Qirien's Wheel of Time Page: Página web sobre La Rueda del Tiempo en la que cabe destacar, entre otros, el apartado "Wheel of Time Music", con melodías en varios formatos (incluído mp3) basadas en la saga de Robert Jordan. En inglés.
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Publicado: Sab Oct 05, 2002 4:59 amAsunto: marath'inde'damane
Lentamente abrió los ojos. La pálida luz que entraba por una pequeña ventana iluminaba la austera habitación en que se hallaba. El lecho en el que ahora se encontraba tendida era tan blando y liso como puede serlo la tierra que nunca ha sido hollada por ser vivo alguno. Junto a la cama se encontraba una vieja mesilla, en cuya superficie apenas cabía el cuenco de arcilla, lleno de agua, que reposaba en ella.
Con mucho cuidado comenzó a incorporarse, el cuerpo dolorido por el sometimiento a la rigurosidad de su lecho. El cuello acusó una leve resistencia a moverse, molestia que también fue achacada a la incómoda cama. Sus párpados se negaban a abrirse y sus ojos no enfocaban con claridad. Le resultó extraño. Aquella habitación le era totalmente desconocida. Las paredes grises carecían de adornos, y el suelo de madera aparecía levantado en muchos puntos. Nadie se preciaría de una habitación como esa. Todo encajó, como un gran rompecabezas, cuando dirigió por casualidad la vista hacia su vestimenta.
Una única prenda cubría todo su cuerpo, sin ninguna clase de ornamentos. El gris vestido que llevaba puesto le hizo abrir desmesuradamente los ojos. Ahora comprendía. sus brazos, ajenos a su voluntad, llevaron sus manos al cuello, ahora rodeado por un collar de plata. Realmente no podía ver el collar, pero no era necesario. Sabía el color de ese collar, y sabía su significado. Rápidamente giró sobre sí misma, intentando aferrarse a la esperanza de que no estuviera lo que sabía que iba a hallar. Colgado de un clavo junto a la cabecera de su cama, un pequeño brazalete del mismo material reposaba allí, unido al collar mediante una plateada cadena. El pánico se abrió paso en su cabeza, mientras su mente buscaba una salida a aquella situación. ¡Tiene que haber una salida! ¡Tiene que haberla! En una reacción instintiva, sus dedos intentaron arrancar el collar de su cuello. Unas náuseas se apoderaron de su cuerpo, mientras cejaba en su intento. Sabía cómo funcionaba un a'dam, no obstante, nunca había llevado uno puesto. Presa de la desesperación agarró el brazalete con la intención de salir corriendo. Lo soltó apenas transcurrido un segundo, que a ella le pareció mucho más, cuando el dolor se hizo insoportable. Una voz en el interior de su mente le decía que tenía que rendirse, que lo único que conseguiría tratando de escapar sería más sufrimiento, pero no la hizo caso. Trató de salir corriendo, en contra de las advertencias de su subconsciente y, antes de haber dado tres pasos, se desplomó en el suelo, cuando las náuseas que la acosaban cobraron intensidad. Lejos de rendirse, trato de llegar a la puerta arrastrándose. Tenía que huir. Huir de aquella habitación. Huir de aquella ciudad. Huir de todos. Huir de Seandar. Un metro más adelante su estómago no aguantó la presión y vomitó. ¡Esto no puede estar pasando! ¡No me puede estar pasando! ¡No a mi!. Una vez vaciado su estómago su cerebro halló otra posible solución. La voz de su mente aulló intentando disuadirla, pero ella la ignoró, y se abrió a la fuente. Intentó absorber todo lo que era capaz. Al menos lo intentó. Nada más absorber la primera parte de la más insignificante cantidad de poder que era capaz de manejar, el dolor que le atenazaba multiplicó su intensidad, hasta el punto en que creyó que iba a morir. El dolor no dejaba sitio para nada más, aún así consiguió oír algo. Unos gemidos inarticulados. La sorpresa halló un hueco en su cabeza al darse cuenta de que los gritos que oía provenían de su garganta. El dolor no cesaba. Sus aullidos resonaban en la estancia. Dolor.
Abrió los ojos sobresaltada. Sus manos fueron instintivamente hacia su cuello, para comprobar con alivio que el collar no se hallaba allí. Lentamente salió del tronco hueco que había encontrado por casualidad ¡Gracias a la Luz! durante la tormenta y que le había servido de refugio contra ella. La luz del sol apenas se filtraba por la espesa capa de grises nubes, augurio de otra tormenta, que ocultaban el cielo, permitiéndole ver poco más de cinco metros más allá de su posición. Tampoco es que hubiera mucho que ver: Una nívea capa cubría el suelo del bosque, cuyos árboles habían perdido sus hojas hacía meses. Los inviernos allí eran duros, pero éste parecía querer empequeñecer a los demás.
Lentamente posó un pie en el suelo, donde se hundió más de un palmo en la nieve. El frío que se filtró a través de sus botas no la incomodó. a pesar del helor del aire estaba sudando. Tenía muy presente aquel sueño. El estómago le daba vueltas. Era muy difícil eliminar esa sensación. Al menos el dolor había cesado al abrir los ojos.
Calculó que el sol todavía no había acabado de asomar en el horizonte. Hora sobrada para seguir mi camino. Un camino que no sabía hacia qué lugar la iba a llevar, pero seguro que era mejor que lo que dejaba atrás. Deseó haber sacado ventaja esa noche a sus perseguidores. Dio las gracias por las tormentas que se desataban tan a menudo en esos días. Con ese tiempo, una persona en solitario era capaz de recorrer más distancia que un grupo numeroso. Más aún cuando estos últimos eran más de cien y cargaban con carros de provisiones.
Un trueno retumbó en la lejanía, ahogado su estruendo por las leguas que lo separaban. Media hora. Una hora si la Luz lo quiere. Estiró los músculos a fin de desentumecerlos de la postura forzada en la que se había visto obligada a entrar en el tronco. No estaba acostumbrada a tales incomodidades. Pero supuso que ahora tendría que acostumbrarse. Ahora todo el mundo sabía que podía encauzar. Ni siquiera alguien de la Sangre podía evitar ser convertida en damane.
