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Espíritu del Fénix
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Autor Mensaje
Esmeralda
Sorei
Sorei


Registrado: Apr 15, 2005
Mensajes: 25
Ubicación: España

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Aiel

MensajePublicado: Mar May 03, 2005 1:48 pm    Asunto: Espíritu del Fénix Responder citando

Saludos, aquí os dejo un relato (largo más bien) de momento sólo los dos primeros capitulos, pero iré poniendo más (si os gusta). icon_smile.gif icon_wink.gif

ESPÍRITU DEL FÉNIX
PROLOGO
2988 D.G.O.
Praderas milenarias, secadas primero por el tórrido verano que Bretagna había sufrido y heladas después por el crudísimo invierno, se extendían ante ella. Los bosques espesos y extensos, que marcaban el final de su viaje y que significaban su salvación y la de su pequeño, aún estaban muy lejos, a dos días de viaje por las heladas llanuras.
Con el pesado manto que cubría sus miembros agotados ya empapado por la fuerte ventisca, Kirenë temía no ser capaz de continuar adelante, lo cual supondría su muerte y la del bebé de tres meses por el que lo había dejado todo y había huido de palacio.
Desde que su marido Sirius, el joven rey de Bretagna, muriera pocas horas después del nacimiento de su hijo, en un supuesto accidente, la joven siempre había temido por la vida de Kaleb que era el heredero del trono. Sus damas, aquellas envidiosas víboras que nunca habían aceptado que una muchacha sin aparentes orígenes nobles les tomara la delantera y conquistara al apuesto rey de Bretagna, la habían traicionado. En contrapartida, sus leales doncellas, que la habían seguido hasta el palacio de Pharis, capital de Bretagna, la habían avisado de la conspiración de sus damas. Junto con los enemigos más acérrimos del rey, porque Sirius también los tenía, habían planeado asesinar al príncipe y sin duda, a ella.
Muerto de frío, Kaleb empezó a llorar. Su ojitos, de un intenso color verde estaban llenos de lágrimas.
- Tranquilo, mi sol, pronto estaremos a salvo, – susurró Kirenë con voz consoladora. - Mi hermana cuidará de ti.
El llanto del niño, sin duda quedaría acallado por la ventisca, pero sus perseguidores tenían otros métodos de escucha. Siendo así no tardarían en recuperar la pista que a la joven reina le había costado tanto hacerles perder.
Había empleado toda su fuerza para protegerlos del frío y las fieras, si ahora debía luchar perdería la batalla. Estaba agotada.
- Deberías hacer callar al crío, Kirenë, acabará por hacer que os descubran, – dijo una voz tras ella. Una voz que le puso los pelos de punta.
- ¡¡¡No!!! – Gritó la joven, aterrada, al reconocerlo.
– Tu huida y tu pequeño derroche de poder han sido en vano, mi reina, - continuó el hombre, que vestía una túnica negra con capucha. – Ahora, ríndete y entrégame al príncipe. – Le exigió con suave crueldad.
- ¡¡¡Jamás!!! ¡¡¡Protegeré a Kaleb con mi vida!!!
La joven empezó a retroceder lentamente, intentando estar lo suficientemente lejos de su perseguidor para que su influencia oscura no interfiriera y poder poner toda su fuerza en un hechizo de teletransporte. Sin embargo, Kirenë no tenía más que unas nociones de magia y no sabía si aquello le saldría bien.
- Un magnifico alarde de valor, Kirenë. Tu padre era igual que tú, valeroso...
Negando con la cabeza, la joven reina se fue acercando a un pozo abierto en la llanura. No reparó en él y, a causa del hielo acumulado, resbaló y perdió pie.
- ¡¡¡Ah!!!! ¡¡¡Kaleb!!!
El llanto del niño y los gritos desesperados de Kirenë se perdieron en la oscuridad del pozo.
- Y tonto. – Concluyó el hombre.
El encapuchado, seguro de que ambos habían muerto, se marchó de allí con una sonrisa en la boca.
<<Tu muerte era innecesaria, bella Kirenë, podrías haber sido más grande de lo que ni tú misma lo podrías imaginar, mucho más que por tu matrimonio con ese blandengue de Sirius. >> Pensó el encapuchado con un punto de pesadumbre. <<Pero tú lo has querido... ¡Misión cumplida! >>


CAPITULO 1: “EL FIN DE UNA ERA”
2996 D. G. O.
Yaëren y sus hijos mellizos de ocho años, Kale y Karen, regresaban a Althea, la pequeña comunidad, medio escondida en los bosques de la región de Vyridian, de donde Yaëren se había marchado misteriosamente unos años antes, dejando a su esposo Marcus y a su hijo de nueve años, Ceddrik, solos.
El hombre, muy querido en la comunidad, y respetado por todos por ser la mano derecha del Canciller de Vyridian, Gäwen, había explicado que Yaëren estaba embarazada y quería pasar un tiempo con su madre, pero su vuelta se retrasó ocho años.
- Kale, Karen, vais a conocer a vuestro padre, y a vuestro hermano mayor, Ceddrik. Os hablé de ellos, ¿recordáis?
La niña iba unos pasos por delante y no escuchó a su madre, pero el niño, de ojos verdes y largo cabello castaño claro, cuando su hermana era morena, estaba atento y asintió.
- Están deseando conoceros, a ti y a tu hermana, – continuó Yaëren.
- Mamá, ¿es verdad que nuestra casa es más grande que la de la abuela?
Ensimismada en los bosques que creía que no volvería a ver, Yaëren no hizo caso de la pregunta de su hijo.
- ¡Mamá! – Insistió el niño, tirándole de la manga. - ¿Dónde está la playa, mamá?
Yaëren sonrió a su pequeño, cuya curiosidad era insaciable.
- Sí, Kale, nuestra casa es más grande que la de la abuela y estamos demasiado lejos de la playa, pero cuando nos instalemos, te prometo que os llevaré a ti y a Karen.
- ¿De verdad, mamá? – preguntó Karen, volviéndose al oír su nombre.
-Sí, pero tendréis que esperar un poco, porque aquí aún es invierno y tenéis que ir a la escuela.
- ¿Y qué es la escuela, mamá? – Preguntó Kale.
Hasta entonces, él y su hermana habían recibido lecciones, sobretodo leer y escribir, de su madre y su abuela.
Yaëren apretó afectuosamente la mano de su hijo, pero Karen se le adelantó con la explicación.
- La escuela es donde se va a aprender, tonto, - le explicó la niña con expresión de superioridad y salió corriendo.
- Mami, yo no quiero ir a ese sitio, yo quiero ser caballero – protestó Kale.
Yaëren torció el gesto, Marcus y ella ya habían discutido ese tema lo suficiente por carta.
Ceddrik iba a ser nombrado caballero por el rey Shedir, había pasado los últimos seis años en Pharis para conseguirlo. Yaëren ya tenía bastante con dos Caballeros del Fénix (la elite del ejército de Bretagna) en casa. No permitiría que Kale siguiera los pasos de su padre y su hermano mayor.
- Cariño, ya te lo dije, tú serás consejero del Canciller, incluso Canciller, pero no caballero.
- Mamá, ¿aún sigues tratando de meterle en la cabeza al crío que no sea soldado? – Preguntó una voz entre los árboles.
- ¿Así recibes a tu madre, jovencito? – Replicó otra voz más dura.
Marcus y Ceddrik, este último con Karen en brazos, salieron de entre los árboles.
- Marcus – susurró la mujer, emocionada. - ¡Marcus!
El general y su esposa se unieron en un abrazo, mientras que Ceddrik recibía a su desconocido hermano volviéndolo del revés. Kale se revolvió, mientras le pegaba puñetazos los cuales al joven de diecisiete años no le hacían ni cosquillas.
- Suéltame, idiota, ¡suéltame o te vas a enterar!
- Suelta a tu hermano, Ceddrik, sólo te lo diré una vez – le riñó Yaëren, cariñosamente, con los brazos en jarras.
Ceddrik obedeció, pero sin ningún cuidado y el niño se dio un fuerte golpe contra el suelo.
- ¡¡Mamá!! – Llorando, Kale se abrazó a su madre. – Mamá, Ceddrik es idiota, lo odió.
Marcus fulminó a Ceddrik con la mirada.
- ¡Vah! Sólo es un llorón. Me voy a taberna – Comentó el joven, desdeñosamente, encogiéndose de hombros. - ¿Qué? – Replicó ante la mirada furiosa de su padre. – Dentro de dos días se me acaba el permiso y tengo que volver a la Academia, quiero pasar tiempo con mis amigos.
- Y tu madre y tus hermanos acaban de volver, así que ya estás cogiendo la bolsa de tu madre y llevándola a casa. ¿Me has oído?
Ceddrik apretó los dientes.
- Pero, padre...
- Ni pero padre ni nada, ya me has oído, ¡obedece! – Le ordenó, con el tono que usaría con un soldado.
- Sí, señor.
A regañadientes, Ceddrik obedeció a Marcus, refunfuñando.
La severidad de su padre, asustó a Kale que se escondió tras Yaëren, agarrado a su vestido. La mujer meneó la cabeza.
- Vamos, hijitos, ¿no queríais conocer nuestra casa?
Karen y Kale asintieron y corrieron de la mano, siguiendo a Ceddrik.
- Karen y Kale se llevan muy bien, - comentó Marcus, cogiendo de la mano a su esposa y echando a caminar con ella.
- Han crecido juntos y donde vive mi madre no había niños de su edad, es normal que estén tan unidos...
Marcus se paró y le besó el puño a Yaëren.
- Yaëren, dime la verdad – le pidió. – Confié en ti cuando quisiste marcharte, pero te amo lo suficiente como para merecer que me digas lo que sabes sobre Kale.
Yaëren se soltó y le rehuyó mirada.
- Marcus, el viaje ha sido largo y pesado... Estoy cansada, ya hablaremos en otro momento... – la mujer avanzó unos pasos.
Marcus la agarró del brazo para detenerla.
- Yaëren – la bella mujer lo miró con una mezcla de tristeza y culpabilidad.
- Marcus, te amo y lo último que quiero es ocultarte algo… Por favor, perdóname porque lo haga por Kale, pero no puedo decírtelo, no me preguntes más, te lo suplico.
Las lágrimas, amargas, corrían por el rostro hermoso y todavía joven de Yaëren.
Marcus no siguió preguntado y exigiendo repuestas y estrechó a su mujer contra su pecho. Podía ser un hombre duro, severo y frío como una roca, peor amaba a Yaëren y lo último que deseaba era hacerle daño.

