The Wheel of Time by Robert Jordan: Fansite Rusa dedicado a la saga. Es bastante completo y ofrece diferentes secciones (forum, información sobre la saga, enlaces, humor...). Esta en ruso asi que ya sabeis ;)
Publicado: Dom Mar 02, 2003 8:06 pmAsunto: El mercenario
Bueno, esta tarde en el chat hemos estado hablando sobre crear una historia, en la que esperemos participeis.
Hemos creado varios PJ y esperemos q nos ayudeis a desarrolar la historia de cada uno y a crear algunos nuevos de ser necesarios
Los PJ q hemos creado son Damrod el mercenario(q conste en q yo no lo puse ), Tarazed el mago, Dharim el asesino, Izinagi el Maestro de las Palabras y Ailiv.
Espero q nos ayudeis en esto.
La noche era oscura, y el alboroto recorría al grupo de mercenarios de los Lobos de la Noche. Entre los escombros de la ciudad derruída, los hombres se apiñaban alrededor de las hogueras.
En una de las hogueras, Damrod se estaba apoyado en los escombros de una pared derruida, junto a Tarazed, un joven mago, y Dharim, un joven adiestrado en el subterfugio, los únicos a quienes consideraba su amigo entre aquellos hombres.
En sus ojos verde grisáceos se reflejaban las llamas de la hoguera. No siempre había estado entre estos hombres.
Hubo un tiempo en el que vivió entre la pobreza, donde conoció a Dharim y, junto con él se alistaron a la compañía de mercenarios para salir de aquella vida. Sin embargo, no podía recordar antes de aquello. Por más que se esforzaba no alcanzaba a ver nada. Lo único constante en su vida habían sido las pesadillas que lo seguían.
Y una espada.
Una extraña espada que le fue dada por un anciano, mientras recorría los callejones de la ciudad. Ese hombre afirmó que lo conocía, y que esa espada le pertenecía. El hombre parecía nervioso, mirando en todas direcciones.
- Tomad esto, chico, vuestro padre así lo habría querido -dijo el anciano.
- ¿Quién eres?¿Conocéis a mi padre? -contestó Damrod extrañado.
Sin más, el anciano se giró y se coló en un callejón. Entre los edificios, una extraña figura parecía observarlo.
Damrod corrió hacia él, pero la extraña figura pareció desvanecerse entre el gentío.
Restos de su pasado al q no conseguía encontrarles sentido, ¿quién era ese anciano?¿de verdad conoció a su padre?. Y la negra figura, ¿quién sería?, porque sabía que lo miraba a él. No entendía por qué, pero sabía que era a él.
El alboroto le hizo volver a la realidad. Sacudió su cabeza y miró a su alrededor, los Lobos de la Noche seguían celebrando su victoria, mientras él estaba con sus pensamientos. Permaneció un momento observando la espada. Era de excelente manufactura y la hoja brillaba a la luz de la luna. La guardó y se dirigió hacia los demás.
Al menos disfrutaría de la victoria.
Ailiv tomo aire, y comenzó a subir el cubo lleno de agua de las profundidades del pozo. La cuerda era áspera, pero sus manos encallecidas por el trabajo no lo notaban.
Estaba despertando el día y las mujeres de la aldea se habían reunido en la plaza, unas esperaban para coger agua, otras llevaban cestos de comida sobre sus cabezas para vender en el mercado. Hablaban unas con otras sobre asuntos sin importancia mientras hacían sus quehaceres, algunas miraban a Ailiv, pero la mayoría la ignoraban. Todas creían que no era una joven normal, siempre callada, siempre en su mundo. La mayoría de las mujeres pensaban que Ailiv era un bicho raro, algunas, que no tenia nada que decir y por eso nunca hablaba y otras, las menos, que era demasiado vanidosa para mezclarse en las burdas charlas de la aldea. Y ya fuera por unas o por otras, por creerla Loca, tonta, o engreída, Ailiv siempre se encontraba sola. Pero, si alguna vez tenían un problema que no sabían resolver acudían subrepticiamente a ella, y comenzando a hablar, relataban lo que les preocupaba sin esperar aprobación de Ailiv. Ailiv escuchaba todas y cada una de las palabras, y después de unos minutos en silencio, repetía lo que le habían contado, pero lo hacia de tal manera, que aunque decía lo mismo, las palabras cambiaban dando la solución a los problemas que minutos antes se antojaban sin respuesta. Pero esto no cambiaba nada. Cuando Ailiv callaba, la mujer que la hubiera preguntado, daba media vuelta y se iba, sin decir gracias o adiós, solo se iba. Que transformara los problemas en soluciones no significaba que no fuera demasiado rara para aldea.
Ailiv acabo de coger el agua que necesitaba, y con una inclinación de cabeza a modo de despedida se alejo del pozo. Atravesó la aldea y partió hacia las montañas donde tenia su casa. Era una caminata de casi una hora hasta casa. Ailiv ignoraba el peso de los cubos mientras su cabeza se llenaba de pensamientos. Había vuelto a soñar con la espada. Esa misma noche se había despertado bañada en sudor, con los ojos colmados de imágenes sobre una espada y un hombre de ojos verde grisáceos, ambos rodeados de fuego y sangre, de dolor y esperanza.
Percibía, aunque no sabía como, que este sueño estaba relacionado con otro. Otro que la causaba verdadero terror, otro que la mostraba a un hombre con el rostro velado hablando a la multitud, haciendo con sus palabras que la mente de la gente se obnubilara hasta quedar dominada por su oratoria. Un hombre que ansiaba la espada. Un hombre, al que jamás debería permitirse obtener la espada. _________________ lo malo no es cambiar de ideas, lo malo es no tener ideas que cambiar.
Comienza tu dÃa con una sonrisa, verás lo divertido que es ir por ahà desentonando con todo el mundo
Olvidate de las penas pasadas... quien vive el pasado es un museo con pata
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Publicado: Mie Mar 05, 2003 6:12 pmAsunto:
Inazagi observó como se llevaban el cuerpo sanguinoliento del esclavo de sus estancias. En ocasiones le gustaba dar castigos físicos a sus esclavos, era una forma de relajarse para él. Nada como unos buenos latigazos a un esclavo como para deshacerse de la furia que le embargaba en ocasiones. Dejó el latigo a un lado para que sus siervos se lo llevasen, y se quitó la túnica para ponerse otra limpia. Era alto y musculoso, en la flor de la vida, y las mujeres encontraban atractivo su corto cabello rubio y su cuadrado rostro, siempre que él permitiese que le prestasen atención. Nadie diria que era un mago, uno muy poderoso, y tampoco adivinarian que no era lo que aparentaba ser. Tampoco lo averiguarian observando la amplia estancia. Ostentosamente amueblada, sus paredes estaban llenas de armas, armaduras y escudos. Tomó una tunica sencilla y se sentó en su amplio escritorio de marmol, sumergiendose en los antiquisimos pergaminos que poblaban la mesa.
