Final Fantasy Maniacs: Esta página esta dedicada a esta saga de juegos que tanto han sorprendido. Tiene guías de todos ellos, FAQs, secretos, descargas y clan propio del FFXI.
Publicado: Mar Jul 11, 2006 5:44 pmAsunto: ¿Me recuerdas, señor?
El movimiento de sus grilletes le trajo de nuevo a la realidad. En los últimos días sus huidas a la inconsciencia se habían vuelto habituales. ¿Estaba perdiendo la poca cordura que le quedaba?
-Ven con nosotros.
De nuevo el mismo camino que habia recorrido durante más de un mes. Una sesión tras otra, en lo que parecía más un castigo que un juicio. Tal vez ya había sido declarado culpable y la pena había sido volverse loco en los pasillos grises de la fortaleza. Ya poco importaba.Al fondo se alzaba una puerta gigantesca, de basalto oscuro, ribeteado con venas rojas. Se abrió sin ruido, girando sobre invisibles goznes, dejando ver la sala interior, con un gran ventanal al fondo. En el medio, un trono cuyo respaldo casi rozaba el techo y que dominaba el interior. Una mesa cubierta por un manto escarlata, sobre la que descansaban diversos manuscritos, lo separaban del "asiento del inocente", un cubo de piedra que parecía fundido con el pavimento y que estaba destinado a reos como él, a los futuros cadaveres.
Uno de los guardias le ordenó sentarse, tras lo cual se dirigió fuera de la estancia. La puerta se cerró con un estampido silencioso, apenas notado por el viento que barrió la sala. Como si fuera una señal, un par de lentes brillaron sobre el trono. Una mano salió de la oscuridad y agarró una campanilla, agitándola en el aire. De detrás del trono, apareció una figura encogida por el peso de una gran cantidad de papeles que traía. Con un gemido los dejó en el borde la mesa, agarrando el superior y leyéndolo en voz alta.
-Causa numero 2456. Reo Tomás Salcedo. Acusado de multiples asesinatos. Última sesión antes de la sentencia.
¿Última? ¿Sería posible? Al fin una salida a su infierno particular, aunque ya sabía la sentencia, por lo que su única esperanza era el olvido.
-El reo tiene derecho a un defensor. Y no lo veo en esta sala.- dijo la figura del trono. Entonces me dí cuenta de que no era el juez que había presidido mi causa durante tanto tiempo.
-Su excelencia, el acusado ya denegó su derecho a ello. - comentó el vasallo - Quiso defenderse a sí mismo.-
-¿Es eso verdad, Salcedo?- preguntó la figura.
Por un momento, no supe que decir. El primer día creí que no necesitaba defensor, pues todo lo que había hecho estaba bien. Yo no era culpable, no podía serlo, pues había sido un siervo fiel, que no había flaqueado en cumplir los deseos de mi señor. Y en mi arrogancia sólo conseguí arrojarme a la soledad y la desesperación del condenado sin posible redención. Pero si así debía ser, que no fuera como un perro, sino como el guerrero que siempre había creído ser.
-Lo es señoría, Tomás Salcedo no necesita defensor, pues la verdad no necesita justificación. Si considerais que mis actos han sido pecado, dictad sentencia y condenadme. Si no, soltad mis grilletes y liberadme. Pero que sea hoy, aquí, no alargueis más mi espera.
Entre la oscuridad que cubría la figura del juez, me pareció atisbar un leve estremicimiento, del que todavía no sabría decir si fue ira o, tal vez, risa contenida. Todavía pienso que lo segundo.
-De acuerdo, Salcedo. Su caso será cerrado hoy sin falta. Secretario, dicte las acusaciones que se le imputan.-
Con ademán cansado, el secretario desenrrolló un largo pergamino.
-Tomás Salcedo. Nacido en Toledo el día 26 de Octubre del año 1164 de nuestro Señor. Hijo de Matías Salcedo, curtidor de...-
-Parad. No me interesan los datos personales. Pregunto por sus actos, no por su biografía.-
-Perdonad, Excelencia. En el año 1182, Tomás Salcedo pasó a formar parte de los Caballeros Hospitalarios. Este paso dió origen a todas sus futuras mezquindades, pues junto a Roger de Moulins se dirigió a la ciudad de Acre. Durante esta época el acusado pasó a formar parte del círculo interno de esta mal llamada orden de caballeros cristianos.-
-Secretario, no toleraré más impresiones personales. Continúe.- dijo el juez, con un leve tinte de amenaza en su voz.