Pasaron dos años desde el regreso, que todos en la pequeña aldea cogieron con alegría, de Yaëren y sus dos hijos. En ese tiempo, Marcus, que era capitán de la Guardia de la Cancillería, fue nombrado por Gäwen, General de la División Vyridiana, uno de los más altos honores que se podían conceder. Ese acontecimiento, influyó para que Kale, ya muy unido a su hermana Karen, conociera a un muchacho de su edad, Eric d’Ailhant, el hijo del Canciller Gäwen. A pesar de su noble nacimiento y de que, posiblemente, sería el futuro Canciller de Vyridian, Eric se convirtió pronto en el amigo inseparable de Kale. Y es que los dos niños soñaban juntos en ser Caballeros del Fénix y vivir mil aventuras, mientras Karen les echaba la bronca por no aplicarse lo suficiente en los estudios.
Los tres volvían de la escuela de Althea. Eric tenía un tutor personal, pero los esperaba todos los días y se iba a jugar con Kale mientras Karen estudiaba.
Aquel día los dos niños tenían una animada discusión.
- Yo mataré a mil enemigos de un golpe de mi espada – decía uno.
- Pues yo mataré a dos mil de una patada.
- Ah, pues yo mataré a quince dragones con sólo mirarlo.
- Pues, yo...
Detrás de ellos, Karen enarcaba las cejas.
- Mira que sois tontos, tú serás Canciller, Eric y tú – señaló a su hermano – hace años que no hay guerra por aquí cerca y al único Dragón que vas a tener que enfrentarte es a papá como se entere de que te escapas de la escuela para ir a ‘vivir aventuras’ con Eric.
Kale se cruzó de brazos, con cara de ofendido.
- Eso no es verdad, y con las notas que saco no tienes como probarlo, sabelotodo.
- ¿Ah, no? – La chiquilla puso cara de superioridad. – Pues yo creo que sí. Y si no me creyeran, sólo tienen que ir a preguntarle al maestro y ya está. Sólo está callando porque estás con el hijo del Canciller.
- No lo creerán nunca – afirmó Kale, aunque sin mucho convencimiento.
- ¿Qué te apuestas?
Kale no contestó. Conocía a su hermana y era la niña de los ojos de su padre y Ceddrik también se pondría de parte de Karen.
- Ya sabía que no te atreverías.
Eric le pasó un brazo por los hombros.
- Karen, no seas mala, ¿qué van a decir los vyridianos cuando seas Cancillera si eres tan viborilla?
La niña se lo quitó de encima con una especie de llave. Eric acabó en el suelo.
- Kale, nos veremos en casa.
Muy digna, Karen pasó sobre Eric y siguió caminando como si nada.
- ¿Estás bien? – le preguntó Kale a su amigo, ayudándolo a levantarse.
- Sólo algo herido en mi orgullo, ¿dónde ha aprendido tu hermana a hacer eso?
Kale se rió.
- Creo que se lo enseñó mi abuela – tiró del brazo del otro niño. – Vamos a pedirle la merienda a mi madre.
Salieron corriendo detrás de Karen, pero por un atajo que conocían.

Cuando llegaron, encontraron a la niña apoyada en la puerta de la sala de estar.
- Pero, ¿qué haces? – le preguntó Kale, enarcando las cejas.
- Cállate, papá y mamá discuten otra vez y quiero enterarme porque lo hacen tan a menudo.
- ¡Pero qué cotillas son las niñas! – Se quejó Kale con una mano en la frente. – Vamos, Eric, vamos a buscar algo de comer.
Karen lo cogió del brazo.
- Kale... – empezó con voz melosa. – Tú tienes muy bien oído… Kale, no podrías... es que no se oye bien.
El niño la miró enfadado.
- A mí no me metas, si te pillan y te la cargas, que sea a ti sola.
- Vamos, Kale, que soy tu hermanita...
Kale se cruzó de brazos y se apoyó en la pared, mirándola con la misma superioridad que ella lo había mirado a él en el bosque.
- Claro, mi hermanita que estaba dispuesta a contar a papá y mamá que me escapo de la escuela.
Karen lo miró furiosa, pero la curiosidad pudo con ella.
- Era broma, venga, hombre, no seas así... Perdona.
Al final, los tres niños acabaron escuchando detrás de la puerta.
Marcus seguía queriendo mandar a Kale a la Academia Militar de Pharis y esa era la razón por lo que él y Yaëren discutían.
La mujer no quería que su hijo pequeño viajara a Pharis, la capital del reino, para ser soldado como su padre y su hermano. Y menos con los rumores que llegaban desde el sur.
- Yaëren, quieres hacer el favor de ser razonable, - argumentaba Marcus, calentándose al fuego. – Ceddrik está allí y ya es caballero, protegerá a su hermano. Y también está Kaviezel.
- Tú y Ceddrik sois soldados, Kale no lo será también – replicó Yaëren en sus trece. – Me niego a que mi niño cruce toda Bretagna y pase quien sabe cuantos años en Pharis. En Irmeön hay una buenísima universidad... la mejor de Bretagna. Mandaremos allí a Karen y a Kale. – Continuó la mujer, dando por zanjado el tema.
Sin embargo, el general de la División Vyridiana no iba a darse por vencido fácilmente.
- ¿Por qué proteges tanto al chico, Yaëren? – Le preguntó con suspicacia.
- ¿Es tan extraño que una madre desee proteger a sus hijos? – Replicó ella indignada.
- No, no es tan extraño, en un caso normal – contestó Marcus. – Pero sí es extraño cuando Kale no es hijo nuestro y me has ocultado la verdad sobre él durante diez años. – Añadió, con tal vez demasiada crueldad, mirándola duramente a los ojos.
Yaëren no le aguantó la mirada y se volvió hacia la ventana, con el rostro entre las manos para ocultar las lágrimas.
- Yo... ¡Yo no sé nada sobre Kale, Marcus! ¿No puedes creerme cuando te digo que no sé nada? – Exclamó, cada vez más furiosa.
- No puedo creerte, no puedo porque el día que encontraste a Kale en nuestro portal, te marchaste, dejándome solo con un niño de nueve años y sin darme ninguna explicación.
- Tuve que hacerlo, Marcus, tuve que marcharme... – replicó Yaëren. – No puedo creer que aún me lo reproches después de diez años.
- No te reprocho que te marcharas, sino que lo hicieras sin darme ninguna explicación.
- ¡Es que no hay ninguna! – exclamó Yaëren, con la voz rota. – Hemos criado a Kale como a Ceddrik o a Karen. Es nuestro hijo, ¿qué otra explicación cabe?
Marcus, que había tratado de no perder la paciencia, empezaba a enfadarse.
- La explicación de los orígenes de Kale, y tú la tienes, sé que la... - El roce de la puerta cortó la replica de Marcus.
Los dos esposos se volvieron hacía el umbral, para ver allí a Kale, Karen y Eric. Sus caras lo decían todo: los habían escuchado.
Sin embargo, tanto la expresión de Karen como la de Eric, sólo reflejaban la expresión de Kale. El pequeño era muy sensible y, en algunos aspectos, demasiado maduro para sus diez años. Descubrir entonces que había sido abandonado por los que deberían haberlo querido y recogido por quienes creía sus padres fue un golpe muy duro.
- ¡¡Mentirosos!! ¡¡Os odio!!
El niño, con lágrimas en los ojos, salió corriendo.
- ¡Kale, espera! – Lo llamó Karen, saliendo detrás de él.
No obstante, Kale no quiso escucharla. Tan solo deseaba salir de allí.

Destrozado por el descubrimiento, el pequeño se internó en el bosque, con la intención de llegar a su lugar secreto: un claro oculto tras una espesa capa de matorrales que sólo Eric y él conocían.
Para cuando llegó allí, ya despuntaban las primeras estrellas, pero Kale no temía a la oscuridad, de hecho no tenía ningún problema para ver en ella, aunque creía que era normal. Cientos de veces, había ido hasta allí de noche, a escondidas. La constelación del Gran Fénix resplandecía sobre el centro de claro con toda su fuerza y, aunque no sabía porqué, el jovencísimo “aspirante” a caballero se sentía protegido.
Lo que sí le dio miedo fue escuchar unas voces y risas que se hacían cada vez más altas según se iba acercando al su claro y vislumbrar una hoguera de campaña. ¡Allí había alguien! <<No puede ser>> pensó Kale, asustado. <<Este lugar sólo lo conocemos Eric y yo. Ni siquiera Karen sabe que existe. >> Muerto de miedo, se acercó más y vio que los intrusos eran un grupo de seis o siete soldados de armadura negra y cascos monstruosos. ¿De dónde habían salido, si es que eran humanos? A Kale más bien le parecían los monstruos imaginarios contra los que Eric y él luchaban en sus juegos, con la diferencia, de que aquellos eran reales. <<Humanos o no, decididamente, no son soldados de Bretagna. >>
Se escondió tras los matorrales, rezando al Gran Fénix, que no lo descubrieran allí. Después de cómo se había marchado no podía volver a casa.
- Me gustaría saber cuando nos darán la orden de atacar – escuchó el niño que decía uno de los soldados, quitándose el casco.
Al menos, parecía que era un elfo, aunque Kale sólo conocía esta raza por imágenes.
- Estoy hartó de estas misiones de espionaje. Nos llaman los Caballeros de la Muerte, por todos los Oscuros Señores.
- Ponte el casco, elfo estúpido, y habla más bajo – le dijo otro, con voz más de temor que de enfado. – Conoces las órdenes, no nos pueden descubrir.
- Un simple humano no me da órdenes así que cállate, mastodonte, además en este bosque no hay ni un alma – replicó el otro con voz burlona.
- Yo no estaría tan seguro – dijo otra voz.
Kale se quedó sin aliento. Aquella voz había sonado justo encima de él. Una manaza apareció entre la espesura y lo sacó de su escondite, para mostrárselo a los otros soldados.
- Mirad lo que he encontrado. – Kale se retorcía y daba patadas, tratando de soltarse. El soldado lo abofeteó. – Maldito niño, estate quieto.
Kale obedeció, temiendo que si no lo hacía, lo matarían.
El soldado lo llevó hasta el centro del claro, con sus compañeros y lo arrojó al suelo. Kale tuvo que rodar sobre sí mismo para apartarse de la hoguera.
- Así que tenemos aquí un pequeño espía, ¿eh, niño? – comentó el soldado que lo había capturado. Menos el que se lo había quitado antes, todos llevaban el monstruoso casco.
- Sólo es un niño, Lich – intervino el que, por la voz, parecía más joven.
Era el mismo que antes había abogado por cumplir las órdenes estrictamente.
- Un niño que tiene un buen oído ¿qué has escuchado?
- Este es mi claro, vosotros no podéis entrar aquí sin permiso – contestó Kale, tratando de hacerse el valiente, aunque la voz le temblaba.
Los soldados se echaron a reír. Una risa que distorsionada por el casco le heló la sangre al muchacho, ya de por sí, asustado.
- ¿Permiso? ¿Tu permiso? – le preguntó el Elfo, con voz burlona, mientras se limpiaba las lágrimas que la risa le había provocado.
- Sí… ¡Sí! Este territorio es de Bretagna y vosotros no sois soldados de Bretagna, ¡marchaos!
Aquello provocó que la risa del malvado elfo arreciara.
Para que no huyera mientras decidían que hacer con él, lo ataron a un árbol, aunque de todos modos, la discusión de los soldados lo tenía paralizado de terror.
- Matémoslo – opinaba el elfo, con su voz suave y burlona. – Sólo es una rata, una escoria humana, que lo único que hará será traernos problemas…
- ¿Estás loco, elfo? Conoces las órdenes, sólo espiar los movimientos de la División… Si lo matamos se armará un revuelo terrible.
- ¿Crees que voy a cumplir las órdenes de un simple Humano por muy rey que sea? Soy superior a él y me estoy hartando de hacer de recadero.
- Podríamos cortarle la lengua al niño, - medio otro. – sería una diversión y así seguro que no podría decir nada.
- ¿Os habéis vuelto todos locos? Las órdenes son claras, si no las cumplimos lo pagaremos caro, dejemos ir al niño – propuso el soldado joven. – Sólo es un mocoso asustado, no se le ocurrirá decir nada.
- Hasta que se le pase el susto…
- Para entonces ya estaremos fuera de aquí – argumentó el soldado. – Si hacemos cualquiera de las otras cosas que proponéis, tendremos que largarnos igualmente. Y ya sabéis que las muertes innecesarias no le gustan al rey, que además es el Sumo Sacerdote.
El Elfo lanzó un resoplido.
- Se es un maldito blandengue y… Humano – comentó. – No comprendo como hay podido llegar tan lejos.
- Y tampoco te importa, porque nosotros sólo cumplimos órdenes… Sus órdenes, para ser más exactos – contestó el otro. – Es un miembro del Triunvirato y, aunque te pese, merece nuestro respeto.
Al final no llegaron a ningún acuerdo.