Tura, uno de sus sirvientes, entró casi una hora después, caminando con los pies muy juntos y mirando al suelo. Portaba malas noticias, y su amo era conocido por su furia. Cuando habló, lo hizo con voz muy queda.
-Amo, el esclavo ha muerto.
Inazagi levantó la vista un momento para mirar a Tura. Debería haber quitado la sangre que apelmazaba el latigo. La sangre unía las colas del látigo y hacía que cada golpe fuese más pesado y doloroso que el anterior. Si se daban cuatro o cinco golpes bien dirigidos en la misma zona, los surcos llegaban hasta el hueso. Tenia que haber peinado las colas del látigo. Así siempre duraban más, y habría prolongado su diversión. Pero el esclavo había hecho su función. Ahora se encontraba mucho mejor.
-No importa. Hay muchos más de donde salió este. Deshaceos de su cadáver.
-Si, señor. Y el rey ordena vuestra presencia en la sala de audiencias.
-Iré enseguida.
El rey le ordenaba. ¡ja! El rey no le ordenaba nada, simplemente él se plegaba a su voluntad mientras le interesaba. Le necesitaba. Por ahora necesitaba a ese inútil real para cumplir sus planes, pero en cuanto consiguiese lo que deseaba, se libraría de él. Y por suerte, era muy fácil para él manipular al rey. No en vano, entre su orden se le conocía como “el mago de las palabras”. Con una sonrisa cruel en su rostro, se apresuró a vestirse para la audiencia. _________________ Mientras yo viva tendras,
un alma que te comprenda,
unos ojos que te adoren,
y un hombre que te defienda
El momento de la reunión había llegado. Setzer sospechaba que su maestro le había mandado llamar por algo relacionado con los sueños que el anciano tenía desde hacía meses, y que cada vez eran más frecuentes.
Nunca buscaba los sueños de los demás, ni tampoco sus sentimientos, ni sus sensaciones, ni sus pensamientos. Era más bien como si su mente fuera un muro, una presa sometida a la constante lucha contra el torrente que suponía la mente de cualquier persona que se encontrase cerca.Tenía que luchar para no verse inundado contínuamente por el aluvión que representaba cualquier consciencia cercana. A veces incluso llegaba a captar las sensaciones y las necesidades de los animales, si éstas eran lo bastante fuertes.
Él no había buscado ese don, esa capacidad. El Vidente de Almas del monasterio en el que vivía lo había descubierto, o más bien lo había identificado una noche, siendo poco más que un muchacho, en la que se había despertado gritando, totalmente asustado al darse cuenta de que estaba viviendo los sueños de otro.
Los monjes le instruyeron, le enseñaron a mantener el control sobre su propio yo, a identificar sus propias sensaciones e impedir que las ajenas se confundieran con las suyas. Al poco tiempo descubrieron que también era capaz de actuar de manera física sobre las cosas, podía moverlas, lanzarlas o incluso modificar el terreno con la sola fuerza de su voluntad.También le instruyeron en la forma de dominar esas capacidades y a evitar el canalizar sentimientos como la rabia a través de ellas, lo que podía ocasionar graves catástrofes si se descontrolaba.
El Maestro era como un padre para él. Por lo que le habían contado, había sido él quien le había encontrado cuando era un bebé. Su familia había sido atacada en plena noche por alimañas, y su madre, o algún otro miembro lo había escondido entre unas rocas, fuera del alcance de los depredadores. Los monjes en general, y el Maestro en particular lo habían criado en instruido como uno más de ellos. Y ahora su maestro estaba afligido. Nadie más sabía lo de los sueños, eso también lo había visto en la mente del anciano. De haber podido elegir, preferiría no saberlo, pero los sueños provocaban una sensación de desasosiego tan grande en el hombre que Setzer la sentía aún escudándose con todas sus fuerzas. Sí, si le había llamado, debía tener algo que ver con todo eso. Y si no era por eso, había decidido preguntarle acerca de ello de todas maneras.
El maestro le recibió en una pequeña sala. Le indicó que tomara asiento, mientras lo observaba con aquellos ojos rasgados, que la edad se obsesionaba con cerrar a base de arrugas. Mientras se mesaba la larga barba blanca, comenzó a hablar.
- Has progresado mucho en los últimos años. Especialmente este último. Al parecer, has alcanzado un grado de control sobre tí mismo que la mayoría de los que estamos aquí envidiaríamos, si ello no fuera contra los preceptos de nuestro camino...
- Me halagas, maestro. Pero aquí ninguno somos más que los demás. Me enseñasteis desde bien pequeño que aunque uno sea superior a otros, nunca hay que alardear de ello y...
- Tonterías- atajó. Sabes perfectamente que nos superas a todos, y no sólo por tus capacidades especiales. Hace ya tiempo que tu dominio y control sobre nuestras artes, y tu conocimiento del camino son muy superiores a cualquiera de los que en este momento habitamos en este lugar. Es posible que, con la salvedad de los grandes maestros fundadores, tú seas el más grande de cuantos han salido de aquí.
- ¿Salido? ¿Qué quieres decir? Espera un momento, antes de que digas nada más hay algo que quiero preguntarte...
- Preguntarme... tiene gracia. Nunca has necesitado hacer preguntas. No necesitas hacerlas si conoces la respuesta en tu interior, o bien puedes obtenerla gracias a...
- Sabes bien, maestro, que jamás leo a las personas por voluntad propia. Bastante me cuesta mantenerlas fuera como para ir buscando el contacto con ellas.
- Sí hijo mío, lo sé. Y sé también que mis sueños han sido lo bastante intensos como para que tú te des cuenta, aún sin quererlo. Sí, veo que sabes por qué te he llamado. Y sabes cuál es el contenido de mi sueño también, ¿me equivoco?
- Una espada... brillante, como diez soles. Limpia, pulida como un espejo. Pero no sé por qué te aflije tanto su visión.
- Porque eso es algo que ni yo mismo sé. Sólo sé que debería partir en su busca, encontrarla a ella o a su portador. Tengo la sensación de que si no son encontrados algo malo puede suceder. Una catástrofe. Pero te he llamado porque quiero pedirte una cosa. Quiero que vayas tú, que seas tú quien lleve a cabo la búsqueda.
- Pero ¿por qué? ¿Acaso el sueño no te llama a tí, maestro?
- Sí, hijo mío. Pero mis días en este mundo llegan a su fin. Sé que aunque partiera ahora mismo, no viviré lo suficiente para completar esta misión. Por eso he decidido enviar a mi sucesor, a mi heredero, por así decirlo...
- Pero maestro... no eres tan...
- ¿Viejo? Oh, sí lo soy, muchacho, claro que sí. Y tú, mejor que nadie, deberías saber que podemos conocer el momento aproximado de nuestro descanso eterno. Sólo hay que escuchar a nuestro cuerpo. Sé que llevarás a cabo esta tarea, hijo mío. La noche que te encontré vi en las estrellas que tu futuro te reservaba un papel importante. Ha llegado el momento de tomar las riendas de tu vida, y seguir la senda de tu destino. Deberás partir cuanto antes. No sé de cuanto tiempo disponemos, pero sí sé que no es mucho.