Obligó a sus piernas a ponerse en marcha, a dar un paso tras otro. El estómago le crujió, ésta vez para recordarle que no había comido desde hacía muchas horas. Apartó de sus pensamientos la comida. Aunque hubiese sabido cazar, no había tiempo para ello. Huir era mucho más importante. Huir. ¿Cuánto tiempo llevaba huyendo? Se le antojaban meses, años. Aunque en el fondo de su mente sabía que no podían haber pasado más de tres días. Poco a poco, su paso fue volviéndose más rápido. No pensaba dejarse atrapar. El sueño le había dejado bien claro cual sería su futuro si lo hacía. Su paso cobró firmeza a la vez que sus pensamientos tomaban formas. Había aprendido a hacer muchas cosas con el poder. No seré una presa fácil. Si me alcanzan... Dejó que sus pensamientos volaran un poco, sabiendo que en el grupo que la perseguía habían varias damane más experimentadas que ella. No obstante sólo fue un corto espacio. Sabía que dejarse llevar por aquellos pensamiento la distraería. Y no podía permitirse distracciones. Unos copos de nieve comenzaban a caer. Los truenos sonaban más cercanos. No. No me dejaré coger. No renunciaré a la libertad. ¡Nunca!
Ultima edición por Corlan el Sab Nov 30, 2002 4:22 pm, editado 2 veces
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Publicado: Lun Oct 07, 2002 11:08 pmAsunto:
Un leve cosquilleo en la nuca, la sensación de ser observada, fue lo que la hizo dirigir su vista hacia el cielo. Con la escasa luz que se filtraba a través de las nubes le costó distinguir una sombra que no se desplazaba al mismo ritmo. Un raken volaba a cincuenta metros sobre su cabeza. Deliberadamente se echó al suelo, junto al tronco de un gran árbol, para apartarse de la vista de los dos jinetes que montaban la enorme criatura. En el preciso momento en que saltaba para apartarse, supo el gran error que había cometido. Segundos después, la criatura daba la vuelta y se dirigía rápidamente hacia el este, lugar en el que en algún punto sus perseguidores habrían comenzado a avanzar. Una y otra vez se reprochó su estupidez. Con aquella manta de ramas desnudas, moviéndose al compás del viento, hubiera sido casi imposible que la vieran llevando encima aquel vestido blanco. Pero hizo justo lo que ellos necesitaban: Un movimiento brusco. Los morat’raken eran buenos exploradores. Su informe del lugar exacto en el que se hallaba no tardaría en ser emitido. Con un poco de suerte esa noche habría sacado ventaja suficiente. Maldiciéndose a sí misma por ser tan descuidada se obligó a seguir adelante. La nieve comenzó a caer más pesadamente. No podían faltar más de quince minutos para que estallara la tormenta. Confió en ser capaz de despistarlos con ella. No se arriesgarían a hacer volar a un raken en mitad de ella.
Sus esperanzas se desvanecieron en el mismo momento en que, al alzar la vista al cielo, no más de cinco minutos después, vio aparecer al raken sobre ella. Estaba totalmente convencida de que era el mismo. No podían hallarse tan cerca. Calculó mentalmente la velocidad a la que podía desplazarse aquella criatura. La respuesta que le vino a la cabeza no resultó ser satisfactoria en absoluto. Dos, como mucho tres kilómetros la separaban de aquellos que querían atarla. Aquellos que pretendían esclavizarla. No se lo permitiría, pero primero debía encontrar un buen lugar. Un lugar para preparar su emboscada. Y debía perder de vista a aquel raken. Si tenía suerte la tormenta se encargaría de ello. Estaba harta de tener que confiar tantas cosas al azar, pero no había otra solución. Atisbó un rayo hacia el sur, lo que le permitió ver con claridad la criatura que volaba todavía sobre su cabeza. Los dos jinetes fueron claramente visibles también durante un instante, aunque no lo suficiente como para reconocerlos, envueltas como tenían la cabeza para soslayar el frío. Cinco segundos. Casi dos kilómetros. Los morat’raken también debieron calcular la distancia, puesto que instantes después la criatura se dirigía hacia el nordeste, huyendo de la tormenta en dirección a Seandar. La luz apenas se había acrecentado desde que se despertara, pero buscó con ahínco, tratando de forzar la vista para encontrar lo que necesitaba. La nieve dejó de caer, pero ella no iba a dejarse engañar. Esa era la calma que precedía a una gran tormenta. Se obligó a correr, mirando hacia todos los sitios a la vez, buscando desesperadamente un lugar en el que protegerse de la tormenta, que le permitiera ver a su vez la dirección por la que iban a venir sus aprehensores. Un rayo cayó apenas trescientos metros hacia el sur. El estruendo que lo siguió, pareció actuar como la señal de salida para que se desatase la tormenta. Ahora apenas veía lo que tenía ante sí. Maldiciendo su mala suerte se aferró al primer árbol que encontró y rodeó su base, palpando con su mano la irregular corteza del tronco. Sus pies tropezaron con la raíz de aquel enorme árbol, que sobresalía casi medio metro sobre el suelo, y cayó sobre la nieve. El frío entró a raudales en ella. Sus ropas se empaparon. Tiritando, consiguió ponerse en pie y siguió su camino hacia otro árbol. El proceso de búsqueda de un lugar seguro se prolongó varios minutos, y, cuando terminó, con las manos insensibles y llenas de arañazos, casi deseó que le dieran caza y la llevaran a un lugar caliente. Solamente casi. Cuando las fuerzas de sus músculos la estaban abandonando, cuando estaba a punto de rendirse, de dejarse caer y aceptar su destino, ya fuese acabar apresada o sirviendo como abono para nuevos brotes, en ese momento, su mano no topó con la corteza, y cayó hacia el interior del tronco. Casi al instante, sus ojos se cerraron.Los sueños surgieron en su mente...