-Mis perdones, Señoría. No volverá a ocurrir.- dijo el vasallo, mirándome con furia - El acusado Salcedo no sólo asesinó en nombre de Dios, sino que se atrevió a creerse un escogido, un elegido por la mano del altísimo. Sus actos son innombrables y si si Señoría me perdona no creo poder relatarlos en voz alta una vez más.-
El juez se levantó del trono. De pie su altura era casi el doble que la del secretario. Su figura pareció cubrir al ahora tembloroso secretario mientras posaba una mano más parecida a una garra sobre su hombro.
-Ezequiel, si no puedes decirlos, tal vez es que tus pensamientos no son totalmente puros. Quizá deberíamos avisar al hermano Raguel sobre este... contratiempo.-
-No, no, hermano. No deberíamos molestar a Raguel con mis estupideces.- dijo con un miedo tangible - Quizá debería ir ahora a pedir el expediente de Salcedo, si eso es lo que deseas.-
-Será lo mejor, hermano.-
El secretario dió un paso atrás y tropezó en una piedra invisible, cayendo al suelo. Ya sin poder ocultar su terror, se escabulló detrás del trono, más a cuatro patas que a dos, dejando tirado en el suelo el pergamino. El juez lo agarró, sentándose de nuevo en el trono. En todo ese tiempo, todavía no había podido verle el rostro.
-Y bien Salcedo, ¿qué vamos a hacer contigo?- dijo con sorna en su voz - Antes de esta... entrevista simplemente iba a ordenar que te arrojasen desde la puerta de San Pedro, pero ahora... creo que he pensado algo mejor. Sí, seguro que lo encontrarás divertido.-
De nuevo, el viento recorrió la sala. El guardia me agarró del hombro y preguntó en silencio al juez.
-Hermano, llevad al acusado a la torre de Jericó, a la celda cercana al Viejo. Su condena es la eternidad, pues el cielo no perdona a los pecadores.-
¿Una eternidad gris? ¿Ese era mi castigo? ¿Día tras día, con la locura como única compañera? Como un perro loco por la rabia me zafé del guardia y salté sobre la mesa, deseando romperle el cuello a mi juez y verdugo. Y de repente, una luz blanca, cegadora, la visión de un rostro de una belleza indescriptible que se alzó sobre mí y me arrojó a un abismo sin fondo.
Cuando abrí los ojos me encontré tumbado boca abajo sobre un suelo de piedra. Las grietas parecían formar figuras sin sentido : veía caballos al galope, una montaña nevada, los ojos de Cristina,... es extraño pensar como lo más insignificante se convierte por un segundo en el eje de nuestra existencia.
-Eh, chico, ¿estás despierto?, chico, contesta.-
La voz retumbó en mi cabeza aunque sabía que apenas había sido un susurro. Me levanté apoyándome en la pared desnuda, mirando con ojos ciegos a mi alrededor. La sangre parecía agolparse en mi cabeza, casi haciéndola estallar.
-Al fin despierto, no sabes el tiempo que hace que no tengo compañía. Casi diría una eternidad... y quizá no andaría desencaminado - dijo la voz mientras su risa cascada rebotaba en las paredes.
Le respondí con un gruñido mientras volvía en mí. La niebla se despejaba y al fin podía ver que me rodeaba piedra. ¡Mi celda no tenía puerta, ni siquiera una ventana! ¿Me habían enterrado vivo? Me levanté de un salto y casi volví a perder el sentido. Tambaleándome palpé las paredes, negándome a creer lo que me decían mis ojos. Me encontraba en una habitación de apenas tres metros de largo por dos de ancho. Una luz gris que brotaba de la misma piedra iluminaba mi nuevo universo.Las lágrimas empezaron a brotar, una eternidad gris, esa era mi condena, sólo, entre muros de piedra.
-Chico, no te esfuerces, estás aquí para quedarte. Supongo que no tanto como yo, pero mientras estés, al menos nos daremos compañía.-
-Maldita sea, es que no lo entiendes, ¡mi condena es eterna! No saldré de aquí jamás. No hay puerta de salida. Esta celda es ahora mi tumba.-
Un silencio siguió a mis palabras. Supuse que la voz estaba asimilandolas. Y no me equivocaba.