- Yo... no sé si podré. Haré lo que me decís, pero...
- Sé que lo harás. Con las primeras luces, parte hacia el oeste. Es todo lo que sé, y todo lo que te puedo decir. Ve con mi bendición.
- Sí, maestro.
Pero en su mente la despedida fue “Sí, padre”. Setzer se retiró a su celda. Decidió empaquetar sus escasas pertenencias en aquel momento, ya que no quería perder tiempo por la mañana. Sólo esperaba que esa noche su maestro no tuviera aquel sueño, que al menos la noche de su despedida fuera en paz.
No tuvo forma de saberlo. Estaba tan preocupado con la miríada de posibilidades que se abrían ante él que aquella noche las mentes de sus compañeros apenas eran como un lejano murmullo, como de un arroyuelo. Jamás había salido del monasterio, y ahora debería enfrentarse al mundo. Esa idea lo amedrentaba en cierta manera. Sabía que las ciudades y pueblos eran lugares atestados de gente, y le atemorizaba la idea de verse sometido a tal presión.
Con esta perspectiva tan poco halagadora, se fue quedando dormido. _________________ Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquà tengo por mÃo
cuanto abarca el mar bravÃo,
a quien nadie impuso leyes.
------------------
marcus_thorne@jabberes.org
El viento se agitaba violentamente, convirtiendo los copos de nieve en una nube que impedía ver mas allá de unos metros, era un viento muy peligroso, mas que el brutal frío que reinaba en las montañas que la gente llamaba Las puertas del infierno, un lugar donde solo sobrevivían los fuertes o los afortunados. Una figura se deslizaba lentamente, deslizándose por la abundante capa de nieve que lo cubría todo, se movía con rapidez y seguridad de alguien acostumbrado a las condiciones de la zona y conocedor de sus peligros.
Uno de esos peligros acechaba cerca, un enorme felino, el león montañés con su pelaje blanco de invierno acechaba, llegando a alcanzar gran tamaño tenia pocos enemigos naturales. Pendiente de la figura esperaba el momento adecuado para un ataque rápido y letal. Un ataque que no se produjo, la figura se detuvo, alzo la vista extendiendo sus pensamientos, el enorme felino se dio la vuelta y se fue a buscar otra presa.
Había vivido toda su vida en estas montañas, donde su padre le había enseñado todos los secretos de su familia, pasados de padre a hijo en una ininterrumpida línea durante incontables generaciones. Hacia ya un mes de que su padre había muerto quedándose solo, hasta que los primeros brotes de viento calido empezaron a llegar, todavía eran pocos pero en las riberas bajas la nieve ya estaría derritiéndose y los primeros tallos verde saliendo.
Tenia una promesa que cumplir, dentro de poco se dirigiría a la “civilización” para comenzar su búsqueda, y de paso continuar con sus estudios, seguro que en algún sitio debía haber conocimientos de magia que el desconociera.
Se encamino rápidamente, ya faltaba poco para llegar al valle entre las montañas donde pasaba la única ruta comercial que cruzaba la cordillera. Dentro de poco alguna gente lamentaria conocer el nombre de
Nadhatan _________________ La locura no siempre es enfermedad, el loco dice cosas que los demás no se atreven a expresar.
Teniendo en cuenta lo poco que consiguió dormir aquella noche, Setzer se despertó bastante despejado. Aún reinaba el silencio en el monasterio, ya que aún quedaban un par de horas hasta el amanecer.
Recogió el escaso equipaje que había reunido y se encaminó a las cocinas, donde se proveyó de pan, queso y carne en salazón. De un barril de las despensas tomó un puñado de manzanas. Ya se encaminaba a la salida cuando decidió coger dos odres. El más grande, vacío, lo llenó de agua. El otro contenía el fuerte licor de frutas que confeccionaban de manera artesanal los monjes, y que era conocido por toda la región. Decidió que serían suficientes víveres para unos pocos días, los suficientes, calculaba, hasta encontrar algún lugar habitado donde conseguir más comida.
Decidió dejar el monasterio por la pequeña puerta que estaba en uno de los muros laterales, más allá del jardín de las meditaciones. Así, al menos, no llamaría la atención de sus compañeros, y marcharse le resultaría más fácil si evitaba tener que despedirse de alguno de ellos, pues los apreciaba mucho a todos, y bastante le apenaba ya abandonar el lugar.
Cuando estaba a punto de alcanzar la pequeña puerta, una figuar se interpuso en su camino. Apenas había luz, pero pronto reconoció al Alto Maestro. Setzer le saludó en voz baja.
- Maestro, ¿venís a despediros?
- Así es. Y a comprobar que te marchas bien preparado. Déjame ver esa saca... bien... comida, ropa de abrigo, agua... Bien. Tienes un buen sentido común. Equipaje ligero, el mínimo necesario para viajar de forma rápida...
- Pensé que así debía ser- asintió. Me dijísteis que se trataba de algo urgente, y sería poco conveniente ir demasiado cargado...
- ¿No se te olvida algo? ¿Qué comerás cuando se te acabe esto? No llevas tanto licor como para sacar mucho al venderlo.- Diciendo esto, sacó una pequeña bolsa que tintineó suavemente.- Toma, difícilmente llegarás muy lejos sin dinero.
- Yo... gracias. No creía...- Setzer se sintió enrojecer hasta las orejas, como le sucedía siempre que alguien le hacía parecer ingenuo.
- Ah, otra cosa más.- Esta vez, el maestro le tendió una tira larga de tela negra, de unos cuatro dedos de ancho. Llevaba bordados unos símbolos dorados en los bordes, con unos caracteres minúsculos, alguna especie de inscripción, que recorría la cinta en toda su longitud.
Esto ha estado en el monasterio desde mucho antes de que yo llegase, siendo aún un muchacho. Por lo que se guarda en los registros, fue creada conjuntamente por dos hombres. Uno de ellos era un hechicero, no se sabe más de él. El otro, por lo visto, poseía tus mismos dones, entre otros muchos. Se dice que incluso podía dominar el fuego o el agua, aunque son conjeturas, anotaciones al margen, como si dijéramos. Este hombre, Thorne, se alió con el hechicero para crear esta cinta con un propósito. Por lo visto, los poderes de este Thorne eran tan vastos que podía “oir” los pensamientos de las personas incluso a leguas de distancia...
- ¿Y cómo lograba conservar la cordura? A mí me resulta una auténtica pesadilla mantener fuera a los que vivimos aquí, y somos pocos, unas pocas decenas...
- De eso se trataba, hijo. Esta cinta, por lo visto, tiene la cualidad de amortiguar esas capacidades de oir o sentir las mentes, haciendo más fácil el soportar grandes cantidades de gente. La cinta tiene, además, otra cualidad, que en principio le pasó desapercibida a Thorne: aunque amortiguaba la potencia o la fuerza de su poder, le proporcionaba un control sobre sus capacidades tan agudo como la punta de un alfiler. Podía, según sus propias notas, crear una presión tan fina, tan ajustada, que era capaz de aplastar un mosquito que estuviera posado sobre una copa del cristal más fino sin que el cristal siquiera vibrase por el golpe.