Una ciudad. Las tropas seanchan combatiendo. Un ejército, por llamarlo de laguna manera, compuesto por menos de un centenar de hombres y mujeres montados a caballo, liderados por un hombre alto, de nariz aguileña y hundidos ojos oscuros empuñando una espada, hacía retroceder a los seanchan. En el cielo, un hombre joven, pelirrojo, de ojos verdes luchaba en un singular duelo contra otro hombre de mediana edad, cuyos ojos y boca llameaban con un profundo fuego interior.
Un destello.
Las escaramuzas se habían sucedido todo el día. Un gran ejército seanchan esperaba emboscado a sus contrincantes. El número de estos últimos era muy inferior, pero contaban con ellos con los hombres de negra chaqueta. Éstos últimos eran pocos, pero uno solo de ellos era capaz de destruir un batallón al completo. Ahora parecía que se replegaban. De improviso, los rayos comenzaron a brotar del cielo, abatiéndose sobre la tropas seanchan con contundencia. Los muertos se contaban por millares.
El sonido de unas voces la despertó. Abrió los ojos rápidamente y observó a su alrededor. Seguía dentro de aquel tronco, aunque no recordaba con precisión como había llegado allí. Se reprendió por haberse quedado dormida. Poco a poco, tanteó la Fuente Verdadera. Seguía allí. No la habían escudado. Lentamente se incorporó como pudo. El hueco en el que se hallaba no la permitía ponerse de pie y hubo de conformarse con arrodillarse. El esfuerzo de hacer esto último fue considerable. Apenas notaba los pies y las manos. Pensó para sí misma que nunca volvería a maldecir su suerte. Si no hubiese caído en aquel hueco, protegida del gélido viento... Otra voz la hizo salir de su ensimismamiento, y la hizo volver la vista hacia el exterior. La tormenta estaba en pleno apogeo, y no podía ver más allá de tres metros con claridad, aún así vio lo que quería. Unas sombras se movían allí fuera, alejándose del árbol. Alejándose por el lado de la apertura del árbol. Otra vez más dio las gracias a la Luz por haber caído en un hueco que diera hacia el oeste. Sus perseguidores estaban pasando a su lado sin darse cuenta. De repente, dos figuras pasaron lo suficientemente cerca del tronco como para poder observarlas. Una cadena de plata unía la muñeca de una de ellas con el cuello de la otra. Sin pensarlo dos veces, sin darse cuenta de las consecuencias a las que podía llevar esa acción, entró contacto con el Saidar.
Ultima edición por Corlan el Sab Nov 30, 2002 4:27 pm, editado 1 vez
En el mismo instante en que tocaba la Fuente Verdadera, dos cabezas se volvieron hacia el árbol en el que se escondía. Antes de darles tiempo a que hicieran otra cosa que mirar, tejió un simple flujo de aire, que se descargó contra la nuca de la sul’dam. Todo el mundo sabía que, de la pareja unida con el a’dam, la más peligrosa era la damane. Aunque no muy lejos de la verdad, la realidad que pocas personas conocían era que por muy peligrosas que fueran cuando estaban controladas, no podían hacer nada sin una sul’dam. Además, ella conocía los efectos del a’dam. La sul’dam se desplomó en el suelo, inconsciente. La damane exhalo un sordo gemido de dolor antes de hacer lo mismo. Cualquier golpe que recibía una sul’dam, la damane que tenía en esos momentos bajo control, lo sufría con una intensidad multiplicada.
Los gritos de los hombres que se encontraban cerca no tardaron en hacerse oír por encima del fragor del viento. Gritos de alarma. Soltó el contacto con el Saidar. Maldiciéndose para sus adentros trató de esconderse más aún en aquel hueco. Las otras damane no tardarían en llegar, y si alguna miraba en su dirección, la percibiría al instante. Con un poco de suerte, las otras sul’dam habrían pensado que el pequeño encauzamiento, que sin duda habían notado, se debía a un intento por parte de la pareja que ahora yacía en el suelo de defenderse. Otra vez la suerte.
Sin embargo fue un soldado quien la atisbó primero. Media docena de éstos, los arcos cargados, habían formado un círculo alrededor de la pareja caída en la nieve, mirando hacia todas partes, como si previeran una emboscada. Uno de aquellos soldados, el que más cerca se encontraba de ella, se giró hacia el árbol. A menos de un metro de ella, sus miradas se cruzaron un instante.
-No te muevas de ahí.
El volumen de su voz, apenas audible para ella, hacía imposible que nadie más la hubiera escuchado. La cogió por sorpresa, justo en el momento en que se disponía a aferrar la Fuente Verdadera y arremeter con ella. Al parecer la Luz la protegía. No podía ser una coincidencia que el único soldado al que conocía, su propio hermano, estuviese entre sus perseguidores. Y mucho menos que fuese él quien la viera. La alegría invadió su ser durante un instante. Se sintió capaz de hacer cualquier cosa. La suerte estaba con ella ese día. Sus pensamientos quedaron interrumpidos con la entrada de una nueva sul’dam al interior del círculo, seguida por otra mujer con el a’dam en el cuello. Ésta última estaba abrazando el Saidar. Le sorprendió ver que su capacidad de encauzar era muy inferior a la suya. Siempre había creído que era muy débil con el Poder. Podía enfrentarse con ella y reducirla en cuestión de segundos. Siempre y cuando, éste fuera su límite. Aunque no habría sabido explicar el porqué, supo que realmente era así. Si todas las damane que habían ido tras ella tenían tan escasa capacidad, podría salir victoriosa de allí. Pero eso sería confiar demasiado en el azar. Decidió que, por muy buena suerte que estuviera teniendo hasta entonces, prefería no desafiar sus límites. Su hermano cambió ligeramente de postura, interponiéndose entre las recién llegadas y ella. Todo el mundo sabía que una damane, e incluso una sul’dam, era capaz de percibir a una mujer que encauzaba, si la veían. Sin embargo, las mujeres prestaban ahora atención a las que reposaban sobre la nieve. Con un leve gesto indicó a su hermano que se apartara un poco. Un gesto interrogante asomó a sus ojos, única parte visible de su cara, pero se apartó un paso.