Kale lloraba silenciosamente, después de todo no era más que un niño, muerto de miedo. Atado aún al tronco, se arrepentía de haber salido corriendo de aquella manera, sino lo hubiera hecho, estaría durmiendo en su cama. <<Esos Caballeros de la Muerte me van a matar y lo último que le dije a mamá fue que la odiaba. >> Pensaba el niño.
De repente, una mano apareció sobre su boca.
- Ni se te ocurra gritar, mocoso, y deja de llorar, que no te va a pasar nada – dijo una voz.
Kale la reconoció como la del joven soldado que había tratado de que lo liberaran.
Este le cortó las ligaduras y lo levantó del suelo, cogiéndolo por el cuello de la camisa, hasta ponerlo a su altura.
- Escúchame bien, mocoso – le dijo. – Lárgate y no vuelvas más por aquí. ¿Me has oído? – El niño asintió. – Me lo estoy jugando todo por salvarte el pellejo, así que mejor que olvides lo que ha pasado esta noche.
- Si… i… í, Gra… aaa… cias – contestó Kale, con voz temblorosa.
- No me des las gracias, no lo he hecho por ti, mocoso entrometido, y ahora, ¡largo!
El soldado lo lanzó por los aires. Kale, casi sin tocar el suelo, aunque seguía asustado, echó a correr en dirección a Althea.

Al amanecer, aún no había regresado a casa. Marcus y gran parte de los Guardias Vyridianos, la Guardia de la Cancillería había estado buscando a Kale por el bosque durante toda la noche, sin embargo, ninguno imaginaba que se había alejado tanto.
No fue hasta que despuntó el alba, cuando Eric, que se había quedado en Althea para esperar a su amigo, reparó en el lugar donde podía haberse escondido Kale. Siguiendo las indicaciones del muchacho, Marcus y los guardias partieron en busca del niño.
- Perdóneme, señora Yaëren, si hubiera pensado antes en ello, Kale ya estaría en casa.
Yaëren, con los ojos enrojecidos le pasó un brazo por los hombros, sonriendo, y pasó el otro brazo por los hombros de Karen.
- No pienses en ello, chiquillo, no es culpa tuya – le dijo, limpiándole las lagrimas. – Queridos míos, os quiero pedir una cosa. Prometedme que no hablareis de lo que oísteis ayer. Ni con Kale, ni con nadie.
Los niños la miraron sorprendidos, pero asintieron.
- Recordadlo, nadie debe saber que Kale no es hijo de Marcus y mío.
Karen le dio un beso.
- Ni Eric ni yo diremos nada, mamá, pero dinos, ¿por qué nadie lo puede saber? ¿Quién es Kale?
Yaëren meneó la cabeza en señal de negación.
- Sólo debes saber que Kale es tu hermano y ya está – contestó. – lo siento, cariño, pero nadie más puede saberlo. Que yo lo sepa puede, incluso, ser peligroso para todos.
La patrulla encontró a Kale, en medio del bosque, temblando y paralizado. Aún así, casi recuperó el movimiento de los miembros y echó a correr cuando se vio rodeado de soldados, aunque fueran Caballeros del Fénix.
- Kale, son guardias de la Cancillería, muchacho, no te harán nada. – Le dijo Marcus con su habitual severidad.
Kale se echó a llorar, su mismo padre le daba miedo. Aunque no era su carácter, Marcus se arrodilló y abrazó a hijo. Dulcificó su tono para tratar de consolarlo.
- Kale, soy yo, tu padre, no llores, muchacho – El soldado no sabía que decir para consolar a su hijo, normalmente era Yaëren quien se ocupaba de ello. – Kale, pequeño… ¿Qué ha ocurrido? Vamos, cuéntamelo.
Sin embargo, las palabras del Caballero de la Muerte que lo había liberado resonaban en la mente del muchacho. <<– Me lo estoy jugando todo por salvarte el pellejo, así que mejor que olvides lo que ha pasado esta noche. >> Eso lo hizo reaccionar y Kale se limpió las lágrimas y negó con la cabeza.
- Na… nada, - contestó, con voz aún temblorosa. – Quiero volver a casa, papá… - El niño lo miró asustado, pero ya no por lo ocurrido en el bosque. - ¿Me dejas volver a casa?
El general lo tomó entre sus brazos. Realmente no importaba cuales fueran los verdaderos orígenes de Kale, era su hijo y era él quien debía protegerlo.
- Vamos, hijo mío, tu madre está muy preocupada.
Kale se quedó dormido entre los brazos de su padre.






CAPITULO 2: “UN ATAQUE INCOHERENTE.”
Kale, ya con dieciséis años, dormía pesadamente en su litera del cuarto que compartía con Eric y otros dos jóvenes en la Academia Militar de Pharis, capital de Bretagna.
Por norma general, los cadetes solían escaparse cada noche, cuando apagaban las luces, e iban a tomar unas cervezas en alguna de las tabernas próximas al castillo que albergaba la Academia, pero aquella noche habían estado en la taberna más famosa y concurrida de la ciudad. Todos habían bebido demasiado y habían hecho cosa que preferían que sus instructores no supieran nunca.
Kale, en un momento de lucidez, justo antes de caer sobre la cama como un fardo, se juró que jamás volvería a beber más que sus habituales dos vasos de cerveza. Realmente, se había emborrachado, no por hacerse el hombre ni para que sus amigos dejaran de meterse con él, sino para probar si, por una vez, desde hacía seis años, podría dormir sin que lo atacasen las pesadillas.
Aquella había sido la razón para que Yaëren hubiera consentido enviarlo a Pharis, a la Academia Militar. Tras lo ocurrido en el bosque con aquellos misteriosos Caballeros de la Muerte, el muchacho empezó a tener unas horribles pesadillas, así que sus padres decidieron enviarlo lejos, para ver si el cambio de ambiente lo tranquilizaba.
Las pesadillas sobre soldados negros desaparecieron después de poco tiempo, pero una nueva, y más horrible si cabe, las sustituyó. Esa se le repetía cada noche.
Y aquella noche, aún habiéndose emborrachado para tratar de evitarla, la pesadilla lo envolvió de nuevo.
<<Nuevamente las sombras me envuelven y, en medio de la niebla, un caballero, con una gran espada en la mano lleva a sus tropas a la batalla… Una batalla espeluznante. Entre la niebla, Ocho Amigos, Ocho Espadas, Ocho Elementos, mueren. Mi padre me habla: “Es tu Destino, tu Destino”. Otra voz: “la Oscuridad, creciente; el terror del pasado, el terror del presente; el Equilibro muerte. Fénix, el Fénix es tu clave”. >>
En mitad de lo que quedaba de noche, Kale despertó, bañado en sudor frío, aún con síntomas de su monumental borrachera. Se incorporó y se apoyó en la pared, con la cabeza, que le retumbaba, entre las manos.
<<Maldita sea, no he conseguido nada… Y ahora parece que me va ha estallar la cabeza. >>
El joven cogió un libro que siempre tenía debajo de la almohada, porque lo normal después de despertarse de la pesadilla era que no volviera a conciliar el sueño. Al menos, el día siguiente no había entrenamiento, ni clase…
O eso se suponía, porque una hora más tarde, cuando Kale había logrado volver a conciliar el sueño, sonó el cuerno de alarma y todos se vieron obligados a correr para en cinco minutos formar, pálidos y medio dormidos en el patio del castillo.
Lord Kaviezel Walter, un veterano caballero retirado a causa de una herida, les pasó revista, seguido por sus ayudantes y los instructores. Todos se temieron lo peor, ya que no era habitual ver al rector de la Academia en persona.
- ¡Miraos! – Dijo, como una mirada reprobatoria. – Pálidos, ojerosos… la juerga de anoche fue considerable, ¿no es cierto? – Los peores temores de los cadetes se habían confirmado. - ¿Y vosotros queréis llegar a ser Caballeros? Debería enviaros a todos al calabozo, ¡¡panda de inútiles!! Pero… ahora, no es posible: los rumores que los instructores os comentaron el otro día se han confirmado, el ejército de Cormyth ha atacado a nuestro aliado, Sylvannia y el rey ha ordenado una partida inmediata. – explicó el rector. – descansareis, aunque saben los Grandes Dioses que no lo merecéis, y partiremos en dos días. ¡Romped filas! ¡Walter, d’Ailhant, a mi despacho!
Los dos jóvenes se miraron sorprendidos, pero ni se les pasó por la cabeza la idea de no obedecer.

Siguieron a su superior hasta su despacho y, aunque el rector, amablemente, les ofreció una silla, permanecieron en pie por respeto.
- Walter, d’Ailhant, sois los mejores cadetes de la Academia y, sin duda, llegareis a ser los mejores soldados de toda Bretagna, aunque a juzgar por vuestras caras, habéis estado toda la noche de fiesta con los demás…
Los dos muchachos fueron a decir pero Kaviezel los cortó con una sonrisa.
- No quiero disculpas, después de todo, yo también tuve dieciséis años, además no es momento para preocuparse por chiquilladas – Replicó. Casi parecía un anciano agradable. – Como os iba diciendo, sois los mejores soldados que tengo y sentiré perderos. Volvéis a Vyridian, deseaba decíroslo yo mismo.
Eric y Kale cruzaron una mirada de confusión.
- Perdonad, mi lord, ¿es que nosotros no iremos a Sylvannia? Acabáis de decir que somos los mejores soldados de la Academia y… - dijo Kale.
- Esa es la razón, jovencitos, de que os incorporéis, como soldados rasos, a la División Vyridiana, anoche recibí una carta del Canciller.
Kale y Eric se quedaron boquiabiertos, ¡la División Vyridiana! No lo podían creer.
Todos los jóvenes de Vyridian soñaban con entrar a formar parte de la División, último resquicio del ejército de Vyridian que el rey Shedir había permitido (ya que por leyes tradicionales, cada región debía disponer de tropas propias) tras sustituir a Sirius Phoenixfire en el trono. La Vyridiana estaba formada por cinco legiones de los mejores soldados nacidos en la región de la que tomaba el nombre.
- Lo lamento, porque deberíais descansar, pero debéis partir enseguida, los Vyridianos parten mañana mismo al amanecer… esas son las órdenes del rey – añadió, como para justificarse. – ¿D’Ailhant, te importaría dejarnos? Deseo hablar con Walter a solas.
- Sí, señor. – Eric le dirigió una sonrisa a su amigo y un saludo militar a su superior, quien le dio permiso para retirarse. – Kale, te espero fuera. – Salió.
Kaviezel volvió a ofrecerle un asiento y esta vez, Kale, más relajado, aceptó, después de todo, aunque sólo Eric estaba al tanto de ese detalle, Kaviezel era el hermano mayor de Marcus y, por tanto, técnicamente, su tío.
- ¿Te apetece una copa de vino? – Preguntó el hombre con sarcasmo. Kale empalideció y estuvo a punto de vomitar. – No, creo que no.
- Muy gracioso, tío, – replicó el joven cuando recuperó la compostura.
- Antes observé que te ponías pálido cuando mencioné a los soldados negros de Cormyth, ¿es que sabes algo?
Kale aún tenía muy presente en su memoria lo ocurrido en el bosque, aunque ya no con miedo.
- Lo único que sé es que unos soldados de armaduras negras y yelmos monstruosos realizan misiones de espionaje en Vyridian, o al menos las realizaban.
Kale le contó a su tío todo lo ocurrido, seis años antes, en el claro del bosque y a petición del rector, también describió lo más detalladamente posible a sus captores.
Kaviezel se levantó y hojeó un libro de la estantería. Se lo puso ante sus ojos, abierto por una pagina que mostraba a un soldado con armadura que era exacta a las que había visto en el bosque.
- ¿Son estos los soldados que viste?
- Sí… ¿así van vestidos los soldados de Cormyth, tío?
- Hasta este nuevo ataque, los cormytas no vestían este tipo de armaduras, pero, sí, al parecer, ahora sí lo hacen – contestó el hombre con voz sombría.
- Pero ¿qué razón tendría el rey de Cormyth para atacar Sylvannia? – Preguntó Kale, más retóricamente que otra cosa. - No es un reino tan importante, estratégicamente hablad, y Cormyth ya es lo suficiente rico y poderoso, no necesita jugársela contra los Caballeros del Dragón
- A ti puedo decírtelo, hijo, mucho me temo o esto es una treta para hacer salir a la División de Vyridian y también a los theedianos. Tu padre es de mi misma opinión.