- Es... asombroso... Si yo apenas puedo controlarme para empujar una piedra sin partirla... Pero maestro, esto es una reliquia del monasterio. Esto ha estado aquí tal vez cientos de años, no puedo llevármelo así como así...
- ¿Y para qué nos va a servir a nosotros aquí, guardado en una caja? Muchacho, a veces me haces dudar, con tu ingenuidad, de si realmente hay algo en esa mollera tuya. Y sé que lo tienes, si no, no te habría encargado algo tan importante. Te lo estoy entregando porque eres el único dotado que ha habido en este lugar en al menos doscientos años, y por tanto, el único que podría sacarle algún partido. Ahora hazme el favor de coger este dichoso trapo... y márchate de una vez.- La sonrisa del anciano pareció multiplicar por diez las arrugas de su rostro.
- Sí, maestro.- Sin pensarlo siquiera, se acercó al hombre y lo abrazó. Te voy a echar de menos...
- Y yo a tí, hijo mío, y yo a tí.
- Debería marcharme ya, está saliendo el sol.
- Lo sé. Suerte... y ten cuidado.
Setzer cruzó la puerta y se dirigió al camino del valle. Estuvo a punto de girarse cuando oyó que la puerta se cerraba a su espalda, pero decidió que a partir de ese momento debería mirar siempre hacia adelante.
Además, le intrigaba el extraño trozo de tela. Cuando lo había tomado de manos de su maestro, había sentido un extraño zumbido en él, como una resonancia o un eco de su propia mente. Como si se hubiera mirado en un espejo, pero que se encontrase perdido en la lejanía. Ya tendría tiempo para probarlo y estudiarlo, se dijo.
Ante él se encontraba el valle que veía cada día al despertar. Se extendía hacia el oeste, como una extraña promesa. Como si en el momento en el que fuera a dar el primer paso en él, éste se alargaría hasta el infinito. Esperó que el viaje no fuera a durar tanto. _________________ Allá muevan feroz guerra
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Publicado: Mie Mar 12, 2003 6:37 pmAsunto:
Espero que os guste...
El gran salón del trono de Fulfin II, el Grande, estaba lleno a rebosar de gente. Entre las altas columnas de mármol rosado pendían estandartes, y bajo ellos cerca de doscientas personas se apiñaban tratando de ver el trono. Se trataba de un pesado trono de mármol, en los mismos tonos rosados que las columnas, con dos pequeñas columnas de un metro de alto que brotaban del respaldo, rematadas por dos grandes esferas de oro puro. En él estaba sentado un hombre bajo y gordo, con una puntiaguda perilla coloreada con azafrán, y ricas vestiduras de seda. Cualquiera que le viese podría pensar que su apodo de “el Grande” se debía a su gran tamaño, puesto que debía pesar cerca de ciento veinte kilos, un enorme peso para su poca altura. Pero la versión oficial, que también era cierta, decía se debía a la magnitud de sus conquistas y del tamaño de sus ejércitos. Nadie dudaba que Fulfin II era un rey muy poderoso. Sus fiestas eran muy apreciadas, y en su corte siempre había poderosos señores de otros países buscando diversiones. Además, su Alteza era un poco imprevisible, y nunca se sabía en qué podían acabar sus audiencias, ya que una vez en que se aburría decidió convocar un gran festival de malabaristas, contorsionistas y tragafuegos que duró dos semanas, y después mandó decapitar públicamente a un malabarista al que se le había caido al paso de la comitiva real una de las pelotas de colores con las que jugaba. Por eso, sus audiencias estaban siempre llenas de cortesanos, ya que nunca se sabía lo que podía pasar en ellas. En una ocasión, ordenó atacar y anexionar a la corona las tierras de uno de los barones norteños por que se había presentado con unas telas demasiado sobrias.
En esta ocasión el motivo de la presencia de la gente era, a todas luces más problemático, puesto que alguien había acusado al mago del rey de secuestrar a alguien. El rey se había encolerizado, había ordenado que su mago se presentase ante él cuanto antes y ahora se sentaba en su trono, casi tan rojo como su puntiaguda perilla. Un revuelo se levantó cuando el mago del rey, Inazagi, con sus extrañas vestiduras, consistentes en pesados ropajes color arena que sólo dejaban al descubierto sus manos y su rostro, que muchas mujeres encontraban atractivo. Cruzó el pasillo que los cortesanos dejaban para llegar hasta el trono y se plantó allí, ante el rey, mientras el atemorizado hombre que le había acusado del secuestro de su hermana trataba de fundirse con el suelo para pasar desapercibido.
-Me habeis convocado, y aquí me presento, Alteza, como vuestro más fiel servidor. –dijo el mago velado, por lo que el mal humor del rey se desvaneció al instante, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
-Me complace teneros a mi lado, Inazagi, aunque me temo que sea para algo no muy agradable. Este hombre de aquí, un mercader llamado Jarrod,-dijo, señalando con un leve gesto al hombre que seguía arrodillado en el suelo- dice que su hermana ha desaparecido, y que tú eres el culpable.
-¿Su hermana?- preguntó Inazagi, con toda la inocencia de un niño de seis años expresada en su voz. – No se quién es su hermana.
-Tus sirvientes se la llevaron a rastras de mi casa a medianoche, te la entregaron para tus juegos perversos y la arrojaste al río despedazada. – el hombre levantó la mirada del suelo unicamente el tiempo necesario para soltar su preparado discurso, y se encogió de nuevo.- Uno de ellos me lo confesó todo.
-Querido amigo, no sé a que juegos perversos te refieres, y a medianoche suelo estar ya durmiendo, pero si uno de mis sirvientes te dijo algo así, he de decir que te engañó, y que seguramente malgastaste las monedas que le diste por la información. Habrían hecho un mayor servicio destinadas a la memoria de tu hermana.
Toda la corte asintió ante este comentario. El mago tenía razón, era evidente que el delator había engañado al pobre hombre, riéndose de su dolor y acusando falsamente a su señor por cobrar unas pocas monedas.
-Mi señor mago tal vez recuerde a mi hermana si le enseño su retrato –dijo Jarrod.
-Si, mostrádselo– pidió el rey.
El hombre metió la mano en su túnica y sacó un pequeño amuleto de la misma. Abrió el amuleto y le mostró el retrato que guardaba. Se trataba de una joven de apenas 17 primaveras, con el cabello rubio y rizado, muy hermosa. Estudió detenidamente el retrato antes de devolvérselo.
-Señor, si hubiese visto a una mujer tan hermosa, la recordaría sin duda. –Y así era, aunque dijese lo contrario. Aún drogada, por su gran fuerza de voluntad, había sido una magnifica amante, de las mejores que había tenido, y sin duda, la mejor de todas que había tenido que drogar. Su fiel N´kono la había elegido muy bien. Lamentablemente, la mujer era demasiado fuerte, y había tenido que incrementar la dosis de drogas, lo que después de un tiempo la había destruido el cerebro. Había preferido usarla en un ritual para incrementar su esencia vital antes que verla convertida en un zombi sin mente. Era demasiado bonita para ello. Rápidamente borró esa idea de su mente. No podía permitirse sentimentalismos, y menos ahora que su tarea estaba próxima.- Tal vez algún hombre la encontró sola por la calle y ella no pudo defenderse.
