Saidar envolvió
a la hermana Blanca, que tejió una salvaguardia alrededor de ambas para que nadie
escuchara la conversación. Aquello era un claro indicio de secretos para cualquiera
que lo viera. Más valía que fuera algo importante.
—Piénsalo con lógica. —La voz de Seaine sonaba tranquila, pero
seguía apuñando el chal con las manos crispadas. Su postura era tan erguida que
se alzaba sobre Yukiri a pesar de no ser mucho más alta que la media—. Hace más
de un mes, casi dos, que Elaida acudió a mi cuarto, y casi dos semanas desde que
nos encontraste a Pevara y a mí. Estaría muerta a estas alturas si el Ajah Negro
supiese algo sobre mí. Pevara y yo habríamos muerto antes de que Doesine, Saerin
y tú hubieseis dado con nosotras. Por consiguiente, lo ignoran. No saben nada
sobre ninguna de nosotras. Admito que me asusté al principio, pero ahora tengo
total dominio de mí misma. No hay razón para que las demás sigáis tratándome como
a una novicia. —Cierta irritación invadió la calma—. Y una novicia sin seso, dicho
sea de paso. —Tendrás que hablar con Saerin —repuso secamente Yukiri. Saerin se
había puesto al mando desde el principio —después de cuarenta años en la Antecámara
representando a las Marrones, a Saerin se le daba muy bien ponerse al mando—,
y ella no tenía intención de oponerse a menos que debiera, y no sin hacer valer
el privilegio de Asentada que difícilmente podía alegar en las circunstancias
actuales. Sería tan inútil como intentar parar un peñasco que rodara cuesta abajo.
Si se podía convencer a Saerin, Pevara y Doesine aceptarían, y ella no se opondría.
—Bien, ¿qué pasa con ese «segundo secreto»? ¿Te refieres a las reuniones de las
cabezas de los Ajahs? El semblante de Seaine adoptó una expresión terca como una
mula, y Yukiri casi esperó verla echar las orejas hacia atrás. Entonces soltó
un hondo suspiro. —¿La cabeza de tu Ajah influyó para que se eligiera a Andaya
para la Antecámara? Me refiero a más de lo habitual. —Lo hizo, sí —contestó cautelosamente
Yukiri. Todas estaban convencidas de que Andaya entraría en la Antecámara algún
día, quizás en otros cuarenta o cincuenta años, pero Serancha casi la había designado,
cuando el método habitual era discutir el tema hasta llegar a un consenso sobre
dos o tres candidatas y después una votación secreta. Sin embargo, eso era asunto
de cada Ajah, tan secreto como el nombre y título de Serancha. —Lo sabía. —Seaine
asintió con la cabeza, excitada, un comportamiento por completo opuesto a lo que
era habitual en ella—. Saerin dice que Juilaine también fue elegida a dedo entre
las Marrones, que al parecer no es la forma habitual, y Doesine dice lo mismo
sobre Suana, aunque vaciló antes de admitir nada. Creo que la misma Suana puede
ser cabeza del Amarillo.
En cualquier caso, fue Asentada durante cuarenta años la primera
vez y sabes que no es corriente ocupar un sillón después de haber sido Asentada
tanto tiempo. Y Ferane dejó su puesto en el Blanco hace menos de diez años; nadie
había vuelto a entrar en la Antecámara tras un periodo tan corto. Para colmo,
Talene dice que las Verdes proponen candidatas y que su Capitán General elige
una, pero Adelorna designó a Rina sin haber habido antes propuesta de candidatas.
Yukiri logró reprimir una mueca a duras penas. Todo el mundo sospechaba quién
encabezaba otros Ajahs o de otro modo nadie se habría fijado en las reuniones,
para empezar. Sin embargo, pronunciar los nombres en voz alta era descortés, como
poco. Cualquiera que no fuese una Asentada podría recibir un castigo por ello.
Por supuesto, Seaine y ella sabían lo de Adelorna. En su afán por congraciarse,
Talene había soltado todos los secretos de las Verdes sin que le preguntaran.
Todas se habían sentido violentas salvo la propia Talene. Al menos eso explicaba
la razón de que las Verdes se pusieran hechas una furia cuando se azotó a Adelorna.