El rector no le dio más explicaciones y Kale, mientras regresaba con Eric al cuarto común, iba dándole vueltas a sus palabras.
<<Hacer salir a la División Dorada de Theed y a la Vyridiana… ¿Por qué querrían hacer algo así los cormytas? Bretagna no tiene malas relaciones con ellos, aunque el reino si que es un punto estratégico, por sus comunicaciones con el resto de Atlantia y es cierto que hacia Sylvannia partirán las divisiones más fuertes… “lo ordenó el rey” ¿Y si el rey Shedir tuviera algo que ver? Después de todo, nadie sabe donde envía a los soldados que van en “misión secreta”, Ceddrik vuelve de esas misiones malhumorado y nunca cuenta nada porque se supone que es secreto. No, por mucho que se rumoree no se pueden dar por ciertas…>>
Eric chasqueó los dedos ante sus ojos para sacarlo de sus pensamientos.
- Kale, ¿me estás escuchando?
El joven meneó la cabeza.
- Perdona, Eric, pensaba en algo que dijo mi tío, ¿qué decías?
- Decía que es genial que nos vayamos a incorporar a la División, ¿te acuerdas cuando soñábamos que íbamos a matar a mil dragones y…? - Kale asintió, ausente. – ¿Se puede saber que te dijo lord Kaviezel que te ha dejado tan pensativo?
- Mi tío… ¿prometes no hablar de esto con nadie?
- Kale, sabes que puedes confiar en mí.
El joven sonrió.
- Al parecer, a mi tío, y también a mi padre, le parece raro el ataque a Sylvannia…
- A tu tío, a tu padre y a todo el mundo.
La mirada que su amigo le lanzó demostraba la poca gracia que le hacía que lo interrumpieran.
- Kaviezel y mi padre creen que por alguna razón, lo que los cormytas pretenden es hacer salir de Bretagna a la División Vyridiana y a la División dorada.
- Pues tal vez tienen razón – comentó el otro joven, bajando la voz para que los otros soldados no los escucharan. – Piénsalo, Kale, aunque supongo que ya lo hacías, son las Divisiones más fuertes y poderosas, sin ellas el Ejército del Fénix no es nada del otro mundo.
- Entonces, ¿tú también lo crees? ¿Crees que es un plan de los cormytas para hacerse con Bretagna?
El joven noble lo llevó a un rincón en las almenas, donde nadie les podría escuchar.
- Puede, pero yo me atrevería a decir que el plan no es de los cormytas, sino del propio Shedir.
- ¡¿Del rey?! – exclamó Kale.
- No seas ingenuo, amigo, ya conoces los rumores que corren por ahí.
- El rey no parecía mala persona cuando vino de visita.
- Tal vez… pero tal vez es sólo un fantástico actor – replicó Eric, misterioso. – Algunos rumores dicen que asesinó a su antecesor y después al príncipe y a la reina para asegurarse el trono y, también, que sobornó, o amenazó, a los otros nobles para que lo eligieran rey.
- No lo había escuchado nunca.
- Me lo dijo mi padre, sin embargo, piensa, el rey Sirius tenía esposa y un hijo recién nacido cuando murió, ¿qué ocurrió con ellos? Simplemente se desvanecieron en la nada y, al poco tiempo, Shedir fue coronado rey por los nobles.
Kale se apoyó contra el muro, cruzado de brazos.
- Es extraño, me refiero a la forma en la que Shedir accedió al trono, sin embargo…
- Sin embargo, ¿qué?
- Que será mejor que nos dejemos de intrigas, tiempo tendremos durante el viaje de hablar, y vayamos a preparar nuestras cosas o a mi tío le dará algo.
Los dos jóvenes rieron y continuaron, a la carrera hasta el cuarto.

Tras recoger las cosas y despedirse de sus compañeros (los que estaban despiertos) hasta que se volvieran a encontrar en Sylvannia, Kale y Eric emprendieron el viaje, dispuestos a no detenerse hasta Irmeön, la capital de Vyridian. Sus caballos eran dos corceles negros muy resistentes, acostumbrados a ese viaje.
- ¿Crees que Karen estará en casa? - Comentó Eric, con un deseo de que fuera así que no podía ocultar.
- No lo creo, Eric, estamos en pleno noviembre, lo más seguro es que esté en la Universidad... nuestra sabelotodo preferida no faltaría a clase ni que se desatara un huracán y mil dragones atacaran la universidad.
Los dos se echaron a reír.
- Vaya, yo que deseaba verla...
Kale sonrió.
- ¡Pero si has visto a Karen más que yo que soy su hermano! - Protestó Kale, divertido.
Al joven aquello no le preocupada, al contrario, le parecía genial que su mejor amigo y su hermana pequeña (realmente no eran mellizos) hubiesen acabado enamorándose y sellando un compromiso no formal. A eso habían llegado las bromas de Eric cuando eran niños.
- ¿De verdad apruebas el compromiso entre Karen y yo, Kale? - Preguntó Eric.
- No soy el guardián de Karen, de hecho, ella solita puede protegerse de fábula, y tú eres mi mejor amigo, ¿por qué no iba a aprobarlo? - Le guiñó un ojo. - Pero como te atrevas a hacerle daño, te arrancaré la piel a tiras.
Eric sonrió.
- No sabes el miedo que me das.
El joven heredero del Canciller, sin embargo, sabía que, aunque hablaba en broma, Kale era muy capaz de cumplir sus palabras si alguien hacía sufrir a su hermana.

Después de varios controles - la guerra no estaba muy lejos de Bretagna y, al parecer, el rey había declarado la Ley Marcial, que incluía desacostumbrados controles cada cincuenta kilómetros y en las fronteras entre regiones - consiguieron llegar hasta Althea, la comunidad de los bosques, cuando ya era noche cerrada.
Marcus estaba en Irmeön, ya que él era el comandante de la División y está ya estaba acuartelada en la ciudad, para salir una hora antes del amanecer. Aún así, Yaëren no les permitió llegar aquella noche al cuartel.
- Los bosques se han vuelto peligrosos últimamente y la División pasará cerca, así que ya os incorporareis a ella mañana - argumentó.
- Pero, mamá - protestó Kale. - esto no es un juego, ni son maniobras. Vamos a la guerra. Debemos...
- No hay peros que valgan, Kale - replicó Yaëren, mientras les preparaba la cena. - No voy a dejar que mi hijo de dieciséis años, y a ti tampoco, Eric, no te hagas ilusiones, merodear por estos bosques en la oscuridad.
Decirle a la buena mujer que conocían los bosques y que se sabían orientar por las estrellas no hubiera servido de nada.
Lo que sí necesitaban eran dos buenas espadas, ya que de la Academia sólo habían vuelto con un arco y un par de puñales, que era lo que se habían llevado.
Se las hubieran proporcionado de la armería de la División, pero ya era imposible.
- Creo que en el desván hay algunas espadas, hijo - contestó Yaëren, cuando el joven se lo comentó. – Ve a ver si encuentras alguna que te sirva y otra para Eric.
Despotricando de que porque tenían que llevar espadas viejas cuando seguro que en la armería habría nuevas, Kale subió a la planta más alta de la casa, que utilizaban como desván y, enseguida, bajo los trastos viejos, vio una colección de espadas que eran bastante utilizables.
<<Son algo antiguas, pero servirán... >> Pensó el chico. << ¡Mm! Seguro que a Eric le conseguirán otra rápidamente, por algo es el hijo del Canciller. >>
Kale nunca habían envidiado a su amigo por pretender a la nobleza y, seguramente, estar destinado a suceder a su padre, al contrario, lo compadecía. Él, en su lugar, cumpliría con su deber, por supuesto, pero amaba su libertad y verse atado por un cargo no le atraía nada.
Un extraño resplandor llamó su atención en la oscuridad del cuarto.
<< ¿Qué demonios... ?>>
El resplandor salía de unas mantas, bajo las cuales se adivinaba un arcón grande.
Kale, llevado por la curiosidad, retiró las mantas. Al ver que el arcón estaba cerrado con un candado, sacó un alambre de su bota para, con destreza, empezar a manipular la cerradura. Aquel era un truco aprendido en Pharis de una muchacha de raza elfa, quien le había enseñado a forzar una cerradura con un alambre y a dejarla como si nadie la hubiese tocado.
<<No creo que a mi padre le hagan demasiada gracia estos conocimientos. >> Pensó, mientras escuchaba el clic de la cerradura.
Dentro del arcón, bajo más mantas, había un objeto alargado envuelto en un paño de seda, que parecía una gran espada. El resplandor procedía un medallón que se adivinaba sobre ella. Kale desenvolvió el paquete, el medallón, una gran Esmeralda labrada en forma de triangulo y engarzada en un marco de oro con símbolos grabados, lo descartó; había algo que le interesaba más.
Era una gran espada de acero, cuya hoja sola medía casi un metro de largo y unos quince centímetros de largo. Tenía la empuñadura muy ornamentada, pero sin llegar a estar sobrecargada, con la cruz en forma de alas de fénix y el pomo labrado como la cabeza del mismo pájaro. No obstante, lo más extraño era que para ser tan grande era ligera, incluso para un muchacho más bien escuálido de dieciséis años.
Kale, al probarla, sintió que la espada era una prolongación de su brazo.
<<¡¡Es una espada genial!!>> Pensó el adolescente, dando algunos mandobles al aire. <<Pero, no puedo llevármela>> se dijo, desinflándose su entusiasmo. <<No sé de donde la sacarían mis padres, pero es la espada de un rey, no de un soldado raso, que ni siquiera ha llegado a las tropas de elite. >>
En ese momento, Yaëren, preocupada por la tardanza de su hijo en bajar, entró en el desván y sorprendió a Kale con la espada en la mano. Sonrió tiernamente al ver la cara de culpabilidad del joven.
- Ha pasado lo que debía pasar, Kale – le dijo muy misteriosa y, a la vez, muy cariñosamente. – El Destino ha querido que llegaras has tener en tus manos esa espada. Cuando te encontré, niño mío, estaba a tu lado... tuya es.
Yaëren, sin decir una palabra más, abrazó a su hijo y le dio un beso en la frente.