-¡Maravilloso! Entonces ya no nos separaremos. Mi nombre es... es... bueno, hace ya tanto tiempo que no hablaba con nadie que se me ha olvidado. Pero puedes llamarme viejo, al menos así me llaman mis carceleros. Creen que no les oigo, pero mi oido es muy fino.- dijo la voz con tono jovial.
-Maldito bastardo, ¿crees que me importa tu amistad? Sólo quiero salir y debe haber alguna manera. Me niego a creer que esto es todo. No puede ser, no puede terminar así.-
-Pero creeme, termina así. Mejor será que acabes por aceptarlo, pues si no tu única salida será la desesperación, y con ella la locura.- dijo esta vez con voz rotunda.
Durante un largo tiempo, me negué a hablar con esa voz lejana. Creía que era mi cabeza trastornada, y pensé que sólo podía hundirme más si la aceptaba como real. Ya no había días, no había noches. No había forma de medir el tiempo, sólo como segundos que se iban amontonando en mi celda y amenazaban por ahogarme con su peso. Días, semanas, meses, la voz insistía pero yo me negaba a darle réplica. Hasta que...
-Pues sí Tomás, nunca habría pensado que te castigarían por algo así. La verdad es que no entiendo cual es el pecado.-
-¿Qué has dicho?-
La voz pareció retraerse, esperando haber oído mi voz. Se lo confirmé.
-Te pregunto que es lo último que has dicho.-
-Chico, creí que nunca más te oiría. Tengo que reconocer uqe a veces pensaba que me había vuelto a quedar sólo, pero oía tu respiración y sabía que estabas ahí, y eso es lo único que me importaba, pues quería hablar, y hablar sólo es malo, y aunque tú no me contestaras yo...-
-Espera, espera. Lo primero, ¿cómo sabes mi nombre? Y además, ¿qué sabes de mis pecados?- dije interrumpiendo el torrente de palabras.
-Ya te dije chico que tengo un oido fino. El otro día estuvieron comentándolo, que si este castigo era excesivo, que a nadie se le había condenado a la eternidad de Jericó, que si ahora ya no se encontraban buenos sastres, que la última fiesta había sido apoteósica, que...-
-Para, para, no puedo hablar contigo así. Ahora, dime como estamos hablando. Yo estoy entre muros de piedra, y aunque tu oido sea fino, no entiendo como es que yo puedo oirte.-
-Ah, Tomás, ¿es que ahora te has vuelto curioso?- dijo con tono infantil- Al igual que tengo buen oido, tengo buenos pulmones, y da gracias que estemos separados por la piedra, pues si cantara un Aleluya a tu oído, es posible que te quedaras sordo-
De nuevo esa risa cascada. Sería por la edad. No, pues aquí no se envejece. El hambre, la sed. No tenemos esas necesidades. La locura. Suponía que así era.
-Dime, ¿cuántos años llevas aquí, viejo?-
-Acaso has podido tú contar los días que llevas. Pues imagina cuando esos días se acumulan uno tras otro, sepultando los nuevos a los viejos, formando un todo unido que termina por ser indefinido. Me temo que ya no tengo recuerdos de eso. Ni de nada más. Sólo de que estoy aquí y lo estaré y lo he estado y seguiré estando. Ahora, siempre.-
Esta vez fue él quien se quedó callado largo tiempo. No me atrevía a hablar, pues temía que había abierto viejas heridas. Quizá había logrado aceptar su pena, pero el tono de sus palabras me decían que esta no había sido olvidada.
-Siento lo que he dicho. No quería apenarte. Sólo es que... no quiero seguir sólo. Esto te prometo viejo. Mi universo era esta celda y mis pensamientos. Ahora se ha ensanchado pues te he reconocido. Nunca más volveré a estar sólo, pues te consideró un amigo- dije entre sollozos - Supongo que mi mejor amigo, aunque creo que sea el único - añadí entre risas.
Y como un torbellino, como si fuera un viento de primavera recorriendo mi ser, una nueva alegría que hacía tiempo había olvidado me rozó con sus palabras.