Con todo, Capitán General era un título ridículo por muy Ajah de Batalla que lo
llamaran. Al menos Primera Agregada describía lo que hacía Serancha, en cierta
medida. Corredor abajo, Meidani y su Guardián se encontraban en la curva, justo
al alcance de la vista, en apariencia charlando tranquilamente, si bien uno u
otro miraba en todo momento más allá del recodo. En dirección opuesta, Bernaile
estaba también a la vista. No dejaba de girar la cabeza al intentar observarlas
a Seaine y a ella al tiempo que vigilaba por si se acercaba alguien. También su
constante rebullir apoyándose ora en un pie ora en otro llamaría la atención,
pero cualquier hermana que saliera del recinto de su Ajah sola en la actualidad
se estaba buscando problemas, y lo sabía. La conversación tenía que acabar pronto.
—Cinco Ajahs —empezó Yukiri levantando un dedo— tuvieron que elegir Asentadas
nuevas después de que las mujeres que tenían en la Antecámara se unieron a las
rebeldes. —Seaine asintió y Yukiri alzó otro dedo—. Cada uno de esos Ajahs eligió
a una mujer como Asentada que no era la… elección lógica. —Seaine volvió a asentir.
Un tercer dedo se unió a los otros dos—. Las Marrones tuvieron que elegir dos
nuevas Asentadas, pero no has mencionado a Shevan. ¿Hay algo… extraño sobre ella?
—preguntó Yukiri haciendo una mueca. —No. Según Saerin, Shevan habría sido seguramente
quien la habría reemplazado cuando ella decidiera dimitir, pero… —Seaine, si lo
que intentas dar a entender es que las cabezas de Ajahs conspiraron respecto a
quién entraría en la Antecámara (¡y te aseguro que es la idea más descabellada
que he oído en mi vida!), si es eso lo que estás sugiriendo, ¿por qué iban a elegir
a cinco mujeres dudosas y a una que no lo es? —Sí, eso es lo que sugiero. Como
me habéis tenido prácticamente encerrada bajo llave he dispuesto de más tiempo
para pensar del que podía ocupar con eso. Juilaine, Rina y Andaya me dieron un
indicio, y Ferane hizo que me decidiera a comprobar datos. ¿Qué habría querido
decir Seaine con lo de que Andaya y las otras le habían dado un indicio? Oh, por
supuesto. Rina y Andaya no eran lo bastante mayores para estar ya en la Antecámara.
La costumbre de no hablar sobre la edad se convertía enseguida
en el hábito de no pensar sobre ello tampoco. —Dos podría tratarse de una coincidencia
—prosiguió Seaine—, incluso tres, aunque eso ya rayaría en la credulidad, pero
cinco marcan una pauta. A excepción del Azul, el Marrón fue el único Ajah en el
que hubo dos Asentadas que se unieron a las rebeldes. Quizás ahí haya una razón
para que eligieran a una hermana dudosa y a otra que no lo es, si consigo resolverlo.
Pero existe una pauta, Yukiri, un enigma, y tanto si es razonable como si no,
algo me dice que debo descifrarlo antes de que las rebeldes lleguen. Hace que
me sienta como si tuviera la mano de alguien en el hombro, pero al volverme no
veo a nadie. Lo que rayaba en la credulidad era la idea de que las cabezas de
Ajahs conspiraran, para empezar. «Por otro lado —pensó Yukiri—, una conspiración
de Asentadas es rocambolesco, y estoy metida en una.» Y estaba el simple detalle
de que se suponía que nadie fuera de un Ajah sabía quién era su cabeza, pero,
contra toda tradición, las cabezas de Ajahs lo sabían. —Si existe un enigma —contestó
cansinamente—, tienes mucho tiempo para resolverlo. Las rebeldes no podrán partir
de Murandy antes de la primavera, hayan dicho lo que hayan dicho a la gente, y
la marcha río arriba les llevaré meses, si es que consiguen mantener junto su
ejército tanto tiempo. —Sin embargo, no dudaba que lo conseguirían; ya no—. Regresa
a tu habitación antes de que alguien nos vea plantadas aquí, aisladas por una
salvaguardia, y cavila sobre tu enigma —dijo, pero no con acritud, mientras posaba
la mano en el brazo de Seaine—. Tendrás que aguantar que te cuidemos hasta que
todas estemos seguras de que no corres peligro. La expresión plasmada en el rostro
de Seaine habría podido describirse como huraña en cualquiera que no fuese una
Asentada. —Volveré a hablar con Saerin —manifestó, pero el brillo del Saidar que
la rodeaba desapareció. Mientras la seguía con la mirada y veía que se reunía
con Bernaile, tras lo cual las dos mujeres caminaron corredor arriba hacia el
recinto del Ajah, ambas tan cautelosas como cervatillos cuando hay lobos al acecho,
Yukiri se sintió apesadumbrada. Era una lástima que las rebeldes no pudieran llegar
antes del verano. Al menos eso conseguiría que los Ajahs volvieran a unirse, y
las hermanas no se verían obligadas a moverse a hurtadillas por la Torre Blanca.