Al día siguiente, un par de horas antes de amanecer, Marcus, intuyendo que Yaëren habría obligado a los chicos a pasar la noche en casa, los fue a buscar.
Eric y Kale salieron por la puerta precediendo al general. A este, Yaëren lo había obligado a detenerse, tomándolo por el brazo.
- Marcus, por favor, cuida de Kale, - le pidió la mujer.
- Cariño, sabes que lo haré, Kale es mi hijo como lo son Karen y Ceddrik.
La buena y bella mujer se mordió un labio.
- Marcus, ha llegado la hora de que te cuente lo que siempre me has exigido que te cuente sobre nuestro pequeño, - dijo Yaëren, entregándole una carta que guardaba cerca de su corazón. - Lee esto y después te lo explicaré.
El hombre alzó las cejas sorprendido, no se esperaba aquello. Le dio una ojeada a la carta, que hablaba por sí sola. Una hermana de Yaëren, que él no sabía que existía, le pedía a su esposa que adoptara a su hijo y que procurara que nadie supiera que el niño no era suyo, porque temía por la vida del pequeño.
- Yaëren... ¿tu hermana habla de un juramento? - Le preguntó. - ¿De qué se trata?
- Hace años, antes de que se casara, mi hermana y yo hicimos un juramento por la seguridad de ambas y de nuestras familias: ella no me mencionaría a mí y yo no la mencionaría a ella.
- Yaëren, si eres hermana de…
Su esposa le puso un dedo en los labios.
- No lo digas en voz alta - le pidió. - Ki temía por la seguridad de Kale, su hijo, más allá de las intrigas, me lo dijo en unas cartas que intercambiamos cuando su marido murió y que yo, respetando sus deseos, destruí tras leerlas. Sospechaba que Kale era algo más de lo que aparentaba y que por eso alguien deseaba verlo muerto. ¿Entiendes ahora porque no podía revelarte la verdadera identidad de Kale?
Marcus asintió, conmovido y arrepentido por las veces que, sin tacto alguno, había reprochado el silencio de su esposa.
- Protegeré a Kale como es mi deber como padre y como Caballero del Fénix, te lo juro.
Yaëren besó a su esposo, aliviada por haber podido aliviar su corazón de los remordimientos por estar engañándolo.

Cualquiera creería que lo más obvio era que el rey de Sylvannia, antiguo reino elfo conquistado por los humanos unos dos mil años antes, pediría ayuda a su aliado más cercano, el populoso Imperio Rheddiano, sin embargo, la mayoría de la gente, sabía que este, a pesar de sus intentos por aparentar el esplendor del pasado, había entrado en decadencia últimamente. Una de sus provincias, Celtland, tierra ancestral de los keltoy, había recuperado su independencia.
Y sólo unos pocos sospechaban como había sido posible que Celtland hubiera sido capaz de hacerlo, ni tampoco como es un imperio tan poderoso como el de Rheddia había entrado en decadencia.
Kale y Eric hablaban de eso alrededor de una hoguera, cuando la División hizo un algo en la frontera norte de Sylvannia.
- Mi padre me dijo que el rey Arthur acudió al emperador de Rheddia, pero que no respondió a su suplica, las cosas no van nada bien desde hace tiempo y lo de Celtland ha sido un golpe bastante fuerte.
- Las cosas no van nada bien desde hace tiempo… Kale, las cosa no andan bien desde hace unos dieciséis años, justo cuando el rey Sirius murió. Tú no viviste en Bretagna aquellos primeros años… - Eric lo miró con suspicacia. – Sé que, quizá, esto no tenga nada que ver con lo que estábamos hablando, pero llevo algún tiempo pensándolo ¿nunca te has preguntado porqué tu madre se marchó tras encontrarte abandonado y no regresó hasta siete años después?
- La verdad es que no… supongo que querría pasar los primeros años con su madre, después de todo, de estar embarazada de un solo hijo pasó a tener dos recién nacidos ¿por qué me lo preguntas?
- Porque el silencio que ha mantenido tu madre es muy sospechoso, incluso cuando nos enteremos de que eras adoptado, tu madre nos pidió a mí y a Karen que no habláramos de ello, ni siquiera contigo, es decir, que ella sabe algo – reveló Eric, aunque era algo que el mismo Kale sospechaba. – ¿Y si tú fueras… el desaparecido príncipe de Bretagna?
- Deja de decir tonterías, – lo cortó Kale, muy serio. – Es mejor no jugar con esas cosas.
- No estoy jugando, Kale, imagina esto: Shedir mató a Sirius para usurparle el trono, pero aún tenía que deshacerse de la reina y el príncipe… la reina descubre la conspiración y huye con su hijo, pero, para protegerlo, lo deja en el umbral de alguien que no tiene ninguna conexión con ella, y que lo criará como hijo suyo a muchos kilómetros de Pharis, lejos de las insidias del palacio.
Kale meneó la cabeza, sin creerse la teoría de su amigo.
- En tu teoría falla algo, Eric, en primer lugar, te basas en que mi madre se marchó de Althea al poco de encontrarme para alejarme de Bretagna, de donde según tú, soy heredero al trono, no obstante ¿cómo podía saber ella eso?
- Te lo estoy diciendo, Kale, Yaëren sabe más de lo que aparenta, tal vez había alguna carta que ella destruyó tras leerla o, no sé, tal vez si que tiene algún tipo de conexión con la reina.
Kale sonrió sin creerse nada aún.
- Eso te lo concedo, aunque mal iríamos si mi supuesta madre, la reina, hubiera dejado una carta donde explicara mi origen al alcance de cualquiera… pero, segundo, mi padre fue ascendido por el tuyo al poco tiempo en el General de la División Vyridiana, lo más normal, incluso si se hubiera quedado como capitán de la Guardia de la Cancillería, era que yo acabara en la Academia Militar… en Pharis.
Eric no estaba decidido a darle cuartel.
- La reina no tenía porque saber que te dejaba en casa de un soldado y te recuerdo que Yaëren sólo acepto mandarte a la Academia por tus pesadillas.
- Eric, con eso no me vas a convencer, mi madre no quería que fuera a la Academia porque odiaba la vida militar y ya tenía dos en la familia – replicó Kale, omitiendo lo primero. – Si consigues darme más pruebas te creeré.
- Siempre igual, Kale, si no tienes pruebas tangibles no crees nada.
- Sea como sea, o mucho me equivoco, o la situación actual no augura nada bueno para Laurasia y mucho menos para Bretagna – comentó Kale, saliéndose por la tangente y volviendo al tema principal.

Arthur Penh Dragon observaba Kam’lot, su capital, desde las almenas del palacio Bel’n, su residencia oficial, y se imaginaba sus blancas torres de plata y oro, erigidas por el héroe nacional, el rey Gareth Penh Dragon, quemadas por el fuego. La guerra era lo último que había deseado, pero era también su última opción.
- Decapitando a los embajadores que envié a parlamentar para detener la invasión, los cormytas llegaron demasiado lejos – se justificó ante su esposa Genevre, que enfundada en la armadura del Real Cuerpo de Arqueras, esperaba tras él. – No tengo otra opción que luchar, ¿lo comprendes?
La bella reina avanzó y le abrazó.
- Arthur, eres el rey, no te mortifiques más, sabes que es la única decisión que podías tomar.
El joven, porque no tenía más de treinta y cinco años, rey tomó las manos de su esposa y las besó.
- Cada vez soy más feliz de haberme casado contigo, Genevre. La sangre de los dragones corre por tus venas.
Una joven, alta y vestida también con la armadura de las Arqueras, interrumpió a los reyes.
- Perdonad, pero las hogueras del norte se han encendido – dijo con voz cristalina. Tras el antifaz que le cubría parte del rostro se adivinaban unas orejas puntiagudas, aunque algo pequeñas, que delataban sangre elfa. – La División Vyridiana está cerca.
Arthur asintió.
- Ha llegado la hora. Genevre – el rey sabía que no le era necesario terminar la frase. Hacia años que Genevre y él se entendían tan sólo con la mirada.
La reina besó a su esposo y se colocó el antifaz que llevaba bajado.
- Las Arqueras estaremos preparadas enseguida – contestó con una reverencia marcial, antes de volverse hacia la chica. - ¿Está tu escuadrón preparado?
- Sí, señora, estábamos dispuestas para partir cuando me percaté de las hogueras – contestó la joven, sabiendo que era la respuesta que la reina deseaba escuchar. – Di la orden de marcha, mientras yo me ocupaba de daros aviso.
- Bien hecho, ahora reúnete con tu escuadrón.
- Con permiso, majestades.
La joven Arquera les hizo una pequeña reverencia y regresó dentro.

Aunque era habitual ver soldados femeninos, incluso en las tropas de elite, Sylvannia era el único reino que contaba en su ejército con una tropa formada tan sólo por mujeres: el Real Cuerpo de Arqueras, entre cuyas habilidades no sólo constaba el manejo del arco, también eran entrenadas para ser unas maestras del espionaje y moverse entre las sombras como una sombra más. El hecho de que fueran Arqueras procedía del pasado elfico de la nación.
Con un escuadrón de estas Arqueras toparon los soldados vyridianos en las ondulantes praderas cercanas a Kam’lot.
El Canciller Gäwen, sin saber sin eran amigos o enemigos, ordenó a sus hombres formación cerrada. Los soldados, por iniciativa propia, desenvainaron sus espadas.
- ¿Quién sois? – Preguntó Marcus, nombrado portavoz por Gäwen. - ¿Amigos o enemigos?
- Amigos – respondió una voz cristalina tras el antifaz oscuro. – Siempre que seáis la División Vyridiana, tal como indica vuestro estandarte.
Marcus observó el símbolo del Dragón bordado en la capa azul marino de la Arquera.
- ¿Sois vosotros del Ejército del Dragón?
- Así es, el rey Arthur os espera en el frente este – contestó la Arquera – nosotras vamos en misión secreta a la frontera norte.
- Que vaya bien – les deseó Marcus, con diplomacia. – Nos reuniremos con tu rey en el este.
Los dos grupos se separaron.
- Capitana, no vamos al norte, nos dirigimos hacia el oeste a parlamentar con la tribu germana más cercana, – una de las Arqueras se había puesto a la altura de la capitana.
Está última miraba, miraba a un joven de ojos verdes y cabello castaño claro, Kale, que iba en la retaguardia.
- Capitana – la chica le puso una mano en el hombro.
- Perdona, ¿qué has dicho?
- Que les has dicho a esos soldados que tenemos una misión en el norte, ¿no nos dirigimos al oeste?
La joven capitana asintió, recuperando la compostura.
- Lo sé, pero, por prudencia, cuanto menos sepan, mejor, podrían haber fingido que eran los Vyridianos… no podía ocultarles la posición de Arthur, porque hubiera parecido sospechoso, pero espero que sean quien dicen ser – añadió, mirando hacia donde habían desaparecido los soldados.