Esta vez fue mucho más rápida. No les dio tiempo a que delatasen su posición. Otro par de cuerpos cayó junto a los otros. Los gritos volvieron a estallar entre los soldados. Ésta vez, entre el tono de alarma también sonaba algo distinto: Temor. No podían ver aquello que había hecho caer a las mujeres, y ello les hacía sentirse inquietos, inseguros. Su hermano le dirigió una mirada de comprensión, a la vez que disimulaba mirando hacia todos los sitios, como hacían los demás soldados.
Después todo sucedió rápidamente. Empezaron a llegar muchos soldados, y con ellos otras cuatro sul’dam con sus damane, aparte de otras dos mujeres que solamente llevaban el brazalete. Los soldados ensancharon el cerco, mientras alguno de ellos se quedaba para explicar lo sucedido. Su hermano se separó del tronco. Si le hacían preguntas mirarían hacia su posición y la descubrirían. Tres sul’dam examinaban a las mujeres caídas, mientras la otra que llevaba una damane, junto a las dos que no tenían, interrogaba a los soldados. Cuatro. ¿Sería capaz de enfrentarse a cuatro a la vez? Mentalmente evaluó la fuerza de las damane. Dos de ellas tenían una fuerza similar entre ellas, muy inferior a la suya. Esas decidió serán las últimas. Otra de ellas tenía una fuerza muy similar a la suya. No supo discernir quien ganaría en un enfrentamiento con ella. Se dispuso a atacar a la sul’dam de esta última, cuando un movimiento entre los soldados le dejó a la vista a la cuarta damane. Ésta la vio a su vez. ¡No puede ser! La fuerza de aquella a quien miraba superaba su potencial con creces, ¡tal vez la duplicaba! No perdió el tiempo. Aquella mujer ya estaba avisando a la sul’dam. Si no hubiese estado controlada por el a’dam, que la impedía encauzar sin permiso, en estos momentos posiblemente ella hubiese sido reducida. La sul’dam fue golpeada por un flujo de aire. Mientras se volvía hacia la otras tres, con los flujos ya preparados para ser tejidos, vio como se volvían hacia ella. Otra sul’dam junto a su damane fue abatida antes de que se dieran la vuelta. Siempre había oído que el “efecto sorpresa” podía ser muy ventajoso en la batalla, pero nunca había comprendido bien el significado hasta ahora. Todavía quedaban dos. Una de ellas empezó a tejer fuego. No esperó a ver qué era realmente lo que realizaba, sino que empezó a realizar el mismo tejido. Una bola de fuego, del tamaño de un puño salió disparada contra ella. Un reacción instintiva le hizo tejer algo. No sabía qué había hecho, pero la bola se desvió hacia un lado, justo lo suficiente para apenas rozar el árbol en el que estaba. Una réplica exacta de aquella bola de fuego salió disparada de sus manos, y fue a estrellarse contra la sul’dam, que estalló en llamas. La damane empezó a retorcerse de dolor, pero ella no le prestó atención. De improviso, una sensación de vacío se apoderó de ella, cuando otro tejido, éste de energía, se interpuso entre ella y la Fuente Verdadera. Aquella separación tan brusca del Saidar la hizo sentir náuseas. Arremetió una y otra vez contra aquel muro, intentando en vano romperlo en pedazos. La desesperación se apoderó de su ser cuando vio acercarse a otra sul’dam, ésta sin damane. ¡No! ¡No puedo dejarme coger! ¡Luz, ayúdame! Cuando aquella mujer que sonreía con una mezcla entre complacencia y enfado se encontraba a menos de un metro, extendiendo aquel collar con el que pensaba someterla, sintió como el escudo que la mantenía apartada del Poder Único se desvanecía.
No vaciló un instante. Un flujo de aire hizo que la sul’dam saliese volando, estrellándose contra el tronco de un árbol próximo. El sonido de huesos rotos se oyó por encima del viento. Se dispuso a atacar a la damane que la había escudado. La frustración había dejado paso a la rabia. Iba a hacer a aquella mujer algo muy desagradable. Iba a hacer que sus venas reventaran, asfixiándola con su propia sangre. Iba a... Sus ojos se posaron sobre aquella en quien iba a descargar su furia. Estaba tendida en el suelo, junto a la sul’dam que la manejaba. Su hermano todavía sujetaba en la mano la espada con cuya empuñadura había golpeado a ésta.
El silencio envolvió por un instante a todos los presentes. Silencio que fue roto por el grito de otro soldado.
-¡Traidor! –Una flecha salió disparada de algún punto tras el árbol en que se hallaba todavía, dirigida a la cabeza de su hermano. Con la velocidad del pensamiento elaboró el mismo tejido que había realizado antes. La flecha se desvió a apenas unos centímetros del rostro de su hermano, y le arañó la mejilla derecha. Éste, que había estado paralizado desde que golpeara a la sul’dam, reaccionó ahora echándose al suelo. Tres flechas más surcaron el lugar donde se había hallado instantes antes.
La silueta de un rayo que se dibujó en el cielo, a escasos metros de distancia, la cegó momentáneamente y el estruendo que provocó hizo que sus oídos pitaran. Cuando pudo volver a ver distinguió varias sombras danzando. Al menos eso le pareció, hasta que el chirriante pitido que resonaba en su cabeza se amortiguó lo suficiente para permitirla oír el sonido metálico que se originaba en el entrechocar de espadas. La lucha de aquellos hombres los había alejado varios pasos más de su escondrijo, con lo que sus figuras quedaban distorsionadas por la nieve. No distinguía a su hermano, pero sabía que se encontraba allí, luchando contra otros tres soldados. Podía ayudar a su hermano, pero no sin acercarse más. No sin estar segura de cuál de ellos era. Salió del tronco del árbol. El viento del que se había hallado a salvo arremetió contra ella, helándole los huesos. Antes de haber dado dos pasos, otra figura se unió a la refriega. Todavía no distinguía a su hermano. ¡Aguanta Lorcan! ¡Ya voy! Avanzaba lentamente, con los pies hundiéndose hasta los tobillos el la nívea capa que cubría el suelo. Cuando se acercó lo suficiente para distinguir a los luchadores la rabia y la impotencia se agolparon en su mente. Había esperado ver a su hermano luchando contra cuatro soldados. Había imaginado que su hermano no había tenido tiempo para ponerse aquel yelmo con forma de cabeza de insecto. Pero la escena que vio la desconcertó. Dos soldados aguantaban espalda contra espalda rodeados por otros tres. No habría sabido discernir cuál de los cinco era su hermano. La duda se abrió paso en su cabeza. Si un soldado se había puesto de su parte, además de su hermano, podrían haberlo hecho otros. Se dispuso a arremeter con el Saidar contra los tres que, de manera casi sincronizada, acosaban a los del interior del círculo. Seguramente un amigo de su hermano había acudido a auxiliarle.