«Y también tener alas, ya puestos a pedir», pensó tristemente. Decidida a controlar
su estado de ánimo, fue a reunirse con Meidani y Leonin. Tenía que investigar
a una hermana Negra, y por lo menos la investigación era un enigma que sabía cómo
manejar. Gawyn abrió los ojos de golpe en medio de la oscuridad cuando una nueva
oleada de frío se coló en el pajar. Las gruesas paredes de piedra del establo
protegían normalmente de las heladas nocturnas, al menos de lo más crudo. Abajo
unas voces hablaban en murmullos, pero no había un timbre de ansiedad en ellas.
Apartó la mano de la espada que había dejado en el suelo junto a él y se ajustó
los guantes. Al igual que el resto de los Cachorros, dormía con toda la ropa que
podía ponerse. Seguramente ya era la hora de despertar a algunos de los hombres
que yacían a su alrededor para que hicieran su turno de guardia, pero él estaba
completamente despierto ahora y dudaba que pudiera volver a conciliar el sueño.
De todos modos, su reposo era siempre intranquilo, poblado de sueños inquietantes,
acosado por la imagen de la mujer que amaba. Ignoraba el paradero de Egwene o
si aún vivía. O si lo habría perdonado. Se incorporó y la paja que se había echado
encima para abrigarse resbaló de la capa. Después se ciñó el cinturón de la espada.
Mientras se abría camino entre los bultos oscuros que eran los hombres dormidos
sobre las balas de paja, el suave roce de botas en travesaños de madera le anunció
que alguien subía al altillo por la escalera de mano.
Una borrosa figura apareció en lo alto de la escalera y se
paró, esperándolo. —¿Lord Gawyn? —inquirió suavemente la profunda voz de Ragar
con el acento domani que no había perdido en los seis años de entrenamiento en
Tar Valon. La retumbante voz del primer teniente siempre sorprendía al salir de
un hombre menudo que apenas llegaba al hombro de Gawyn. Aun así, de haber corrido
otros tiempos a buen seguro que Ragar sería un Guardián a esas alturas—. Creí
conveniente despertaros. Acaba de llegar una hermana. A pie. Una mensajera de
la Torre. Quiere ver a la hermana que está a cargo aquí. Ordené a Tomil y a su
hermano que la condujeran a la casa del alcalde antes de que se fueran a acostar.
Gawyn suspiró. Tendría que haber vuelto a casa cuando al regresar a Tar Valon
se encontró con que expulsaban a los Cachorros de la ciudad, en vez de quedarse
atrapado en invierno en ese sitio. Sobre todo estando seguro de que Elaida los
quería muertos a todos. Su hermana Elayne llegaría finalmente a Caemlyn, si es
que no se encontraba allí ya. Desde luego, cualquier Aes Sedai se encargaría de
que la heredera de Andor llegara a Caemlyn a tiempo de reclamar el trono antes
de que lo hiciera cualquier otra aspirante. La Torre Blanca no renunciaría a la
ventaja de que hubiese una reina que también fuera Aes Sedai. Por otro lado, también
era posible que Elayne estuviese en camino hacia la Torre Blanca en ese mismo
instante. No sabía cómo se había involucrado con Siuan Sanche o hasta qué punto
llegaba esa implicación —su hermana se lanzaba siempre a un estanque antes de
probar su profundidad —, pero Elaida y la Antecámara de la Torre puede que quisieran
interrogarla a fondo, ni que fuese la heredera del trono ni que no. O ni que fuera
reina. Sin embargo, estaba convencido de que no la harían responsable de nada.