-Amigo Tomás, que tus palabras sean recordadas pues han sido dichas por un corazón noble. Consideraron que nuestros pecados merecían castigo y aquí nos encontramos. Pero si fuimos culpables, ahora, cumpliendo nuestra condena, volvemos a ser inocentes, y jamás se ha dicho que un inocente debe sufrir. Por ello nuestra amistad es nuestro bastón y que ella nos ayude en nuestro largo camino.-
Así nos conocimos el viejo y yo. Muchas veces pregunté por su nombre, su pasado, pero jamás supo decirme que había sido de él. Supongo que si yo hubiera estado sólo tanto tiempo habría acabado mucho peor. Quizá sólo como un vegetal, inmovil, siliencioso, inerte. Muchas noches, cuando terminabamos de hablar, pensaba que a mi alrededor, podía haber más como yo, pero que ya habían perdido todo rastro de cordura. Esa imagen de cientos de celdas enterradas, ocupadas por hombres y mujeres de mirada perdida, olvidados por todos, llenaban mi cabez y amenazaban con volverme loco. Pero entonces, como si oyera mi llamada de auxilio, el viejo me hablaba sobre cualquier cosa: mujeres pasadas, amigos, el viento en la montaña, el mar infinito, y con estas imagenes conciliaba el sueño, sueños en los que volvía a cabalgar con mis hermanos, en los que volvía a agarrar una jarra de cerveza, en los que volvía a estrechar una mano amiga o tocar el rostro de una mujer. Y así durante unas horas, era libre.
No sé cuanto tiempo pasó ¿Cómo medirlo si cada segundo era igual que el anterior? Supongo que tampoco importa. Sobrevivíamos. Apoyándonos uno en otro, hablando sobre cualquier cosa.
-Y bien, amigo Tomás, poco sé de ti, y ese poco se debe a palabras robadas al exterior. ¿Qué tal si me dices cual es tu historia y por qué estás aquí?-
-La historia es larga, viejo. ¿Crees que tienes tiempo?-
Y entre risas, empecé a contar mi historia.
-Como empezar a contar una vida. Supongo que por el principio. ¿Conoces Toledo?-
-Está en España, ¿verdad?-
-Acertaste viejo. Allí nací yo hace casi mil años. Y parece que fue ayer. Sabes, mi madre era una gran mujer. Mi padre, el pobre, siempre fue una sombra a su lado. Ella dirigía toda nuestra vida, nos decía que comer, que vestir, adonde ir, en que gastar nuestros ahorros,... Por ello, cuando murió, mi padre no supo que hacer, y ante mis ojos ví como se consumía hasta desaparecer. Yo apenas tenía diez años. Maldita sea, sólo era un niño. No fue justo.-
Y le conté como entonces un amigo de mi madre, que al final supe que también había sido su amante, me envió al monasterio de Sopetrán. Mi vida hubiera sido plantar nabos y escribir copias de textos inútiles, pero la providencia se interpuso. El hermano del abad se trasladó al monasterio durante casi cinco meses. Al parecer había estado en Tierra Santa, y allí había sido herido de gravedad, y había vuelto a su tierra para morir. Así conocí a Roger de Moulins, que fue mi verdadero padre.
El abad dispuso que yo fuera una especie de paje a disposición de su hermano. Lo que al principio parecía que era una herida mortal, mejoró, de tal manera que pronto Roger podía montar a caballo y cazar en los cotos del monasterio. Antes de que acabara el año, se dispuso a partir. Ya empezaba a prepararme para volver a sacar brillo a la azada, cuando el abad me mandó llamar.
-Tomás, aquí en el monasterio creo que has aprendido que nuestro señor esta con nosotros en todo momento. Pero igual que nosotros tenemos nuestros deberes con él, otros hombres han aceptado otros servicios. Roger me ha comentado que querría que te unieras a él y formaras parte de la orden de los caballeros hospitalarios. Y yo he aceptado, ¿qué me dices?-
Al cabo de unas semanas, nos encontramos en Alcañiz. Cerca de allí se encontraba uno de los castillos de la compañía de Aragón. Durante seis años recibí instrucción y me formé en los principios de la orden. Así, entendí que mi misión era defender la fé, pero también entendí que si importante eran los símbolos, más importante eran las personas. Nuestra misión como caballeros de la cristiandad era proteger a los débiles, no sólo ante los bárbaros o los no creyentes, sino también ante tiranos y asesinos. Al final de mi instrucción, Roger de Moulins fue llamado a San Juan de Acre. Al parecer, Saladino había reconquistado Jerusalén, había tomado el Krak y el Gran Maestre había muerto en batalla. Roger sería su sucesor. Y yo embarqué con él, junto con otros doscientos hermanos novicios que recibiriamos nuestro bautismo en el extranjero.