-Mentís, mi señor mago- respondió el hombre, que, si bien seguía de rodillas, ahora le miraba orgulloso a los ojos.
-Su Gracia- dijo Inazagi dirigiéndose al rey-, os juro que no he visto a esa mujer nunca, y que yo jamás cometería esos horribles actos de los que se me acusa. Ella era una mujer hermosa, algún borracho se encapricharía de ella y la atacaría.
La corte murmuró acerca de la razón que el mago tenía, sin duda había sido eso lo que había pasado.
-Dejadme ver de nuevo el amuleto- pidió el rey. Inazagi le tendió reverencialmente el amuleto con el retrato de la joven, que el rey tomó entre sus gordas manos. Lo estudió detenidamente, con los ojos brillantes de lujuria, y después se lo entregó al abatido hermano.- No hay duda de que así fue. Si el mago real da su palabra de que no sabe nada, es evidente que es así.
-Así es, Alteza –dijo Inazagi.- Ya sabeis que los votos de mi orden me impiden mentir.-“Si hubiese pronunciado esos votos, por supuesto” pensó para sí.
-Entonces no hay más que hablar- dijo el rey.- Ordenaré a mi guardia que investigue el caso de todas formas, pero está claro que os habeis equivocado al venir aquí a buscar al culpable. Podeis retiraros.
-Gracias, Alteza, pro vuestra sabiduría a la hora de dictar justicia- dijo el mago, haciendo una reverencia, antes de abandonar la sala orgullosamente. Algunos cortesanos se acercaron a él, para felicitarle por lo bien que había hablado, y para decirle que nunca habían dudado de su inocencia. Los despidió con una cortés sonrisa, y cuando salía de la sala, el hermano de la muchacha se acercó a hablar con él.
-Sé que habeis sido vos. No hubo ningún borracho. Vos sois el culpable.
Inazagi le sonrió amistosamente. Había sido más divertido no encantarle con sus palabras, como había hecho con el resto de la corte. Que siguiese pensando que él era el culpable. Aun así, lanzó un hechizo de silencio alrededor de ellos, para que nadie pudiese escucharles. También se recordó mentalmente que debía de encargarse sutilmente del sirviente que se había ido de la lengua.
-El rey ha decidido que no es así. Lamento sinceramente vuestra pérdida, pero no puedo hacer nada, y no puedo devolver la vida a vuestra hermana. Está más allá de las capacidades de mi orden- “pero no de las mias” puntualizó para sí.
-Me las pagareis. No volvereis a dormir tranquilo.
El mago le observó divertido. La conversación se estaba volviendo muy interesante.
-¿Me estais amenazando, hombrecillo?
-Sí. Pagareis con vuestra sangre por la vida de mi hermana. –el rostro del hombre se estaba volviendo rojo a causa de la furia que le dominaba. Al cabo de un segundo, el fiel N´kono estaba a su lado, listo para despedazarle a una orden de su señor.
-Estupendo. Podeis intentarlo cuando deseeis. Aunque creo que ahora no es el momento más oportuno.- dijo, señalando a la corte que les rodeaba.- Y tampoco creo que vivais mucho tiempo si lo intentais. Ahora debo dejaros- añadió, haciendo una reverencia más pronunciada aún que la que había hecho al rey. El hombre pareció querer contestarle, pero el mago retiró el hechizo de silencio y se dio cuenta de que todo el mundo les prestaba atención. Se dio la vuelta sin decir nada y se marchó.
-N´kono, esta noche me acompañarás a un recado. Tenemos que hacer una visita de cortesía.
Horas después, N´kono se encontraba al pie de una escalera en un callejón de uno de los barrios de mercaderes de la ciudad. Su musculosa silueta negra se confundía con las sombras de la negra noche. Había guiado a su amo hasta la casa de su acusador, y ahora le guardaba las espaldas mientras el mago esperaba a que le abriesen la puerta a la que había llamado. Sabía muy bien lo que iba a pasar cuando abriesen la puerta. Demasiado bien como para desear verlo. Oyó cómo la puerta se abría.
-¿Si?- preguntó una voz que reconoció como la del acusador de su amo, Jarrod el mercader.
-Creo que querías algo de mi.-el hombre que había llamado entró en la casa empujando la puerta. Estaban en una pequeña habitación en la que ardía un fuego, y la mesa estaba dispuesta para uno. Jarrod se quedó helado al ver que el hombre que había entrado en su casa era el mago al que había acusado esta mañana.
-Cierra la puerta.- dijo Inazagi.
Jarrod se vió extrañamente obligado a hacerlo.
-Ven aquí- le dijo el mago. Jarrod vio cómo se desplazaba despacio hacia el centro de la habitación, aunque no deseaba hacerlo, se veía impelido a obedecer – Creo recordar que tenías algún problema contigo. No está nada bien que me acuses delante de la corte de lo de tu hermana, ni siquiera aunque haya sido yo el culpable.- la boca de Jarrod se abrió desmesuradamente; había estado seguro de que el velado mago era el culpable de la desaparición de su dulce hermanita, pero no esperaba que el mago se lo confirmase así de claro.
- Cierra la boca, es de muy mal gusto que sigas así.- Jarrod sintió que su boca se cerraba bruscamente, como si no hubiese sido él quien la había cerrado.
-Te mataré- amenazó al mago.
-Para eso he venido, para que lo intentes- respondió Inazagi. Jarrod tomó la daga que llevaba a la cintura, presto para apuñalarle.
-Quieto.- dijo Inazagi. Jarrod se quedó congelado cuando alzaba la daga desnuda, no podía mover ni un músculo. –Suelta la daga.- Incomprensiblemente para el mercader, la daga cayó al suelo sin que él hubiese deseado soltarla. –Eso está mejor. No se si lo sabes, pero una de mis habilidades mágicas reside en mi voz. Con ella puedo controlar a la gente, y también convencerla de que lo que yo les ordeno que hagan es correcto. De hecho, en una antigua lengua que nadie recuerda ya, Inazagi, el nombre que me puse, significa “ El mago de las palabras”. Esta mañana me has visto usar mis poderes sobre la corte. Todo aquello que yo les decía lo veían como la verdad más absoluta del mundo. Ahora sólo te estoy diciendo lo que quiero que hagas, no que creas que es lo mejor, por que prefiero que tengas la mente despejada para lo que te espera.
Jarrod pidió ayuda a gritos, esperando atraer a alguien con sus gritos.