-Rendios de una vez –La voz de su hermano frenó en seco sus intenciones. Había salido del hombre más próximo a ella, uno de los componentes del círculo acosador-. Se os perdonará la vida si lo hacéis.
El tono de su voz era autoritario, pero aquellos hombres no hicieron ningún movimiento. Sus miradas se posaron en sus rivales, evaluándolos. Uno de los hombres, el que se hallaba de frente, dirigió por un instante la vista hacia ella. Sus ojos se abrieron sobremanera. Unos segundos después dejaba caer su arma. El otro hombre le dirigió una mirada enfurecida, pero, al ver la expresión de sus ojos, dirigió la vista hacia el mismo lugar. Su reacción al verla fue prácticamente la misma. Instantes después, pasado el desconcierto, hicieron una profunda reverencia. Solamente entonces, con la rendición de los otros hombres, los tres que los rodeaban relajaron la tensión. Sus miradas fueron inmediatamente hacia ella para, una vez haber comprobado quien era, agachar la vista al tiempo que hacían una reverencia mientras envainaban sus espadas. Su hermano fue el único que se permitió mirarla a los ojos. Por supuesto, él también era de la Sangre. Aún así, su reverencia fue más profunda que la de los demás.
-Ahora soy simplemente tu hermana, Lorcan –Comenzó, en un tono de voz que solamente él podría oír-. No merezco ese trato. Ya no soy la emperatriz.
Todavía temblaba de frío, a pesar de haber sustituido su empapado vestido por otro que, aunque no era tan bonito como el anterior, por lo menos estaba seco. Un pequeño fuego ardía en un rincón de la pequeña tienda en la que se encontraba, pero apenas conseguía amortiguar el frío. Una ráfaga de gélido aire se abrió paso cuando su hermano entró.
-Los soldados se preguntan cuándo continuaremos con la búsqueda –Su tono sonaba divertido. Había sido una suerte aquellos hombres no conociesen la identidad de la rebelde a quien perseguían. Solamente la persona al mando, Lorcan, era consciente de ello. Aparte de las sul’dam.
-Quiero verlas ahora. Traédmelas –Su hermano abrió un momento la solapa de la tienda para dar unas órdenes a los dos soldados que hacían guardia para, inmediatamente, volver a cerrarla.
-Akalesh –Ella misma había insistido en que él la llamase por su nombre. Por lo menos en privado-, ¿Estás segura de lo que vas a hacer?
-¿Acaso ves otra solución? –Ella no la veía. No le gustaba desobedecer una ley tan antigua. Una ley que ella misma había apoyado mientras se sentaba en el Trono de Cristal. Pero debía hacerlo. Tenía que hacerlo si quería conservar la libertad. Ya había renunciado a la idea de volver a sentarse en aquel trono. Eso era imposible sin una guerra. Eso sin contar que las fuerzas que había en Seandar eran cien veces más numerosas que con las que ella contaba entonces- Tú mismo desobedeciste la ley hace un rato, al golpear a aquella sul’dam.
-Lo hice para proteger a la emperatriz –Su tono de voz era firme, pero el leve sonrojo que acusaron sus mejillas denotaban su inseguridad. Habían pasado tres días desde que la noticia se supiera, tres largos días desde que huyera de la ciudad. A buen seguro una nueva mujer se sentaba en el Trono de Cristal. Pero para todos los presentes, que habían salido en su persecución apresuradamente, ella seguía siendo la emperatriz. Aquí todavía no se sabía su secreto. Excepto unas pocas personas.
Como si los pensamientos las hubieran llamado, seis mujeres se adentraron en la tienda, trayendo consigo otra ráfaga heladora. Todavía tenían puestos los collares, pero la cadena que de estos salía no acababa en la muñeca de ninguna persona. Un soldado las siguió un momento al interior, depositó los seis brazaletes en el suelo e, inmediatamente después, salió haciendo reverencias. Las seis damane se habían postrado en el suelo, con las caras pegadas a la alfombra que separaba la tienda de la nieve. Lorcan aguardó sólo un segundo antes de salir de la tienda, elaborando una grácil reverencia que nadie observó.
-Levantaos –su orden fue rápidamente obedecida. Las seis mujeres se pusieron en pie, aunque dubitativamente. Casi nadie se dirigía a una damane excepto su sul’dam. Muy pocas veces alguien de la Sangre. Y nunca la emperatriz. Claro que ellas tampoco tenían porqué saber que había dejado de serlo. Sus cabezas permanecieron gachas-. Voy a quitaros el a’dam –Aquello provocó la reacción deseada. Dos mujeres, las que menos fuerza ostentaban en el poder, apenas lograron contener un respingo. No obstante, sus cabezas permanecieron agachadas y sus ojos en el suelo. Aquellas dos eran mujeres mayores que llevaban mucho tiempo siendo damane. Otra mujer, la primera que había sido atacada, y que resultó ser bastante fuerte en el poder, casi tanto como ella, cayó de rodillas. Las lágrimas comenzaron a desplazarse por sus mejillas. No es posible le pareció oírla murmurar. Otras dos, una muy débil, y la que la superaba con creces se abalanzaron literalmente sobre ella y comenzaron a besar el repulgo de su falda mientras las lágrimas goteaban en el suelo. La damane restante, cuyo potencial era prácticamente idéntico al suyo, la miró a los ojos ¡A los ojos! ¡Una damane mirando a los ojos a la emperatriz! con una expresión mezcla de esperanza y duda. Ella sabía que ya no era la emperatriz. ¡Pero seguía siendo de la Sangre!