Seguía siendo una Aceptada más. No dejaba de repetirse eso a menudo. El problema
más reciente era que ahora había un ejército entre él y Tar Valon. Como poco,
veinte mil soldados a este lado del río Erinin y, según se creía, otros tantos
en la orilla occidental. Debían de apoyar a las Aes Sedai a las que Elaida denominaba
rebeldes. ¿Quién más iba a poner cerco a Tar Valon? No obstante, el modo en que
ese ejército había surgido de repente, como apareciendo de la nada en medio de
la tormenta de nieve, bastaba para que al pensar en ello aún se le pusiera la
piel de gallina. Rumores y alarmas precedían siempre a cualquier fuerza armada
numerosa que estuviese en marcha. Siempre. Ésta había llegado como los espíritus,
en silencio. Aun así, el ejército era tan real como la roca, de modo que Gawyn
ya no podía entrar en Tar Valon para saber si Elayne se hallaba en la Torre y
tampoco marchar hacia el sur. Cualquier ejército repararía en un contingente de
más de trescientos hombres en movimiento, y las rebeldes no mostrarían buena disposición
hacia los Cachorros. Aunque fuera él solo, en invierno se viajaba con mucha lentitud,
y si esperaba hasta la primavera al final tardaría el mismo tiempo en llegar a
Caemlyn. Encontrar pasaje en un barco era igualmente imposible. El asedio atascaría
el tráfico fluvial de forma irremediable. Él estaba atorado sin remedio en un
atasco. Y, ahora, una Aes Sedai llegaba en mitad de la noche. No iba a simplificar
nada las cosas. —Vayamos a ver qué noticias trae —dijo en tono quedo al tiempo
que hacía un gesto a Ragar para que bajara primero por la escalera de mano. Veinte
caballos, con sus correspondientes sillas amontonadas, abarrotaban cada centímetro
del oscuro establo que no estaba ocupado por las cuadras de las dos docenas, más
o menos, de vacas lecheras de la señora Millin, de modo que Ragar y él tuvieron
que abrirse paso entre animales y bultos hasta las amplias puertas. El único calor
procedía de los animales dormidos.
Los dos hombres que vigilaban los caballos eran sombras silenciosas,
pero Gawyn sintió sus miradas siguiéndolos a Ragar y a él hasta que salieron a
la gélida noche. Sabrían lo de la mensajera y estarían haciendo cábalas. En el
cielo despejado, la pálida luna todavía proporcionaba bastante luz. El pueblo
de Dorlan brillaba con la nieve. Arrebujándose en su capa, los dos avanzaron en
silencio a lo largo de lo que había sido la calzada que llevaba a Tar Valon desde
una ciudad desaparecida hacía siglos, caminando trabajosamente al hundirse hasta
las rodillas en la nieve. Actualmente nadie viajaba en esa dirección desde Tar
Valon salvo para ir a Dorlan, y no había razón para hacerlo en invierno. Por tradición
el pueblo suministraba quesos a la Torre Blanca y a nadie más. Era una aldea minúscula
compuesta por quince casas de piedra gris y tejados de pizarra, con nieve apilada
hasta el borde inferior de las ventanas del piso bajo. A corta distancia, detrás
de cada casa, se alzaban los establos, todos abarrotados de hombres y caballos
ahora, además de las vacas. Casi todo Tar Valon habría olvidado la existencia
de Dorlan. ¿Quién pensaba de dónde procedían los quesos? Había parecido un buen
lugar para esconderse. Hasta ahora. Todas las casas del pueblo excepto una estaban
a oscuras. La luz se filtraba por los postigos de varias ventanas en la vivienda
del maese Burlow, tanto en el piso de arriba como en el inferior. Garon Burlow
tenía la desgracia de poseer la casa más grande de Dorlan, además de ser el alcalde.
Los aldeanos que habían hechos cambios en sus casas para tener una cama para una
Aes Sedai debían de estar lamentándolo, pero es que maese Burlow, para colmo,
disponía de dos cuartos vacíos. Pateando en el escalón de la entrada para quitarse
la nieve de las botas, Gawyn llamó en la sólida puerta del alcalde con el puño.
No respondió nadie, y al cabo de un mom