-No te molestes en gritar. He lanzado un hechizo de silencio sobre la casa. Nadie nos oirá, ni siquiera si estuviese al otro lado de la puerta con la oreja pegada a la puerta. –el mago se sirvió una copa de vino, se sentó en la silla, y apartó la tela que le cubría el rostro.- No está mal- dijo el mago, tras probar el vino.- Claro que yo tengo unos gustos más cultivados, pero no esta mal. Bueno. Ahora me queda saber cómo voy a acabar contigo. ¿Es una difícil decisión, verdad? Primero pensé en convocar a un demonio del inframundo para que te destrozase, pero es algo costoso y largo, y ahora no puedo perder el tiempo. Luego me dije que tal vez podría utilizarte para algún ritual, uno que te causase un dolor inimaginable, y que acabase con tus restos en el rio, con tu hermana, pero luego, me di cuenta de que sería un poco sospechoso si desaparecías de repente. Fue entonces cuando se me ocurrió la solución perfecta. Imagina al pueblo afligido ante la noticia de que el hermano de la pobre muchacha desaparecida, ahogado por el dolor de su pérdida, decida ahorcarse en su propia casa para poner fin a su sufrimiento. Sería un final muy triste, pero muy adecuado para mis intereses, ¿no es cierto? Al fin y al cabo no puedo dejar que se descubran las terribles acciones que cometí con tu hermana, el pueblo me destrozaría al instante. Así que creo que esa es la mejor solución para todos.
-Algún día pagarás por esto- le dijo Jarrod.
-Puede que tengas razón, pero tú no estarás vivo para verlo. Una lastima, ¿verdad?- la helada sonrisa de Inazagi cubrió de escarcha el corazón de Jarrod, haciendole comprender que no tenía ninguna posibilidad de salir con vida de allí. –Bueno, acabemos con esto, -dijo el mago levantándose y dejando la copa de vino vacia sobre la mesa.- quiero irme a mi casa y disfrutar de mi vino y de la compañía de alguna mujer. Por cierto, para que no puedas decir que no me preocupo por ti, te he traido la cuerda para que te ahorques. Así no tendremos ningún problema. –El mago musitó unas palabras y la cuerda se hizo un nudo corredizo. Dijo algo más y el otro extremo de la cuerda se ató sola a una de las vigas del techo. –Perfecto. Ahora trae una silla.
Jarrod empezó a moverse como un autómata. Se acercó a la mesa y cogió la silla en la que se había sentado el mago, y alzándola, la llevó bajo la cuerda. Deseaba arrojársela al mago, pero sus músculos no le obedecían. Dejó la silla donde le indicó el mago-Ahora coje papel y tinta y escribe una nota de despedida. –Jarrod le obedeció.- Que diga que no puedes vivir sin tu hermana y que has decidido poner fin a tu vida. –Jarrod así lo hizo y firmó la carta.
–Ahora ponte de pies sobre la silla. –Jarrod se subió a la silla.
-Eso es. Ahora ponte la cuerda alrededor del cuello. Perfecto. Te ataría, pero no parecería un suicidio. Bien. Con esto hemos terminado. Ha sido un placer. Bueno, no. Fue tu hermana la que fue un placer. Tú has sido una molestia. Ahora, tira la silla lejos de ti.- Jarrod derribó la silla. Inazagi esperó pacientemente a que se ahogase. Después se marchó en silencio, cerrando la puerta.
-Vamonos, N´kono. –le dijo a su fiel esclavo, encaminándose hacia su palacio.-Tengo hambre. _________________ Mientras yo viva tendras,
un alma que te comprenda,
unos ojos que te adoren,
y un hombre que te defienda
bueno, pues he pensado que ante tanta afluencia de personajes masculinos, mi pobrecita Ailiv se iba a quedar un poco desamparada, asi que he creado otra femina mas. espero que os parezca bien.
Todos los hombres de la taberna se la comían con la mirada. Era alta, mas que muchos de ellos, en su delgado cuerpo sobresalían curvas duras y marcadas. Bailaba sobre la barra, el cabello pelirrojo acariciaba sus hombros, los torneados brazos se alzaban sobre su cabeza haciendo que el ligero vestido marcase sus formas, sus dedos largos y delgados chasqueaban rítmicamente, las largas y moldeadas piernas se movían al son de la música retirando las capas de gasa que las cubrían, sus caderas perfilaban cada giro de su cintura, haciendo que la tela se ciñese a su ombligo, en sus carnosos labios asomaba una sonrisa, quizás incitando, quizás riéndose de la estupidez de los parroquianos. Lentamente se fue arrodillando en la barra, hasta quedar a cuatro patas, moviéndose felinamente, sonriendo entre dientes, la recorrió contoneándose hasta que escogió a su presa, se sento sobre el tablero con las piernas rodeando las caderas del varón a la vez que sus labios entonaban una canción atrevida, lentamente comenzó a desabrochar la camisa de este, a la vez que su cabello ocultaba la sonrisa de su rostro. Las yemas de los dedos recorrieron el pecho de su victima, acariciantes, hasta que él alzo su mano hacia ella , entonces le empujo el torso con su pie desnudo y de un grácil salto volvió a estar de pie sobre el mostrador entre un revuelo de gasas que enseñaban mas que ocultaban, haciendo que todos los reunidos abriesen los ojos de par en par y silbasen mostrando su aprobación por el baile, luego haciendo una reverencia, bajo de donde estaba y recogió su capa, ésta estaba llena de monedas que los hombres habían ido, volvió a hacer una reverencia y salió por la puerta. Ando unos segundos despacio, sin prisas, y al rodear una esquina comenzó a correr, el incauto pronto se daría cuenta de que le había robado hasta la ultima moneda que llevaba escondida en su camisa. Ariel no podía creer que fueran tan tontos. Con lo que había ¿recaudado? Tendría de sobra para llegar a Orzam, allí buscaría nuevos suministros.
Ailiv estaba sentada inmóvil sobre una roca, los pies desnudos sumergidos en el riachuelo, las manos abiertas y llenas de grano posadas sobre sus muslos, la cabeza inclinada mirando hacia el horizonte.
Los peces nadaban entre sus tobillos, acariciándolos con sus aletas, los pájaros se posaban en sus muñecas y comían el cereal. Una hilera de hormigas ascendía y descendía por sus piernas hasta llegar a la comida depositada en sus manos, las abejas zumbaban a su alrededor, mientras que las ardillas se posaban sobre sus hombros. Un sauce llorón mecía sus ramas acariciando la espalda de la joven, a la vez que impedía que los rayos del sol quemasen su blanca piel.
Ailiv inspiró quedamente, ninguno de los animales que la rodeaban se asusto, con un suspiro de pesar se puso en pie, esparció el poco grano que quedaba en sus manos sobre el suelo, y espero a que las hormigas y las ardillas abandonaran su cuerpo, luego con una sonrisa se despidió de sus amigos, estos revolotearon alrededor de ella, hasta que por fin comenzó a andar hacia casa.
Recorrió el camino mesuradamente, se interno en lo oscuro del bosque, las ramas de los árboles formaban un techo sobre su cabeza, la hierba era tan alta y frondosa, que parecía pisar nubes, en vez de suelo. Mientras andaba, los árboles y arbustos liberaban los frutos de sus ramas a los pies de la extraña joven, esta los recogía y parándose unos momentos se los comía, para luego acariciar los troncos con las manos a la vez que una sonrisa de agradecimiento iluminaba su faz.