-¿Por... por qué? –Consiguió articular. Desde luego que lo sabía. Una damane no pertenecía a la Sangre. Para aquella mujer ella era una igual ahora. El silencio se había adueñado de las otras mujeres. No habían advertido la mirada, pero nadie hablaba a la emperatriz sin su permiso. Una damane no hablaba a nadie sin permiso. Sus ojos se habían clavado en el suelo y lo único audible era su agitada respiración.
Debería dar una lección a aquella mujer. Debería enseñarle como comportarse.
-¿Cuál es tu nombre? –Preguntó en cambio. En el fondo aquella mujer tenía razón. Ya no era la emperatriz ¡Luz, no lo soy! y debía aprender a tolerar a aquellas mujeres si quería utilizarlas. Las necesitaba demasiado como para enemistarse con ellas. Aun así, deberían mostrar respeto. Ahora mismo ella era la única que no tenía un a’dam en el cuello. Era la única que podía liberarlas. La única que quería liberarlas.
-Beli –La voz de la damane sonaba débil ahora. Beli. Aquel nombre resonó dentro de su cabeza. Le sonaba familiar, aunque no conseguía recordar por qué. Algo le decía que debería saberlo, que debería haberlo reconocido al instante-. Así era como me llamaba Faithe, mi sul’dam –Un ligero retraso en la pronunciación de la última palabra denotó su duda-. Mi verdadero nombre es Beledne.
-A partir de ahora usarás tu propio nombre, Beledne –Le costó un poco pronunciar su verdadero nombre. Aquel otro, Beli, todavía resonaba en su cabeza, queriendo atraer unos recuerdos que se negaban a acudir. Beli. Se preguntó que clase de persona pondría ese nombre a otra. Faithe, había dicho ella. Ese nombre también le sonaba. Faithe. Beli. Se agachó hacia la siguiente damane, que todavía se hallaba de rodillas, para preguntarle su nombre.
Asiendo el Saidar, se incorporó de golpe, encarándose hacia Beledne. La furia asomó a sus ojos. La rabia la inundaba. Había recordado.
Se encontraba en su estudio, en la Corte de las Nueve Lunas. La habitación, rodeadas su paredes por biombos con dibujos de animales salvajes, era grande, pero tan solo contenía la mesa, en la que reposaban varios papeles que ella debía supervisar, y dos sillas, una de ellas ocupada por ella. En la estancia no había nadie más, salvo dos da’covale con sus transparentes ropajes que mantenían los dos fuegos que ardían en sendas chimeneas. Su Voz se había retirado, como cada tarde, mientras ella pasaba una hora con su damane. Ese día se estaba retrasando. Helene debería haber llevado allí a Shannon hacía varios minutos. Helene era la sul’dam que se encargaba de Shannon mientras ella estaba ocupada, lo que era como decir que se ocupaba de ella todo el día, excepto esa hora.
La puerta se abrió tras unos leves golpes y por ella penetró Shannon, seguida de un Guardia de la Muerte que llevaba el brazalete en su mano. Su rostro no mostró expresión alguna, pero por dentro la incredulidad y la rabia llenaban su ser. ¿Dónde estaba Helene? Se suponía que era ella la que tenía que haber entrado con la damane. El Guardia de la Muerte hizo una grácil reverencia mientras depositaba con cuidado el brazalete en el suelo y, acto seguido se marchó, cerrando tras de sí la puerta. Shannon, que había permanecido pegada al suelo desde que entrara, se incorporó entonces.
-Hay problemas –Dijo, antes de darla tiempo a levantarse de la silla. Shannon y ella habían sido muy buenas amigas desde pequeñas. Cuando les hicieron la prueba para ver si eran damane, Shannon resultó serlo, mientras que ella misma fue reconocida como sul’dam tras haberse puesto el brazalete. Inmediatamente después, Akalesh reclamó a su amiga como su damane. Por supuesto, siendo la primera en la línea de la Sangre, la futura emperatriz, eso no le fue negado. Era extraño ver a una mujer de la Sangre como sul’dam, pero ya se habían visto más casos. A pesar de la diferencia social existente ahora entre ellas, Akalesh siguió tratando a Shannon como su amiga de infancia, tratándola como a una igual. Al menos en privado-. Saben lo tuyo.
Aquello la dejó petrificada a medio levantarse de la silla. Tras haber hecho a Shannon su damane, había sentido curiosidad por lo que podía realizar. La había atosigado a preguntas. Un día descubrió con asombro que podía aprender a usar el Poder. Desde aquel día las preguntas se multiplicaron. Pero aquello había ocurrido hacía tres años. Desde entonces lo habían mantenido en secreto. ¿Cómo era posible que alguien lo supiera? Había practicado el uso del Saidar, pero siempre se había asegurado de estar con Shannon. Nunca había encauzado estando sola. Al menos no en público. Entonces...
-¿Se lo has dicho? –No podía creerlo, pero no encontraba otra respuesta. Se dirigió a su amiga con pasos lentos pero firmes.
-¡No! –La indignación sonaba en su voz. Supo en seguida que no mentía. Podría haberlo dicho hacía tres años, pero no lo había hecho. Ni siquiera cuando se habían enfadado. ¿Pero cómo entonces? Así se lo preguntó- Fue... fue Beli, la damane con la que comparto la habitación. Me... me preguntó si había estado aquí anoche. Yo... le dije que no. Lo siento –Sus últimas palabras fueron un susurro apenas audible. Por muy altas que hubiesen sido, Akalesh pensó que no las habría oído mejor. ¿Anoche? ¿Qué había pasado anoche? Se fue a dormir a su hora habitual. ¿Había hecho algo fuera de lo normal? Recordó haberse metido en el frío lecho. Una jarra con vino aguado reposaba en una mesilla junto a su cama. Sed. Bebió un trago. Frío. El vino estaba muy frío, casi helado. Encauzó un poco para calentarlo. ¡Encaucé para calentar el vino!