No había pasado ni un año desde que los soldados bretones llegaran a Sylvannia, y Kale ya había destacado por sus valerosas temeridades en el campo de batalla, no obstante, la situación del ejército aliado no podía ser peor, así que de común acuerdo, se envió una patrulla, que estaba compuesta por tres Arqueras y tres soldados rasos bretones, entre ellos Kale, que había sido nombrado capitán de la patrulla, y Eric d’Ailhant. Entre las Arqueras, iba la joven capitana que habían encontrado cerca de Kam’lot. Su misión era infiltrarse en las inciertas líneas enemigas y espiar sus movimientos.
Al amanecer del quinto día de marcha, llegaron al castillo elfico del norte del reino y, descubrieron no sin sorpresa, que sus enemigos se habían hecho con ella, arrasándolo todo a su paso.
- ¿Qué haremos ahora? - Preguntó Edward, un joven vyridiano, nativo de Althea, que había coincidido con Kale y Eric en la Academia, aunque tenía un par de años menos.
- Baja la voz, Eddie, vas a alertar a toda esa guarnición.
- Supongo que informar de esto a los superiores - contestó una de las Arqueras. - ¿No es cierto, capitán Walter?
- No, - replicó Kale, para sorpresa de todos.
- Pero, Kale, muchacho, ¿qué pretendes?
- Es un simple castillo, amigos míos, y están atrincherados dentro... no esperaran un ataque por sorpresa.
- ¿Te has vuelto loco, Kale? Sólo somos seis personas, ¿cómo pretendes que ataquemos?
Kale sonrió, tenía un plan.
- Soy consciente de nuestro número, Eric, pero no estamos solos, ¡mirad!
Apostados cerca de donde ellos mismos vigilaban escondidos la torre, había, al menos una veintena de hombres, campesinos vestidos con harapos.
- Acercaos, amigos, no os haremos daño - les dijo Kale. - ¿Vivís en alguna aldea de los alrededores?
- Di mejor vivíamos, joven soldado - contestó uno de los hombres. - Esos cormytas arrasaron nuestras aldeas, quemaron nuestros campos y se llevaron a nuestras mujeres e hijos al castillo como rehenes, para que no pudiésemos oponer resistencia. Soy Orens, era mayordomo del señor de la fortaleza. Ahora dirijo a los supervivientes del ataque.
- ¿Y cuantos sois?
- Un centenar, amigo mío y la guarnición que dejaron era más o menos el mismo numero, pero...
Kale comprendió perfectamente que aquellas buenas personas no estuviesen dispuestas a arriesgar las vidas de sus mujeres y de sus hijos
- Bien, os propongo una cosa, nosotros entraremos esta noche y liberaremos a los rehenes...
Sus compañeros de patrulla le miraron como si acabara de volverse totalmente loco.
- Kale, sé que eres el capitán pero lo que acabas de decir es una locura, además el rey nos ordenó...
- ¡Al diablo el rey Shedir! Eric, creía que confiabas en él tanto como se confía en una serpiente, además esta fortaleza es demasiado estratégica, si la reconquistamos será un golpe muy fuerte para los cormytas.
- ¿Crees que es tan fácil reconquistarla? - Preguntó la capitana de las Arqueras. - Esa fortaleza fue construida hace al menos mil años por los halflings para los elfos que vivían en estas tierras, es prácticamente inexpugnable.
- Amiga mía, para ser “prácticamente inexpugnable” ha sido tomada por las fuerzas de Cormyth...
- Porque las fuerzas que la defendían estaban casi todas con Arthur en el frente principal, tú serás el capitán de los bretones, pero yo soy la de las Arqueras, así que... ¡Arqueras, regresamos al campamento a informar al rey! Ese era nuestro verdadero cometido.
Las jóvenes Arqueras recogieron sus cosas y se dispusieron a regresar.
- Edward, Eric, ¿vosotros estáis conmigo?
El joven noble meneó la cabeza.
- Contigo en la vida y en la muerte, ya lo sabes, Kale, pero sigo pensando que lo que propones es una locura.
- Yo también voy, Kale - dijo Edward, que solía secundar en todo a sus dos amigos.
- Muy bien, capitana, vuelve al frente principal y dale tu informe al mando superior, a menos que hayas cambiado de opinión.
La joven estuvo a punto de decir que más les valdría a ellos cambiar de opinión, pero se calló. Cumpliría con su deber, pero pediría que les mandasen refuerzos. En el fondo, admiraba la valentía de Kale.
Cuando las Arqueras hubieron marchado, Kale empezó a organizar el ataque.
- Escuchadme bien, es vital que no nos falle el factor sorpresa. Es la mejor carta con la que contamos y me temo que la única.
- ¿Qué quieres que hagamos, Kale? - Preguntó Orens.
- Regresad a vuestros refugios y si estáis dispuestos a intervenir, reunid a todos los hombres que puedan empuñar un arma y estad preparados en este mismo lugar, para actuar en cuanto los rehenes estén a salvo.
El antiguo mayordomo asintió.
- De acuerdo, pero debes saber, Kale, que de las únicas armas que disponemos son picos, palas y alguna espada que los soldados supervivientes del castillo llevaron consigo y un par de armaduras completas que les quitemos a los cadáveres de los invasores muertos... No es nuestro estilo, pero necesitábamos las armas y...
- No te preocupes, Orens, si mi plan da resultado, tendréis armas y si podéis proporcionarnos esas armaduras mejor que mejor.
Rápidamente, con piezas que los refugiados habían guardado, Kale y Eric se armaron, pasando, más o menos por soldados cormytas. Edward tuvo que conformarse por pasar por un refugiado hecho prisionero por los dos “cormytas” cuando se dirigían al castillo elfico.
El plan de Kale consistía a entrar en el castillo con un mensaje que ordenaba el traslado de las prisioneras al campamento cormyta. Tanto Kale como Eric sabían, por los mensajes que se habían interceptado, que escribían en común, por tanto no les fue difícil redactar el mensaje.
- ¿Estáis dispuestos, amigos míos? Recordad lo que he dicho antes del factor sorpresa y que debemos interpretar nuestros papeles a la perfección o no dará resultado.
- Estamos dispuestos, capitán.
Kale encabezó la marcha, seguro de sí mismo. No les sería difícil pasar por soldados cormytas, y no estarían allí lo suficiente para tener que quitarse los yelmos, al menos eso esperaba...
Unos metros antes de llegar al puente levadizo del castillo, ya les habían salido al paso dos centinelas montados a caballo con las largas lanzas en ristre. Habían tenido la precaución de, al acercarse, hacer caminar a Edward, que había ido a caballo todo el camino hasta allí.
- ¿Quiénes sois y de donde venís? – Preguntó uno de los centinelas... en elfico.
Por suerte, Kale tenía unas nociones y pudo hacerse entender.
- Ehhh... nos enviaron a traer un mensaje para el jefe de la guarnición... Eh...
- ¿Para Ilüvar? – Le ayudó el otro centinela.
- Sí, para Ilüvar – Kale sólo esperaba que, realmente, Ilüvar fuera el nombre del jefe de la guarnición y no haber caído en una trampa preparada por el centinela. Aunque la expresión de este último, no era lo suficiente listo para tenderle ninguna trampa. – Supongo que estará por aquí.
- Sí, jovenzuelo... y espera desde hace algún tiempo el mensaje que le traes – contestó el centinela. - ¿Y el campesino?
- Lo encontremos por el camino, osó atacarnos – explicó Kale, con todo el desprecio que fue capaz.
- ¡Ja! Ilüvar estará contento de saberlo y puede incluso que os recompense por esto – se carcajeó el centinela, dándole un golpe a Edward, que Kale sintió como si se lo hubieran dado a él. – Prometimos que no les pasaría nada a las “damas” mientras estos desarrapados no mostrasen resistencia a nuestra ocupación...
A Kale le hubiera gustado atravesar al asqueroso soldado con su espada, pero se contuvo, todo dependía de cumplir bien su papel.
- Venid, venid, jovenzuelos, el prisionero irá a las mazmorras, el mensaje que traéis a Ilüvar y vosotros a tomar algo con los demás.
- Nos han ordenado darle el mensaje en mano a Ilüvar, llevamos hasta él.
- Está bien, venid, jovenzuelos, veremos si el señor “soy-superior-a-todos-vosotros-porque-soy-un-elfo” se digna a recibiros.
Finalmente, mientras Edward, fiel a su papel, era llevado a las mazmorras tras recibir de Kale el encargo de decirles a las mujeres allí confinadas que se preparasen para ser “trasladas”, el tal Ilüvar los recibió.
- Os recomiendo una cosa, jovenzuelos, a Ilüvar no le gusta ir cubierto con un yelmo y mucho menos que se lleven los yelmos en su presencia.
Kale le echó una mirada a su amigo, aquello podría traerles problemas, pero si no lo hacían podían levantar sospechas, así que se quitaron los cascos, antes de ser recibidos por el jefe de la guarnición.
Sólo con verle la cara, Kale ya había reconocido al elfo: era aquel que había propuesto que lo mataran cuando los Caballeros de la Muerte lo capturaron en los bosques de Vyridian. El joven rezó para que Ilüvar no lo reconociera a él.
- Señor, - dijo el centinela que los guiaba. – Estos son los jóvenes soldados que han traído el mensaje, insistieron en que habían de dártelo en mano.
- Es lo que nos ordenaron, señor – explicó Kale, tendiéndole el pergamino que él y Eric habían redactado.
El elfo leyó por encima el falso mensaje y los miró con cara de burla. Por un momento, el joven pensó que había descubierto el engaño, pero se equivocaba.
- ¡Hum! Esperaba este mensaje... así que los rehenes deben ser trasladados hoy mismo al castillo d’Habiland, que también ha sido tomado – comentó, casi para sí, el elfo. – Muy bien, ¿y han mandado a dos muchachos humanos para escoltarlas?
Aquella era la razón de la burla del elfo, que se creía superior a ellos a causa de su raza.
- Sí, señor, aunque nuestros compañeros nos esperan a unos kilómetros para escoltar a los rehenes sin temor de ser atacados.
- Muy bien, que den algo de comer a estos soldados, Lich – ordenó, girándose hacia al soldado que estaba detrás de él y que parecía ser su ayudante. – Y que preparen a las “damas”.
Kale se dijo que un día mataría a aquel elfo arrogante.
- Gracias, señor.
- ¿No nos hemos visto antes, humano? – Preguntó Ilüvar volviéndose como movido por un resorte.
<<¡Maldita sea! Si este elfo me recuerda, sabrá que soy vyridiano y sospechará. >>
- No lo creo, señor, tanto yo como mi compañero somos demasiado novatos en el Ejército como para que me hayas visto antes.
- No sé, tengo muy buena memoria, humano.
Para alivio de Kale, la entrada de unas jóvenes sirvientes encadenadas, sin duda esclavas y por el aspecto, rheddianas, desvió la atención del elfo.
- Aquí teneis, humanos, comed todo lo que queráis.
Los dos jóvenes soldados vyridianos tomaron algo tan sólo por no levantar sospechas, la poca hambre que pudieran tener, se les había quitado al ver a las jóvenes encadenadas.