Mientras avanzaba por la espesura, pensaba en las gentes de la aldea, en que pensarían si supieran que solo iba a al pozo para ver a humanos como ella, para no sentirse tan sola.
No necesitaba agua ni comida, el bosque y el río le regalaban cuanto necesitaba, pero desde que murió su abuela añoraba la presencia de seres como ella, aunque sabia que nadie de la aldea se le asemejaba. No precisaba palabras para comunicarse con sus amigos de la naturaleza, pero los aldeanos eran distintos, exigían su voz para aceptarla entre ellos, y Ailiv nunca hablaba si no tenia nada que decir. Para ella las palabras eran algo sin sentido, solo necesarias en muy pocas ocasiones, si quería saber o decir algo se dejaba guiar por los otros sentidos, estos nunca la habían fallado.
Cuando se canso de caminar, se tumbo sobre la pradera y cerro los ojos, el sueño estaba presto a llegar. Los árboles cerraron mas sus ramas, para que ningún ruido pudiera molestarla, a la vez que dejaban caer sus hojas cubriéndola con un manto de vegetación. Ailiv estaba en casa.
El sueño volvió. Vio la espada, observó al hombre velado, el rostro de este casi podía percibirse en el sueño, la angustia hizo mella en ella, soñó durante toda la noche imágenes que no entendía, misterios que se escapaban de su mente, augurios que no podía interpretar.
El alba la despertó evocando retazos del sueño, inquieta, advertía que se aproximaban cambios, aunque no supiera cuales, ni tampoco su papel en ellos, percibía que debía buscar algo, no sabia que, pero debía partir pronto.
Miro a su alrededor, no tenia ninguna posesión, ningún equipaje que preparar, nada que la obligara a retrasar la marcha.
Se despido del bosque y del río, de los peces y los pájaros, de los animales que poblaban el suelo, y de la hierba que nacía de el. Luego comenzó a caminar alejándose de todo lo que hasta ahora había conocido. _________________ lo malo no es cambiar de ideas, lo malo es no tener ideas que cambiar.
Comienza tu dÃa con una sonrisa, verás lo divertido que es ir por ahà desentonando con todo el mundo
Olvidate de las penas pasadas... quien vive el pasado es un museo con pata
Mientras el viento soplaba se dirigio a uno de los numerosos escondrijos que tenia por toda la cordillera montañosa, sobre todo en las zonas mas inaccesibles llego a una parede que no se diferenciaba en nada de las demas, puso una mano sobre ella y al murmurar las palabras adecuadas, la piedra se abrio, sin emitir ni el mas minimo ruido dejando una pequeña caverna al descubierto, rapidamente cogio lo necesario, provisiones, un poco de ropa mas ligera dejando los tenia en esos momentos ya que era demasiano calurosa incluso para este tiempo tan poco frio. y varias bolsas de piedras preciosas sin tallar, sabia que en las poblaciones del sur necesitaria dinero para cualquier imprevisto.
Se encamino hacia el valle y antes del anochecer tras unas cuatro o cinco horas de caminar (o correr segun alguna gente) llego al camino del paso, el pueblo no debia quedar muy lejos, seria un buen sitio donde conseguir informacion sobre las ciudades del sur.
Antes de que llevara unos 200 metros en la carretera unos personas le salieron al paso con armas en la mano.
- Vaya mira que tenemos aqui, me parece que este se ha perdido.
- Si, una autentica pena, pero tendra que pagar el peaje como todos.
- Si, ya has oido danos todo lo que tengas de valor o no saldras vivo de aqui.
Nadhatan, ni se inmuto, su padre le habia hablado de este tipo de gente que robaba a los demas para no tener que hacer nada util en la vida. Con un simple vistazo a ambos lados del camino supo que aparte de los cuatro que habian salido habia cuatro mas escondidos en los matorrales de los alrededores, o mas bien intentandolo porque hacia mas de 100 metros que los habia visto, dos a la derecha y otros dos a la izquierda.
Estaba asombrado, ademas de criminales eran tontos del culo, ni siquiera se habian preocupado de poner a alguien a sus espaldas, en fin, tampoco le habria servido de mucho pero ellos no lo sabian.
- No quiero problemas, incluso si me haceis de guia os puedo pagar generosamente, necesito ir a un lugar llamado Orzam, pero si intentais algo os puede costar la vida.
Los bandidos se rieron con ganas hasta que el jefe dijo:
- Para que conformarnos con algo cuando podemos tenerlo todo, matadlo
Los arqueros dispararon sus flechas pero a donde se dirigian no habia nadie, Nadhatan se habia convertido en un borron apenas distingible, en un momento estaba junto a los hombres armados con dos espadas desenfundadas, estas parecian echas de plata puera con gemas inscrustadas, antes de que pudieran reaccionar, el jefe de los bandidos y uno de sus secuaces tenian las gargantas cortadas mientras, sus dos compañeros, los otros dos alzaron sus armas para intentar protegerse pero este ya habia girado a la derecha y mientras con una espada apartaba el hacha torpemente alzada con la otra atravesaba la conta de malla y se introducia 15 centimetros hasta el corazon. Su compañero intento golpearle por la espasda pero este giro sobre un pie deslizandose hacia un lado y con la espada mas cercana le atraveso el pulmon dejandole muriendose.
Sus compañeros estaban boquiabiertos por la rapidez con que se habia cargado a sus colegas colocaron nuevas flechas en sus arcos pero antes de que pudieran lanzarlos Nadhatan lanzo sus dos espadas a los dos de un lado alcanzando a ambos sin que puedieran ni siquiera disparar, los otros dos vieron su oportunidad y dispararon pero igual que antes este se desplazo y se agacho al mismo tiempo esquivando ambas flechas sacando de su chaqueta dos puñales de plata con gemas en la empuñadura y lanzandoselos a los dos, ambos cuchillos acertaron en la garganta matandolos en el acto.
Nadhatan se llevo la mano a la piedra que le colgaba del cuello, si al matarlos habia absorvido toda la energia de sus miserables vidas, incluida la espiritual y la habia guardado en su amuleto, llevaba muchos años haciendolo, incluso con bestias magicas, era su secreto, su as en la manga, podria necesitarlo en el sur.
A cierta distancia Ariel miraba pasmada, habia querido mantenerse oculta para evitar los bandidos, pero lo que habia visto era impresionante, no habia visto nunca a nadie matar con tanta efectividad y eficacia estaba realmente pasmada, y parecia que necesitaba a un guia que lo llevara a donde ella iba, podia incluso ganar un buen dinero, y no era feo auque parecia algo despistado sin mucha idea de por donde iba, justo como a ella le gustaban.
Lo que ella no sabia es que a menos que amenazara o pusiera en peligro a Nadhatan este no la descubriria ya que no gastaba energia a menos que fuera necesario.
Muchas gracias a Etien por dejarme usar su personaje un poquito, un beso.