-¿Qué más te dijo? –El apremio sonaba en su voz, pero le daba igual. Tenía derecho a estar nerviosa.
-Me... me dijo que... pasó cerca de tus aposentos... que fue por casualidad... notó a alguien encauzando... por favor, no... no me mires así –Las lágrimas de desplazaban por el rostro de la mujer. Solamente entonces se dio cuenta de que la rabia la inundaba, y que estaba volcando esa rabia en Shannon. La vergüenza se abrió paso en su interior.
-Lo lamento –Dijo mientras se arrodillaba junto a su amiga e intentaba consolarla apoyándole la cabeza en su pecho. ¿Qué había notado que alguien encauzaba? ¿Por qué había pasado cerca de sus aposentos?- ¿Quién más lo sabe?
-Todas. Faithe, la sul’dam de Beli se lo ha dicho a todas. Ahora mismo están reunidas para determinar qué hacer. Por eso no me ha traido Helene –¡Todas! Aquel pensamiento la atemorizaba. ¡Oh, Luz! ¡Lo saben todas!.
Tras unos minutos en los que el pánico la impidió actuar, se despidió de Shannon, e hizo que se la llevaran. No podía quedarse allí. De un momento a otro, varias sul’dam aparecerían para atarla. No, no iba a dejarse coger. Una hora más tarde se hallaba fuera de la Corte de las Nueve Lunas, huyendo de Seandar.
Un flujo de aire se metió en la boca de Beledne. Los ojos de la mujer se desorbitaron. Así no podría hablar. Y tampoco gritar.
La mujer intentó moverse, alejarse de ella, pero un nuevo flujo la retuvo en el mismo lugar. Una sensación de sorpresa intentó abrirse camino en la furia que colmaba su ser. Había tejido dos flujos a la vez. Nunca se había planteado que pudiera hacer eso. Pero la rabia que la dominaba no dejó sitio para ésta. Se acercó lentamente a aquella despreciable mujer que la había delatado, privándole de todo lo que disponía. También habían intentado quitarle la libertad, pero eso no lo habían conseguido ¡Ni lo conseguirán!
Alzó la mano, apretada en un puño. Se disponía a golpear a aquella mujer hasta saciar su sed de venganza, cosa que poco probablemente acabara antes de su muerte. Sin embargo, cuando iba a asestar el primer golpe, la expresión de terror, junto con las lágrimas que caían por las mejillas de Beledne la detuvieron. No podía hacer eso. No podía permitírselo. Lentamente, con renuencia, bajó el puño. El alivio que experimentó la otra mujer se hizo patente en su cara, desfigurada por una boca que se mantenía abierta por la fuerza.
-Ni se te ocurra gritar –Dijo con frialdad a la damane. Después soltó el tejido que había servido de mordaza, dejando que se deshiciera. La boca de Beledne se cerró de inmediato para tragar saliva-. Ahora dime. ¿Por qué?
-Yo... –Su voz sonaba temblorosa. En sus ojos el temor apenas se había amortiguado- yo sólo... sólo hice lo que se me había ordenado –A medida que las palabras salían de su boca su voz iba cobrando más firmeza-. Debía informar de cualquier persona encauzando en la Corte de las Nueve Lunas.
-¿Quién te ordenó hacer eso? –La rabia había desaparecido casi por completo, para dejar hueco a la duda y la curiosidad. ¿Quién habría dado aquella orden?
-Faithe. Ella fue quien me lo dijo –Ahora estaba más tranquila, aunque no hubiese visto que las lágrimas habían cesado de salir por sus ojos, que ahora reflejaban una chispa de esperanza, su tono de voz lo denotaba. Había recibido órdenes. Akalesh sabía muy bien qué era eso, aunque desde la otra posición, la que ordena. Faithe.
-¿Vino Faithe contigo? –Esperó que así fuera. De ese modo podría interrogarla. Una leve sensación de culpabilidad cruzó su mente. Deseó que Faithe no fuese una de las dos sul’dam a las que había matado. La sensación se apaciguó cuando pensó en el trato que hubiese recibido por aquellas si hubiesen sido capaces de atarla.
-Sí. Fue derribada por alguien. No fue con el Poder –Así que esta era la sul’dam a la que había golpeado su hermano. Por un momento tuvo la tentación de hacerla llamar ahora mismo para interrogarla personalmente, pero primero había otras cosas que hacer. Dejó que se deshiciera el tejido que aún sujetaba a la damane, que fue sucedido por un suspiro de alivio.
-Jura por la Luz que no me harás daño –Utilizó el tono autoritario que se había acostumbrado a usar en la Corte de las Nueve Lunas para dar órdenes. La sorpresa se dibujó en el rostro de Beledne, pero apenas dudó en pronunciar el juramento.
-Juro por la Luz y por mi esperanza de salvación y renacimiento que no te haré daño alguno –Había olvidado la presencia de las demás damane. Ahora todas ellas las miraban con asombro. Un pequeño flujo de Poder abrió el collar, que cayó al alfombrado suelo. Las lágrimas volvieron a surgir en el rostro de Beledne- Gracias –Musitó entre sollozos.
Akalesh sintió el repentino impulso de absorber todo el Saidar que podía cuando la otra mujer lo hizo, antes de darse cuenta de que ésta solamente estaba probando su nueva condición de libre. Ahora no tendría que esperar órdenes de nadie para encauzar. Sus esperanzas de triunfo se vieron acrecentadas al percibir la alegría de Beledne.
Había comenzado. Para bien o para mal, todo había comenzado.
Volvió la vista hacia las otras mujeres que, atónitas, observaban a las dos que no lucían un plateado collar. Sus expresiones eran tan variadas como mujeres, pero en todas ellas estaba presente la duda. Algunas de ellas a buen seguro estaban debatiendo en su interior el tratarla como a la emperatriz o como a una marath’damane. Había llegado el momento de aclararles ese punto.