Una media hora más tarde, los rehenes ya se encontraban, encadenadas entre ellas para que no pudieran huir, en el patio del castillo. Edward estaba entre las mujeres y niños.
- Señor, ¿qué hacemos con este refugiado? Los mensajeros lo capturaron al dirigirse hacia aquí.
Kale intervino rápidamente, para rescatar también a su amigo al que él mismo había metido en aquel brete.
- Tal vez sería mejor que fuera trasladado junto con las mujeres, señor.
Ilüvar observó a Edward fijamente y con crueldad.
- No, se quedará aquí y lo convertiré a mi esclavo – replicó el elfo. – Así aprenderán esos malditos aldeanos a rebelarse contra el Ejército de... Cormyth.
El joven fue a protestar, pero Kale le lanzó una mirada, prometiéndole en silencio que lo rescatarían cuando recuperaran el control del castillo.
Guiadas por Kale y Eric, quienes las trataban con toda la amabilidad que podían sin destapar el juego las campesinas empezaron a cruzar el puente levadizo, sin embargo, no había cruzado la última, cuando un escuadrón de verdaderos soldados cormytas, Caballeros de la Muerte a juzgar por su uniforme, hicieron su aparición.
- ¿Qué significa esto, maldito elfo? – Inquirió el que iba en la cabecera. – Tus órdenes eran retener a las campesinas hasta que llegara la orden de traslado. Una orden que nosotros traemos.
Antes de que Ilüvar, quien observaba la marcha de los rehenes desde las almenas de la muralla principal, pudiera expresar en voz alta la conclusión a la que rápidamente había llegado, Kale, viéndose ya descubierto su plan, rechazó todo fingimiento y se deshizo de la pesada armadura cormyta, descubriendo el peto de cuero con el símbolo del fénix grabado en él.
- ¡Maldita sea, son bretones, nos han engañado!
- ¡Señoras, corred por vuestras vidas! – Gritó, mientras cortaba las cadenas, ayudado por Eric que también se había dado a conocer.
Las mujeres, algunas aún encadenadas, entendieron perfectamente la orden y echaron a correr tras Kale. Con un galope desenfrenado, el joven vyridiano arroyó a gran parte de los soldados recién llegados.
- ¡Estúpidos, no dejéis que escapen! – Ordenó Ilüvar.
No lo hubieran conseguido, de no ser porque los refugiados, armados con algunas espadas, pero en su mayoría, tan solo con picos, palas y demás aparejos del campo, estaban apostados cerca y atacaron a los perseguidores en defensa de sus
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Esmeralda
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MensajePublicado: Mar May 03, 2005 1:54 pm    Asunto: Espíritu del Fénix Responder citando

Por cierto, si queréis darme alguna sugerencia o preguntarme algo, después de todo, el mundo me lo he inventado yo, podeís hacerlo. (Criticas tb valen).
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Metalin
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MensajePublicado: Mar May 03, 2005 3:35 pm    Asunto: Responder citando

Solo una cosa....

SIGUE ESCRIBIENDO PORFA... QUIERO SABER COMO ACABA!!

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Esmeralda
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MensajePublicado: Jue May 05, 2005 11:57 am    Asunto: espiritu del fenix. Responder citando

Hala, ahí os dejo el final del capitulo dos.

No lo hubieran conseguido, de no ser porque los refugiados, armados con algunas espadas, pero en su mayoría, tan solo con picos, palas y demás aparejos del campo, estaban apostados cerca y atacaron a los perseguidores en defensa de sus mujeres, las cuales tampoco dudaron en ayudar a sus padres y esposos.
- ¡Eric, encárgate de los niños! ¡Llévalos a un lugar seguro! – Le ordenó Kale a su amigo. - ¡Rápido, amigo mío!
El hijo del Canciller desmontó rápidamente y reunió a los niños en torno a él. A los más pequeños los distribuyó entre su caballo y el de Edward, que estaba atado al suyo.
- Escuchadme, pequeños, no os pasará nada si me hacéis caso, ¿de acuerdo? Daos de las manos y corred tanto como podáis.
Llevando los dos caballos y cubriendo a los niños, Eric se dirigió hacia el bosque, rumbo a las cuevas de los refugiados.
- ¡Maldito humano! – Exclamó Ilüvar, saliendo a caballo del castillo, blandiendo una espada delante de él. - ¡Te mataré por esto! ¡Me has hecho quedar en ridículo!
Kale paró la estocada con gran habilidad, aunque nunca había luchado montado a caballo. Las espadas se cruzaron.
- Para quedar en ridículo te bastas y te sobras tú solito, elfo – se chanceó el joven soldado, rechazando el ataque. – Debiste matarme cuando tuviste la oportunidad, hace siete años, en los bosques de Vyridian.
- ¡Grhhh! ¡Sabía que te había visto antes, escoria!
En enfrentamiento entre ambos fue letal, a cada mandoble que daba Ilüvar, Kale respondía con otro mucho más potente, a pesar de su poca fortaleza física. La espada aumentaba su habilidad.
Sin embargo, Ilüvar no estaba dispuesto a permitir que el muchacho humano que le había engañado se saliera con la suya. Desmontando de un salto mortal, puso los pies en el suelo, blandiendo dos látigos muy largos que llevaba disimulados en la armadura. Utilizándolos como un lazo para cazar animales, el elfo los lanzó contra Kale, quien interpuso su escudo. No fue suficiente, no obstante. Los látigos se le enrollaron en los tobillos y con un fuerte tirón, fruto de la habilidad de Ilüvar con aquellas armas, el elfo lo desmontó, arrastrándolo por el suelo. Kale perdió la espada en la caída.
- ¡Ya eres mío, escoria!
- ¡Que te lo has creído!
Resultaba que Kale, había escondido prudentemente una diminuta ballesta cargada en su antebrazo. Con un hábil movimiento, disparó y dos dardos dieron de lleno en los hombros de Ilüvar, obligándole a soltar los látigos, con lo que el joven quedó liberado.
- ¡Kale, tu espada! – Exclamó Eric, que tras haber dejado a los niños en lugar seguro había regresado a la carrera.
El joven soldado la cogió al vuelo.
- Gracias, amigo mío.
Sin embargo, aquel fragmento de segundo que se distrajo le costó caro.
- ¡Tira el arma, jovenzuelo!
Era el centinela que los había llevado hasta Ilüvar. Le apuntaba con su lanza.
- ¡Bien hecho, Antus! – Elogió el elfo, arrancándose los dardos. – Bien, escoria, parece que te has quedado sin recursos. Entérate, un humano jamás podrá nada contra un elfo
- Me temo, Ilüvar – replicó Kale, tranquilamente, – que has hecho mal dejando el castillo desguarnecido.
Aprovechando que la mayoría de los soldados negros estaban luchando, Orens, el viejo mayordomo, había guiado a un grupo reducido de campesinos dentro, suficientes para acabar con los centinelas que habían quedado dentro. Ya se habían hecho con el castillo.
Kale con la mano que le quedaba libre, le arrebató la lanza a Antus y le pegó con el mango en las piernas.
- Lo siento, amigo, no me caías del todo mal, - le dijo. - ¡Ahora tú y tu guarnición sois nuestros prisioneros, Ilüvar!
Así era, los campesinos, en menor numero, pero enfurecidos por los desmanes del enemigo, habían rodeado a los soldados y les apuntaban con sus propias armas, sin embargo, no era el destino de Ilüvar caer aún prisionero del joven soldado. El Caballero de la Muerte que encabezaba el grupo que traía la verdadera orden de traslado de los rehenes no había sido hecho prisionero y apareció a caballo.
- ¡Elfo, vámonos de aquí! – Exclamó, tendiéndole las riendas de su propio caballo.
- ¡Kale! – Edward estaba atado al pomo de la silla del caballo de Ilüvar.
- Has vencido, escoria, - admitió Ilüvar antes de subir al caballo. – Pero, esto no quedará así y de momento, me llevo a tu amigo.
Antes de que Kale pudiera siquiera reaccionar, los dos Caballeros de la Muerte habían huido, llevándose a Edward.
- ¡Edward! ¡Maldita sea, le prometí que lo rescataría!
Aquello empañó la victoria que Kale había conseguido. El joven, despechado por haber puesto en peligro la vida de su amigo, no participó del jolgorio general.
- Kale, no te culpes, - le dijo Eric, tratando de animarlo. – No fue culpa tuya, recuerda que el mismo Edward insistió en que nosotros éramos mejores luchadores y que lo mejor era que fuéramos nosotros quienes nos hiciéramos pasar por soldados cormytas. Además, esto es la guerra, y, en ocasiones, no se puede evitar perder algún hombre.
- Pero el plan fue mío y yo era el capitán de esta patrulla – replicó Kale. – Un buen líder no expone al peligro a sus hombres tan temerariamente.
A pesar de todo, nadie culpó a Kale de la captura de Edward, y todos elogiaron su valor y de su talento como estratega, para ser tan joven. Marcus, que llegó con los refuerzos unas horas después de la reconquista, vio en su hijo, aunque apesadumbrado por la perdida de Edward, la comprobación de lo que Yaëren le había revelado.