_________________ La locura no siempre es enfermedad, el loco dice cosas que los demás no se atreven a expresar.
Ariel no lo pensó un segundo. Ese hombre era la pieza adecuada. Podría protegerla durante el camino, la pagaría por ser su guía, y de paso, quien sabe, la verdad es que no estaba nada mal, quizás podría divertirse un rato con él antes de robarle todo el dinero de su bolsa.
Con una sonrisa oteo el camino, un poco mas adelante seria el lugar perfecto para su aparición. Se levanto ágilmente y avanzo rápidamente hasta el lugar elegido.
Era un paso entre montañas, la senda avanzaba sinuosamente entre rocas y árboles, el no la vería hasta que estuviera a pocos metros.
Echo un vistazo a su ropa. La falda era de una tela muy ligera y con mucho vuelo, cuando caminaba bailaba alrededor de sus piernas, decidió recogerse uno de los lados en la cadera, dejando así que el vuelo cayera desde un poco mas arriba de su rodilla izquierda hasta el tobillo de la derecha. La blusa, blanca, dejaba transparentar en parte su corpiño, abrió un poco los cordones que la anudaban, dejando que se viera el comienzo de sus senos, pero sin enseñar demasiado, siempre daba mejor resultado la imaginación. Se soltó el pelo que llevaba recogido en una coleta, haciendo que sus rizos rojos cayeran sobre sus hombros, ocultando un poco la abertura de la camisa, pellizco ligeramente sus mejillas para darlas color y humedeció sus labios haciéndolos brillar. Luego miro sus pies, era la parte que más le gustaba de su anatomía, sonriendo se libero de los mocasines, le gustaba mucho estar descalza.
Cuando hubo hecho todos los arreglos, se sentó sobre una roca a esperar, apoyando el pie derecho en el camino, y el izquierdo encogido sobre el peñasco al lado de la rodilla, dejando ver bastante de su piel. Apoyo sus brazos sobre la rodilla encogida y ensayo su sonrisa más seductora.
Cuando el hombre llegó, no pudo evitar mirarla.
Ariel sonrió mientras se acariciaba un pie desnudo.
- He visto como antes te deshacías de esos indeseables, y también he oído que buscas guía hasta Orzam. Si quieres, puedo dar un rodeo y llevarte. Siempre y cuando estés dispuesto a pagar bien, claro.
No pensaba decirle que ella también se dirigía hacia Orzam, si pensaba que se desviaba de su camino por él, no solo pagaría mas, sino que incluso podía confiar mas en ella, lo cual seria un tremendo error.
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Ailiv se encamino hacia el siguiente pueblo siguiendo los susurros de los árboles del bosque, todo a su alrededor la decía que algo iba mal, muy mal.
Atravesó los campos y las huertas hasta llegar a un pueblo que no conocía, la gente apenas la dedico una mirada, camino hasta la plaza principal y allí se sentó. Los animales acudieron a saludarla, un perro viejo, esquelético y cubierto de sarna apoyo su hocico sobre sus piernas, Ailiv lo acaricio mientras leía en sus ojos.
-No encuentro a mi amo. Se lo llevaron las palabras de la mentira. Un hombre con ojos tramposos como la serpiente, con palabras falsas que se meten en cabeza y van comiendo ideas. Ahora estoy solo.
Ailiv rasco al perro por detrás de las orejas, mientras miraba a los pájaros de los árboles, estos tenían un vuelo errático. Uno de ellos se poso sobre su hombro.
- Mi familia ve nubes sobre la ciudad de los hombres, mas allá de los bosques y las montañas. Son nubes negras, pero la tormenta no llega.
Ailiv saco un poco de grano y lo derramo sobre el suelo, una hilera de hormigas se acerco hasta él.
- ten cuidado
- hermanas dicen
- mas allá de bosques
- tras montañas de roca
- en terreno de hombres
- dentro de castillo
- con columnas de piedra
- de piedra rosa
- con asiento de piedra
- de piedra rosa
- sobre él, un hombre
- hombre de poder sin poder
- a su lado,
- el que usa palabras
- palabras falsas
- peligro
Las cucarachas asomaron al oír la charla de las hormigas, una de ellas se acerco golpeando con sus antenas el tobillo de Ailiv. La joven acerco su mano para que el insecto se subiera en ella, luego comenzó a mover sus antenas.
- La comida no buena allí, no sobra, restos comen los hombres, mujeres tienen miedo, niños no juegan. Hombre de palabras falsas trae poder. Poder de mal.
Ailiv se levanto, miro a su alrededor, comenzó a andar de nuevo, mal tenían que estar las cosas para que los animales las notaran desde tan lejos. Se volvió para mirar al perro sarnoso, este la seguía. Le sonrió y paso una mano por su lomo. Tenia un nuevo amigo para su travesía.
y eso es todo amigos. _________________ lo malo no es cambiar de ideas, lo malo es no tener ideas que cambiar.
Comienza tu dÃa con una sonrisa, verás lo divertido que es ir por ahà desentonando con todo el mundo
Olvidate de las penas pasadas... quien vive el pasado es un museo con pata
Nadhatan vio a la mujer que lo estaba esperando y cuando le dijo que seria su guia, su naturaleza precavida le dijo que tubiera cuidado.
Se encontro con dos problemas, el primero que aunque su padre le habia hablado sobre las mujeres y habia visto y leido muchos libros sobre ellas, algunos tenian retratos, no era lo mismo que verlas en directo, lo primero que hizo fue examinarla con detalle, ese fue su primer error, el sabia que entre los hombres y las mujeres habia diferencias lo que no esperaba es que las diferencias fueran tan interesantes.
Se quedo en babia durante un rato sin saber que decir antes de recuperarse pero ya era tarde, ya tenia una imagen suya y de lo poco que ocultaba grabada al fuego en su mente y a pesar de que sospechaba que le traeria problemas no pudo decirle que no.
El segundo error se debia al dinero, el en toda su vida habia comprado o vendido nada, lo que necesitaba lo conseguia de las montañas y aunque tenia conocimiento sobre el intercambio y el uso del dinero, alguien que no ha gastado nunca dinero no sabe cual es el valor real del dinero ya que lo que es valioso para algunos puede que no lo sea para otros. Asi que al meter su mano en una enorme bolsa que colgaba de su cinturon, saco la primera piedra que toco y se la ofrecio a la mujer:
- Me llamo Nadhatan, te pagare esto a cambio de tus servicios y tu nombre.
Ese fue su segundo error. Al ver la cara de asombro que puso la mujer supo que le habia ofrecido de mas pero ya no tenia remedio, lo que no sabia es que el diamante sin tallar del tamaño de una ciruela que le habia ofrecido bastaba para comprar un carruaje de lujo con 8 caballos, y cochero, un batallon de guardaespaldas, provisiones, ropas de lujo, y sobraria la mayoria incluso despues de dar varias vueltas al pais.
Ala, vuestro turno.
_________________ La locura no siempre es enfermedad, el loco dice cosas que los demás no se atreven a expresar.