-Ya no soy la emperatriz –Aquel comentario provocó el sobresalto en todas las mujeres de la estancia, incluida ella misma. Bien, lo había dicho en voz alta. Y le había costado menos de lo que esperaba-. Pero para vosotras sigo siendo yo quien da las órdenes. Ahora vais a decirme vuestros nombres –Posó la mirada en la mujer situada a su derecha, que se encontraba de rodillas junto a Beledne.
-Aliera –Las lágrimas habían dejado de desplazarse por sus mejillas. Su tono de voz era firme, pero sus ojos denotaban su incertidumbre-. Mi nombre es Aliera.
La damane con aquel vasto potencial se llamaba Shira, mientras que las dos mujeres mayores eran Thena y Zauri. La otra se llamaba Marish.
Las observó durante unos instantes, pensativa. Shira y Marish parecían ansiosas por deshacerse del a’dam. Akalesh imaginó que era razonable. Nadie en su sano juicio querría tener aquel collar puesto. Eran las otras damane las que ocupaban sus pensamientos. Aliera parecía indecisa, como si no acabase de decidir cual de las opciones era mejor. Pero el problema venía de Thena y Zauri. La fría voz con la que pronunciaron sus nombres podría parecer calurosa si se hubiese comparado con el helor de sus ojos. Aquellos ojos acusaban a Akalesh de algo que ella era incapaz de comprender. Rebosaban odio y rabia, dirigidos hacia ella ¡Odio! ¡Me odian porque las quiero liberar!. Aquel pensamiento fue como un gran mazazo que destruyera sus esperanzas. ¿Cómo podían preferir aquellas mujeres vivir en cautividad? No dejó que su estupefacción asomara a su rostro, pero las dudas la corroían por dentro. ¿Cuántas damane pensarían igual? No podía haber muchas. Sin duda aquellas dos eran la excepción. Deseó que aquellos pensamientos no sonasen tanto a mentira. Su plan todavía podía funcionar Pero necesito a estas mujeres ¡Oh, Luz! ¿Y si todas piensan igual? Cortó inmediatamente aquella línea de pensamientos, que solamente la llevaría a la desesperación. Debía conservar la esperanza. Por el momento decidió ir a lo seguro.
-Shira –Una preciosa cara, enmarcada en unos morenos rizos se alzó para mirarla a los ojos. Ahora ya no la veía como a la emperatriz. Ninguna lo hacía-. Levántate –Su tono no fue imperioso, pero la orden fue acatada al instante. Las piernas de aquella mujer temblaban mientras se ponía en pie. Era joven. Más joven que ella misma. Decidió ponerla a prueba primero. Había sido demasiado imprudente con Beledne, aunque el juramento que ésta había prestado le otorgaba mucha confianza. Nadie que no fuese un seguidor de la Sombra rompería aquel juramento. Dudó que existiese alguna damane que siguiese al Oscuro. Difícilmente podría nadie atado con la correa hacer nada para servirlo. A no ser que su sul’dam fuese también una Amiga Siniestra. Rememoró lo dicho por Beledne sobre las órdenes recibidas por parte de Faithe y el temor se apoderó de ella. ¿Y si había dejado en libertad a una seguidora de la Sombra capaz de encauzar? Había sido demasiado descuidada. Inmediatamente cambió de opinión respecto a Shira-. Jura por la Luz que no me harás daño y que me protegerás contra cualquier mal al que puedas hacer frente –Dijo nada más la mujer estuvo en pie. Nada de ponerla a prueba. No por ahora.
No la sorprendió la rapidez con que la mujer pronunció aquellos juramentos. Sus ojos ardían con el deseo de liberarse de aquel a’dam. Deseo que ella satisfizo inmediatamente, tras lo cual sintió un gran alivio. Ahora por lo menos se sentía más protegida. Cuando el collar aún no había tocado el suelo en su caída, Shira absorbió todo el Saidar que era capaz de manipular, mientras de su boca salían gemidos inarticulados mezcla de sollozos y risa. Unas risa llena de gozo. Akalesh imaginó cómo se sentiría ella al liberarse de aquel artilugio. Pensó que aquella mujer estaba controlando sus emociones en comparación. Temió lo peor cuando se abalanzó hacia ella, con los brazos por delante, pero no dispuso de tiempo para reaccionar antes de darse cuenta de que Shira la estaba abrazando, derramando las lágrimas en su hombro.
-Gracias –Era la única palabra que Akalesh oía salir de su boca reiteradamente entre sollozos. Aquella situación duró tan solo unos segundos, tras los cuales Shira se apartó bruscamente, con el rostro enrojecido por el azoramiento-. Lo lamento –musitó en un tono de voz apenas audible.
-Deberías aprender a controlar mejor tus emociones –En el mismo instante en que pronunciaba las palabras Akalesh supo que había hecho mal. No estaba enfadada con aquella mujer. Aquellas palabras no deberían haberse dicho en alto, iban dirigidas a sí misma. Había estado a punto de unir su llanto con el de ella, embargada como se había sentido por su contagiosa alegría. La vergüenza que sintió Shira tras aquel brusco comentario se reflejó en su rostro. Por un momento se planteó disculparse, pero desechó aquella idea de inmediato. Tenía que utilizar a aquella mujer, no podía permitirse el lujo de encariñarse con ella.
Marish demostró un mayor control sobre sí misma cuando su a’dam se soltó de su cuello, limitándose a musitar un ‘gracias’ que sonó tímido y ¿temeroso? Akalesh no supo discernirlo. Quizá su comentario había sido más brusco de lo que creía. Ahora ya tenía dos personas que la protegerían y, aunque el potencial de Marish era escaso, cuatro ojos eran mejor que dos. Deseó que fueran suficientes para lo que había decidido hacer con las otras tres damane.
Thena y Zauri miraban a las cuatro mujeres que no llevaban el collar con un desprecio que no se molestaban en ocultar, mientras que en los ojos de Aliera aún se podía observar aquella duda. Ahora no supo discernir de quien venía el problema. Siempre era mejor la enemistad declarada que la posible alianza.
Aspiró aire profundamente. No tenía sentido esperar más.
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