Fueron años de gloria y honor. Combatí junto a mis hermanos, bebí con ellos, sangré con ellos. Nos creíamos invencibles. Eramos un faro que iluminaba el mar de infieles. Hasta que cumpli los 23 años. Porque ese fue el día de mi muerte.
Saladino no se conformó con Jerusalén. Su sueño de un mundo musulmán implicaba destruir cualquier símbolo de otras religiones. Y nosotros, como brazo militar de la cristiandad, supongo que eramos el objetivo más claro. En 1187 comenzó el asedio a San Juan de Acre. Eramos los elegidos, no podíamos desfallecer. Aguantamos codo con codo durante casi un año, pero al final la marea infiel se alzó sobre nosotros y nos engulló. Ví como Luis, compañero desde Alcañiz, era atravesado por una lanza sarracena, como Fabio, un viejo siciliano que parecía invencible en combate, arrastraba consigo a tres enemigos en su caída desde lo alto de la muralla. Ví como Roger ardía en la puerta de los leones mientras gritaba su desafío a Saladino. Y al final, ya no ví nada más.
Floté en el vacío durante largo tiempo. Cerré los ojos y me abandoné a las corrientes que me empujaban. Hasta que una luz se infiltró entre mis párpados y me hizo abrir los ojos. Y ví por primera vez las puertas del Paraíso.
Durante casi diez siglos había ocupado mi sitio en el cielo. Yo era uno de los escogidos, un guerrero de la cristiandad. Había matado por mi Dios, y aunque jamás lo ví, pues no podría entender su inmensidad, supe que mi sufrimiento, mi vida había tenido sentido. Y así volví a ver a amigos que yo ya creía desaparecidos. Tengo que reconocer que nunca creí que hubiera un cielo y un infierno. Creía en Dios, pero nunca había pensado que en verdad podía existir algo como esto. Y no eran nubes de algodón y togas blancas. Pues el cielo no era un lugar, sino un pensamiento, una emoción, en el que cada uno teníamos lo que habíamos amado en vida. No había necesidad de comer, pero aún así nos juntabamos y celebrabamos festines, donde entrechocabamos nuestras copas. Pero lo que creímos eterno, terminó por no serlo.
Poco a poco fueron desapareciendo conocidos. Roger fue uno de los primeros. Nadie sabía darnos noticia de ellos, que había ocurrido. Hasta que un día yo fuí uno de ellos.
Lo que antes era correcto, ahora era pecado. Nosotros, que habíamos defendido el cristianismo, ahora eramos bestias sedientas de sangre. Eramos asesinos que habíamos segado las vidas de cientos de "inocentes". Los que antes eran infieles, herejes, enemigos del cristianismo, ahora eran almas perdidas, que rogaban por la iluminación. Le conté la farsa de mi juicio, desde los primeros días de esperanza hasta la sentencia final y mi llegada a esta celda. Y por último maldije a mi dios, que me había traicionado y me condenaba a este infierno.
Registrado: Jan 04, 2007 Mensajes: 3 Ubicación: España
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Publicado: Jue Ene 04, 2007 6:21 pmAsunto: Un texto realmente interesante
Lo que has escrito es realmente interesante. La calidad no puedo decir que es una calidad de profesional pero si es muy buen realto y me ha gustado muchisimo. POr mi parte tratare de seguirlo si sigues con la historia y si lo deseas comenta mis poesias tituladas "Las Poesias de Adanamarth, El Bardo"
Suerte, FELIZ AÑO 2007, y sigue escribiendo.
La verdad es que escribo por rachas, y lo que es peor, directamente en el post, sin pasarlo siquiera por un corrector. Pero ya digo, es a golpes, y la mitad de las veces ni siquiera termino las historias. Aún así, si quieres continuar el relato, mandame un PM y comentamos la jugada.
P.D. Lo siento, pero la poesía jamás me ha interesado. Pero bueno, intentaré echarles un vistazo. Pero ya podías haber puesto algunas menos
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