Aunque Kale pensaba que no merecía ninguna recompensa, los dos jóvenes soldados, y también Edward, al menos en teoría, fueron ascendidos a Caballeros del Fénix por aquella misión, entrando en las tropas de elite del Ejército de Bretagna, aunque continuaban militando en la División Vyridiana.
- No puedo creerlo – comentaba Ceddrik, el hermano mayor de Kale, a su mejor amigo Michael, mientras tomaban algo en la taberna del campamento, aprovechando una tregua en los combates. – Nosotros necesitemos seis años y varias de esas horribles misiones secretas para que nos ascendieran, y esos dos mocosos lo consiguen de un sólo golpe.
- Ese pequeño noble llamado Eric y Kale rescataron a, al menos, doscientas mujeres y niños y reconquistaron ellos solitos un castillo prácticamente inexpugnable, ¿es que estás celoso, Ced?
- No digas tonterías, Mich, es mi hermano…
- Ya claro, y tú te mueres de envidia porque Kale es diez veces más hábil que tú.
Ceddrik se hizo el ofendido.
- ¿Ese renacuajo más hábil que yo? Mm, sí, claro y esos soldados negros son…
- ¿Quieres que lo comprobemos, hermanito? – Dijo Kale, que venía de la barra con Eric. – ¿O temes quedar en ridículo delante el campamento entero, Caballeros del Dragón, incluidos?
- Vamos, chicos, no es momento para poneros gallitos – medió Michael. – No importa que haya tregua, si os retáis a un duelo, acabareis los dos en el calabozo.
- Mich, no tenía intención de hacerle caso – replicó Ceddrik, al tiempo que miraba a la capitana Arquera, que habían formado parte de la patrulla de Kale, que estaba apoyada en la barra y no dejaba de mirar hacia allí. Se retiró de los ojos un mechón castaño oscuro demasiado rebelde y le guiñó un ojo a la chica. – Y pienses lo que pienses, hermanito, no es que tenga miedo a enfrentarme a un criajo de diecisiete años. Anda, sentaos con nosotros.
Los muchachos sonrieron y se sentaron con ellos, dejando sobre la mesa sus jarras de cerveza.
- Supongo que papá te advertiría que ahora que eres caballero ni se te ocurriera pisar la taberna.
Kale le guiñó un ojo.
- Pues supongo que las mismas veces que te lo advirtió a ti…
La Arquera, que hacía rato que Kale se había dado cuenta que lo observaba a él, se acercó a ellos.
- ¿Puedo sentarme con vosotros? - Pidió. Su voz era cristalina.
- Claro, pero quítate ese antifaz, preciosa, aquí todos sabemos quienes somos – contestó Ceddrik, con otro guiño seductor.
Con una seguridad que a Kale le recordó a Karen, la chica se quitó el antifaz, revelando a una joven de rasgos elficos, ojos extraños de color violeta claro brillante y cabello dorado con mechas rojas, que tendría un poco más de quince años.
- Pero… ¡si no eres más que una cría! – Exclamó Kale, sorprendido.
Pago cara su exclamación, en menos tiempo de lo que tardó en decirlo, se encontró con una flecha apuntándole al corazón.
- Cuidado con eso, pequeña – dijo el joven, tragando saliva y apartando la flecha. – Podrías herir a alguien.
- Te va a herir a ti, mocoso, como no cierres el pico y la dejes en paz.
Kale se volvió, conocía aquella voz, pero no acertaba a saber de donde. Tras ellos, había un soldado del Dragón, más o menos de la edad de Ceddrik, pero enorme.
<<Debe medir dos metros y medio por lo menos>> pensó Kale.
No llegaba a los dos metros, pero lo cierto es que era imponente.
- ¿Es que tengo monos en la cara, mocoso? – Su voz delataba que había bebido demasiado.
- Monos, lo que se dice monos no tienes - replicó Kale, en tono provocador.
- Acaba la frase, mocoso, si te atreves…
La chica interpuso su arco entre los dos.
- Basta ya, Kevin, estás borracho y luego lo lamentarás.
El hombre, sin dar muestras de reconocer a la joven, enarcó las cejas.
- ¿Tan cobarde eres, mocoso, que dejas que una niña te defienda?
Kale se levantó y apartó a la Arquera, con delicadeza.
- Tú no te metas, pequeña, yo me encargo de él. – Le dijo con su mejor sonrisa.
La muchacha se derritió por dentro, pero mantuvo la compostura.
- ¡No! Ambos iréis al calabozo.
Kale no la escuchó y se encargó con el alto soldado.
- Kevin, o como te llames, me atrevo a terminar la frase, por supuesto que me atrevo – le dijo. – Mira, payaso, monos lo que se dice monos no tienes, pero piojos en esa barba de tres meses…
Kevin lo cogió por el cuello de la camisa.
- ¡Maldito mocoso, te voy a matar!
Lo tiró al suelo y desenvainó una gran espada, con la que le apuntó a la yugular.
- Levántate y lucha, mocoso, si tienes agallas, me vas a pagar esas palabras.
Kale se levantó y desenvainó su espada.
-No luches, caballero, Kevin es el mejor de todo el ejército, te matará – le advirtió la Arquera.
- Apártate, pequeña.
Eric tiró del brazo de la chica y la obligó a echarse hacia atrás.
- Hazle caso, niña – le dijo, procurando no mirar a los ojos de la joven, que lo estaba atravesando con una mirada de fuego. – Tu amigo será el mejor del Ejército del Dragón, pero Kale, ahí donde le ves, es el mejor del Ejército del Fénix. Créeme, lo he comprobado.
La joven Arquera miró dubitativa al muchacho, pero en su fuero interno estaba contenta por haber averiguado el nombre del joven. No obstante, contempló a los dos combatientes con sus delicados rasgos endurecidos por el enfado.
<< ¿Por qué los hombres tienen que hacer este tipo de exhibiciones?>>
Kevin lanzó una mirada de burla a la espada de Kale.
- ¿Pretendes ganarme con pequeña espada, mocoso? – Se burló.
Aunque la espada de Kale era enorme, aún era más grande la de Kevin.
- Acércate, payaso, y te enseñaré lo que puedo hacer con esta “pequeña espada”.
El dueño de la taberna trató de detenerlos.
- ¡Hey, hey! Nada de trifulcas o…
Kevin lo apartó de un empujón.
- ¡Sal del medio, viejo!
El hombre llamó a uno de sus mozos.
- Ve a buscar a algún oficial, no permitiré que dos borrachos insensatos destrocen mi local – le ordenó, indignado.

La primera estocada de Kale, gracias a la habilidad innata del joven, fue extraordinariamente precisa, Kevin la paró sólo porque su espadón era lo suficientemente grande. Aun así trastabilló.
- Un golpe de suerte, mocoso – comentó, recomponiéndose.
- ¿Suerte? Yo lo llamaría habilidad, pero claro, uno no puede reconocer lo que no tiene. – Kale le lanzó un guiño provocador.
- ¿Qué insinúas?
- ¿Insinuar? No insinúo nada, aunque parece que tampoco distingues entre insinuar y decir algo claramente.
El brutal contraataque del guerrero, más enfurecido por la provocación, hizo caer a Kale sobre la mesa donde había estado sentado con su hermano y sus amigos. El joven caballero, valiéndose de la agilidad que su complexión más menuda le daba, se levantó y se escabulló bajo las piernas de su oponente, maniobra coreada por los aplausos de los presentes.
- ¡Eh, payaso! Estoy detrás de ti, ¿también has perdido el sentido de la vista?
- ¡¡Maldito mocoso fanfarrón!!
Kevin se volvió y lanzó un mandoble hacía el joven caballero, que este paró a duras penas. Kale, nuevamente ágil, saltó sobre una mesa y varias sillas, alejándose del gigante.
Mientras lo hacía, de repente, recordó de donde le sonaba la voz de Kevin, aunque era algo que prefería olvidar.
- ¡No huyas!
- No estoy huyendo, payaso – replicó el joven, saltando de una mesa a otra. – Te estoy llevando lejos de toda esa gente, ¿estás tan borracho que no piensas en a quien puedes hacer daño?
Aquella frase impresionó a la joven Arquera, era la primera vez que oía a alguien preocuparse por los demás en medio de una pelea, sobretodo si llevaba las de perder.
- ¿Crees de verdad que me importan todos esos mirones? Si alguno cae herido es cosa suya, no mía.
En medio de un salto, Kale consiguió otra espada, la de Eric, y se encaró con el guerrero, empuñando una espada en cada mano.
- ¡Tramposo! – Bramó Kevin. - ¡No puedes utilizar dos espadas!
- En primer lugar, no creo haya reglas en un duelo con un borracho en una taberna, en segundo, dos espadas valen por una como la tuya y, en tercero… - mientras hablaba iba parando golpes – al menos yo sé como utilizarlas, tú con una sola espada tropiezas a cada paso.
Un golpe doble, con las dos espadas cruzadas estuvo a punto de hacer perder la espada a Kevin. En ese momento, Marcus, que había sido el primero a quien el mozo de la taberna había encontrado, irrumpió en el local, seguido de algunos de los guardias que patrullaban por el campamento.
Puesto que sabían que si los pillaban borrachos irían de cabeza al calabozo, la mayoría de los jóvenes salieron en desbandada, por puertas y ventanas, antes de que los guardias pudieran cerrarles el paso.
El general vyridiano ordenó que todos los que no habían logrado escapar fueran llevados al calabozo, excepto Kale, Kevin, Eric, Ceddrik, Michael y la Arquera.
- No puedo creerlo, en plena campaña y os enzarzáis en un duelo, borrachos, en medio de la taberna.
- Padre, te puedo asegurar que Kale no probó ni una gota, fue ese mastodonte quien lo provocó todo – replicó Ceddrik, defendiendo a su hermano. – Kale tan sólo hizo que defenderse. – añadió.
Kale miró sorprendido a su hermano, últimamente, Ceddrik y él se estaban llevando muy bien, cuando antes no pasaba medio minuto que ya estaban discutiendo.
- Ceddrik, será mejor que te calles – le advirtió Marcus con dureza. – Tú deberías haber impedido la pelea.
- general, ninguno de nosotros podríamos haberla impedido, conozco bien a Kevin – intervino la Arquera, fulminando con la mirada tanto al guerrero como a Kale.
- En todo caso…
Marcus no tuvo tiempo de terminar la frase, el cuerno de alarma estaba resonado por todo el campamento, avisándoles de un ataque por sorpresa. El enemigo había roto la tregua.
- Ya hablaremos cuando esto acabe – dijo Marcus, mientras con un gesto ordenaba a los guardias que les devolvieran las armas. – Reuníos con vuestros regimientos, ¡ya!
Así como el ejército de Bretagna estaba dividido en divisiones, el ejército de Sylvannia estaba dividido en cuatro batallones, uno por cada tipo de dragón (blanco, rojo, azul y verde) divididos a su vez en diez legiones, divididas en diez regimientos. Aparte estaba el Real Cuerpo de Arqueras, que no dependía del ejército, pero formaba parte de él.

En tiempo record, los generales dispusieron a sus soldados, a quienes ya no les quedaban síntomas de haber estado bebiendo, preparándose para una batalla que no deparaba precisamente buenos pronósticos, al realizarse en la oscuridad, casi total, de la noche.
El terror se propagó, sin que nadie supiera porque, entre las tropas, y cuando los soldados negros de Cormyth aparecieron, algunos huyeron de la formación: entre los soldados humanos o elfos de armadura monstruosa, los llamados Caballeros de la Muerte, había seres que la mayoría de la gente creía legendarios: altos y fuertes trolls, crueles y sádicos orcos y avocs, unos seres que eran una mezcla entre sapos y lagartijas. Todos ellos seres que se movían mejor en la oscuridad.
- ¡Mantened las posiciones! – Ordenó Gäwen a sus soldados, una orden que se repitió por todo el ejército defensor.
El encontronazo fue estremecedor, porque Cormyth había aprovechado los días de “tregua” para tomar posiciones y rodear el campamento. Ni siquiera las labores de espionaje de las avezadas Arqueras sylvanas habían descubierto los movimientos del enemigo.
Kale, que jamás había creído en la existencia de tales seres, se encontró luchando espalda con espalda con Eric contra al menos una docena de violentos orcos y avocs.
- ¡Esto no pinta nada bien! – gritó el joven caballero para hacerse oír entre el ruido de la batalla.
- ¡Podría ser mejor! – Contestó Eric, quitándose de encima de una patada el cadáver de un avoc. - ¡¡¡Grhhh!!! ¡¡¡Malditas lagartijas sobrealimentadas!!! – Se quejó, limpiándose la sangre.
- ¡Pues no creas que a mí me entusiasman, precisamente! – Replicó Kale. De repente, vio una sombra que cercaba a su amigo. - ¡Eric, cuidado!
La espada de un orco traspasó el hombro de Eric, que estaba distraído. El joven cayó al suelo, sujetándose el brazo.
Kale cogió al vuelo su espada y decapitó al monstruo con un cruce de las dos hojas.
- ¿Eric, estás bien?
- Sí, no te preocupes y ten cuidado.
Otro orco trató de decapitar a Kale para vengar a su compañero, pero este, avisado por una voz cristalina, se agachó y, en un acto reflejo, atravesó la barriga del orco con su espada, al tiempo que una flecha le atravesaba el pecho.
- ¿Estáis bien, chicos? – preguntó la Arquera que habían conocido unas horas antes, reuniéndose con ellos, con el arco preparado.
-¿Qué haces aquí, pequeña? – Preguntó Kale, volviéndose de golpe,